Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXIV. Elara
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Capítulo XXIV. Elara

CAPÍTULO XXIV

Elara

Estaban muertos. Él los había matado.

Los siguientes días pasaron como una exhalación. Galamh era un entrar y salir de gente constante. Con el descubrimiento de mi naturaleza todo se había acelerado.

Lía apenas salía de la biblioteca de la capital. Pasaba la mayor parte de su tiempo lejos de la cordillera buscando información sobre Hunt y todo lo que Nimue nos había revelado. Encontrar la manera de descubrir la profecía era la prioridad principal.

Selene había jurado su lealtad y ayuda. Aun así, nada parecía suficiente para calmar la ansiedad generalizada.

Los ataques de las criaturas no hacían más que aumentar y los ejércitos de Umbra continuaban presionando las fronteras del resto de las cortes.

Levi y Nox se centraron en reforzar la seguridad en toda la corte y preparar las tropas de las Sombras para un posible enfrentamiento.

Si las palabras de Nimue eran ciertas, algo que nadie dudaba, los ataques de las criaturas no habían sido más que intentos de hacerse conmigo o de conseguir mi sangre.

Mis días pasaban en una vorágine de entrenamientos. A veces sola, otras acompañada.

Aunque utilizar el poder de las Tormentas traía consigo una serie de recuerdos no bienvenidos, me obligaba a hacerlo. Los Saltos Irisados eran cada vez más sencillos. Levi y Nox me ayudaban con el poder de las Sombras y con el combate cuerpo a cuerpo.

Solo era capaz de mantener el control sobre ellas en situaciones de peligro o cuando Callum se encontraba cerca.

Él había decidido mantenerse fiel a su palabra de no intervenir en mis entrenamientos a no ser que yo lo pidiera.

Nox había intentado avanzar conmigo en el manejo de mis habilidades mentales.

Pese a su paciencia, esa era otra área en la que avanzaba despacio.

Una parte de mí era consciente de que el miedo me estaba bloqueando.

Asociaba aquel poder con la pérdida de control y unas consecuencias nefastas.

Me resistía a aceptar la ayuda de Callum porque, en el fondo, sabía que me obligaría a enfrentar algo para lo que no me sentía preparada.

Para mi desgracia, la guerra no esperaba a nadie, y mucho menos a mis traumas. Tenía que mejorar y pronto .

Siguiendo las indicaciones de Selene también reservaba tiempo para practicar la magia de las Olas. La fluidez del agua funcionaba como un bálsamo reparador. Mientras las Sombras eran fuente de miedo, la magia de las Olas era sencilla.

Aquella mañana sola en Galamh empezó como cualquier otra: sentada en el suelo del invernadero con los ojos cerrados. Gracias a Lía, meditar era el primer paso de todos mis entrenamientos. Era el único modo en el que conseguía no pensar en las palabras de Nimue. En lo que realmente significaban.

Pese a todo, usar los poderes de diferentes cortes había resultado mucho más natural de lo que esperaba. Con cada entrenamiento, el nudo de poder infinito de mi pecho se volvía más flexible y maleable. Acceder a él siempre me dejaba exhausta, pero la transición era cada vez más sencilla.

Por su parte, la oscuridad se arremolinaba en mis entrañas. Esperando su momento. Gruñendo más y más con cada segundo que pasaba. Aunque su insistencia no era nueva, liberé un bufido exasperado mientras intentaba retenerla.

—Siempre podrías pedirme ayuda.

No me sorprendió la voz de Callum.

Tampoco sus palabras.

Algo en mi interior era capaz de presentir cuando se acercaba. Algo que jamás había ocurrido con Finnian. Supongo que aquella era la prueba definitiva de que la Corte de las Sombras era mi verdadero hogar.

—¿La estás ofreciendo? —me resistí a mirarlo porque sabía lo que encontraría.

—No me atrevería.

Abrí los ojos a tiempo de ver como su sonrisa se hacía más grande.

Me observaba con las manos tras la espalda.

Iba vestido de negro, con un pantalón sencillo y un jersey de cuello vuelto.

Los bordados de la lana dibujaban sombras familiares.

Los mechones negros de su pelo caían desordenados sobre su frente.

Sus ojos, igual de negros, se oscurecieron al percatarse de que me había quedado mirando.

Me levanté sin apartar la vista, sonriendo para mí cuando sus ojos fueron incapaces de dejar de hacer lo mismo conmigo. Me recorrieron el cuerpo con descaro. Cada segundo que pasaban sobre mi piel se volvían más oscuros.

No había nada especial en el conjunto de lino que llevaba aquella mañana.

El vestido era ligero y de un blanco roto jaspeado de pequeñas estrellas bordadas en un hilo plateado.

Dos grandes aberturas a ambos lados de mis muslos permitían que pudiera moverme sin complicaciones al entrenar y me daban fácil acceso a mis armas.

—Entonces debe de haber un motivo para tu presencia —suspiré—. Más allá de irritarme.

La mirada de Callum se volvió lobuna. Ya estaba otra vez azuzando a la bestia.

