Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXI. Callum
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Capítulo XXI. Callum

CAPÍTULO XXI

Callum

Sus sombras serían su muerte. Tal vez su salvación.

Elara volvió a sonreír. Esa maldita sonrisa que iluminaba la noche en el fondo del océano. Una sonrisa que mataría por ver una y mil veces, aunque no fuera para mí.

Vitrio se inclinó de nuevo sobre su oído mientras le enseñaba los pasos de un baile tradicional de la Corte de las Olas. La música de la terraza sonaba despreocupada. La luz violeta de las flores teñía el espacio de un aire romántico y con sabor a primavera.

Elara volvió a reír.

Era imposible que aquel Fae fuera tan gracioso.

Apreté los puños calmando mi oscuridad. Selene llevaba horas encerrada con su consejo buscando la manera de proporcionarnos información. Vitrio había sido el encargado de enseñarnos las maravillas de Seuqadac.

Elara y Vitrio bailaban junto con un grupo de comensales mientras unos músicos callejeros tocaban melodías alegres que me resultaban vagamente familiares.

Mientras tanto, yo llevaba una hora contando hasta un número ridículamente alto en un intento de no levantarme de la silla y arrancar a Elara de los brazos del general de las Olas.

—Mía —rugía mi oscuridad.

Las manos de Vitrio recorrían la espalda de Elara mientras guiaba sus movimientos. Mi Tiniebla me lanzaba miradas confusas entre risa y risa. Había intentado hablar conmigo a través de nuestra conexión en varias ocasiones, pero yo había mantenido la puerta cerrada: como un gilipollas.

No me fiaba de mí mismo o de lo que ella podría encontrar si se asomaba a mi mente.

Cuando la canción terminó y los vítores de los bailarines comenzaron a exigir una nueva melodía, mis pies actuaron por cuenta propia.

No iba a ser capaz de ver aquello un segundo más.

Comencé a andar de vuelta al palacio. Todo mi interior vibraba indagando, exigiendo que volviera a por ella, pero no estaba seguro de poder controlarme.

—Cobarde —susurraba una voz familiar en mi cabeza.

Elara era libre de bailar con el mundo entero si así lo deseaba. Era libre, por mucho que mis entrañas gritaran lo contrario. Yo solo quería que confiara en mí y no iba a conseguirlo comportándome como un animal.

Al llegar al palacio subí las escaleras de dos en dos hasta llegar a los aposentos que nos habían asignado. Nuestras habitaciones estaban unidas por una increíble sala de estar. En extremos contrarios de la misma aguardaban nuestros respectivos dormitorios.

Me deshice de la camisa empapada en sudor y humedad.

Ni siquiera había terminado de desvestirme antes de meterme en la ducha.

La magia del palacio respondió a mi petición rociándome con un chorro constante de agua fría.

Cerré los ojos y dejé que el agua congelada me trajera de vuelta.

La tela de mi ropa interior de lino se pegó a mi cuerpo.

No sé cuánto tiempo pasé dejando que el agua me aclarara la mente.

En algún momento dos golpes firmes y seguros sonaron en mi puerta.

Supe que era ella al instante.

Una buena persona habría ignorado la llamada. Pero ¿a quién quería engañar? Era un cabrón egoísta y ella era mi debilidad.

Caminé con paso seguro hasta la puerta mientras la brisa que entraba por las ventanas abiertas cubría mi piel mojada de escalofríos. Una buena persona se habría echado una toalla por encima. Era un puñetero masoquista.

Abrí la puerta del tirón. Elara me esperaba al otro lado con los ojos entornados. Al verme allí parado, prácticamente desnudo y empapado, sus ojos se abrieron como platos. Recorrió mi cuerpo sin reparos y mi parte más salvaje vibró encantada bajo su atenta mirada.

Podía beber del rojo de sus mejillas.

Podía oler el aroma dulce de su atracción.

Podía describir con exactitud el sonido errático de cada uno de sus latidos.

—¿Qué demonios te ha pasado? —dijo ella, cuando se hubo recuperado.

