Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XVII. Elara #2
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Capítulo XVII. Elara #2

El aire zumbaba con esa gentileza serena de los lugares nevados. Fui consciente de cada partícula que rozaba mi piel, de cada átomo que existía en ese lugar, en ese momento.

—¡Tiniebla! —Callum se materializó a escasos metros de distancia.

Jamás lo había visto de ese modo, tan visiblemente preocupado. Tan profundamente enfadado. ¿Conmigo? ¿Con mi reacción? ¿Con el Alto Fae que había dejado sangrando en un lugar sagrado? Probablemente era alguna de las dos primeras opciones.

Aquello me rompió todavía más. ¿Cómo se atrevía?

Sin apenas pensarlo, realicé un Saltó Irisado hasta donde él se encontraba. Antes de materializarme por completo dirigí un puño hacia su costado. El Guardián lo esquivó, bloqueando mi ataque. Pero no paré.

Callum se limitó a dejarme seguir golpeando.

Con cada una de mis embestidas perdía un poco más el control de mí misma.

Me agaché, pasando una pierna por debajo de sus pies para hacerle perder el equilibrio.

Callum cayó de espaldas. Estaba segura de que, de haberlo querido, habría sido capaz de evitarlo.

Eso hizo que mi enfado creciera todavía más. No quería luchar conmigo.

En cuanto su cabeza impactó con la nieve lo clavé al suelo apoyando una de mis botas contra su pecho. Mis manos centellaban con noches infinitas y por cómo se quedó sin aliento supe que mis ojos se habían vuelto negros, teñidos de la misma esencia que tanto me esforzaba en ocultar.

—¿Sabías que ese era mi padre antes de lo que ha pasado hace un momento?

—Elara —gruñó él con un hilo de voz que suplicaba con cada letra de mi nombre.

Sus ojos eran dos pozos negros que luchaban por controlar el poder eterno que podía sentir crepitar a nuestro alrededor.

Una parte de mí quería que lo hiciera. Que perdiera el control.

Yo no podía ser la única en aquella vorágine de pérdida y destrucción.

—¡No digas mi nombre ahora! ¡Maldita sea! Lo sabías, ¿verdad? ¿Por qué no me lo dijiste? Tenía derecho a saberlo —exigí haciendo más presión con mi bota, pese a que sabía que el Guardián podría librarse de mi peso sin apenas esfuerzo.

—Sabes la respuesta a esa pregunta, Tiniebla —respondió desesperado, mirándome desde el suelo.

El trato.

El maldito trato con la Dama de la Noche.

No había manera de escapar de sus juegos. De escapar de los tratos y los secretos que dictaban cada segundo de mi existencia. Al parecer, desde mucho antes de mi primer trato consciente con el Guardián de las Tormentas.

Su cara volvió a mi mente y tuve que reprimir un sollozo. Era la cara de mi madre, la misma que me perseguía en sueños. La misma que no recordaba más allá de las pesadillas.

El espíritu se había adueñado sin derecho de la cara de mi madre y la había usado para torturarme durante semanas.

Me alejé de Callum con tan solo un par de zancadas.

El dolor en el pecho era abrumador. Sentía que no podía respirar.

La cicatriz de mi garganta ardía como si de una venganza se tratara y el núcleo de mi poder consiguió ganar la batalla.

Explotó como una supernova y yo no tuve más remedio que rendirme a él.

Sentí muchas cosas a la vez.

El gritó lejano de Callum.

El crujir de mis rodillas contra el suelo frío.

El retumbar de la magia abandonando mi cuerpo y arrasando con todo.

Los golpes sordos de decenas de pájaros cayendo al suelo, inertes y sin vida.

Los ecos de aquella noche más de veinte años atrás y las voces que me llamaban asesina, ya entonces.

Todo mi ser parecía querer fragmentarse en mil pedazos, dejarse llevar por aquella sensación de euforia y pánico.

Pero la oscuridad salió a mi encuentro. Después de unos segundos que pesaron como mil vidas, un manto estrellado lo cubrió todo.

