Capítulo XVI. Callum #2
De pequeño mi madre me había contado que Airum había sido condenado a servir en los Archivos por algo tan horrible y despiadado que el propio tiempo se había encargado de borrarlo.
Lo cierto es que el espíritu era de naturaleza caprichosa e intentaba crear conflictos siempre que tenía la oportunidad.
—Me llamas joven, pero ¿te sorprendes de que siga respirando, Airum? Desconocía que fueras capaz de caer en contradicciones.
—Una mera observación mi joven Callum. La vida de las criaturas de Lyssandria es débil y efímera.
A menudo olvido si vivís más de unos segundos dentro del plano total de mi amigo el tiempo —suspiró con pereza—.
Culpa mía por vender la piel del Sith antes de cazarlo.
Parece que me toca esperar un poco más antes de deleitarme con tu muerte.
Me hubiera gustado decirle que podía ponerse a la cola, pero no había tiempo que perder. Un insulto para Airum era siempre el inicio de un monólogo.
—¿Es esa forma de dirigirse al Guardián de tu corte?
—Querido chico, no conozco corte alguna que soporte mi nombre, ni Guardián capaz de hacerme hincar la rodilla. No sois más que criaturas frágiles y perecederas, todos vosotros. Ninguna lo suficientemente sustancial como para gobernar Lyssandria. Yo tan solo me arrodillo antes dioses, querido mío.
Junto a mí, Elara se aclaró la garganta con un gesto aburrido.
La había preparado para aquello. Airum me detestaba, aunque sospechaba que su desdén iba dirigido a cualquier criatura que perturbara su descanso, Guardián o no.
Sin embargo, el espíritu no podía evitar la conversación.
Casi parecía ávido de compañía. Insultarme era uno de sus pasatiempos favoritos.
Además de un requerimiento obligado antes de pedirle indicaciones hacia la información que necesitábamos.
La criatura posó sus ojos sobre Elara, como si hasta aquel momento no hubiese reparado en su presencia. Pude sentir el momento en el que se dio cuenta de que ella era distinta. Pese a que sus ojos eran todo negros, no me pasó desapercibida la manera en la que parecían hacerse más grandes.
—Vaya. Tal vez, haya hablado demasiado pronto de nuevo. Sí que podría arrodillarme ante ti, criatura. Y algo me dice que ni siquiera eres consciente de por qué. ¡Qué curioso!
—Cuidado, Airum. —No me preocupé en disimular la amenaza en mi voz.
—¡Por todos los dioses, chico! Veo que las sombras no mentían cuando susurraban que algo oscuro se avecina. Tu habilidad para encontrarte en el centro de todas las polémicas no tiene límites. Aunque, en este caso, ¿quién podría juzgarte?
—Puedes ahorrártelo. Necesitamos que nos indiques cómo...
—No tan deprisa, Guardián . Como bien sabes, solo el ser de mayor poder puede exigir respuestas cuando se entra acompañado a esta morada. Para mi deleite, por primera vez en mucho tiempo, ese no eres tú. Así que, dime, querida, ¿qué deseas encontrar?
Elara me miró con gesto desconcertado. Había sorpresa en su rostro, pero también vi que estaba analizando cada una de las palabras que Airum acababa de decir a la vez que intentaba diseccionar su significado.
Sin saberlo, o tal vez sabiéndolo, Airum acababa de regalarnos mucha información relacionada precisamente con lo que veníamos a buscar.
Apreté su mano con decisión. Animándola a tomar las riendas de la conversación.
—Sabes lo que soy.
No era una pregunta y no fui capaz de contener la sonrisa que me sobrevino. Airum era un ser diferente. Un ser arcano y experimentado. Sin embargo, su ego era quizá su facultad más mortal.
—Yo lo sé todo.
Y era cierto, Airum conocía todos y cada uno de los libros y textos que conformaban los Archivos.
Él mismo los había escrito y clasificado.
Sin embargo, como parte de su condena, Airum no podía hablar libremente de su conocimiento.
Un ser que vivía por y para la Historia obligado a vivir rodeado de ella sin poder relatarla a su antojo.
Lo cierto es que no se me ocurría condena más cruel.
—Pero no puedes decírmelo. ¿No es así? ¡Qué lástima! —respondió Elara con una voz dulce y peligrosa que hizo que Airum brillara con más intensidad.
Todos sabíamos que aquello era un juego. Una danza para conseguir la información.
—Los dioses y su sentido del humor. ¿Qué le vamos a hacer? Tú mejor que nadie deberías entenderme.
Elara no permitió que el comentario resquebrajara su fachada. Su sonrisa se hizo más dulce, sus ojos más violentos. Si en aquel momento hubiera podido utilizar su poder, estoy seguro de que sus manos habrían estado teñidas de noche.
—Quiero información sobre lo que soy.
—Bonito intento. Pero los dos sabemos que esto no funciona así.
Si te indicara qué pasillo escoger basándome en esa pregunta habría demasiadas opciones.
Al fin y al cabo, ¿qué eres? Nadie es solo una única cosa.
Eres mujer, eres hija, eres una ladrona, una amante.
Demasiadas posibilidades, demasiados pasillos, demasiado espacio para que los espejos jueguen contigo.
—¿Cómo sabes que soy una ladrona?
—A riesgo de repetirme, yo lo sé todo . Si quieres información tendrás que ser más específica. Necesito un término en concreto con el que precises ayuda. Pero eso ya lo sabes, veo que has tenido un buen profesor —añadió Airum con hastío—. Uno que disfruta haciéndome perder el tiempo.
No lo pude evitar, incliné la cabeza en una reverencia con sabor a burla.
—Quiero información sobre lo que significa la «no luna» y ser hija de esta —respondió Elara de inmediato—. Por favor.
—¡Y encima tiene modales! No se te ocurra volver a aparecer por aquí sin ella. Me niego a seguir atendiendo tu barbarie. Ahora bien, volviendo al tema que nos atañe. La información que buscas ya no está disponible entre estas paredes.
Resoplé con descaro antes de encarar al espíritu.
—Nadie puede sacar un texto de los Archivos. No hay Fae, mestizo o criatura de Lyssandria capaz de algo así —cité con aburrimiento. Si se había pensado que podía tomarnos el pelo, es que no me conocía.
—Tú mismo lo has dicho, joven Guardián. Cualquier criatura capaz de robar algo de mis archivos no es de Lyssandria —dijo con tono de burla—. Ahora bien, la información que buscáis fue vilmente robada hace varios miles de años. Sin embargo, sí puedo deciros dónde encontrarla.
Airum flotó con descaro hacia el lado opuesto de la estancia. En su estela, dos pasillos se iluminaron. Sabía lo que venía a continuación. Elara también, pues se lo había explicado. La decisión sería suya.