Capítulo XXII. Callum #2
Mientras que controlar mentes cercanas era algo tan natural como respirar, mantener la red secundaria de mentes que yo gestionaba activa y funcionando era un trabajo más arduo.
Implicaba un poder que llevaba años perfeccionando.
Si bien no drenaba mi energía, sí que requería de atención constante e ininterrumpida.
Llevaba tanto tiempo haciéndolo que era ya tan natural como respirar.
Y, en muchas ocasiones, tan cansado como convencerme de que la siguiente respiración merecería la pena.
Me adentré en la cueva. Mis botas hicieron resbalar varias piedras que chocaron con pequeños golpes dentro del agua. Esto hizo que ambas Fae levantaran la vista. Selene me recibió con una sonrisa amplia y unos ojos sabedores que me hacían dudar de mi capacidad de ocultarle cualquier cosa.
—¡Callum! Te estábamos esperando. Disculpa que nos hayamos adelantado.
Me encontré con Elara esta mañana en los jardines y pensé que sería una buena idea que pasáramos un rato juntas.
No me puedo ni imaginar la cantidad de preguntas que yo tendría si, de repente, tuviera acceso a más de un poder.
Me pareció justo aprovechar un par de horas para darle algún consejo sobre el manejo de nuestra magia.
Elara, por su parte, se quedó inmóvil durante unos segundos. Incluso con el brillo azulado que iluminaba el espacio pude ver como un rubor dulce acariciaba sus mejillas. Un rubor que quería comerme a mordiscos.
No pude resistirme. Al fin y al cabo, era el malo de la historia.
—¿Hace calor, Tiniebla?
Esperé, paciente, su respuesta. Porque sabía que llegaría una.
Mientras Selene abandonaba la playa para intercambiar un par de palabras susurradas con Onem, Elara me sostuvo la mirada. Lejos de intentar ocultarse, levantó la cabeza, luciendo el rojo de sus mejillas como una medalla.
Observé, hipnotizado, como levantaba con una mano su cabello negro y dejaba al descubierto su cuello.
Con la otra mano movió los dedos en una danza calmada que hizo que un hilo delicado de agua acudiera a ella, obediente.
Lo dirigió hasta su nuca para refrescarse.
El agua cayó desde su clavícula, inundando cada milímetro de su piel.
Incapaz de moverme, con los puños apretados, observé cómo decenas de gotas recorrían su cuerpo. Las manos me picaban por la necesidad de tocarla.
Elara sonrió triunfal mientras salía del agua y volvía a dejar caer su larga melena.
— Eres una criatura cruel —murmuré, acariciando las hermosas paredes de su escudo.
— No finjas que no te gusta mi maldad. —Su voz se deslizó por mi cabeza como una tela de seda recorriéndome el cuerpo.
— Jamás. Me gustas cruel, Tiniebla. Solo me da más ganas de devorarte.
El hilo que unía nuestras mentes se tensó, vibrando con intensidad. La oscuridad de Elara atravesó la distancia que nos separaba, fundiéndose con la mía. Una manera de tocar sin tocar, que no estaba seguro de que ella hubiera sido siquiera consciente de hacer.
A nuestras espaldas, los pasos seguros de Selene rompieron aquel momento y nos trajeron de vuelta a la realidad.
—Espero que disculpéis el secretismo, pero, como os dije ayer, las olas tienen ojos y hay pocos lugares totalmente seguros.
Este, gracias a la Verdeluna, es uno de ellos.
Mis antepasados construyeron esta Perla que sirve de puente entre los Fae de la superficie y la vida marina de nuestra corte.
Son muy pocos en Seuqadac los que saben de su existencia.
Todavía menos en el resto de Lyssandria.
Confío que continúe siendo un regalo que solo la Corte de las Olas decide compartir —explicó mientras cerraba las grandes puertas acristaladas con un pequeño batir de su muñeca.
Yo era la primera persona que comprendía la necesidad y la santidad de proteger secretos con recelo. Y sabía, en mis huesos, que Elara lo entendía de igual manera.
Ambos asentimos solemnes.
—Este lugar es el sitio más seguro y a la vez más peligroso de nuestra corte.
La magia de la Perla asegura que las palabras aquí compartidas sean sordas a oídos del resto del mundo.
Sin embargo, es también el lugar en el que Fae y mar se unen de manera más íntima.
Un lugar en el que el agua es dios y verdugo, siempre que sienta una amenaza para su corte.
El agua de la caverna rugió con fuerza, como si entendiera las palabras de su Guardiana.
—Trasladé al consejo vuestra petición —dijo—.
Después de explicar lo que vosotros mismos me relatasteis, todos ven la necesidad de cooperación entre las cortes.
Concuerdan también en la necesidad de proteger a Elara.
