Capítulo XXVIII. Callum #3
—Tu heredero es muy gracioso, Aiden. Gracioso, temerario o completamente estúpido. La verdad es que no me queda claro. Por tu bien espero que sea lo primero. ¿Tú qué opinas, Nox?
Escuché la malicia en la sonrisa de mi amigo al responder.
—Por desgracia yo huelo estupidez . Una pena.
Se hizo el silencio en el despacho. Todos, incluso Nuada, nos miraban con los ojos abiertos y la respiración entrecortada.
Aquel era, al fin y al cabo, uno de los secretos mejor guardados de la Corte de las Llamas.
Solo su círculo más íntimo sabía que Aiden había conseguido, sesenta años atrás, concebir un hijo.
Todavía menos gente sabía la identidad de la madre.
Esa era una información que yo también poseía.
Aunque no estaba dispuesto a caer tan bajo como para usarla.
El poder del joven Fae era palpable. Aunque todavía estaba muy lejos de alcanzar al de su padre. Por el bien de Lyssandria, esperaba que Aiden permaneciera al cargo de su corte durante mucho más tiempo.
—¿Cómo...?
—No hay mente que se me resista y mis espías son los mejores de toda Lyssandria —corté antes de que terminara la pregunta.
—Callum, te lo suplico.
Había pánico real tras los ojos del Guardián de las Llamas.
No era necesario que un Guardián tuviera descendencia directa para que, al morir, sus poderes encontraran sustituto.
La magia siempre hallaba su lugar y nosotros podíamos designar herederos que fueran dignos.
Raras veces nacía un primogénito o primogénita que no heredara el puesto de su padre o madre. Hacerlo era considerado un gran honor.
Sin embargo, la natalidad era complicada entre los Altos Fae.
Por eso, en muchas ocasiones, los poderes se transferían a primos, hermanos o sobrinos.
Ser heredero anunciado era una vida peligrosa.
Pues no había nada más frágil que un heredero.
Ni manera más certera de hacer daño a los intocables Guardianes.
Entendía los motivos de Aiden para ocultar su identidad. Los respetaba. Pero si Cailan quería sentarse en la mesa de los mayores, debía empezar por respetarlos y actuar como uno.
—No tengo intención ni ganas de hacer daño a tu familia, Aiden. Pero el joven Cailan debería aprender a mantener la boca cerrada en según qué situaciones. Habiendo aclarado esto, me gustaría volver al tema que nos atañe.
—Por supuesto. —Aiden miró a su hijo con gesto severo—. Cailan.
—Mis disculpas, Guardián de las Sombras. —Por primera vez desde nuestra llegada el chico aparentaba su juventud.
—¿Qué podemos hacer por ti? —preguntó su padre desviando la atención.
—En el Cónclave mencionaste unas profecías que relacionabas con Elara.
—Así es —confirmó Aiden.
—¿En qué consisten?
Aiden apoyó la barbilla sobre sus manos entrelazadas.
—Tú, tan bien como yo, sabes los orígenes de la guerra que acabó con la vida de los humanos.
Puede que ninguno de nosotros hubiera nacido, pero sí alguno de nuestros antepasados.
Los humanos traían consigo la posibilidad del final de Lyssandria tal como lo conocemos.
Las cinco cortes se unieron para erradicar la profecía que anunciaba el fin de nuestro mundo.
Esa parte de la historia la conocía. Había crecido escuchándola como el resto de Lyssandria. Pero, gracias a Nimue, ahora sabíamos mucho más sobre la verdad detrás de aquel cruento exterminio.
Habíamos decidido no compartir con Aiden la información que la bruja nos había dado. Tampoco la identidad de Elara. Aiden era un Fae celoso de conocimiento. Mientras pensara que él llevaba la delantera, más sencillo sería obtener lo que necesitábamos.
—¿Y todo vino dado por una profecía?
—Así es. Una tan antigua y terrible que ya no queda rastro de ella.
—¿Tanto como para erradicar a una sola raza? ¿Un genocidio?
Aiden dio un manotazo cansado al aire.
—¡Oh, olvida ese tono de juicio, joven Guardián!
Tus manos son las primeras que están manchadas de sangre.
Nuestros antepasados hicieron lo que consideraron oportuno para mantener la paz.
Se dice que las profecías venían de los propios Dioses Olvidados.
A pesar de que nos hayan abandonado, no soy quién para juzgar su sabiduría.
—Sigo sin entender qué tiene que ver con Elara.
Nuada, como Cailan, escuchaba nuestro intercambio con suma atención.
—Algo que la mayoría de los libros de historia no cuentan es que varias de las cortes abogaron por eliminar también a los mestizos con sangre humana y a los Hadaës.
No obtuvieron apoyos suficientes. Con los años, la sangre ha ido diluyendo más y más su presencia.
Pero Elara es la muestra de que todavía existe sangre humana en el continente.
Sangre corrupta con el potencial de acabar con Lyssandria.
Me alegré de que la mesa ocultara mis manos. De lo contrario, Aiden habría sido testigo de las sombras asesinas que las bañaban.
—Por eso querías matarla en el Cónclave. —Aquellas palabras sabían a ácido en mi garganta.
—La muchacha estaba descontrolada, Callum. Tú mismo fuiste testigo de lo que hizo con el palacio.