Capítulo XXV. Elara
CAPÍTULO XXV
Elara
Las heridas de los muertos gritaban su nuevo nombre haciéndose eco de las lágrimas negras que lloraba su propio corazón.
Un alarido rompió el silencio de la noche.
Me desperté daga en mano, con los restos de una pesadilla nublando mis sentidos. Las noches se habían convertido en un lugar hostil que temía cada día. Un lugar plagado de fantasmas a los que podía poner cara.
Fantasmas con nombre.
Otro grito estrangulado me sacó de mis propias pesadillas.
Me incorporé con el ceño fruncido. Mi cuarto estaba vacío y el palacio permanecía en calma.
El descubrimiento de Lía había traído consigo días de expectación.
Callum había solicitado a Aiden una audiencia privada.
Ahora solo tocaba esperar la respuesta del Guardián de las Llamas.
Algo frío y familiar me acarició el tobillo.
Al mirar hacia abajo uno de los tentáculos de sombras de Callum se me enroscó en la pierna. No había hostilidad en el gesto, pero sí premura. Me levanté al tiempo que otro quejido, esta vez ahogado, se filtraba por la puerta que conectaba nuestras habitaciones.
Apretando el arma con fuerza corrí hasta abrir la puerta de un tirón. Preparada para atacar. Pero no había ninguna batalla campal en marcha. Ni tampoco ningún intento de asesinato. No, la imagen que me recibió era todavía más desoladora.
Callum se retorcía de dolor en el centro de una enorme cama con dosel.
Tras las cortinas semitransparentes, jadeaba atrapado en una pesadilla.
Su cuerpo estaba cubierto de las mismas sombras brillantes que pintaban sus manos en las ocasiones en las que usaba grandes cantidades de poder.
Incluso en la oscuridad, pude ver la capa de sudor frío que cubría su cuerpo marcado de cicatrices.
Deposité la daga sobre una de las mesillas que había a cada lado de la imponente cama antes de aproximarme.
Había pilas y pilas de libros en cada rincón libre de la habitación, a pesar de que una de las paredes estuviera cubierta por grandes estanterías a rebosar.
Un sofá enorme de terciopelo descansaba frente a una chimenea que todavía ardía con los restos de un fuego.
En la mesita había una partida de ajedrez a medio terminar.
Una pequeña alcoba a la izquierda del amplio ventanal daba paso a un despacho desordenado pero acogedor.
Un despacho sin mesa.
La oscuridad volvió a tirar de mí, devolviendo mi atención hacia el dueño de la habitación. No quise tocarlo. En ese estado despertarle de golpe podía ser peligroso. Pero tampoco podía seguir allí plantada sin hacer nada mientras sufría.
La oscuridad me apretó el pecho, pidiendo salir.
En otro momento habría asido con fuerza la correa que la mantenía atada a mí.
Pero desde el entrenamiento improvisado de Callum en la capital nuestra relación había cambiado.
La oscuridad ya no exigía, enrabietada. En su lugar, acariciaba mi consciencia con mimo de la misma manera que el resto de mis poderes.
Algo en mi interior actuó por instinto. Aparté una de las cortinas, arrodillándome sobre el colchón.
Lo suficientemente cerca como para poder tocar a Callum, pero con cuidado de no hacerlo.
Dejé que mi oscuridad fluyera hacia él. Empezó con la bruma que él me había regalado.
Se desenroscó hasta acariciar mis dedos, extendiéndose poco a poco hasta entrar en contacto con la oscuridad de Callum.
El resultado fue inmediato.
Los temblores cesaron y los quejidos bajaron de intensidad. Aun así, todavía respiraba con fuerza. Desplegué mi poder sobre su cuerpo, intentando calmar su pesadilla con la manifestación física de la mía.
El miedo a perder el control estaba allí, en la parte de atrás de mi cabeza.
Sin embargo, la oscuridad no se descontroló.
Ver que conseguía calmar a Callum, ver que brillaba fundiéndose con su poder, hizo que un escalofrío agradable me recorriera.
La sensación era similar a la de estirar un músculo agotado.
Sentí como si algo esencial, algo que no sabía que había perdido, volvía a su sitio.
—Elara. —Callum abrió los ojos despacio, murmurando mi nombre antes de localizarme en la penumbra de la habitación.
—No pretendía despertarte, pero estabas teniendo una pesadilla y no sabía que otra cosa hacer. ¿Estás bien?
Escuchar mi voz tuvo una reacción inesperada.
Callum se incorporó más rápido de lo que debería ser capaz de moverse nadie. Antes de volver a pestañear se encontraba frente a mí. Sus manos sujetaban mi rostro con una delicadeza imposible y sus ojos recorrían, desesperados, mi cuerpo.
