Capítulo XVI. Callum
CAPÍTULO XVI
Callum
Hacía tiempo que no sabía distinguir si aquello era el comienzo de una memoria o el final de una pesadilla.
El sol brillaba con descaro mientras sus rayos rebotaban contra los Archivos y el lago que los resguardada.
La mañana era fría, y el aire parecía guardar secretos envueltos en copos de nieve y gotas de rocío.
A pesar de lo increíble del paraje, yo hubiera deseado estar en cualquier otro lugar de Lyssandria.
Había pocos sitios que detestara tanto como aquella construcción fantasmagórica repleta de espejos y malas decisiones.
Tan solo acudía a los Archivos cuando no quedaba otro remedio.
Por un lado, porque el lugar se sentía como de otro mundo, envuelto en un halo de magia que fluía de manera diferente.
Y, en parte, porque siempre que ponía un pie sobre sus transparentes suelos, algo malo terminaba pasando.
No sabía cuál de las mentes maquiavélicas de mis antepasados había sido la culpable de crear aquel lugar.
Mis sospechas están puestas en uno de mis antepasados más lejanos, famoso por organizar cacerías de Kelpies .
Fuera quien fuera, los Archivos dejaban bastante claro que el sadismo y la maldad eran fuertes legados familiares.
Una herencia que me había esforzado en evitar.
Muchos dirían que sin éxito.
Habían sido construidos en la rivera de uno de los lagos más grandes de la corte.
Si el lago había tenido nombre alguna vez, hacía cientos de años que había caído en el olvido.
Para los habitantes de la corte el lago era conocido como «el nido de los espejos».
Un nombre poco original, pero que le iba como anillo al dedo.
Tan grande que parecía un pequeño mar, el lago se extendía a través de un páramo de hielo flanqueado en un extremo por los Archivos, y en el otro, por un bosque oscuro, en el que decenas de especies de árboles y arbustos rudos con moras tan rojas como la sangre se abrían camino entre las toscas montañas.
La fauna era abundante, compuesta principalmente por pequeños roedores de pelaje morado y dientes afilados, ciervos de tres cuernos que se alimentaban de manera apacible de los escasos pastos y bandadas de cuervos que sobrevolaban la quietud del cielo helado.
Era una visión inesperada, pero no por ello menos hermosa.
Sin importar la estación, el lago se mantenía oscuro y apacible. Tan en calma, tan profundo, que parecía un espejo. Además del cielo despejado, el lago reflejaba los Archivos haciendo que aquella extraña construcción pareciera no terminar nunca.
El edificio en el que residían se había creado con una magia antigua, tanto que ni yo mismo podía ejercer control sobre ellos.
A simple vista parecía un espejismo. Se trataba de una construcción modesta y que estaba en constante movimiento.
Sus paredes estaban compuestas de humo y espejos.
Ambos componentes se mecían con descaro, creando sombras e ilusiones que intentaban, como cantos de sirena, atraer almas solitarias susceptibles de caer en sus engaños.
—Recuerda, pase lo que pase, no fijes la mirada en los espejos. Los Archivos son traicioneros y harán cualquier cosa con tal de conseguir información nueva que almacenar. Mientras estemos dentro, mantén tus escudos cerrados. Incluso para mí.
A mi lado, Elara contemplaba la construcción con recelo. Podía sentir sus ojos de ladrona analizando cada recoveco de la extraña construcción. Intentando adelantarse a cualquier posible escenario que pudiéramos encontrar una vez dentro.
Su poder vibraba con fuerza sobre cada centímetro de su piel expuesta. Aun así, lo tenía bajo control. La única señal de su nerviosismo eran las pasadas habituales que sus manos enguantadas hacían sobre las dagas que yo le había dado.
No debería gustarme tanto lo posesiva que era con mi regalo.
Pero no podía evitarlo . Y, aunque podía sentir su inquietud, también sabía que no tenía miedo.
O, si lo tenía, estaba dispuesta a seguir adelante a pesar de ello.
Seguí el viaje de sus dedos que frotaron de manera inconsciente la cicatriz que descansaba en la base de su garganta.
Como tantas otras veces, la visión de aquella vieja herida amenazó con hacerme perder el control.
—Supongo que sería mucho pedir que los Archivos fuesen en realidad una biblioteca —murmuró a mi lado, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué puedo decir? A mis antepasados les gustaba hacer las cosas a lo grande y con estilo. Y, si además podían aterrorizar a un par de Fae y criaturas varias, mejor que mejor.
—Lo dices como si no fuera algo que tú hayas heredado.
—Cuidado, Tiniebla, eso casi ha sonado como un cumplido —susurré, y me incliné para guiñarle un ojo.
—Eres insoportable —bufó ella, intentando ocultar una sonrisa.
Cogí su mano y comencé a andar hacia la entrada.
