Capítulo XXVI. Elara #3
Una parte de mí sabía cómo empezaba y acababa esa historia.
Había conocido a demasiados sádicos y torturadores en mis años como ladrona.
Eran siempre los rivales más complejos. Muchas veces no les importaba ganar.
Para ellos dañar a su oponente era también una victoria.
En ocasiones, el olor del sufrimiento ajeno era suficiente.
Aun así, saberlo no hizo que las palabras de Lía dolieran menos.
—Era hija de uno de nuestros tutores. Vivía en la capital y, al tener nuestra edad, pasaba mucho tiempo con nosotros.
Al principio solo éramos dos niñas enamoradas, pero con el tiempo lo nuestro se volvió más serio, más real.
Ava era, a menudo, la única parte buena de mis días.
Le encantaba cantar y tocar el violín. Tenía una voz preciosa capaz de atrapar la atención de cualquiera y escribía las canciones más delicadas que he escuchado jamás.
Lía sonrió con los ojos cerrados. Yo estaba segura de que, en esos instantes, una de las canciones de Ava bañaba sus recuerdos.
—Lo mantuvimos en secreto durante mucho tiempo para evitar que mi padre se enterara.
Cada vez que descubría algo que nos hacía felices, se empeñaba en romperlo.
Y funcionó, al menos durante un tiempo. Tanto que fui tan estúpida como para creer que podía tener algo así.
Sin embargo, como todo lo bueno en esa época de nuestras vidas, no duró.
Las voces divertidas de Levi y los demás se perdieron con el atardecer.
—Cuando mi padre lo descubrió, no hubo vuelta atrás.
En cuanto tuvo oportunidad, secuestró a Ava y la usó para torturarme.
Cuando somos jóvenes, como sabes, controlar la magia es difícil y más bajo estados de presión o dolor.
—Lía negó con la cabeza—. Hizo que uno de sus soldados me torturara sin descanso durante horas delante de Ava, esperando que mi oscuridad explotase y lo consumiera todo, incluida ella.
Intenté controlarme, pero ni siquiera tenía veinte años.
Mi poder era una cosa inestable y torturada.
—Lía cerró los ojos con más fuerza, como si aquello pudiera borrar sus recuerdos—.
No sé cuánto tiempo estuvimos en aquella celda, solo sé que en algún momento ella me dijo que no era mi culpa.
No paraba de repetirlo, mientras suplicaba que pararan de hacerme daño.
Mi control desapareció y la oscuridad arrasó con todos.
Después solo recuerdo dolor. Desde entonces, si uso mi poder, solo puedo oír el ruido que hizo su cuerpo al caer contra el suelo y la risa envenenada de mi padre.
—Lía, lo siento muchísimo.
Ella negó despacio.
—Mi poder trae consigo recuerdos de su sangre en mis manos, del olor de aquella maldita celda. No puedo usarlo sin sufrir un ataque de pánico. Meditar ayuda; de hecho, hay días que es lo único que me mantiene cuerda. Pero el lazo que me une a mi poder es algo roto, imposible de reparar.
—Yo no creo que estés rota, Lía. Eres una de las personas más inteligentes que conozco. Una persona rota no podría hacer ni una milésima de las cosas que tú haces.
Ella abrió los ojos. Unos ojos empañados por las lágrimas que se resistía a llorar. Tal vez se resistía porque las lágrimas no eran para Ava, sino para ella.
—Me recuerdas a alguien a quien extraño —admití.
Lía me miró contemplativa. Como intentando decidir cuánto decir.
—Callum me contó lo de Orla —dijo finalmente—. Debes saber que me pidió que investigara todo lo posible sobre su enfermedad. Todavía no he encontrado nada demasiado útil, pero no pierdo la esperanza. Ya sabes que no dejo que nada se me escape.
A pesar del dolor que Finnian me había causado, no podía evitar acordarme de Orla a todas horas. No saber si se encontraba bien era algo que me estaba matando.
—Finnian estaba convencido de que el poder de la Dama sería suficiente para curarla.
La cara de Lía se endureció.
—Fue injusto por su parte poner ese tipo de presión en tu participación.
Sobre todo, sin tener la seguridad de que ese poder serviría para ayudar a su hermana.
Callum todavía no sabe lo que hace el poder.
Hemos hecho pruebas y experimentos estos meses.
Pero nada. El poder está ahí, pero no puede acceder a él.
Es como si tuviera una función única que no logramos desbloquear. De verdad que lo está intentando.
—Lo sé.
Callum lo había mencionado en varias ocasiones.
—Puedes escribirles. Lo sabes, ¿verdad? ¡Por los dioses! Puedes incluso visitarlos, si así lo deseas. Todos aquí lo entenderíamos.
—Echo mucho de menos a Orla y a Cían, pero no sé si puedo perdonar a Finnian, y ellos siempre le serán leales a él. Muy a mi pesar, entiendo que hiciera todo lo posible por salvar a su hermana.
—Es extraño, ¿verdad? Los límites que estamos dispuestos a cruzar para proteger a quienes amamos. Las mentiras que somos capaces de decirnos con tal de mantener nuestra cordura. O, al menos, la idea de lo que se supone que somos. Todo sería más sencillo si nos limitásemos a decir la verdad.
—Algunas verdades tienen dientes —murmuré.
—Todavía más motivo para no huir de ellas. Al fin y al cabo, siempre acaban alcanzándonos. De nosotros depende que nos muerdan.