Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXIV. Elara #3
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Capítulo XXIV. Elara #3

Mi reacción fue instintiva. Cerré cualquier grieta a cal y canto. Cerré incluso la puerta de la que solo Callum y yo teníamos la llave. Hacerlo no fue agradable, pero era la única manera de resistir sus impactos.

Él no cesó en sus esfuerzos. El recuerdo de la primera vez que me enseñó a crear escudos amenazó con hacerme reír.

Ahora lo veía claro: entonces se había contenido.

Por algún motivo, eso me cabreó todavía más.

El muy bastardo se había estado conteniendo todo este tiempo, como si yo necesitara estar entre paños calientes.

Me encontré con cada una de las ráfagas de poder que arremetían contra mi escudo.

Una vorágine de oscuridad y galaxias. Me obligué a enfrentarlas con el mismo nivel de fuerza y magia.

Los dientes me rechinaban del esfuerzo y, de haber tenido las manos libres, las uñas se habrían clavado en mis palmas hasta sangrar.

Callum no volvió a hablar hasta que mi escudo se volvió impenetrable. Ningún ataque que mandara conseguiría traspasar mis barreras. Ambos lo sabíamos. Esa certeza me hizo sentir orgullosa.

—Muy bien. Has estado practicando.

—No gracias a ti —gruñí mientras forcejeaba, en vano, para liberarme de su agarre.

Sostuve el aguante de mi escudo que se resistía a ser tumbado por la fuerza implacable de sus acometidas. Ignoré las gotas de sudor que poblaban mi frente e intenté calmar el centro de mi poder.

—Si querías mi ayuda, solo tenías que pedirla, amor. Pensaba que lo había dejado claro.

Esa palabra en sus labios fue casi tan potente como una ráfaga de poder.

Callum hizo que su nariz recorriera el espacio entre mi oído y mi clavícula. Apenas fue un roce, lento y deliberado. Su única función, como la de sus palabras, era desconcentrarme.

—¡Quítate de encima!

—Quítame tú, Tiniebla —ronroneó—. Los dos sabemos que puedes hacerlo, pero te estás conteniendo.

Tenía razón, él no era el único que no había mostrado el potencial real de su poder.

Aun así, me negué a usar las sombras. Dirigí mi concentración hacia las partículas de aire entre nuestros cuerpos llamando a la magia de las Tormentas en un intento de parar su agarré.

Pero fui demasiado lenta y él se dio cuenta de mis intenciones.

Solo conseguí darme la vuelta para enfrentarlo.

—No puedes usar el resto de los poderes.

Tienes que usar solo tus sombras. Está claro que te sientes más cómoda con el manejo mental, pero tienes que aprender a usarlas en el exterior también.

El proceso es el mismo. Son parte de ti, no una fuerza enemiga.

No es un animal al que tengas que conseguir domar.

Solo tienes que aceptarlas, ya lo hiciste con los Puka , pero no podemos depender siempre de que tu vida esté en peligro para que uses el poder de tu corte.

La presión de su magia aminoró ligeramente, dándome espacio para pensar.

—No es tan fácil. Las sombras se mezclan con la oscuridad y pierdo el control.

—Son lo mismo. Elara, has usado tus sombras antes conmigo y no perdiste el control.

Mis hombros se hundieron derrotados.

—Cuando tú estás cerca se vuelven más maleables —admití—. Pero eso solo pasa contigo. Supongo que sienten que eres el Guardián o algo así. En cualquier caso, el riesgo no merece la pena.

—No puedes hacerme daño con ellas, te lo prometo —me aseguró—. Intenta liberarte. Haz lo peor que sepas, yo estaré bien.

Su siguiente movimiento me dejó sin aliento.

Inclinó su cabeza hasta rozar su nariz con la mía en una caricia casta e inocente.

Una acción que, a pesar de que pretendía calmarme, consiguió todo lo contrario.

La oscuridad no me dio tiempo a procesarlo.

Lo cierto es que tanto ella como yo sabíamos que mentirse a una misma servía de bien poco.

Dejé que saliera a jugar. Callum tenía razón, si alguien podía controlar el resultado ese era él.

Aun así, cuando aquel poder de Verdeluna y estrellas lo inundó todo, el pánico me sobrevino. Intenté controlar la dirección de las sombras, pero solo podía pensar en los gritos y en el edificio desmoronándose.

