Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXIII. Elara #2
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Capítulo XXIII. Elara #2

—Hay una oscuridad que me acompaña desde que tengo uso de razón.

Un poder letal que ha terminado con más vidas de las que puedo recordar desde que soy una niña.

Un poder que apenas controlo y que, aun así, siempre he intentado reprimir a toda costa pues me aterroriza.

—Sentí la mano de galaxias de Callum temblar contra mi escudo.

La sombra que me había regalado se apretó ligeramente sobre mi antebrazo—.

O al menos eso es lo que me digo a mí misma.

La realidad es otra. A veces la oscuridad en mi interior no me da miedo.

Lo que realmente me asusta es lo perdida que me sentiría sin su presencia.

Es como una parte de mí a estas alturas.

Quizá siempre lo ha sido. Una parte sin la que no imagino existir.

Es horrible, lo sé. No hace falta que nadie me diga que está mal sentirme segura en la oscuridad que tantas vidas ha robado.

Pero es la verdad. La verdad que jamás me permito creer.

A pesar de sentirla en cada fibra de mi ser.

Al abrir los ojos, Nimue estaba observando cómo alguien que acababa de probar el más delicioso de los vinos. Una lengua larga y morada recorrió su labio inferior con abandono.

—Nimue agradece tu secreto. Su sabor es exquisito —suspiró satisfecha—. Tu pregunta, criatura.

Respiré aliviada.

—Hace poco he descubierto que soy una Changeling . Necesito saber qué significa eso. Hay fuerzas externas que pretenden atraparme. Sospecho que intenta hacerse con el control de Lyssandria. Necesito saber cómo se conecta todo. Necesito comprenderlo.

El aire en la cueva se volvió más cálido mientras la bruja se frotaba los dedos, atrapada entre el coral.

— Es una historia triste. Una triste, triste historia —cantó la bruja con voz rasgada—.

Una que jamás he contado en voz alta, pero que repito a menudo en mi cabeza coralina.

En mi cabeza de coral. Él habría querido que la olvidase ¿sabes?

, pues su crueldad no conoce límites. Pensó que sus poderes eran infinitos, pero ¿qué es él, sino un hijo?

Todos los hijos pueden errar. Incluso los de la Verdeluna.

No tenía ni la menor idea de quién estaba hablando.

Estaba claro que, milenaria o no, Nimue era de aquellos seres que disfrutaban con el sonido de su propia voz.

Durante mis años de ladrona aquel tipo de personas habían sido mis favoritas a la hora de trabajar.

Si te mantenías callada el tiempo suficiente, siempre acababan revelando más información de la que pretendían.

—Al final, Nimue fue tonta. ¡Tonta e ingenua, Nimue!

Pobre Nimue ciega por amor. —Una lágrima negra recorrió su rostro—.

Pero ni siquiera un hijo de la Verdeluna puede hacerme olvidar.

No cuando la historia sigue sangrando bajo el mismo manto de estrellas.

Algunas han muerto ya, el tiempo sobrevive a todo, incluso a ellas.

¡Estrellas pobres, pobre Nimue! Puedes ver con tus propios ojos la hermosa cárcel que él pensó para mí.

Una cárcel de pasado y Verdeluna donde nadie escucha la voz de Nimue.

Donde él no se atreve a entrar. Donde coral y hueso son tumba.

—Yo estoy aquí y quiero escuchar la historia.

—¡Ah, sí! La joven Changeling ávida de su propia historia.

¡Y además la última según susurran las olas!

Olas traicioneras y manipuladoras como los Fae que tergiversaron la verdad y enterraron tu pasado.

Tu pasado y mi voz. Crueles, crueles Fae con la pobre Changeling perdida.

Perdida y encerrada como la buena de Nimue.

Con cada una de sus palabras el coral parecía recobrar algo de color y brillo. Una energía cargada recorrió el pequeño espacio de la cueva, alimentándose de las palabras de la sirena.

—Para escuchar esta historia debes prometer creerla.

Durante tantos años las criaturas de Lyssandria han tejido sus mentiras, retorciendo la verdad hasta que no quedara nada de ella.

Solo Nimue recuerda. Recuerda Nimue y aquel que ella amaba.

Pues esta es una historia, no de dioses olvidados, sino de dioses huidos e hijos ejecutados. ¿Lo prometes, hija de la no Luna?

—Prometo creerte.

Ella me dedicó otra sonrisa repleta de dientes afilados antes de abandonarse por completo a la historia.

Mi cicatriz palpitó con los ecos de un dolor roto. En mi pecho, la oscuridad gruñó.

—La historia comienza con algo parecido a un dios.

Un ente tan antiguo y poderoso que el nombre usado para nombrarlo fue olvidado hace tiempo.

Pues la lengua que lo nombra ya no existe ni en recuerdos.

Nimue supo el nombre en algún momento. Pero el tiempo pasa y, aunque Nimue no olvida, a veces no recuerda.

¡Pobre, pobre, bella Nimue! —Fuera de la cueva, el océano parecía guardar silencio—.