Caminó hacia la sala común que compartían nuestras habitaciones como un torbellino. Me quedé en el umbral de la puerta abierta goteando como un idiota.

—Tenía calor —murmuré en un alarde de sutileza.

—Has desaparecido sin decir nada —contratacó ella con tono acusador, cuando casi había conseguido convencer a mis piernas para volver a mi habitación antes de cometer una locura.

Me giré para observarla buscando la manera de terminar aquella conversación cuanto antes. Elara tenía las mejillas sonrosadas, como si hubiera corrido para alcanzarme al darse cuenta de que había abandonado la fiesta.

—Estaba cansado.

—¿Y enfadado? —insistió ella, dando un paso peligroso en mi dirección.

Me apoyé contra el marco de la puerta y me crucé de brazos. La bestia que rugía su nombre estaba peligrosamente cerca de la superficie.

—¿Por qué iba a estar enfadado, Tiniebla?

Ella levantó una ceja, un gesto que hizo que me temblaran las piernas. Era un movimiento de capullo responder a su pregunta con más preguntas para desviar el foco de la conversación. Ambos éramos conscientes.

Elara recortó el espacio que nos separaba hecha una furia. Con un dedo cubierto de mis sombras me apuntó al pecho. Cuando empezó a hablar, acompañó cada frase con un golpe de su dedo contra mi cuerpo.

—Pues vamos a ver. Has estado callado prácticamente toda la noche.

No has querido bailar con nosotros. Las veces que he intentado hablar contigo mentalmente lo has impedido.

¡A mí! —gritó indignada—. El pobre Vitrio solo intentaba ser un anfitrión amable y las veces que le has dirigido la palabra parecía que ibas a matarlo.

Y para colmo te marchas sin decirme nada.

Ambos respirábamos con dificultad. Los esbozos de mi control se me escurrían por entre los dedos.

Estaba demasiado cerca y a la vez demasiado lejos.

Podía oler la esencia de Vitrio sobre su piel y me estaba volviendo loco.

Lo único que deseaba hacer en ese momento era recorrer cada centímetro de su cuerpo con mi lengua hasta asegurarme de que cualquier Fae que la viera supiera exactamente de quién era.

—¿Amable? —pregunté con los dientes apretados.

—Ha bailado conmigo toda la noche. Ha hecho que pasara un buen rato.

—Soy consciente. —Cerré los ojos con fuerza.

Elara se acercó todavía más.

—¿También eres consciente de que te has pasado toda la noche cabreado en una esquina? ¿Eres consciente de que tenemos que llevarnos bien con ellos? ¿Eres consciente de que no nos van a ayudar, si gruñes por cada cosa que dicen?

Tenía razón. Por supuesto que tenía razón, pero yo no estaba al mando de mi cuerpo ni de mis emociones. No cuando se trataba de ella.

—Soy consciente de que te ha estado tocando —gruñí al abrir los ojos—. Toda. La. Puñetera. Noche.

Elara se quedó sin palabras durante unos segundos. Sus ojos de color verde me escudriñaron sin reparos buscando una explicación.

—Es difícil bailar sin tocarse —balbuceó confusa.

—También te ha hecho reír.

A esas alturas ya no había nada ni nadie que controlara las cosas que salían por mi boca. Había perdido la batalla.

—¿Qué problema hay con que me ría? —preguntó ella, desafiante.

Sus dedos todavía estaban sobre mi pecho.

Fue entonces cuando terminé de perder el control.

En un murmullo de sombras cambié nuestras posiciones.

Elara dejó escapar un sonido de sorpresa cuando su espalda se encontró contra la pared.

Con una sola mano sujeté las suyas sobre su cabeza.

Con la otra apreté la madera del marco de la puerta.

Agaché la cabeza hasta que los dos estuvimos a la misma altura.

Cuando nuestras frentes estuvieron a un suspiro la una de la otra, comencé a hablar.

No era mi voz la que lo hacía, sino algo antiguo que solo ella podía controlar.