—Voy a ir a la capital a buscar a Lía. Lleva dos días sin volver a casa y me da miedo que haya muerto aplastada bajo una montaña de libros.

Amortigüé la risa que se atrevió a salir de mi boca mordiéndome el labio inferior. Pero no lo suficientemente rápido como para ocultarla. Los ojos de Callum se volvieron aún más negros, si es que eso era posible.

—Venía a proponerte que me acompañaras, pero si mi presencia va a hacer que vuelvas a reírte así, con gusto seré tu entretenimiento, Tiniebla.

—Eres un chulo y un engreído —le espeté, camuflando una sonrisa.

— Y un descarado, añadiría yo. Pues me sigue encantando cómo suena tu voz cuando pierdes el control, ya sea con insultos o con otro tipo de ruidos —me susurró sin ningún ápice de vergüenza.

Ninguno de los dos habíamos mencionado nada de lo ocurrido hacía ya una semana en la Corte de las Olas.

No me había tocado con las manos, pero, de alguna manera, las caricias de sus sombras habían sido todavía más íntimas.

Después de eso, Callum había puesto distancia entre nosotros. Al menos distancia física.

Su reticencia a tocarme me tenía confusa.

En Seuqadac sus razones me habían parecido insuficientes, aunque tal vez el vino especiado y las miradas del Guardián durante la fiesta no hubiesen ayudado.

De alguna manera, hasta esa noche, todas las veces que Callum me había tocado habían sido mentira.

Un beso convertido en escudo o una caricia como parte de una farsa.

Sin embargo, la noche en la Corte de las Olas había sido diferente.

La atracción entre nosotros era evidente y, aun así, había ciertos límites que él no estaba dispuesto a cruzar.

—¿Debería cambiarme?

—¿Cambiarte?

—No sé lo que es apropiado vestir en la capital de la corte.

El Guardián se rio en silencio, agitando los hombros despacio. En ese momento deseé que hubiera emitido una carcajada. Ávida de ser, también yo, quien lograra sonsacarle esos sonidos.

—No hay nada especial en la capital. Tan solo un palacio más grande que Galamh en el que recibo visitas y me peleo con aristócratas incompetentes. Así vas perfecta.

Callum habló al tiempo que me ofrecía una mano envuelta en sombras. Acepté sin reparos. Mientras desaparecíamos en una nube oscura me sorprendí pensando que confiar en él ya no me suponía un esfuerzo. Al contrario, era tan natural como respirar.

— Escudos arriba, Tiniebla — susurró en mi cabeza cuando nuestros cuerpos volvieron a materializarse en tierra firme.

La voz de Callum llegó antes que todo lo demás. Después, apareció la bruma. Todavía envuelta en el Salto me percaté de que el palacio de la capital de la Corte de las Sombras echaba humo.

O al menos eso parecía.

La imponente construcción de cristal nacarado y ladrillo negro desafiaba las leyes de la gravedad.

Suspendido entre los resquicios de un acantilado y en el borde de una impresionante cascada, el castillo era la única construcción dentro de la extraña península que se conectaba con la ciudad a través de un alargado estrecho de tierra.

La bruma rodeaba el acantilado, fundiéndose con el fulgor transparente de sus paredes y con la espuma de la gigantesca cascada. La niebla y sus sombras salían de entre todos los rincones, como si el propio castillo fuera la bestia a cargo de la humareda.

La cascada brotaba desde las entrañas del palacio, y caía, imparable, hasta el río que corría hacia la ciudad. A sus espaldas, el mar era tan negro que se perdía entre los espesos nubarrones que cubrían el horizonte. Pese a todo, el ruido del agua cayendo se perdía en los confines de la bruma.

El aire encerraba aquella sensación extraña de calma antes de la tempestead. Escondida entre cada lengua de sombras y bruma, se hallaba la sorpresa eterna de un escalofrío helado antes de un trueno y la certeza imparable de una tormenta de verano.

La capital, Sirtnale, se adivinaba entre el espesor únicamente por las puntas desdibujadas de sus edificios más altos.

El resto de la urbe murmuraba los inicios de un despertar bajo el escurridizo sol de la mañana.

Los rayos del astro difuminaban la ciudad entre la espesa niebla blanquecina que lo cubría todo.

Un manto espeso de calma aparente y reflejos dorados.

Estábamos solos, recién aterrizados en medio de un jardín de vegetación salvaje y brumas estrelladas. Aun así, continué usando nuestra conexión mental por inercia, temerosa de que la niebla se llevara mis palabras donde yo no pudiera controlarlas.

— Pensaba que Sirtnale era una ciudad pacífica. ¿Tienes miedo de que alguien intente un ataque aquí?

—Y lo es, pero fuera del Priorato de Sombras no me fío de nadie.

La gente de esta ciudad es buena. Trabajadora y honesta.

Me gusta pensar que los habitantes del castillo son iguales, pero hay raíces difíciles de arrancar.

No estoy dispuesto a correr riesgos. Menos aún en lo que se refiere a tu seguridad.

—Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma.