Capítulo XX. Elara
CAPÍTULO XX
Elara
Había pocos momentos en los que se sintiera más poderoso que cuando conseguía hacer que aquel sonido brotara de sus labios.
Las volutas de sombra y nebulosa se arremolinaron contra nosotros.
El aire era eléctrico, casi translucido.
Me dejé acariciar por el torrente de magia oscura que Callum transmitía.
La presencia de su mano aferrándose a mi cadera y el suspiro de su aliento en mi oído me mantuvieron alerta.
Algo en mi interior rugió liberado, como si sospechara que una parte de mi poder volvía a casa al fin.
—Respira, Tiniebla —susurró contra mi cuello antes de realizar el Salto Irisado.
Puede que la ansiedad por visitar el hogar de Oraz tuviera algo que ver con el nudo de nervios que asolaba mi estómago.
Estaba segura de que la cercanía de Callum no tenía nada que ver.
Las nubes de polvo de estrella dieron paso a la danza pausada de aguamarina y a una explosión violeta.
Luciérnagas del crepúsculo. Su luz iridiscente era débil bajo el sol aguado, pero sus destellos morados fueron lo primero en darnos la bienvenida.
Las flores de mi pelo brillaron por respuesta. Me sentí un poco más en casa.
Mis pies se posaron en una superficie adoquinada.
Un intenso aroma a sal y alhelí inundó mis sentidos.
Seuqadac, la capital sumergida de la Corte de las Olas apareció ante mis ojos.
Una urbe inmersa entre marismas de un turquesa intenso y criaturas marinas de las que solo había oído hablar en cuentos.
Una amalgama de burbujas y bóvedas transparentes se hundían en la inmensidad del fondo marino.
En su interior, una ciudad de paredes blancas hechas de roca y caliza se extendía más allá de donde alcanzaba la vista.
Los edificios estaban construidos en la base del arrecife, creando cordilleras blancas, salpicadas de luces violeta y bancos de peces que navegaban entre las esferas.
Todas y cada una de las cúpulas estaban conectadas por largos túneles transparentes que se antojaban de cristal.
Resplandecían, desafiantes ante el oleaje.
La ciudad brillaba con color y música. Desde la lejanía adiviné decenas de pequeños comercios: mercados, tiendas de flores, estudios de pintura y restaurantes con terrazas tranquilas. La ciudad respiraba libertad sumida en un mundo alejado de la superficie.
Los rayos del sol de la tarde llegaban en pequeños estruendos filtrados a través de la profundidad del océano.
Creaban prismas de color desordenados que acariciaban en agua con delicadeza.
Sin embargo, las bóvedas contenían multitudes, pequeños mundos encantados que se estiraban hasta límites insospechados.
Habíamos aparecido en una pequeña plaza.
Miré hacia arriba, maravillada con cómo la cúpula de cristal se movía con las olas.
La placita estaba rodeada por diferentes fuentes con motivos animales.
Kelpies, delfines, tiburones y carpas. Toda clase de criaturas talladas en marfil creaban un juego de agua y luz que hacía las delicias de la vista.
Al otro lado de la plaza, un impresionante castillo de piedra blanca se erguía tan alto como la cúpula.
Cada una de sus paredes estaba tallada de manera similar a la de las fuentes.
Motivos florales y marinos cubrían toda su superficie.
Las ventanas estaban encastradas entre perlas y piedras de aguamarina haciendo que el palacio brillara con aura propia.
—Impresionante, ¿verdad? —susurró Callum a mi espalda conforme tres figuras salían de la puerta principal andando en nuestra dirección.
Distinguí a Selene y a uno de los soldados que había estado con ella en el Cónclave.
—Este es el patio de visitas del castillo de Seuqadac. El simple hecho de que nos hayan recibido aquí y no en la Perla de Bienvenida es buena señal. Es un símbolo de respeto.
Asentí en silencio. Nuestros cuerpos todavía estaban en contacto. Y, a pesar de que nos separaban varias capas de tela, toda mi piel ardía por la cercanía.
Lía había insistido mucho en que lleváramos vestidos vaporosos en nuestro equipaje.
Telas suaves y ligeras para soportar el calor y la humedad de la Corte de las Olas.
Aunque solo llevábamos unos segundos allí, yo ya le estaba agradecida.
Aun así, el vestido cubría todo mi cuerpo a excepción de los hombros y el cuello.
La tela era de un gris perlado lleno de matices, que caía en suntuosas ondas de seda.
Un corsé violeta y engarzado con motivos de la Corte de las Sombras ceñía el vestido a mi cintura y acentuaba el escote.
Las mangas transparentes partían desde la base de los hombros y cubrían mis brazos sin ajustarse.
Tanto que el movimiento de las sombras que Callum me había regalado se intuía entre las capas de tela.
Lía se había negado en rotundo a que viajara con mi ropa de lucha, pero había accedido a dejarme llevar dos de mis dagas en sendas cintas en la cara externa de los muslos. Saber que las tenía conmigo me daba seguridad.
