Capítulo XXV. Elara #3
Comprendí que la furia no solo iba dirigida a su padre.
No, ese odio infinito que cubría todo su poder estaba dirigido a él mismo.
—Después de aquella noche, aunque lo intenté, no pude salvar a todos los que llegaron después.
Mi poder no era lo suficientemente fuerte todavía y habría sido sospechoso.
Las vidas que no pude salvar las acabé rápido y sin dolor.
Con el resto, me aseguré de meterme en las cabezas que fueran necesarias para ponerlas a salvo.
—Pero eso tuvieron que ser cientos de personas. Miles.
Callum asintió una única vez.
Mi mano encontró la suya en mi tobillo. Me sujeté a su muñeca y apreté ligeramente. Quería hacerle saber que no estaba solo. Que no había sido su culpa. Tan solo era un niño. Un niño solo y torturado en una posición imposible.
—Funcionó durante un tiempo, pero los recursos de un príncipe son limitados cuando él mismo es un esclavo en su propia corte.
Especialmente, porque apenas tenía dieciséis años.
Había pocos lugares donde pudiera mantener a tanta gente escondida.
Fue una inconsciencia por mi parte. Ahora lo sé.
Pero entonces era mi única opción. Todas las familias y personas reubicadas acabaron escondidas en la misma pequeña ciudad costera y en sus alrededores.
—Astrella —comprendí.
Callum no se molestó en asentir.
No hacía falta.
—Alguien se me escapó. Hoy en día todavía no sé quién fue.
Pero alguien averiguó lo que estaba haciendo y se lo dijo a mi padre.
Mis pesadillas, muchas, son de aquel día.
Recuerdo hasta el último maldito segundo.
Mi madre inconsciente en mitad de la plaza.
Los Guardias arrancando la ropa de Lía a latigazos.
Y la orden clara de mi padre: «Pensaste que podrías salvar a un puñado de miserables a mis espaldas.
Esto te enseñará a no subestimarme. Mátalos a todos.
La ciudad entera. Mátalos o yo las mataré a ellas».
La Verdeluna alumbró aquel recuerdo envenenado, sin darme tiempo a pedirle que volviera atrás en el tiempo y evitara tanto dolor.
—Así que lo hice. No fue difícil. Ni siquiera lo pensé. Matar a cientos de personas fue tan sencillo como parpadear —confesó con la voz vacía—. Y lo peor de todo es que lo volvería a hacer.
Sentir el odio que aquello le provocaba dolía demasiado. Aquella era una carga imposible que Callum arrastraba a diario.
—Me prohibió volver a la capital hasta que no me hubiera deshecho de todos y cada uno de los cuerpos sin magia.
A lo largo de los tres días siguientes enterré seiscientos treinta y dos cuerpos.
Cuando terminé, solo me quería morir. De no haber sido por Levi y Nox, no habría sobrevivido la noche del tercer día.
Durante años fui tan solo una sombra. Su presencia fue lo único que me mantuvo con vida.
—¿Volvió a pedirte que mataras a alguien?
En el fondo ya sabía la respuesta.
—Durante varias décadas no hizo falta que matara a nadie más.
El mero recuerdo de Astrella era suficiente para mantener a sus rivales inactivos.
Pero después comenzó a volver a necesitar de mis servicios.
Los Fae vivimos mucho y olvidamos pronto.
Para entonces yo ya no era un crío asustado y sin recursos.
Mi poder ya superaba cualquier otro y era capaz de mucho más que borrar memorias y sustituir recuerdos.
Podía manipular a cualquier persona, convencerlo de cualquier cosa.
A cualquiera menos a él. La mente del Guardián de las Sombras está protegida por una magia antigua.
Aun así, jamás volví a matar en su nombre y me aseguré de que nadie lo averiguara.
La noche continuó brillando ajena, o indiferente, ante nuestras confesiones.
—¿Puedo quedarme?
Callum me miró por fin, durante unos segundos infinitos. Reconocí algo roto en el negro de sus ojos. Algo que me miraba desde cada reflejo que me devolvía la mirada. Sin embargo, detrás de aquel dolor, había un pedazo de esperanza.
—¿Y dormir al lado de un asesino? —preguntó desafiante.
—Hace tiempo me dijiste que podíamos ser monstruos juntos. Que no había nada en mi oscuridad que no pudieras asumir. Me pediste que te diera mi oscuridad y mi dolor y los harías tuyos.
—Sí, eso dije.
—Dame tu oscuridad y yo te daré la mía. Deja que sostenga algo de la carga. Al menos por esta noche.
Callum no dijo nada más. Vi el momento en el que su cuerpo se contuvo para no abrazarme. Testarudo hasta el final con sus promesas. Se tumbó en silencio y separó las sábanas para que me acostase a su lado.
Me tumbé tan cerca como pude sin tocarnos. Lo suficiente para que su respiración se mezclara con la mía. Nuestras manos estaban tan cerca y a la vez tan lejos que sentí que me volvería loca.
Al final, el sueño ganó la batalla.
Entre las penumbras de la noche y los restos de nuestras pesadillas, creí distinguir la palabra siempre saliendo se sus labios. No me importó si fueron imaginaciones mías. Un para siempre al lado de Callum no parecía suficiente.