Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXVIII. Callum #2
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Capítulo XXVIII. Callum #2

Elara fue más rápida y sensata que yo en su respuesta. De no haberse adelantado, la corriente de sombras que me inundó habría acabado con el palacio entero de un plumazo.

—¿Y tú eres? —preguntó con un susurro aburrido.

Elara sabía perfectamente quién era. Yo mismo me había encargado de ponerla al día sobre los secretos de Aiden, en caso de que fuera necesario usarlos.

—Cailan, consejero del Guardián de las Llamas. —El aludido alargó un brazo en dirección a Elara a modo de saludo.

Un brazo del que brotaban pequeñas lenguas de fuego.

Una prueba.

Ella sonrió dulcemente. Observó el brazo extendido de Cailan durante un par de segundos más de lo que era necesariamente educado.

—Cailan, un consejero debería informarse mejor antes de decir estupideces —dijo al tiempo que estrechaba su brazo con la mano libre. Esta vez, su mano estaba rodeada de llamas candentes.

Desde que Aiden había aceptado nuestra visita, Elara había pasado día y noche practicando el poder de las llamas.

Apenas había descansado. Sin embargo, había merecido la pena con tal de ver la cara de asombro de nuestros anfitriones.

La sonrisa de Cailan se esfumó de un plumazo. Su Guardián se repuso más rápido.

—¿Pasamos dentro? Estoy seguro de que tenemos muchas cosas de las que hablar y el calor puede acabar siendo incómodo para los Fae de otras cortes.

Vuestros aposentos tardarán un poco más en estar listos, ya que los están preparando después de la salida de nuestros huéspedes previos.

Pero podemos ir a mi despacho y hablar con tranquilidad de las novedades urgentes que mencionabas en tu carta que debíamos tratar.

Asentí gesticulando con la mano para que Aiden liderara nuestro avance.

Conseguir la manera de llegar hasta el dios Hunt era esencial para saber a qué nos enfrentábamos. Los reportes de ataques de criaturas oscuras no hacían más que multiplicarse.

Aiden había sido el primero en sugerir acabar con la vida de Elara como medida preventiva. También había sido el primero en hablar de antiguas profecías. El Guardián era de los Fae más antiguos que todavía vivían y estaba claro que sabía mucho más de lo que dejaba entrever.

Las puertas del castillo se abrieron en silencio varios metros antes de que llegásemos a ellas. Sentí que Elara se ponía rígida al tiempo que la risa cruel de Nuada recorría el espacio.

—¡Oh, una reunión familiar! Menuda suerte la tuya, querida Elara. Y yo que pensaba que se irían antes de que llegaras.

—¿Elara? —exclamó una voz femenina.

Dos figuras emergieron del interior fresco del castillo. El tiempo se ralentizó. Sentí como el control de Elara se tambaleaba durante unos segundos conforme la princesa de las Tormentas y su general salían a la luz.

Lo cierto es que el aspecto de Orla era deplorable. Dos grandes surcos oscuros cubrían la parte inferior de sus ojos, y su piel, normalmente cálida, estaba teñida de una palidez enfermiza.

Elara frenó en seco y percibí el instante concreto en el que se tensaba. No podía soportar verla así. Mi parte oscura tomó las riendas.

—Cían, Orla, qué sorpresa tan inesperada. ¿Vosotros también habéis venido a disfrutar de Primfaya ? No os tenía por unos fiesteros. Tenía entendido que el palo de escoba que Finnian lleva metido dentro se extiende a todo su círculo.

—Callum, como siempre, ojalá pudiera decir que es un placer.

La ansiedad era aparente tras las palabras del general de las Tormentas. A su lado, y apoyada ligeramente sobre su brazo, Orla estaba tan incómoda y rígida como Elara. Sus grandes ojos dorados se llenaron de palabras sin pronunciar.

La mano de Elara comenzó a temblar contra el hueco de mi codo donde estaba apoyada.

—Encantador. La dialéctica de vuestra corte jamás deja de sorprenderme.

—Me esforcé en que mis palabras dolieran.

Aunque sabía que ella las leería por lo que realmente eran.

Una manera de ganar tiempo—. Tiniebla, tienes cinco minutos para rememorar viejos tiempos.

Levi, asegúrate de que se porta bien. Te veré de vuelta en nuestros aposentos cuando terminemos la reunión. Sé buena.

Me despedí con un beso suave que deposité detrás de su oído.

Cada una de mis palabras se clavaron como aguijones en mi consciencia. Aparqué aquella sensación en la voluta de remordimiento que habitaba normalmente en mi garganta y continué andando. Me adentré en el palacio sin mirar atrás seguido de cerca por Nox.

— Tómate el tiempo que necesites, Tiniebla.

—Gracias.

Su voz sonó pequeña e insegura. Algo poco característico en ella. Tuve que emplear toda mi fuerza de voluntad para no girarme. Sabía que era capaz de enfrentarse a aquello, pero mi corazón sangraba sabiendo que tendría que hacerlo sola.

—No está sola. Tiene a Levi —me recordó Nox.

Seguimos los pasos de Aiden en silencio.

La pequeña comitiva entró en un despacho amplio y sin ventanas.

Las paredes estaban cubiertas por gruesos tapices que representaban grandes batallas de la historia de Lyssandria.