Intenté no pensar demasiado en que me había vuelto a quedar dormida en nada más que ropa interior y uno de aquellos jerséis imposiblemente suaves que continuaban apareciendo en mi cómoda.
—¿Estás bien? ¿Te he hecho algo?
Callum buscaba, frenético, heridas inexistentes sobre mi piel. Atrapé su cara entre mis manos imitando su gesto, hasta que conseguí que me mirara a los ojos.
—Estoy bien, Callum. No me has hecho absolutamente nada.
Él dejó escapar una exhalación de alivio, pero sus manos no abandonaron mi cara. Algo en su rostro todavía andaba perdido en las últimas esquirlas de sus malos sueños.
—Normalmente cuando me despiertan las consecuencias no son agradables. Mandé poner una protección entre nuestras puertas para que no te molestaran mis pesadillas. Pediré que lo revisen por la mañana.
Mientras hablaba sus dedos acariciaban con delicadeza mis mejillas. Había una familiaridad dulce en ese gesto. Una familiaridad que ansiaba con cada caricia.
—No hace falta. Supongo que es lo justo. Si yo te despierto, tú también deberías poder hacerlo.
—Necesitas dormir —murmuró dejándose caer de vuelta a la cama.
Mientras Callum volvía a recostare me abstuve de decirle que él también necesitaba poder descansar en paz.
—En eso estamos de acuerdo, pero el sueño me rehúye desde hace tiempo.
Allí, tumbado, en el brillo de la Verdeluna y el cobijo de las cortinas de la cama, Callum parecía más joven.
Tenía el pelo alborotado y los ojos brillantes.
Enterré las manos debajo de mis muslos, aun sentada de rodillas, para evitar el impulso de apartarle el pelo de la frente.
No había nada que quisiera más en aquel instante que recorrer sus mechones con mis dedos e intentar aliviar algo del estrés con aquel simple gesto.
—¿Quieres hablar de la pesadilla?
Él me dedicó una sonrisa triste, apartando con una mano distraída un mechón que llevaba mi nombre.
—Si hablo de ellas, no volverás a mirarme igual. Y no sé si puedo soportar que me mires de nuevo con odio y desconfianza.
Como siempre, nuestras confesiones eran más sencillas entre sombras.
Avancé despacio hasta colocar mi espalda contra el cabecero. Me quedé allí sentada, abrazando mis rodillas mientras cavilaba sus palabras.
Aún tumbado, él se giró para seguir mirándome. Recé porque no me pidiera que regresara a mi cuarto. Cuando su mano rodeó mi tobillo, dejé escapar una respiración entrecortada.
—No creo que haya nada que puedas contarme que haga que vuelva a mirarte así, Callum. No después de los meses que he pasado aquí.
Su mano se mantuvo alrededor de mi tobillo mientras su dedo pulgar acariciaba la piel sensible del interior de mi pie.
—Te dije que era peligroso. Eso no ha cambiado.
—Por suerte para ti yo también soy peligrosa. No me da miedo tu oscuridad. No puede ser peor que la mía.
—Ahí es donde te equivocas.
El Guardián había dejado de mirarme y supe que su cabeza estaba de vuelta en la pesadilla.
Me partí al verlo vulnerable. La tristeza y la severidad de su afirmación traspasó las fronteras de mi mente, aunque estaba segura de que no era cosa suya.
Nuestra conexión a veces funcionaba de manera extraña.
En ese momento, habría hecho cualquier cosa con tal de aliviar su carga.
Recordando sus palabras el día del ataque de los Sith decidí ser valiente. Comencé a hablar antes de entender mi decisión. Al fin y al cabo, mis pesadillas también tenían cicatrices.
—Mi oscuridad ha matado.
—No tienes que contármelo —murmuró él volviendo a mis ojos.
Sonreí con una seguridad que en realidad no poseía.
—Yo te enseño mis fantasmas, si tú me enseñas los tuyos.
Decidí mirar al frente mientras me obligaba a hundirme en las garras de la pesadilla que era, al final, un recuerdo al que más temía. Me dejé guiar por el brillo de la Verdeluna y comencé a hablar.
—No recuerdo cómo empezó. ¿No es curioso?
Como a veces los recuerdos que más nos atormentan están incompletos.
Son apenas fragmentos inconexos cuyas aristas nos obligan a seguir sangrando.
—Tragué saliva—. No tenía más de cinco años y, hasta ese momento, toda mi vida se había visto reducida a las paredes del orfanato y a las calles sucias de Nébula, donde otros muchos niños probaban suerte.
No lo entendía, al principio, que decidieran vivir allí solos.
Por mucho que dolieran las palizas, las calles no podían ser mejores que el orfanato. Esa noche lo entendí.
Callum se incorporó hasta sentarse a mi lado. Mientras yo miraba a la nada, él no dejó de observarme.
Tampoco de tocarme.