Una oscuridad profunda y familiar bajo la cual me atreví a volver a abrir los ojos.

La luz del sol se antojaba como un recuerdo roto a través del manto oscuro que rodeaba mi perímetro varios cientos de metros a la redonda.

El suelo blanco estaba salpicado de pequeñas criaturas inmóviles y cubiertas de sangre que habían sido arrasadas por la onda expansiva de mi poder.

Con manos temblorosas y teñidas de noche me levanté del suelo.

Me giré despacio, preparada para ver el horror reflejado en el rostro del Guardián. Lo que vi fue mucho peor.

Callum estaba tirado en el suelo y no se movía.

—No, no, no, no, no —repetí una y otra vez hasta llegar hasta él.

Me arrodillé a su lado. No tenía heridas aparentes y su pecho subía y bajaba de manera pausada pero estable.

Busqué desesperada la hebra de galaxias que unía nuestras consciencias.

La presencia de Callum seguía allí, al otro lado.

Entrelacé una de mis manos con las suyas y apreté con fuerza.

Callum emitió un pequeño ruido grave desde la garganta y yo me permití respirar aliviada. Estaba vivo.

—El Guardián de las Sombras estará bien, hija de la no Luna.

Tan solo necesita unos instantes para recuperarse.

Espero sinceramente que no me hayas llamado para que te diga cómo salvarlo.

Eso sería una perdida considerable de mi tiempo y de mi talento.

Por no hablar de que sería demasiado repetitivo.

Sin apartarme de su cuerpo, me giré hacia aquella voz sin labios que resonó en mi cabeza. Era una voz imposible de olvidar.

El whisp que me había ayudado a salvar la vida de Orla flotaba en medio de mi burbuja de oscuridad. Sus grandes ojos resplandecían con un brillo intenso mientras observaba la escena con curiosidad.

—Yo no te he llamado esta vez.

— Sí lo has hecho — dijo como quien reprendía a un niño—. O al menos tu poder y su ofrecimiento lo han hecho.

— Eso no ha sido un ofrecimiento de mi poder. Ha sido una pérdida de control —musité—. Y una estupidez.

El cuerpo de Callum se movió bajo mis manos. Cuando me volví para mirarlo, ya había vuelto en sí y se estaba incorporando. Me dispuse a apartarme para que tuviera más espacio, pero él atrapó mi mano contra su pecho y no me soltó hasta sentarse junto a mí.

Su corazón latía con fuerza debajo de las capas oscuras que cubrían su cuerpo. El ritmo de su martilleo consiguió relajarme. Callum mantuvo nuestras manos allí, como si supiera que yo necesitaba algo que me anclara a la realidad.

—¿Estás bien?

—Eso debería preguntártelo yo a ti. Lo siento muchísimo, no pretendía hacerlo.

—No me pidas perdón. Creía que ya habíamos dejado claro que no es necesario.

— Es una estampa enternecedora —graznó el whisp —. Pero tengo cosas que hacer. Sitios en los que estar que no sean este agujero helado y perdido de la mano de los dioses. Tienes la mala costumbre de hacerme venir a los lugares menos apetecibles. Primero aquella laguna apestosa y ahora esto.

La voz del whisp hizo que Callum reparara en su presencia por primera vez. Se mantuvo cerca de mí, sin romper nuestra conexión.

—¿Os conocéis? —preguntó con un deje de asombro en su voz.

— Tu criatura tiene la manía de hacerme llamar para tonterías, Guardián.

— Ya te he dicho que yo no te he llamado.

— Y, aun así, aquí estoy —resopló—. Haz tu pregunta, hija de la no Luna.

¿Cuál sería el castigo cósmico por cargarte a un whisp? Estaba empezando a plantearme que, fuese lo que fuese, merecería la pena. Pero la realidad es que, aunque no la hubiera buscado, aquella era una oportunidad que no podía dejar escapar.

— ¿A qué te refieres cuando me llamas hija de la no Luna ?