Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXIII. Elara #3
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Capítulo XXIII. Elara #3

—Absalon fue el primer y único hijo directo de un dios —continuó la sirena—.

En apariencia era igual que un Alto Fae.

Su vida era larga, y su poder, infinito.

A diferencia de las creaciones de Titania, Absalon podía acceder al poder de todas las cortes por igual, pues por sus venas corría la sangre de un dios.

Una sangre especial y con el potencial de ser terrible en las manos equivocadas.

Al envejecer su padre, Absalon se puso al mando de los humanos y mestizos.

Su madre creó para ellos la sexta corte.

Una corte de humanos y Hadaës que acogía toda clase de poderes.

Su vida larga y su poder infinito. Con acceso al poder de las seis cortes.

Era imposible obviar las similitudes conmigo.

Jamás había oído nada sobre la existencia de una sexta corte liderada por humanos y mestizos.

Todas las historias de la última gran guerra hablaban de los humanos como una raza inferior.

Una peste que pululaba entre las cortes, diluyendo su poder y parasitando su existencia.

—Pero los años y una voz terrible se adueñaron del corazón de Absalon.

Un corazón que nació siendo retorcido y se alimentó de las palabras de otro dios —continuó Nimue—.

Oberón estaba celoso de sus hermanas, pues él no había sido dotado con el don de la creación.

Aprovechando los viajes constantes de Gaia y los afanes de creación de Titania, Absalón quedó al cuidado de su sobrino y envenenó su mente predispuesta.

Ambos comenzaron a llevar a cabo experimentos con la sangre del Changeling.

Los humanos y los Fae que bebían su sangre eran invencibles.

El resultado eran criaturas poderosas similares al Changeling original.

Nimue sonrió con maldad.

—El único problema era que enloquecían al poco tiempo de transformarse, pues sus cuerpos no estaban hechos para soportar la sangre de un dios.

A Absalon no le importó. Absorbía su energía vital, haciéndose cada vez más poderoso.

Incluso después de muertos, Absalon seguía siendo capaz de utilizar sus cuerpos.

Los habitaba a su antojo, pasando de uno a otro.

Además, aunque no podía viajar entre mundos como su tía, sí que podía invocar criaturas de otros universos.

Se dedicó a traer a los seres más violentos y terribles.

Con su ejército de incompletos, Absalon decidió cargar contra las cinco cortes.

Al fin y al cabo, ¿qué era él, sino un dios?

¿Por qué habría de gobernar junto con seres inferiores?

Absalon creía que era el legítimo gobernante de Lyssandria.

—¿Qué ocurrió después? —pregunté con un hilo de voz.

Fui vagamente consciente de cómo los corales comenzaban a palpitar a nuestro alrededor, de cómo Echo resoplaba, inquieto.

—Lo que ocurre siempre: muerte, avaricia y destrucción.

Titania y Gaia se vieron forzadas a intervenir.

Acabaron con sus ejércitos y mataron a Absalon.

O al menos lo intentaron. Era tal su poder en ese momento, tantas las almas que había consumido, que fue prácticamente imposible matarlo por completo.

Destrozaron su cuerpo y su alma, y se llevaron consigo los restos lejos de Lyssandria, a otros mundos.

En su huida a la desesperada por salvar su creación se llevaron también a Oberón, encerrado en un rayo de Verdeluna para siempre.

Ambas hermanas crearon a la Dama de la Noche antes de su partida y, con ella, el mundo de los espíritus.

Una hija hecha de esencia de Verdeluna a la que se le encomendó la misión de proteger Lyssandria.

Antes de partir, Titania brindó un último regalo a sus hijos, los Fae.

Pues, si bien no habían nacido de su vientre como Absalon, seguían siendo su debilidad.

Les regaló una brizna de su poder para cada corte.

Un poder infinito que pasaría generación tras generación para asegurar la protección de sus súbditos, creando así los cinco primeros Guardianes.

—¿Y a la sexta corte no le regaló su poder?