La Verdeluna, aunque en cada universo adoptaba un nombre distinto, decidió crear este mundo.

Había habitado otros mundos en sus años más jóvenes, cuando crearlos todavía suponía un reto.

Pero siempre había algo que faltaba. Algo que había visto crear a sus iguales.

Aquellos que son más que dioses, pero con otro nombre.

Así que la Verdeluna decidió dotar de vida a Lyssandria y para ello tuvo cuatro hijos.

Cuatro dioses que se encargarían de cuidar de su creación.

Podía sentir con claridad el interés de Lía conforme la historia avanzaba. Si lo que Nimue contaba era cierto, y todas las leyendas coincidían en que no sabía mentir, nos estaba contando el origen de nuestro mundo.

—Titania, su primera hija, fue la encargada de crear a los Altos y Bajos Fae y a las criaturas y animales.

Aunque por aquel entonces no había distinción entre Alto y Bajo Fae.

Eso fue una invención posterior por parte de las engreídas criaturas.

Titania los dotó de dones y poderes para que cuidaran la tierra y crearan arte.

Y sus hijos, siguiendo sus poderes, se dividieron en cinco cortes hermanas. Cortes que tú conoces.

El coral se volvía más intenso y brillante con cada una de sus palabras.

—Después llegó Gaia, dulce y tierna Gaia.

Curiosa como su madre y con alma aventurera.

Gaia decidió viajar a través del resto de las creaciones de su madre y sus iguales.

Pues Lyssandria tenía a sus propios hijos, pero todavía carecía del corazón que proviene de las cosas distintas —explicó la sirena con ojos soñadores—.

Gaia viajó a otros mundos. Descubrió criaturas y animales de los que se enamoró.

Explicó a todos las delicias de Lyssandria y trajo con ella a quienes quisieron visitarla.

Algunos, como Nimue, decidieron quedarse. Otros regresaron a sus mundos.

—¡Espíritus!

—¡Por la santa Verdeluna!

Los ecos de asombro del Priorato me inundaron la cabeza. Nimue acababa de confirmar la existencia de otros mundos y la posibilidad de viajar entre ellos. Eso lo cambiaba todo.

—Hunt llegó más tarde, al final de la primera generación, cuando la Verdeluna se dio cuenta de su necesidad.

Pues, aunque las vidas en Lyssandria eran largas, el tiempo acaba llegando para todos.

Y con él, la muerte. Una palabra que infunde un miedo absurdo.

Hunt dedicó su vida a acompañar a las almas hasta su siguiente plano de existencia.

Reservado y más solitario que sus hermanas, aprendió, con el tiempo, la importancia de su papel.

Un papel hermoso que Nimue supo ver desde el inicio.

¿Quién mejor que la propia muerte para almacenar historias infinitas?

El hijo de la Verdeluna y Nimue venían de universos distintos, pero compartían la misma esencia.

Pero esa no es la parte de la historia que responde a tu pregunta.

Nimue suspiró con la garganta entrecortada mientras más lágrimas negras resbalaban por sus mejillas.

—Por último, llegó Oberón, el rey sobre todas las cosas.

O al menos, esa fue la intención de la joven Verdeluna.

Había visto otros mundos donde un dios piadoso cuidaba de la creación como una madre y un padre de un hijo.

Tal vez ese fue su error, darle ese papel a un dios con alma de hombre.

Pues los hombres, dioses o no, han demostrado en innumerables mundos su sed de violencia y control.

Nimue lo sufrió en sus propias carnes. ¡Ay, Nimue, pobre y encerrada!

Titania, Gaia, Hunt y Oberón: los cuatro dioses huidos y olvidados.

Tan solo quedaban leyendas que contaban sus hazañas.

Únicamente aquellos más ancianos veneraban su recuerdo mientras que el resto de Lyssandria hacía ya tiempo que había dejado de creer en su existencia.

Saber que eran reales, que de verdad habían existido y nos habían abandonado hizo que se me cerrara el estómago.

¿Qué espíritus tenía que ver todo aquello conmigo?

—Durante un tiempo todo fue bien hasta que Gaia, en uno de sus viajes, trajo al primer humano: Herla.

Gaia quedó prendada de su mundo y su hermana Titania quedó prendada de la belleza vinculada a su frágil existencia.

Los humanos, aunque efímeros, vivían sus vidas con intensidad y pasión, amando y creando como jamás las diosas habían presenciado.

Varios humanos siguieron a Herla en esta nueva aventura.

Como en toda historia de dolor, todo empezó con un enamoramiento.

Titania y Herla se enamoraron. Él perdidamente con la intensidad que solo un humano posee.

Ella de manera más comedida pero igual de real.

Juntos tuvieron a un hijo: Absalon, el primer Changeling.

El primer dios nacido con sangre en las venas.

La mención de ese nombre hizo que mi corazón comenzara a latir desbocado. Absalon era hijo de un dios y un humano. Eso era un Changeling .