Por su parte, Callum vestía una versión más ligera de su habitual indumentaria negra. Un traje negro de lino fresco bordado con hilo violeta a juego con mi corsé.
—¿Perla de Bienvenida? —pregunté a través de nuestra conexión mental por miedo a que los avanzados sentidos de los Altos Fae les permitieran escuchar nuestra conversación a pesar de la distancia.
— Así es como llaman a cada una de las cúpulas que conforman la ciudad.
La Perla de Bienvenida es una pequeña bóveda en la zona más alejada del castillo.
Obliga a los visitantes a andar durante casi una hora antes de una audiencia con Selene.
Los Saltos Irisados no están bien vistos entre los habitantes de Seuqadac, a no ser que sea estrictamente necesario.
—¿Así que simplemente andan?
— No exactamente — respondió Callum con una risa ronca que me puso los pelos de punta.
Todavía con su pecho en contacto con mi espalda y una de sus manos en mi cadera, posó su otra mano en la base de mi cuello. Dejé escapar un jadeo de sorpresa que acallé al instante obligándome a morder mi labio inferior.
Había algo indecente en el hecho de que estuviera tocando la única zona expuesta de mi cuerpo mientras el grupo de bienvenida se aproximaba cada vez más.
El contacto hizo que se me acelerará el pulso.
Sentí los ojos negros de Callum clavados en mis labios mientras extendía los dedos índice y pulgar y presionaba ligeramente mi mandíbula para que mirase hacia arriba.
Fue entonces cuando me percaté.
Varias figuras se movían con gracia entre las perlas. Altos y Bajos Fae surcaban el manto marino rodeados de burbujas que cubrían sus rostros y acompañados de diferentes criaturas. Entre las sombras, me pareció distinguir varios tiburones, un Selkie y hasta lo que parecía un calamar enorme.
— Como respirar bajo el agua no es un problema, los habitantes de la corte prefieren navegar el mar entre las perlas a nado. La mayoría de ellos cuentan con un Eólach que suele acompañarlos en sus desplazamientos.
—¿Eólach?
—Los habitantes de la Corte de las Olas pueden crear vínculos muy estrechos con criaturas del mar. A estos se les conoce como Eólachs. Algo me dice que cierto Kelpie que conocemos es precisamente eso para ti.
Callum presionó ligeramente mi garganta antes de romper nuestro contacto.
Un calor delicioso se instaló en la parte baja de mi estómago y entre mis piernas.
Parpadeé varias veces en un intento de recobrar algo de control.
Me esforcé por recordar que aquello no era real, que todo era parte de nuestra puesta en escena.
Selene y los dos hombres que la acompañaban nos estudiaban con curiosidad mientras avanzaban a nuestro encuentro.
Todos vestían indumentarias similares. La piel oscura de Selene contrastaba de manera exquisita contra el blanco del vestido vaporoso de espalda descubierta y escote de vértigo que lucía.
En esta ocasión sus rastas habían sido peinadas en un moño simple adornado con decenas de aros dorados a juego con sus brazaletes y un enorme collar que cubría por completo su cuello.
Los otros dos hombres vestían trajes parecidos. Mientras uno de ellos llevaba un vestido similar al de la Guardiana, pero sin tirantes, el otro Fae llevaba puesta una versión casi idéntica, pero con unos pantalones fluidos que se ceñían a sus tobillos.
La piel de los dos Fae tenía un tinte azulado parecido al turquesa del romper de las olas. A ambos lados de su cabeza había dos orejas delicadas y membranosas, como finas aletas de pez, enmarcando su rostro.
El corazón me dio un vuelco.
— Callum no quiero fingir con Selene. No quiero comportarme como lo hice en el Cónclave. —No tenía fuerzas para hacerlo, era lo que en realidad debería haber dicho—. Aquí no. Ella está de nuestro lado. No puedo mentirle .
El negro de su mirada me estudió durante unos segundos.
¿Qué estaría viendo? A veces creía que solo quedaban fragmentos inservibles en mi interior.
Los restos inútiles de una espada que seguían cortando pese a no tener forma.
Pero pese a todo, pese a saber las atrocidades que había cometido, pese a saber que había cosas que no podía decirme, la paciencia de Callum jamás se agotaba.
Lo cierto es que hacía tiempo que había dejado de pensar que era paciencia lo que el Guardián sentía al verme.
Tampoco era compasión. No, lo que sus ojos parecían gritar sabía peligrosamente a respeto.
— Estoy de acuerdo. Seremos lo más sinceros posible. Selene es de las pocas personas fuera de mi círculo que me inspiran confianza.
Selene y sus dos acompañantes se detuvieron a escasos metros de nosotros. Los dos Fae inclinaron la cabeza a modo de saludo. Callum fue a su encuentro. Extendió un brazo hacia Selene y ella lo cogió por el antebrazo sin dudar. Ambos se estrecharon durante unos segundos.