Capítulo XIX. Elara
CAPÍTULO XIX
Elara
Debió matarlo. Debió matarlo una y mil veces.
La respuesta de Selene fue rápida. Tan solo tres días después de enviar mi carta, la Guardiana había aceptado hospedarnos durante unos días.
Faltaban apenas unas horas para viajar a la Corte de las Olas cuando unos golpes suaves sonaron en la puerta del invernadero.
Me giré a tiempo de ver como Lark asomaba la cabeza por el hueco que descansaba entre los portones de hierro tallado que enmarcaban la entrada.
La Alta Fae me sonrió con cariño, con esos ojos que compartía con su hija, pero que, en su persona, tenían un matiz distinto. Un brillo añejo que dejaba adivinar los años detrás de su rostro inmaculado y un sinfín de vida a sus espaldas.
Lark estaba envuelta en una capa de terciopelo color borgoña que caía en delicados pliegues a sus pies. Su pelo, como casi siempre, estaba recogido en una trenza simple y adornado con pequeñas cuentas iridiscentes. Cuando el sol chocaba con ellas, la luz creaba pequeñas galaxias a su alrededor.
—¿Se puede? —preguntó.
Traía consigo una pequeña cesta con herramientas de jardinería, un par de guantes y una almohada para descansar las rodillas. Me limité a asentir. A fin de cuentas, aquel era su invernadero y la intrusa era yo.
Las paredes acristaladas estaban compuestas por mosaicos de distintas tonalidades claras.
En cada ventana, el cristal había sido ornamentado con cuentas similares a las que Lark llevaba en el pelo.
Su disposición no era aleatoria. Lía me había explicado que sus antepasados habían dibujado las diferentes constelaciones de manera estratégica.
En la Corte de las Sombras muchas plantas crecían con la luz de la Verdeluna en lugar de con la luz del sol. Las ventanas ayudaban a distinguir la mejor época del año para cultivar, en función de la posición del astro y la cantidad de luz.
El resultado era un caleidoscopio crepuscular que teñía de matices las noches del invernadero y protegía sus cultivos de la luz excesiva del sol.
—He pensado que podría darte un pequeño obsequio antes del viaje. Uno que estoy segura de que Selene interpretará como un gesto de buena fe —explicó Lark.
Dejó la cesta sobre una de las amplias mesas de madera envejecida que descansaban en el patio central del invernadero.
—Ya habéis hecho suficiente.
—Mi niña, curar tus heridas y darte la bienvenida no son regalos. Es lo mínimo que podemos hacer —respondió ella apretando mi hombro con cariño al pasar junto a la banqueta en la que me encontraba sentada.
Lark continuó andando hasta perderse un poco entre una de las jardineras más cercanas al patio exterior del invernadero.
Con unas tijeras doradas comenzó a cortar brotes de una planta en forma de arbusto.
La planta estaba salpicada de pequeñas flores de un color imposible de describir.
Una tonalidad entre el violeta más mágico y el azul más delicado.
Con manos seguras, Lark cortó pequeños tallos repletos de aquella flor de pétalos cortos y color indescifrable.
Sus manos se movían en una danza aprendida.
Cortaban, guardaban y volvían a empezar.
—La Corte de las Olas es un lugar que parece sacado de un cuento o de un sueño. Supongo que es lo mismo —dijo concentrada en su tarea—. En mi juventud era un lugar que siempre deseé visitar. Cuando por fin lo hice, no fue en las mejores circunstancias. Ni en la mejor compañía.
Su sonrisa se empañó de tristeza, pero era una tristeza valiente. Una tristeza que se permitía asomar de vez en cuando, sin avergonzarse de existir.
Lo poco que me había contado Callum lo dejaba más que claro.
El antiguo Guardián no había sido un buen hombre.
Pero cuando su madre sonreía de aquella manera, yo no podía evitar sentirme asombrada.
Lark sonreía a las cosas tristes de igual manera que sonreía a todo lo demás.
Con una fiereza extraordinaria y una capacidad asombrosa de mirar al futuro sin olvidar el pasado, pero sin permitir que este dictara su presente.
—Por la noche, en mi opinión el mejor momento para contemplar la capital, la luz de la Verdeluna se filtra a través del agua e ilumina estas flores.
Su nombre coloquial es luciérnagas del crepúsculo.
Cuando la luz impacta sobre ellas es como si las estrellas inundaran las cúpulas de Seuqadac.
Es realmente hermoso. Hasta tal punto que, en mi primera visita, me quedé prendada de aquella visión.
Por aquel entonces, las noches eran un momento complicado y aquella vista me trajo paz.
—Lark sonrió. Sus ojos bañados en nostalgia—.
Selene debió de darse cuenta. Hacía poco que ella era Guardiana y nuestra visita no le puso las cosas fáciles.
La verdad es que la presencia del antiguo Guardián de las Sombras nunca hacía las cosas sencillas.
