Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXII. Callum
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Capítulo XXII. Callum

CAPÍTULO XXII

Callum

Todo estaba negro a su alrededor. Negro, salado y en silencio.

El sonido de nuestras botas contra la superficie de coral era apenas un suspiro.

El salpicar de las olas arrastrando su espuma marmoleada era un susurro de arrullo y sal.

A mi lado, Onem caminaba con premura, acercándonos más y más a ambos hacia el sonido de aquella risa de Verdeluna que torturaba mis pesadillas y protagonizaba todos mis sueños.

El general me había recogido en mis aposentos de buena mañana para intercambiar datos y facilitar la comunicación directa con mi corte antes de nuestro encuentro con Selene. Al ir a recoger a Elara, un trabajador nos había informado de que se encontraba con la Guardiana.

El segundo de Selene mencionaba datos incesantes sobre los últimos ataques recibidos y la información de la que disponían.

Algo por lo que estaba tremendamente agradecido, pero que ocupaba tan solo una minúscula parte de mi atención.

Tal como Onem me daba la información, yo se la transmitía a Lía y a Nox a través de nuestra conexión mental.

En aquel momento la información era más valiosa en sus manos que en las mías.

— Deberías asentir de vez en cuando para que sepa que estás escuchando, hermano.

Lía tenía razón, pero sus palabras me obligaron a enviarle el equivalente mental a un par de ojos en blanco y una mueca de hastío. Mi hermana respondió con lo más parecido a un corte de mangas que alguien podía hacer en la mente, lo que hizo que incluso Nox estallase en carcajadas.

— Creo que podría hacer un Salto Irisado al otro lado de Lyssandria y Onem no se percataría de mi ausencia.

—Al menos la información es buena. Aunque no sé si estar agradecido o preocupado. El problema es mucho más grave de lo que sospechábamos. No puede ser coincidencia que las dos únicas cortes que han mostrado apoyo evidente a Elara sean las dos que están siendo más atacadas.

Todos dentro del Priorato de Sombras estaban igual de aliviados al saberse con la ayuda y colaboración de la Corte de las Olas. La realidad era que compartir el peso de lo que estaba ocurriendo con otra corte era de gran ayuda.

—En cuanto llegue Levi, me marchó de vuelta a la Corte del Bosque para contrastar un par de cosas —añadió Nox—. No debería tardar, partió esta mañana para enviar los mensajes que dejaste pendientes en la capital.

Tuve que reprimir el impulso de pedirle que tuviera cuidado.

Lo cierto es que Nox siempre lo tenía. Una parte importante de su trabajo era infiltrarse en lugares peligrosos, pasar desapercibido y obtener la información necesaria en cada momento.

Él, Levi y Lía eran los Fae más capaces de todo el puñetero continente y juntos funcionábamos como una máquina bien engrasada.

La sincronización era tal, que muchas veces ni siquiera tenía que pedirles las cosas.

Ellos eran capaces de tomar la iniciativa y anticipar las necesidades de la corte sin que yo tuviera que decirlo.

Esa confianza era en realidad nuestra mayor ventaja.

Algo que yo había comprendido desde el inicio de nuestras andaduras juntos, mucho antes de convertirme en Guardián.

Antes de ser Guardián, su apoyo había sido mi único salvavidas, mi único recordatorio de que, pese a todo, no era un total y completo monstruo.

Por su puesto, ese nivel de confianza también tenía sus cosas menos buenas.

Cosas como que, incluso a miles de kilómetros de distancia, mi hermano y amigo supiera leer mi cara aun sin verla.

La risa limpia de Elara se hizo cada vez más fuerte, y mi corazón, que parecía revivir en su presencia a pesar de ser apenas un órgano inservible, se aceleró ignorante y desbocado.

— Se te oye lloriquear desde aquí, Callum. Lleva día y medio nevando, no te digo más —chinchó Nox.

—Eres muy gracioso. Luego te pones como una fiera cuando alguien me pierde el respeto. La Verdeluna nos libre de que tengas las mismas miras contigo mismo, general —contrataqué en el mismo tono.

—Lo digo en serio, hermano. No puedes seguir así. Deja que alguno de nosotros hable con ella. Tal vez así haya alguna manera de sortear el trato o de darle algo de información para que la propia Elara pueda...

Corté aquella línea de argumentación de un plumazo. Desde que mi familia había entendido la realidad detrás de mi trato no había parado de oír sugerencias similares cada cierto tiempo. Sugerencias que jamás podría contemplar pues el riesgo era demasiado alto.

—La Dama fue clara, Nox. Ni yo, ni ningún Fae podrá decirle la verdad en mi nombre. Si alguien lo hace, todos sabemos las consecuencias. Si alguien descubre esta debilidad, estamos perdidos. No hay más que hablar.

Me sentí como el mayor cretino del mundo cuando levanté mis escudos para bloquear lo que fuera que Lía o Nox dirían en respuesta.

Aun así, pude sentir la mano de Nox posándose sobre ellos durante unos segundos, acompañados por una palmadita suave por parte de mi hermana.

