Capítulo XVII. Elara
CAPÍTULO XVII
Elara
Si aquello era romperse, él necesitaba sucumbir una y otra vez a su locura.
Escuché la voz, de verdad que sí.
Sus palabras impactaron una a una con la esencia de mi cuerpo. Rompieron algo dentro de mí que ni siquiera sabía que se mantenía intacto. Aquella voz de sirope amargo y crujir de dientes rechinó contra el espacio vacío de los Archivos.
Él seguía hablando, pero mi mundo había dejado de girar.
La encuadernación endeble del misterioso cuento se clavaba contra la palma de mi mano, a pesar de la protección de mis guantes.
Mi oscuridad hervía dentro de mis venas.
Aullaba como un animal enjaulado y rabioso, pidiendo a gritos volver a ver la Verdeluna y volver a sentir la tierra bajo las patas al correr.
La mantuve a raya, evitando que prendiera la mecha de ese poder infinito que formaba parte de mí.
Escuché su voz, escuché las verdades espinadas que escupía sin reparos.
Aun así, no logré apartar la mirada de aquel rostro tranquilo que me contemplaba con una sonrisa amarga desde el lienzo.
Un rostro que hizo brotar lágrimas de mis ojos entrecerrados.
Lágrimas de rabia. Todos y cada uno de sus rasgos eran idénticos a los de la Dama de la Noche.
El mismo cabello de oro y plata. El mismo porte elegante y ligeramente triste.
Las mismas manos gráciles cuyo tacto era como un recuerdo entretejido entre sueños y aromas.
Los mismos ojos que la débil de tu madre.
Tragué saliva, incapaz de evitar que esa frase se atrincherara en mi cabeza de forma permanente.
Sin embargo, poco pude hacer, esa frase y la cruel realidad que representaba se clavaron un poco más hondo.
Mordiendo con fuerza para no soltarse. Deshilachando los retales que cubrían de sombras mis recuerdos.
Por primera vez, las pesadillas cobraron sentido.
Al fin y al cabo, mis verdades no eran más que mentiras con dientes.
Eran los mismos ojos que, noche tras noche, me miraban con miedo y angustia. Los mismos ojos teñidos de lágrimas color escarlata que me juraban que se quedarían conmigo. Los mismos ojos que olvidaba cada mañana al despertar.
Al menos, hasta ese momento.
—Orión, tal vez no fui lo suficientemente claro hace cien años. Pero tu destierro de mi corte incluye también los Archivos. Tienes exactamente diez segundos para desaparecer de mi vista, si no quieres que la expulsión sea de este plano vital y no solo de la corte.
Callum había desaparecido. Aquel ser que había interpuesto su cuerpo entre el mío y el de mi supuesto padre no era el Alto Fae que había comenzado a descubrir. Tampoco el del hombre con el que había compartido temores mientras calmaba mis pesadillas.
No, aquel era el Oscuro.
Su poder contenido latía al mismo ritmo desbocado que el mío. ¿Por qué podía sentirlo, si sabía que se estaba esforzando por no utilizarlo? Tal vez había llegado el momento de aceptar que había demasiadas cosas imposibles de explicar cuando se trataba de Callum y mis sombras.
La carcajada seca de Orión, llena de disfrute y truenos, me hizo apartar la mirada del cuadro de la Dama de la Noche. No, del cuadro de mi madre.
Por qué motivo el espíritu había decidido torturarme con su cara era un acertijo que no me atrevía a resolver.
Contemplé con ojos entornados la figura de Orión.
Me permití estudiarlo sin reparos y sin levantar demasiado la mirada por encima del cuerpo de Callum.
Aunque estaba segura de que tenía cientos de años, tal vez miles, aparentaba estar en la treintena.
Su pelo, tan oscuro como el mío, estaba rapado a los lados.
Sus ojos de un verde apagado pero familiar me observaban sin pestañear.
Su mirada fija en mi cicatriz. Era apuesto, pero había algo enfermizo en su esencia.
El Guardián se había interpuesto entre nosotros, como si estuviera dispuesto a acabar con Orión usando sus propias manos antes de permitir que este llegase a mí.
En otro momento de mi vida, habría dado un paso al frente.
Yo era perfectamente capaz de librar mis propias batallas y de protegerme a mí misma.
Sin embargo, esto era algo que Callum sabía.
No se interponía entre nosotros porque pensara que yo no fuera capaz, sino porque no tenía que enfrentarme a todo sola.
Cuando miré a Orión lo hice con miedo. No miedo hacia él, sino miedo a verme personificada en alguna de sus partes. Miedo a ver que mi oscuridad no era sino un reflejo de la suya.
Sus ojos tenían un brillo grisáceo, empañados por el odio con el que me miraba. Tenía la nariz torcida, como si se la hubiera roto hace años. Vestía casi por completo de rojo, con telas forradas de un pelaje gris.
Era apuesto, de la manera en la que todos los Altos Fae lo eran. Sin embargo, era una belleza fría y venenosa. Una belleza vacía en la que, gracias a los espíritus, no vi rastro de mí.
—Los dos sabemos que no utilizarás tus poderes dentro de los Archivos, chico. Lugar del que, por otro lado, no tienes potestad para echarme o expulsarme.