—El poder de la sexta corte residía en las venas de Absalon, no era algo que la diosa pudiera regalar.

—Negó con una risa melancólica—. Las diosas decidieron alejarse de su creación en un intento de salvarla.

Y habría funcionado, de no ser por una mentira y un secreto.

Dos historias terribles que deberían haberse quedado encerradas en el tiempo.

Nimue lo sabe ahora, aunque no lo sabía entonces . Joven Nimue, Nimue olvidada.

Para mi sorpresa el dolor de la bruja parecía real. Tanto que los corales titilaron durante unos segundos, sumiendo la cueva en una fugaz oscuridad.

—Tú las sabías. Las sabías y se las contaste a alguien, ¿verdad? Por eso te encerraron aquí. Por contar una historia que jamás debería haber sido contada.

—Nimue vive para contar historias reales, criatura. Nimue pensó que estaba haciendo algo bueno. Aunque luego las historias se volvieron un arma horrible que casi acaba con Lyssandria.

—¿Qué mentira? —presioné.

La certeza de que la respuesta a esas dos preguntas era la clave de todo me llegó hasta la médula. No podía salir de allí sin averiguarlo.

— La mentira ¡Canta Nimue, hermosa y desterrada!

Las diosas no se llevaron consigo todas las partes del alma de Absalon.

Pues Herla, en su duelo, decidió guardar una parte de su hijo para no sentirse solo con la partida de su amada.

Una parte escondida y enterrada que, llegado el momento, podría hacer revivir al monstruo.

Se me heló la sangre. Eso solo quería decir una cosa. Alguien o algo había sido capaz de encontrar aquel pedazo de Absalon.

—¿Y el secreto?

— El secreto ¡Llora Nimue, escupe y canta!

Absalon tuvo un descendiente de sangre real.

No una creación abominable, sino una hija de su propia carne.

La madre, inocente de los pecados del otro progenitor, decidió esconder su identidad.

El secreto de la verdad que corría por sus venas pasó de generación en generación.

Pero aquello no fue suficiente para evitar las matanzas.

No después de que Nimue contara la historia.

Nimue se atragantó en un sollozo.

Aquel secreto había originado siglos de matanza y persecución hacia los humanos.

—Un único dios permaneció en Lyssandria, incapaz de abandonar a su suerte las almas de las criaturas que había aprendido a amar en la distancia.

Bendecido con el don de la premonición, Hunt pronunció su profecía con la finalidad de evitar muertes innecesarias.

Anunció un cambio necesario a manos de un hijo de la Verdeluna y la no Luna.

Pero los Fae no quisieron escucharlo. Retorcieron sus palabras hasta que se amoldaron a sus necesidades y sirvieron de estandartes en su guerra.

Nimue lloraba ahora de manera descontrolada mientras la cueva temblaba sobre nuestras cabezas. Echo relinchó, instándome a prestar atención, pero yo solo tenía ojos para la bruja.

— Elara, sal de ahí. Ya tenemos la información necesaria. La cueva se va a venir abajo.

—Hay más, Callum, sé que hay más.

—El hijo de la Verdeluna jamás perdonó a Nimue, sin importar las lágrimas que ella derramara.

¡Nimue triste, Nimue traicionada! Durante miles de años, los Fae y los humanos estuvieron en guerra.

Los Fae temían el retorno de otro Changeling , los humanos se negaban a extinguirse.

Como era de esperar los humanos perdieron la batalla.

Pese a los esfuerzos de los Fae, la sangre real de Absalon sobrevivió.

Generación tras generación. Las madres escondieron a las hijas y guardaron el secreto.

Durante mucho tiempo esto funcionó. Hasta ahora.

Las piezas del puzle llevaban mi nombre.

—Eso es lo que soy. Una descendiente de Absalon.

—La última después de la muerte de tu madre —confirmó—. Nimue no puede contar esa historia. La pobre Nimue solo sabe lo que susurran las olas. Olas sabias pero embusteras. Nimue no cuenta historias a medias.