Yo era joven, demasiado. No sé qué la empujó a hacer lo que hizo.
Aunque sospecho que tuvo algo que ver con que me pillara allí parada, en mitad de la noche, con un camisón arrugado y la cara llena de lágrimas.
No quise preguntar.
Ella tampoco especificó, pero el dolor de sus ojos era un dolor compartido entre las mujeres.
Un dolor resignado que sabíamos reconocer entre nosotras.
Un dolor sobre el que no es necesario preguntar o presionar, pues, tristemente, todas lo habíamos sufrido en nuestras propias carnes.
O en las de una hermana, una amiga, una madre.
Lark avanzó hasta sentarse junto a mí en el pequeño banco.
Con un dedo delicado recogió una de las lágrimas que había escapado de mis ojos y me acarició la mejilla con una sonrisa sincera.
Dejé que siguiera hablando, al tiempo que comenzaba a tejer las pequeñas flores entre los mechones de las dos trenzas que recogían la parte superior de mi melena antes de que esta bajara en ondas desordenadas por mi espalda.
—Selene me visitó una última vez en mi habitación antes de despedirnos oficialmente.
Me trajo una maceta rebosante de luciérnagas del crepúsculo.
Me dijo algo que me ha acompañado durante muchos años: «Para que iluminen tus noches más oscuras y espanten las pesadillas.
No las trasplantes hasta que no encuentres un lugar que te traiga paz y sea refugio.
Un lugar al que llamar hogar. Esta maceta las mantendrá a salvo.
Algo me dice que todavía te quedan varias noches en penumbra.
Deja que estas luciérnagas te acompañen hasta entonces».
—Y las plantaste aquí —comprendí.
—Así es.
Durante unos minutos se instaló entre nosotras un silencio apacible.
Cerré los ojos mientras Lark tejía flores en mi pelo y cosía historias en el universo.
No me había atrevido a preguntar hasta entonces, pero el rostro del retrato de los Archivos me perseguía en pesadillas que ahora recordaba al despertar.
Sabía que Callum me lo contaría si preguntaba.
Lo había intentado, pero nunca era capaz de encontrar las palabras.
Hasta entonces.
—¿Cómo se llamaba? —No hizo falta que explicara a quién me refería.
Los dedos de Lark no pararon de pintar mi pelo de flores y recuerdos.
—Lunaris.
Era extraño, como un nombre era capaz de decir tantas cosas sin haber conocido jamás a su dueña. El rostro de mi madre volvió a mi memoria.
—Lunaris —repetí, solo para saber cuál era la forma de aquel nombre en mis labios. Decirlo en voz alta supo agridulce—. —¿La conocías?
Lark negó despacio.
—No personalmente, pero coincidimos en varias ocasiones.
Orión y el antiguo Guardián de las Sombras eran amigos.
—Emitió una risa resignada—. Tal para cual.
Pero no eran proclives a dejar que pasáramos tiempo a solas con otras Altas Fae.
Supongo que temían que, si hablábamos, nos daríamos cuenta de que había otras pasando por lo mismo.
El canto de un pájaro extraño tintineó contra las paredes del invernadero. Mientras veía como el ave trazaba una pirueta en el cielo, me pregunté si mi madre habría crecido con su canción de fondo. Igual que yo había crecido con el arrullo de las olas en Nébula.
—Tu madre era la única descendiente que quedaba con vida de una familia adinerada del sur, en el condado sobre el que Orión gobernaba.
Creo que él quería sus tierras, además de un heredero.
No sé con detalle qué sucedió. Lo que sí que puedo decirte es que no le dieron opción de elegir.
Por aquel entonces ninguna teníamos esa opción.
—Lo dijo con cuidado, con una paciencia que reflejaba años de trabajo—.
Tardó mucho tiempo en quedarse embarazada.
Ya sabes lo escasos que son los niños entre los Fae.
Varias décadas no es una cantidad desorbitada de tiempo, pero Lunaris tardó mucho más.
Sus ojos tenían siempre un tinte triste.
Supongo que como los míos por aquel entonces.
Pero, cuando acariciaba su vientre, la tristeza y el miedo desaparecían durante unos instantes.
Sé que te quería con todo su ser, una madre sabe esas cosas.
Y sé que estaría muy orgullosa de la persona en la que te has convertido.
Me negué a llorar. Tragué saliva forzándome a existir más allá del nudo de mi garganta y respiré con profundidad hasta calmar el rugido de mi poder.
—¿Qué le sucedió?
Lark me miró durante unos segundos interminables.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que puedas averiguarlo, Elara. Pero debes saber que tu madre hizo lo imposible por mantenerte a salvo.
Pude ver en sus ojos que buscaba las palabras para explicarse. Supe que, si hubiera podido, me hubiese dado las respuestas que buscaba. Algo se lo impedía. Así que, otra vez, las respuestas me ganaron la carrera.