—No hay ningún problema. Quiero que te rías siempre. Quiero embotellar el sonido. Quiero metérmelo en las venas. Quiero ahogarme en él. Pero soy un egoísta, y también quiero ser el único que consiga sacarlo de tu boca.

Ella abrió los ojos sorprendida.

—Así que estás celoso.

Ser tan transparente debería haber dolido, pero lo cierto es que fue un alivio poder bajar los escudos, aunque fuera solo un segundo.

Me alejé de ella un par de pasos. Enseguida sentí su ausencia.

Ella permaneció apoyada en la pared. Su pecho subía y bajaba al mismo ritmo enloquecido que el mío mientras esperaba mi respuesta.

—Sí, puede que esté celoso —admití—. Aunque no tengo derecho a estarlo. Eres libre de hacer lo que quieras. Si estoy celoso, es solo por mi culpa. Lo que realmente ocurre es que estoy cabreado.

—¿Conmigo?

—Nunca contigo.

—¿Entonces? —insistió, dando un paso tentativo en mi dirección.

Levanté las manos para que detuviera su avance. Elara frenó en seco. Si dejaba que siguiéramos jugando a aquel juego, ambos acabaríamos quemados.

—Conmigo mismo.

—¿Por qué?

No pude evitar reírme. ¿Es que acaso no era obvio? ¿Es que acaso no podía ver cómo mis sombras anhelaban las suyas? ¿Cómo me volvía un poco más loco cada vez que ella aparecía?

Pasé una mano temblorosa por mi pelo empapado mientras buscaba las palabras. ¿Cuánto era demasiado? ¿Qué sería lo que la haría salir corriendo?

Al final la bestia tomó las riendas. Mi oscuridad salió disparada hacia su cuerpo en forma de tentáculos brillantes.

Elara dejó de respirar cuando mis sombras entraron en contacto con su piel.

La parte más ilusa de mi cerebro quiso creer que ahogó un gemido entre esos labios creados para torturarme.

—Porque deseo tocarte y no puedo. Porque tu sola presencia hace que se me olvide respirar. Porque desde que probé a qué sabías no puedo pensar en otra cosa. Porque desde que escuché tu voz en mi cabeza supe que significabas peligro. Y, maldita sea, Tiniebla, vivo por y para tu peligro.

Dejé que mis sombras recorrieran sus piernas, su cuello, su rostro.

Me prometí que solo sería una vez. Rocé sus labios y ella los abrió, expectante.

El movimiento de su lengua contra mis sombras amenazó con hacerme perder lo poco que retenía del control.

La sensación fue directa a mi ya abultada entrepierna.

Emití un quejido ahogado. No había nada que yo deseara más en este mundo que volver a besarla.

Los ojos de Elara estaban fijos en mí. Su color verde recorría mi cuerpo bebiendo cada temblor, cada movimiento.

Yo seguía empapado de pies a cabeza y la tela mojada de mi ropa dejaba poco a la imaginación, amoldándose a cada centímetro de mi erección.

—Me estás tocando ahora mismo —suspiró ella, sin apartar la vista.

—No así —respondí, al tiempo que rodeaba uno de sus pezones con mis sombras y tiraba ligeramente.

Elara arqueó la espalda perdiéndose en la sensación. Yo maldije en voz alta. El resto de mis sombras continuaron su camino por la cara interna de sus muslos.

—Callum —suplicó, abriendo ligeramente las piernas.

Mis sombras recorrieron su humedad en un suspiro. Tuve que cerrar los ojos. Su suavidad era el inicio de mi perdición.

—Ven aquí ——pidió entre jadeos.

Aquella petición era la tortura más dulce, pero me obligué a llamar a las sombras de vuelta. Me obligué a recobrar la cordura.

—No puedo. No mientras siga sin poder hablar sin mentirte. No mientras sigas sin confiar por completo en mí —musité—. Y mucho menos mientras pienses que nunca fue real.

Antes de hacer algo más de lo que arrepentirme entré en mi habitación y cerré la puerta con llave.

Odié dejarla allí sola.

Odié haber perdido el control de aquella manera.

Por encima de todo, odié no poder dormir con ella entre mis brazos.