Capítulo XXVIII. Callum
CAPÍTULO XXVIII
Callum
Las palabras de sus mentiras quemaban más que las llamas del desierto.
Los restos de lavanda y noche fresca se evaporaron suspendidos en los resquicios del Salto Irisado.
Fueron sustituidos por el aroma tosco y chamuscado de la arena y el azufre.
Respiré una bocanada árida en el mismo instante en el que nuestros pies rozaron el suelo.
Una bocanada que dejó mi garganta reseca y provocó el inicio de una migraña.
Odiaba el puñetero desierto y su calor inútil.
El desierto era donde morían los sueños. Una de las pocas verdades que mi padre había dicho en toda su vida.
A nuestra espalda, la monstruosidad de arcilla blanca que era el palacio de Egros se mezclaba con la danza envenenada del horizonte rojizo.
La Corte de las Llamas parecía sacada de otro mundo.
Un mundo seco y en ascuas que contaba los segundos entre minutos desesperado por acercarse, más y más, al resguardo de la noche.
Alrededor del palacio se erguía un mar de construcciones de adobe claro y terracota.
Una marabunta de toldos multicolores tejía un entramado de telas y sombras que resguardaban las pieles del desierto.
Desde la ciudad llegaban aromas a carne frita y tés especiados que se mezclaban con las brisas arenosas.
La ciudad de Egros bullía con júbilo ante la proximidad de Primfaya.
No me gustaba un pelo que Aiden hubiera aceptado nuestra petición de dialogar a tan solo un día del mayor festival de su corte.
Las celebraciones de Primfaya eran conocidas por su peligrosidad para los extranjeros.
Aun así, la recolección ancestral de las cenizas del volcán de la corte atraía a curiosos de todas las cortes.
La capital se convertía en un hervidero de tensiones políticas, borrachos y fanáticos religiosos.
— Bueno, que comience el espectáculo.
Gruñí como única respuesta a la advertencia de Nox a través de la red mental que nos unía a todos.
Él y Levi nos flanqueaban y vestían el uniforme oficial de la Corte de las Sombras, que rara vez llevaban puesto.
Un uniforme negro, reforzado en el pecho, los hombros y las costillas con una aleación flexible de plata.
Los paneles de metal estaban serigrafiados con las constelaciones más importantes de la corte y reflejaban la luz abrasadora del sol.
A simple vista ninguno de los dos llevaba armas.
Y, aunque yo sabía que escondían varias tras los ropajes, lo cierto es que ellos mismos eran máquinas de matar.
Su poder, al igual que el mío, era más que suficiente.
Su reputación les precedía, aunque rara vez hacían apariciones públicas. Su cometido era proteger a Elara bajo cualquier circunstancia y servir como elemento disuasorio para cualquier inconsciente que intentara algo.
Mi hermana se había quedado con mi madre, pues siempre me gustaba dejar a alguien de confianza en la Corte de las Sombras. Sin embargo, Lía había insistido en que tanto Nox como Levi nos acompañasen.
—Callum, viejo amigo, bienvenidos. Es un placer contar con vuestra presencia en unas fechas tan señaladas.
—El placer es nuestro. Te agradezco, de nuevo, que nos dediques parte de tu valioso tiempo.
Los ojos del Guardián de las Llamas se posaron con el ceño fruncido sobre Elara. Su cuerpo enfundado en gasa descansaba sobre mi pecho. Dócil, provocador y mío .
Pese a que la idea de que los demás la vieran como una mascota me revolvía el estómago, aquella era la manera más sencilla de mantenerla a salvo. Aiden, Umbra y Finnian habían asumido que yo tenía el control sobre Elara. Lo habían dejado claro en el Cónclave.
Ambos lo habíamos acordado antes de partir de viaje. Elara jugaría el papel de la ladrona sin escrúpulos obsesionada bajo el embrujo de su Guardián. Yo solo tenía que mantener la careta del monstruo despiadado que los demás conocían fuera de mi círculo de confianza.
¡Por la Verdeluna! Tal vez tuvieran razón porque solo un monstruo disfrutaría tanto de una mentira.
El peso de su cuerpo contra el mío y su aroma fresco y dulce envolviéndolo todo me estaban volviendo loco.
Aunque nada era suficiente comparado con la satisfacción de ver la cara de asombro de Aiden y su séquito.
Mía gritaban mis manos al recorrer el cuerpo de Elara.
Suyo susurraba mi corazón a cada latido.
Decidí enfundarme en la piel del monstruo que me precedía. Estaba hambriento y con Elara tan cerca las mentiras sabían dulces.
—No me cansaré de decirlo, tienes un problema —me reprendió Nox.
—Yo creo que es bastante sexy — susurró Levi entre risas.
Hice caso omiso a las declaraciones de mis amigos y me centré en los Fae que estudiaban a Elara con detenimiento.
Al lado de Aiden, su campeona lo observaba todo con ojos entrecerrados.
A su derecha, el joven Cailan bebía la escena con una mirada ávida y sonrisa socarrona.
Su tez olivada contrastaba con su pelo blanco.
La melena le caía en multitud de pequeñas trenzas adornadas con cuentas doradas hasta los hombros.
