Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXVII. Elara
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Capítulo XXVII. Elara

CAPÍTULO XXVII

Elara

Sus latidos bajo sus dedos. Aquella era la única canción que sabía tocar de memoria.

Las palabras de Lía me persiguieron durante horas después de regresar al palacio.

El dosel de mi cama lanzaba sombras que se mezclaban con la luz de Verdeluna y el miedo a volver a las pesadillas que empañaba las sábanas.

No quería despertar sobresaltada con la cara de mi madre grabada a fuego en la retina y la sensación de que había perdido algo importante atravesando mi garganta.

El sueño me evitaba. O, quizá, yo lo evadía a él.

Hacía días que no dormía sin que las pesadillas me encontrasen. De hecho, en los últimos meses, solo las dos noches que había pasado junto a Callum había conseguido dormir del tirón. Él había visto mis verdades y no había huido de ellas.

En su lado de la pared no escuché ningún ruido. Tampoco ningún grito. Tal vez aquella noche Callum dormía libre de monstruos.

Me levanté apartando las sábanas a patadas. Mis piernas anduvieron sin rumbo fijo dando vueltas por la habitación mientras mi cabeza trabajaba a toda velocidad. Ambas sabíamos que, a falta de rumbo, lo que mis pies hacían eran evitar el destino que en realidad anhelaban.

La puerta que unía nuestras habitaciones se burlaba de mi batalla en la oscuridad. Tan cerca y a la vez tan lejos.

¿En qué espíritus estaba pensando?

No podía irrumpir en su cuarto sin invitación. Y, además, ¿para qué? No había pesadillas que espantar porque apenas lograba apagar el cerebro el tiempo suficiente como para dormir. Tampoco él necesitaba mi ayuda.

La idea era ridícula.

Aun así, antes de que me diera cuenta, mis pasos llegaron hasta la puerta y mi mano se alzó hacia el picaporte. Comencé a bajarla antes de cometer una locura.

Sin embargo, la puerta se abrió de repente.

Con la mano todavía en el aire, los ojos de Callum encontraron los míos.

Solo nuestras respiraciones sobresaltadas ocupaban el espacio.

La sorpresa en su rostro debía ser un reflejo de la mía.

Su mirada recayó en mis dedos extendidos. Sentí que pasaba una eternidad.

—Yo...

—Lo siento.

Los dos hablamos al mismo tiempo.

El inicio de una explicación murió en mis labios al tiempo que las disculpas de Callum se perdían en la noche.

—No puedo dormir —dijo él atropellado.

Verlo dubitativo y angustiado retorció una parte de mi corazón que creía perdida.

—Yo tampoco.

—No me refiero a esta noche, Tiniebla —dijo dando un paso en mi dirección—. No puedo dormir nunca . Las pesadillas siempre han sido parte de mis noches. Pero ahora, desde que estás aquí, es insoportable.

Comencé a retroceder avergonzada.

Tal vez sin saberlo había estado proyectando mis pesadillas en la mente de Callum. Revisé mis escudos en busca de brechas. Si él acostumbraba a tener problemas para conciliar el sueño, lo último que necesitaba eran los míos infiltrándose en su descanso.

Callum atrapó mi mano entre las suyas y tiró de mí. Un suspiro de asombro escapó de mi pecho cuando nuestros cuerpos impactaron. Él me atrapó con naturalidad.

—No lo entiendes. Solo tu presencia las calma.

El problema era precisamente lo contrario.

Sí que lo entendía, lo entendía demasiado bien. Pero la línea sobre la que Callum y yo bailábamos era complicada.

—¿Cuánto me odias hoy? —susurró con una sonrisa cansada.

—Me parece que ambos sabemos que llevo un tiempo sin odiarte demasiado —me atreví a susurrar contra su pecho.

Callum hundió sus manos en mi cabello y me cogió en brazos. Enredé mis piernas alrededor de su cadera sin pensarlo. Echó a andar y yo me dejé llevar.

—Quédate. No solo esta noche, Elara. Quédate siempre.

—Callum.

—Tú en tu lado y yo en el mío, pero juntos. No puedo pasar una noche más sabiendo que tú estás sola al otro lado. No después de... —Callum vaciló un segundo—. Los dos necesitamos descansar. ¿Has tenido pesadillas cuando hemos dormido juntos?

Despegué la cabeza del hueco entre su hombro y su cuello al mismo tiempo que él se paraba frente a la cama. Con sus ojos en los míos negué despacio.

—Entonces quédate. Por favor.

Como respuesta me bajé de su cuerpo y me metí en la cama antes de poder analizar la situación a fondo. Antes de perder el impulso que había llevado mis pies hacia su puerta.

Callum me siguió de inmediato, cubriéndonos a ambos con un edredón suave y fresco.

Bajo las mantas su mano encontró mi cuello.

Noté como dudaba durante un segundo. Me acerqué más a él, hasta que sus dedos acariciaron mi garganta.

Necesitaba notar su piel contra la mía. Necesitaba todo lo que estuviera dispuesto a darme.

Escuché como liberaba una exhalación entrecortada.

Su mano se expandió sobre la base de mi cuello.

Tentativa. Noté como sus dedos temblaban.

Su pulgar acarició mi cicatriz con suavidad, mientras su dedo índice tocaba con reverencia la zona donde mi pulso latía descontrolado.

El toque era leve, apenas un roce, pero su presencia me envolvió con cuidado.

El sueño me encontró fundida en sus caricias.

La noche siguiente dejé la puerta entre nuestras habitaciones abierta. Callum se coló entre mis sábanas horas antes de la madrugada.

Aquella se convirtió en nuestra rutina.

Sus dedos en mi cuello eran el único roce permitido.

Nuestras oscuridades respiraban la misma noche, sirviendo de escudo contra nuestras pesadillas y guardando nuestros secretos bajo la Verdeluna.