Callum fue consciente del segundo en el que empecé a girar sin control. Su cuerpo se mantuvo contra el mío, presionando, dándome un lugar físico en el que descargar la intensidad de la oscuridad. Sin embargo, su presencia inundó mi mente en una oleada de confianza y apoyo.

Empujé las sombras contra su cuerpo, pero la mole que era el Guardián ni se inmutó. Sus tentáculos de bruma intensificaron la sujeción de mi cuerpo mientras cubrían todo el despacho, pero su presencia cálida nunca abandonó mi cabeza.

—Los dos sabemos que lo puedes hacer mejor. Ni siquiera me has movido un milímetro. Puedes hacerlo, Elara. Deja de luchar contra ti misma.

Las sombras de Callum encerraron a las mías y todo quedó en silencio. Fui consciente de varias cosas a la vez: el edificio no temblaba, la oscuridad no dolía y él estaba allí conmigo. A pesar de todo, estábamos a salvo.

Algo cambió en mi pecho, como si la respuesta a una pregunta que desconocía hubiera encontrado su hogar entre mis respiraciones. Me sentí liviana, parte de la oscuridad. Callum también se percató del cambio.

Permití que la oscuridad, mi oscuridad , lo cubriera todo. Fue como soltar el timón de una embarcación a la deriva en mitad de un mar embravecido. Solo que aquella vez, en lugar de amarrarme al mástil en un intento inútil de no ahogarme, dejé que el agua me engullera.

La presencia constante de Callum en mi mente se convirtió en el centro de mi caos. Mi única cuerda de seguridad.

—Eso es —dijo él en un jadeo de felicidad.

Su voz fue el último empujón que necesité. La oscuridad estalló en mi interior. En lugar de contenerla, me dejé ir con ella. Durante años había luchado contra aquella fuerza como si fuera algo desconocido. Cuando las palabras que le había confesado a Nimue eran la verdad que más temía.

Cuando la oscuridad regresó a mí, no lo hizo para instalarse entre los huecos de mis costillas. No, esa vez caló hasta la última parte de mi esencia.

No fue necesario abrir los ojos para saber que mis manos resplandecían estrelladas y que mis ojos estaban negros.

Con apenas medio pensamiento las sombras empujaron a Callum y a su magia lejos de mí.

Sabía que no estaba haciendo nada para defenderse, pero no me importó.

Aquello no se trataba de conseguir vencerlo, sino de vencer el miedo que me acompañaba desde hacía ya demasiados años.

Sin apenas esfuerzo, mis sombras agarraron su cuerpo y tiraron de él con fuerza. Escuché el crujir de madera. Desde el suelo y rodeado de los restos de una mesilla destrozada, él me observaba con una sonrisa radiante y orgullosa.

—Bienvenida de vuelta, Tiniebla.

Como respuesta solo pude devolverle la sonrisa.

Incapaz de desviar la mirada de aquellos ojos negros que me observaban como si fuera el centro del universo.

Mi sonrisa creció y quise quedarme para siempre en aquel momento.

Con los ojos de Callum fijos en los míos.

Con su sonrisa sincera eclipsando cualquier pensamiento.

Si vivir en un instante fuera posible, aquel habría sido mi elección.

—¡Lo tengo! ¡Callum, Elara, lo tengo! —Lía irrumpió en el despacho como una exhalación—. No sé cómo espíritus se me había pasado hasta ahora. Ese cabrón pensaba que podía escaparse de mí. ¡Ja! Lo lleva claro.

Lía blandió unos papeles estrujados en el aire como si acabara de ganar una batalla. Callum me regaló una última sonrisa, una que dibujó solo para mí, antes de levantarse.

—¿Qué has encontrado? —Su voz sonó ronca y, aunque la pregunta era para su hermana, sus ojos no abandonaron los míos.

La habitación estaba cargada de una corriente extraña. Una electricidad deliciosa que me empujaba a acortar la distancia entre nosotros. Muy a mi pesar, me obligué a permanecer quieta.

—¿Qué diablos ha pasado aquí?

Lía miró la habitación, confusa, reparando por primera vez en los restos de sombras oscuras y en los muebles que habían quedado reducidos a lumbre para la chimenea.

—Que tengo un nuevo profesor —dije con una risa—. ¿Qué has descubierto, Lía?

La sonrisa volvió al rostro desconcertado de Lía. Un rostro sellado por la determinación.

—Sé cómo encontrar a Hunt. Solo hace falta un mapa y Aiden sabe dónde está. Ha llegado la hora de visitar la Corte de las Llamas.