Elara permitió el contacto, ya que era algo que había hablado con ella antes de partir.
Los rumores sobre nuestra relación durante el torneo y mi supuesta manipulación se habían extendido como la pólvora entre las cinco cortes, lo mejor que podíamos hacer era alimentarlos.
La mayoría sospechaban lo mismo que ella, que yo tramaba algo y la estaba utilizando.
Sinceramente, me traía sin cuidado lo que pensaran.
Mientras el resto creyera que Elara estaba bajo mi protección, sería más fácil protegerla.
Los Archivos estaban a disposición de cualquiera que fuera capaz de encontrarlos y de atreverse a sobrepasar su umbral.
Al fin y al cabo, toda persona que entraba en los Archivos era registrada por el ser que los habitaba y protegía.
Un ser que mataría a cualquiera antes incluso de dejar que sacara un libro de los límites de los Archivos.
Un ser que me detestaba especialmente.
—Recuerda lo que hablamos esta mañana, no me sueltes la mano. No conviene separarnos hasta que nos indique el camino. Tú sígueme la corriente y deja que hable yo.
—¿Sabes que he apuñalado a hombres por menos, verdad?
—Después de que acabemos aquí, me gustaría una lista completa con sus nombres para asegurarme de que siguen sin respirar. Pero, hasta entonces, ¿lo tienes todo claro?
—Cristalino, mi Guardián .
Pese al retintín de sus palabras y su sonrisa exagerada sabía que entendía los riesgos a los que estaba a punto de exponerse. Habíamos estado hablando largo y tendido sobre la exposición que suponía visitar los Archivos, donde cualquiera de los habitantes de la corte podría verla.
Los ciudadanos de a pie no solían frecuentarlos.
El lugar no era sencillo de encontrar ni mucho menos de acceder.
Yo era la única persona en toda la corte capaz de hacer un Salto Irisado hasta sus mismas puertas.
El resto de las personas debían hacer a pie la larga caminata que atravesaba el bosque helado si querían acceder a los Archivos.
Solo un puñado de Altos Fae podían hacer Saltos hasta el portal más cercano que se encontraba en el lado contrario del edificio y que daba directamente a un acantilado.
El portal te permitía acceso a través de una puerta secundaria y requería de un permiso especial hereditario sobre el que yo no tenía control alguno.
Los Archivos, aunque residían en mi corte, funcionaban con una magia independiente que se regulaba por sí misma. Una magia que ni siquiera yo podía cambiar.
Nuestros pasos resonaron contra los espejos envejecidos que cubrían los escalones de la entrada.
Las sombras a nuestro alrededor se hicieron más espesas.
Tanto que, como siempre, tuve que reprimir mi poder.
Mis propias sombras escocían bajo mi piel, pidiendo salir a deshacerse de aquellas odiosas brumas.
Sin embargo, aquella era una de las primeras normas que aprendí de joven cuando empecé a visitar los Archivos.
Nunca, bajo ningún concepto, podías dejar que tu magia se mezclara con la de los Archivos.
El edificio anhelaba tener más, saber más.
Cualquier cosa que regalaras allí dentro dejaba de ser solo tuya y pasaba a convertirse en un nuevo papiro. En una historia que contar y consultar.
Una norma que me había encargado de recalcar hasta la saciedad durante la noche mientras Elara y yo planeábamos nuestra visita.
Las sombras eran tan intensas que, durante unos segundos mientras cruzábamos el umbral, fui incapaz de ver nada. Elara se acercó más a mí y apretó con fuerza mi mano. Apreté de vuelta, para confirmarle que estaba allí.
O tal vez para asegurarme de que ella seguía conmigo.
—Vaya, vaya, joven Guardián. No esperaba verte por aquí. Y mucho menos en compañía. Pensé que estarías muerto a estas alturas.
La voz áspera y estridente del protector de los Archivos llegó antes que la luz del recibidor principal. La niebla se diluyó en los siguientes estantes y dio paso a una breve estancia iluminada por un puñado de velas y rodeada por miles de espejos que desembocaban en cientos de pasillos diferentes.
La magia que había creado aquel lugar era, cuanto menos, admirable. Los Archivos se extendían de manera imposible durante kilómetros interminables. Alcé la vista y comprobé como cientos de imágenes reflejaban mi figura y la de Elara. Cada una un poco más distinta que la anterior.
Cada una un poco más mentira, un poco más distorsión.
Aparté la vista con rapidez y me centré en la figura oscura que flotaba a escasa distancia.
Nadie sabía con certeza qué o quién era Airum.
Su morfología era similar a la de un derrigan .
Su cuerpo era más grande y de un color violeta tan oscuro que se confundía con las sombras.
Airum era el único ser que no proyectaba un reflejo en los espejos de los Archivos.
También era el único capaz de orientarse en sus laberínticos pasillos sin perderse.