Callum se ajustó una de las mangas de la chaqueta de cuero oscuro que vestía, como si aquella conversación no fuera con él.
—Si crees que necesito magia para arrancarte la piel a tiras, es que eres más estúpido de lo que imaginaba —respondió con un tono letal.
Ajeno al peligro inminente, o tal vez precisamente por eso, Orión siguió sonriendo de aquella manera tan inquietante.
—Tu padre estaría avergonzado. Dedicó su vida a una causa más grande que Lyssandria.
Una causa que solo un dios sabría entender.
—Orión sacó una espada del cinto y dio un paso en mi dirección—.
He venido con una misión clara. Entrega a la chica.
Esto te queda grande. A fin de cuentas, ¿con quién va a estar mejor que con su... ?
—No te atrevas a terminar esa frase —lo cortó Callum.
—Puede que ella fuera un accidente, pero los mejores descubrimientos lo son.
Tu destino nunca fue vivir, criatura. Tu sangre tiene un papel fundamental en el futuro de Lyssandria.
Eso es todo lo que siempre debiste haber sido.
Un contenedor efímero de algo que cambiará el mundo —dijo Orión, mirándome a los ojos por primera vez desde su llegada.
—No le dirijas la palabra. No te atrevas siquiera a mirarla. —El tono de Callum fue suficiente para hacer que se me erizara la piel.
Orión solo ensanchó su sonrisa.
—Haré lo que crea conveniente. A fin de cuentas, yo ayudé a crearla. Es mía.
—Ella. No. Es. Tuya —respondió el Guardián de las Sombras transportándome a nuestro primer encuentro.
Orión soltó una carcajada podrida.
—Puede que mataras a tu padre para ocupar su puesto, pero su legado continuó, Callum.
Sus aliados nos mantenemos fuertes y unidos.
Esta historia ya está escrita. Mucho antes de que nacieras.
Sus raíces son demasiado fuertes. Sabes que, de una manera u otra, conseguiremos a la chica. Llevamos mucho tiempo esperando.
Orión lo estaba disfrutando. Sabía que no usaríamos nuestros poderes dentro de los Archivos. Hacerlo era lo mismo que perderlos.
Callum emitió un rugido animal. Las paredes y hasta el suelo cubierto de espejos parecieron vibrar. En el centro de mi pecho, el poder y la oscuridad se hicieron eco de su gruñido.
—La chica tiene nombre y no iré a ninguna parte contigo —siseé.
El poder me rozaba las yemas de los dedos. No podría contenerlo mucho más tiempo. Cada minuto que pasaba me era más difícil. El esfuerzo me hizo comenzar a temblar, aunque tal vez también fuera por el efecto de las palabras de Orión.
—¡Qué curioso! Siempre pensé que esa cicatriz te impediría hablar. Lástima. Prefiero a mis bestias calladas, hija .
Su tono fue una combinación aberrante ente malicia y diversión, y no pude soportarlo más. Algo estalló en mi pecho. No fue el poder, tampoco la oscuridad. En ese momento solo recuerdo ver blanco. Una furia blanca y abrasadora que lo cubrió todo.
Con una velocidad que ni yo misma sabría explicar, atravesé la distancia que nos separaba. El movimiento fue rápido. Tanto que ni Callum ni Orión tuvieron tiempo de reaccionar.
Estampé mi bota derecha contra el estómago de Orión, que salió disparado contra el suelo.
Aproveché el impulso para golpear con un puñetazo la cara interna del codo del brazo que sostenía la espada.
Orión emitió un alarido de dolor y dejó caer el arma.
Antes de que tocara el suelo, la cacé al vuelo.
Sin pensarlo, clavé la espada en su hombro derecho.
Al oír como la hoja rasgaba piel y tejido hasta clavarse en el suelo mi instinto animal quiso rugir para celebrarlo.
Los Archivos comenzaron a temblar de manera descontrolada.
A nuestro alrededor, la escena se reflejaba en imágenes infinitas en los espejos del pasillo.
Orión mirándome con ojos desorbitados, yo clavando su propia espada con más fuerza entre su carne.
Estuve a punto de perderme en aquella imagen.
Algo me dijo que si miraba más de dos segundos los cientos de posibilidades que ofrecían los reflejos de los Archivos acabarían con mi alma. O con lo poco que quedaba de ella.
Retiré la mirada.
—Esta bestia no se quedará callada. Si querías un monstruo, lo has conseguido.
Hice que mi bota impactara contra su rostro hasta dejarlo inconsciente. Mi oscuridad gritaba para que la dejara salir. Quería acabar con él, acabar con todo. No duraría mucho más tiempo manteniéndola controlada. Antes de entender que estaba haciendo, eché a correr hacia la salida.
A mi espalda, alcancé a oír como la espada de Orión rompía los espejos al chocar contra el suelo. Callum gritó mi nombre, pero yo seguí corriendo.
Salí de los Archivos como una exhalación y no me detuve. Corrí tan lejos como mis piernas se atrevieron a llevarme. A mi alrededor solo había nieve y árboles negros. El frío del mediodía ardía en mi garganta, tanto que me costaba respirar.