Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XVI. Callum #3
34%

Capítulo XVI. Callum #3

—El pasillo de la izquierda te llevará únicamente hacia la información que deseas. El pasillo de la derecha hará lo mismo. Aunque, por el camino, tal vez obtengas la respuesta a preguntas que tu mente lleva tiempo evitando.

—¿Cómo sé que estás diciendo la verdad?

—No lo sabes, querida. Pero ¿acaso no es esa la parte más divertida de todo esto? —Y, con eso, Airum desapareció, dejándonos a solas con la decisión.

Elara no lo dudó y tomó el pasillo de la izquierda, arrastrándome con ella sin soltar mi mano.

Me dejé llevar y me concentré en el vaivén de su pelo oscuro recogido en una trenza conforme avanzábamos a través del sendero de espejos.

Junto al sonido de nuestras pisadas, distintos susurros intentaban llamar nuestra atención desde los espejos.

—¿Has asumido que decía la verdad o que mentía? —quise saber.

—¿Sinceramente? Lo he echado a suertes. Algo me dice que, escogiera el que escogiera, Airum se habría encargado de que llegáramos a la opción que más le gustaba a él.

El pasillo se extendió durante una eternidad, iluminado únicamente por pequeñas velas que flotaban suspendidas en el aire cada pocos metros. A lo lejos algo llamó mi atención. Un extraño brillo verde iluminaba una particular viñeta.

Elara apremió el paso. Encontrar información en los Archivos siempre era una sorpresa. Una sorpresa de uñas largas y dientes afilados. Airum se encargaba de que fuera una experiencia imposible de olvidar.

En mitad del pasillo descansaba una pequeña mesa de madera.

En el techo, un tragaluz dejaba entrar la tenue luz verde del astro nocturno.

Era, sin duda, una ilusión, ya que todavía quedaban varias horas hasta el anochecer.

Sobre la mesa un pequeño libro de encuadernación gastada y solapas de cuero oscuro esperaba paciente.

—¿Es eso? —preguntó Elara en voz baja.

—Yo diría que sí.

Cogió el pequeño libro con sumo cuidado y lo inspeccionó como si fuera a explotar en cualquier momento. Sinceramente, conociendo a Airum no podíamos descartar esa opción.

—Es un libro de leyendas relacionadas con el mar, los ríos y el océano. Mareas arcanas, criaturas y leyendas acuáticas —leyó en voz alta, y me enseñó la cubierta—. ¿Esto te dice algo?

—No a simple vista. Pero con Airum las cosas nunca son lo que parecen.

Le gusta jugar. Aun así, su condena le obliga a proporcionar la información adecuada.

Si nos ha dado este libro es porque tiene los datos que necesitamos.

El título me suena. De hecho, juraría que tenemos una copia en nuestra biblioteca.

No es un libro especialmente raro. Aun así, tal vez deberíamos echarle un vistazo.

A veces estos textos tienen marcas o anotaciones que pueden ser útiles.

Algo que lo distinga del resto de ediciones a las que podamos tener acceso.

Le tendí una mano abierta para que me dejara revisar el libro, pero me di cuenta de que apenas me escuchaba. Elara lo sostenía con fuerza entre sus manos, pero su mirada estaba perdida en algún lugar por encima de mi hombro. Su rostro era pura confusión y miedo.

—¿Elara?

Me giré de inmediato, dispuesto a acabar con lo que fuera que se encontrara a mis espaldas.

Encima de la mesa, sobre la pared de espejos, un cuadro enorme y con un marco de mármol presidía el silencio del pasillo.

Era un retrato sencillo que dejaba ver únicamente a una Alta Fae sentada sobre un sofá de terciopelo gris.

El cuadro parecía a medio terminar, pero el rostro de la mujer era inolvidable.

Mi estómago se hundió al reconocer aquel rostro. Una cara que había visto en persona una única vez, cien años atrás, pero que había presenciado en múltiples ocasiones en los últimos meses a través de la mente de Elara.

—No lo entiendo.

—Tiniebla.

—Es la Dama de la Noche —musitó, confusa.

Antes de que pudiera explicar qué era lo que estaba viendo. La voz de un hombre retumbó contra los espejos marchitos.

—Supongo que esa zorra tiene un humor peculiar.

En este caso, he decir que me gusta el toque de crueldad que ha escogido contigo.

Ni siquiera a mí se me habría ocurrido algo así.

Me da envidia en realidad —escupió entre graznidos roncos aquella voz que había venido para destruir cualquier brizna de confianza que Elara y yo hubiéramos conseguido crear las últimas semanas.

Hacía muchos años que no escuchaba su tono chirriante. Yo mismo me había encargado de desterrarlo de la Corte de las Sombras la misma noche en que me convertí en Guardián. La noche en la que aprendí que, a veces, también te podías arrepentir de no quitar una vida.

—Al final tu padre tenía razón y eres incapaz de cumplir órdenes, Callum. No puedo decir que me sorprenda. Siempre tuviste debilidad por las abominaciones —me espetó el recién llegado antes de centrar de nueva su veneno en Elara—. A ti, en cambio, no te esperaba así.

Elara se congeló a mi lado.

—Aunque una cosa es cierta, sigues teniendo los mismos ojos que mi mujer —espetó con desprecio—. Los mismos ojos que la débil de tu madre.