No pedían entrada, simplemente me dejaban ver que lo entendían y que respetaban mi necesidad de espacio.

Un cariño y una comprensión que yo no merecía.

Era la primera vez que visitaba la Perla hasta la que Onem me había traído.

Para mi sorpresa no nos habíamos dirigido hacia los caminos de nácar y cristal que conectaban el enjambre subacuático que era la capital de la corte.

En su lugar, Onem había comenzado un descenso a través de las entrañas del palacio.

Sus pasos nos habían llevado hasta una escalinata de mármol verde que se ensartaba en las profundidades del edificio.

Con cada escalón el ambiente se tornaba más frío y los ruidos de la corte más lejanos.

La escalinata moría a los pies de dos grandes puertas de cristal cuajado de diamantes de arena. Al otro lado, una Perla de paredes tan claras que parecían invisibles se enfrentaba, desafiante, a la oscura negrura del fondo oceánico.

Una única apertura dejaba entrar el agua en olas tranquilas.

El resultado era una piscina de agua salada que ocupaba la mayor parte de la superficie de la Perla, dejando tan solo un tercio del suelo sin cubrir.

El oleaje bañaba el suelo arenoso convirtiéndolo en una pequeña playa artificial.

Suspendidas en el aire, decenas de esferas emitían una luz azulada y verde que iluminaba el silencio.

Dentro de aquella Perla era como si solo un sueño nos separara de la inmensidad del mar. Daba la sensación de que el mar había creado ese pequeño reducto donde tierra y agua se convertían en un solo ente. Un lugar de reunión e intercambio, hecho a base de olas y vidrio.

Sentí en mi pecho como una magia antigua y poderosa operaba en aquel espacio oscuro pero acogedor, al mismo tiempo que la esencia de Elara y de su poder lo cubría todo.

El recuerdo de su aroma y de aquella manera tan deliciosa que tenía de gemir y suspirar al mismo tiempo me catapultó de vuelta hasta la noche anterior.

No podía permitirme volver a perder el control de aquella manera.

Selene y Elara charlaban animadamente ajenas al terremoto de contradicciones que surcaba mi pecho.

La Guardiana parecía estar enseñándole distintas maneras de manipular el agua.

Selene se encontraba sumergida hasta los tobillos.

Si le molestaba el hecho de que los bajos de su amplio vestido estuviesen calados, lo disimulaba muy bien.

Por su parte, Elara había acortado los pantalones fluidos que llevaba puestos dándoles varias vueltas para evitar que se empapasen.

Me centré en su voz que, después de muchas semanas, sonaba ligera y entusiasmada.

Elara llevaba un corsé sencillo y ligero, a juego con sus pantalones y que dejaba a la vista la curva de sus caderas y de su estómago.

Mis ojos se posaron en la cicatriz que serpenteaba la base de su garganta y, como siempre que aquella imagen llegaba a mi mente las voces volvieron.

Cientos de voces martilleaban contra mi cabeza. Cercanas, lejanas, deseadas o indeseadas. En días como aquel, poco importaba.

Giré el cuello a ambos lados en un intento de que el crujir de mis vertebras liberase algo de la tensión acumulada en los últimos días.

Tras lo que pareció una eternidad, bloqueé sin demasiado esfuerzo el sinfín de mentes que se amontonaban a ambos lados de la Perla.

Podía oír y alcanzar, sin ningún tipo de esfuerzo, cualquier mente.

Su incursión, aunque incesante, era siempre involuntaria.

Aquellas mentes no eran ni siquiera conscientes de que había un depredador en su territorio, alguien que podía oír cada uno de sus pensamientos.

En realidad, esa era la parte sencilla. La mayor parte de los Fae no estaban entrenados en protección mental.

Postulaban sus pensamientos de manera abierta y constante.

Era el equivalente mental a gritar tus pensamientos desde un balcón.

Filtrarlos y bloquearlos era ya una parte intrínseca de mi esencia.

Introducirme dentro de sus cabezas y escarbar hasta encontrar la información necesaria era tan sencillo que podía hacerlo desde que no era más que un niño.

La Corte de las Sombras era el único lugar en el que era más común aprender a bloquear a gente como yo por la naturaleza de nuestros dones. Aun así, nadie era capaz de hacer lo que yo hacía. Nox tenía un dominio extraordinario. Y Lía, antes de todo lo ocurrido, había sido casi tan poderosa como yo.

Como siempre que aquel recuerdo volvía a mi cabeza, la culpa comenzó a estrangularme. Aparté aquella línea de pensamiento de un manotazo.

Elara era, sin duda, la única persona cuyos poderes parecían alcanzar los mismos límites casi inexistentes de los míos.

Una realidad que me atormentaba e impresionaba a partes iguales.

Ardía en deseos de poder ayudarla a alcanzar su máximo potencial.

Pero también sabía el sacrificio que un poder como el nuestro conllevaba y la diana que pintaba sobre nuestra espalda.