Poca gente sabía quién era Cailan en realidad. Por suerte, los secretos eran la especialidad de mi corte. Cailan bajó la mirada por el cuerpo de Elara sin remordimientos. Yo apreté las manos con más fuerza.
Elara llevaba un vestido vaporoso de tela gris oscura que recordaba a un susurro de cielo y luna antes de una tormenta.
Las mangas abiertas caían en ondas suaves dejando a la vista sus hombros y la mayor parte de su espalda y garganta.
El corpiño de aleación de plata, similar a las protecciones del uniforme militar, mantenía contra su cuerpo las dos dagas que había mandado hacer para ella.
Aunque creía que nadie se percataba, la había pillado en más de una ocasión acariciando las armas como si fueran cachorros.
Definitivamente, era un monstruo, ya que, mentira o no, no estaba dispuesto a renunciar a su cercanía. Acaricié su cadera bajo la atenta mirada de todos los presentes.
Media docena de amazonas del desierto, la guardia personal de la corte, rodeaban a su Guardián.
Otra media docena estaba apostada en todos los puntos críticos de las entradas al palacio.
De piel tan blanca que era casi translúcida y más altas que la mayor parte de Fae, las amazonas eran parte de un clan recluido y poderoso de Altas Fae dentro de la Corte de las Llamas.
Sus melenas blancas, como la de Aiden, ondeaban como espejos bajo el cielo abrasador.
Las leyendas decían que la madre de Aiden había sido una amazona antes de casarse con su padre y dar a luz al siguiente Guardián.
No había rastro alguno de la supuesta bravura y fiereza de las amazonas en el Guardián de las Llamas.
Aiden era un Alto Fae dado al estudio, que pasaba la mayor parte de sus días entre libros. Lejos del sol.
Y de su pueblo.
—¡Sin duda estos colores te sientan mucho mejor, Hadaës! Tus talentos homicidas estaban desperdiciados en la Corte de las Tormentas. Bueno, los homicidas y supongo que tus otros muchos talentos.
En el lado izquierdo de Aiden, la sonrisa de labios rojos de Nuada se ensanchó con malicia. Un contraste afilado y lleno de dientes contra su piel color ceniza. Cailan rio por lo bajo.
Me obligué a pasar una mirada aburrida sobre el intercambio.
No me pasó desapercibido que Levi se tensaba a la derecha de Elara, dejando que las llamas azules de su poder de Dracano brillaran en advertencia.
—Cuidado —se limitó a ronronear.
Un par de amazonas retrocedieron levemente. Al menos alguien en la corte tenía algo de sentido común.
Dejé caer una sonrisa cruel, satisfecho con su reacción. Pese a todas las bromas y las salidas de tono, Levi era mi campeón por algo. Era letal y el último de su especie. Nadie era tan tonto como para ofender a un Dracano, o a alguien bajo su protección. Las amazonas lo sabían.
Evidentemente, Nuada y Cailan, no. Sus sonrisas solo se ensancharon.
Entre mis brazos, Elara torció la cabeza con gesto intrigado.
Como una bestia a punto de jugar con su presa.
Su mano envuelta en mis sombras acariciaba distraída mi mano aferrada a su cintura.
Mientras tanto, un susurro de su oscuridad viajó hasta Levi a modo de caricia. Como un amo aplacando a su bestia.
Siempre en control.
Levi se relajó de inmediato.
Era todo parte del teatro que habíamos venido a representar. Necesitaban temer a Elara y respetarla al mismo tiempo. Necesitaban ver su control.
Los ojos de todos los presentes se abrieron alarmados al presenciar el despliegue del poder de las Sombras por parte de la supuesta Campeona de las Tormentas. Acaricié con orgullo las paredes de su escudo. Tuve que reprimir un gruñido cuando sentí como se estremecía tras mi caricia.
Elara descansó con descaro todo su peso contra mi pecho y enredó sus dedos en los míos dirigiéndolos de manera sugerente hasta su cuello.
—Tu interés por mis talentos me halaga, Nuada. Si hubiera sabido que salvarte el culo de las garras de la muerte iba a convertirte en un perrito obsesionado conmigo yo misma te habría matado en la primera prueba. Por desgracia para ti, me gustan las manos que sujetan mi correa.
Elara aferró mi antebrazo cuando mis dedos se explayaron alrededor de su garganta. No pude evitarlo, apreté ligeramente. Sentí el gemido ahogado que dejó escapar en un suspiro contra mi pecho y en las yemas de mis dedos.
Espíritus, lo que me hacían esos ruidos.
Nuada abrió la boca con los ojos entrecerrados, a punto de contestar las insinuaciones de la ladrona. Sin embargo, la risa genuina que brotó desde lo más profundo de mi pecho frenó sus avances.
—Le gusta morder. ¿Qué puedo decir? —murmuré, disfrutando de cada motita roja que teñía la piel oscura de Aiden.
Sin embargo, parecía que Aiden había perdido la capacidad, o el interés, de hablar.
—Tenía entendido que en la Corte de las Sombras os gusta compartir —dijo Cailan con una sonrisa socarrona.