Varias antorchas iluminaban el espacio flotando alrededor de la bóveda de piedra.

Aiden se sentó en la cabecera de la enorme mesa de piedra que cubría la mayoría de la superficie. Dos amazonas estaban apostadas a su espalda. Otras dos en la puerta. Nuada se sentó sin miramientos a su lado derecho, poniendo ambos pies sobre la mesa. Cailan tomó el izquierdo.

Un buen intentó de paripé.

Caminé sin prisa hasta la silla que descansaba, solitaria, en el lado opuesto al de Aiden. Nox no se sentó a mi lado, sino que permaneció de pie y alerta a mi espalda.

Antes de que alguien diera la reunión por comenzada, unos pasos resonaron en la entrada, al tiempo que las amazonas abrían las puertas.

—¡Ah, Orión! ¿A qué debemos tu visita? —preguntó Aiden con una sonrisa tensa—. Pensaba que tenías planeado regresar a la Corte del Bosque tras el almuerzo .

—Tiene que estar de coña —suspiró Nox—. ¿Era demasiado inocente pensar que había muerto después lo de los Archivos?

Me mantuve recto. No era necesario girarse, el hedor que aquella escoria arrastraba era indicativo y confirmación suficiente de su presencia.

Cada bocanada de aire que tomaba, cada segundo que su corazón latía era un recordatorio de que lo había dejado con vida.

En su momento aquella había sido la decisión más inteligente.

Al menos la única que había sido capaz de tomar, por egoísta que fuera.

—Esa era la intención. Pero no he podido resistirme a pasar por aquí al enterarme de la noticia de la llegada de mi querido Guardián. Callum... —saludó desde la entrada—. Nox.

Ni siquiera me volví para reconocer su presencia.

—No soy tu Guardián, Orión —respondí sin levantar la vista.

—¿Crees que dirá algo de Elara? —quiso saber Nox.

—No se atreverá. Mencionarla sería inculparse.

Orión era un ser cobarde. Siempre lo había sido.

La protección de mi padre, al que idolatraba, había sido lo único que le había permitido sobrevivir tantos años.

Desde su pérdida y mi destierro, sospechaba que Orión había encontrado otro árbol retorcido y muerto al que arrimarse.

El Alto Fae no tardó en confirmar mis peores sospechas.

—Tienes razón. Supongo que, a efectos prácticos, Umbra es ahora mi Guardiana. Al fin y al cabo, ha sido más que generosa permitiéndome servir en su corte estos últimos cien años desde que me desterraste.

No era un secreto que Umbra y mi padre eran amigos. O lo más parecido a un amigo que alguien vacío podía tener. No era descabellado que Orión hubiera acudido a su corte en busca de asilo.

—Tengo entendido que te espera un largo viaje, Orión. Deberías ponerte en marcha —dijo Nox cortante.

El Alto Fae hizo caso omiso de la advertencia de mi general y se adentró con paso firme en el despacho.

—Estoy en la Corte de las Llamas en representación de Umbra. Si esto es una reunión entre Guardianes, mi obligación es quedarme.

—No es una reunión oficial —intervino Aiden.

—Tan solo una conversación entre amigos —completé, mirándolo al fin—. Lo cual tú no eres. Vete antes de que te obligue a hacerlo.

Orión tuvo la osadía de hacerse el ofendido.

—Has traído a la abominación contigo, creo que Umbra estará interesada en lo que tengáis que hablar y en los motivos de vuestra visita.

Mi oscuridad estalló contra Orión. Pero fue mi mente la que llegó primero.

Hinqué mis garras en la mente del Alto Fae y apreté con fuerza.

Orión ahogó un grito de dolor mientras mis tentáculos de sombra lo estrellaban contra la pared.

Mi poder resquebrajó su patético escudo en apenas unos segundos.

Para mi sorpresa, dentro no había nada. Era como si su mente estuviera vacía. Sentí un poder extraño.

—Tú no hablas de ella.

Aiden debió de percibir la letalidad en mi tono porque su propio poder inundó la sala.

—Me temo que Callum tiene razón, viejo amigo. Esta conversación no atañe a la joven Elara y tampoco está destinada para los oídos de Umbra. Callum y su corte han venido como mis invitados personales a Primfaya . Mis amazonas te acompañarán a la salida. Transmítele mis respetos a Umbra.

—Por supuesto —gimió Orión cuando me digné a liberar su cuerpo y su mente.

No me pasó desapercibida la mirada de odio profundo que me dirigía antes de que dos amazonas le sacasen de la sala.

—Eres experto en hacer enemigos —dijo con una sonrisa Cailan.

—Este en concreto se lo ha ganado a pulso.

El joven Fae asintió lentamente, inclinándose sobre la mesa.

—¿Por qué no matarlo entonces? Tengo entendido que esa es tu especialidad.

Era la segunda vez que Cailan preguntaba algo que no debería preguntar. Para ser honestos, yo era la primera persona que agradecía y aplaudía cierto grado de desafío juvenil. Para muchos, yo mismo era joven. Al menos dentro de los parámetros vitales de los Altos Fae.

Por desgracia para Cailan, estaba llegando a mi límite.

Dos podían jugar el mismo juego. A ser un cabrón sin escrúpulos no me ganaba nadie.