Las acciones de las criaturas y las palabras de Orión son declaraciones de guerra.
Descubrir quién está detrás de ellas es nuestra prioridad.
Más aún después de la hostilidad directa que yo misma presencié hace semanas en el Cónclave.
El consejo respalda mi decisión de prestar auxilio y soldados, en el caso de que estos fueran necesarios.
Rezo al océano para que podamos evitarlo.
He visto demasiada violencia y no anhelo derramar más sangre.
Tanto Elara como yo dejamos escapar el aliento que habíamos estado conteniendo.
El Cónclave en el Palacio de la Dama había dejado muy claro donde residían las lealtades de cada corte.
Estaba más que claro que la Corte de las Tormentas y la Corte del Bosque eran lugares en los que raramente podríamos encontrar apoyo.
La Corte de las Llamas, para mi sorpresa, se había presentado más hostil de lo esperado.
—Dicho esto, ninguno de ellos conoce o ha oído hablar de la palabra Changeling.
Las leyendas con respecto al dios Hunt son más comunes, o al menos han sobrevivido suficientes generaciones como para llegar a nuestros oídos.
He pedido que encapsulen toda la información que recuerden al respecto para que podáis llevarla con vosotros de vuelta a casa.
Dos cabezas, o en este caso dos cortes, piensan mejor que una.
Estoy segura de que tu hermana Lía podrá encontrar esa información útil.
Dale mis más sinceros recuerdos y transmítele que esta corte siempre recibirá con brazos abiertos a otra alma ávida de conocimiento.
Incliné de nuevo la cabeza en agradecimiento.
A mi lado, Elara se estrujaba las manos.
Como yo, estaba ansiosa por cualquier información que nos permitiera controlar de alguna manera la situación.
En su muñeca y su antebrazo, las sombras que le había regalado acariciaban su piel en un intento de calmarla.
No se me escaparon los ojos de Selene analizándolas.
Si sabía lo que significaban, no dijo nada.
Y por eso, la respeté todavía más.
—Todos coinciden en una cosa, hay un único ser en esta corte tan antiguo como la propia Lyssandria.
Un único ser que, de existir respuestas, pueda procurarlas.
Precede a casi cualquier cosa en este mundo y habita en las profundidades de estas aguas.
Su sabiduría es casi tan legendaria como su violencia.
—No fueron las palabras de la Guardiana las que hicieron que saltaran todas mis alarmas, sino la manera en la que sus ojos se posaron brevemente en Elara mientras una preocupación evidente empañaba su rostro sereno—.
He buscado durante toda la noche una alternativa, pero no existe. Solo ella tiene las respuestas.
Allí estaba de nuevo, ese miedo tan profundo y real que se había instalado en mi pecho hacía apenas unos meses y que parecía dispuesto a no abandonarme.
—¿A quién te refieres? —preguntó Elara, sin entender la evidente preocupación de Selene y la furia estridente que había hecho que comenzase a temblar.
—Tiene que haber otra manera —dije con determinación.
Si ella era la única opción, eso significaba que no podría acompañar a Elara.
—Nimue es la única opción. Elara, sola, es la única que puede hacer el camino para encontrar las respuestas. —No había maldad en las palabras de Selene, tan solo una tranquilidad resignada.
Nimue .
Hacía tantos años que no escuchaba aquel nombre que ni siquiera se me había ocurrido esa posibilidad cuando los Archivos procuraron aquel librillo de mitos y leyendas del océano. La bruja sirena, la única en su especie, era uno de los seres más antiguos y poderosos de Lyssandria.
Eran muy pocas las personas que conseguían entrar en su cueva y salir de ella con vida. En mi larga existencia, yo solo había conocido a una de ellas. Los ojos vidriosos de Selene fueron suficientes para adivinar que también ella estaba pensando en Salem.
Como siempre, Elara no dejaba de sorprenderme. Lejos de asustarse por nuestra reacción, su determinación se volvió férrea. Eso era quizá lo que más miedo y admiración me provocaba. Saber que, pese a todo, no había nada que yo pudiera hacer para detenerla.
—¿Nimue? —preguntó—. Pensaba que no era más que la bruja que se usa para asustar a los niños cuando la marea es alta.
—Es real, me temo. Tan real como el peligro que representa —explicó Selene—.
Su conocimiento sobre nuestro continente, nuestra historia y nuestra magia es indiscutible.
Pero obtener ese conocimiento siempre tiene un precio.
Nimue no acepta más de un visitante en la cueva que habita.
Tan solo una persona, aquella que esté más vinculada a las respuestas ansiadas, puede hacer las preguntas.
Lo que más anhela es información, ya que vive atrapada entre los corales que son su hogar como resultado de un castigo que la dejó allí encerrada.