Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XV. Callum #2
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Capítulo XV. Callum #2

—Por último, estuve contigo durante horas mientras mis sanadores se aseguraban de curarte.

Mi madre tuvo que obligarme a abandonar la habitación.

Por lo visto no es apropiado amenazar con arrancarle la cabeza a alguien por muy Guardián que seas.

No me ha dejado volver hasta que he conseguido calmarme.

No te estaba castigando con mi silencio. Estaba intentando recobrar el control.

Una risa rasgada escapó de entre sus labios y yo sentí que había ganado el mejor regalo del universo.

—¿Por qué ibas a querer arrancarle la cabeza a un sanador que estaba intentando ayudar?

—No me gustó su actitud. Tenía las manos sucias y no te trató con la delicadeza que creí oportuna.

Elara se rio contra mi pecho y yo dejé que ese sonido me envolviera. Ese sonido hacía que todo lo demás mereciera la pena.

—¿Qué has estado haciendo para calmarte? —preguntó en un susurro.

—Cazando —le respondí sin apartarme ni un milímetro y dejando que mi oscuridad tiñera de muerte y verdad la palabra.

—¿Ha habido suerte? —dijo ella con el mismo tono letal que solo hizo que mi erección aumentara.

—Por desgracia, no. No hay ni rastro de otros Puka . Te encargaste de asustarlos lo suficiente como para que ninguno más se atreva a volver por aquí. Yo mismo me encargué de esparcir los restos y las cenizas en la frontera para que sirvan como advertencia.

—Bien —respondió ella con el mismo tono asesino que solo hizo que me perdiera un poco más en la locura que era el milagro que sostenía entre mis brazos.

Las manos de Elara encontraron mi pecho.

Presionó ligeramente. No era una petición para que le diera espacio, sino para que volviera a mirarla a los ojos.

Hice lo que me pedía, pero sus manos no abandonaron mi cuerpo.

Mi piel ardía bajo su contacto, aun con las capas de ropa separando sus dedos de mi piel.

—Creo que sí me importan las consecuencias, Callum. En el fondo sabía que podía hacerlo. Que podía matarlos. Al despertar dudé durante unos segundos. Pensé que no sobreviviría y sentí miedo. Sentí que no estaba preparada. Así que sí, creo que me importan las consecuencias.

Esta vez fui yo el que tuvo que cerrar los ojos.

Elara, ajena a la tempestad que acaba de provocar, siguió hablando.

—¿Por qué me ayudaste en el torneo?

—¿El hecho de que no quisiera ver morir a una inocente que formaba parte de mi corte no es suficiente? —contrataqué.

Sentí que algo cálido me acariciaba la mejilla, como rogando que abriera los ojos. Al hacerlo, vi como Elara había dejado que su propia oscuridad me acariciara. Su poder y el mío bailaban a nuestro alrededor. Era difícil distinguir dónde acababan mis sombras y donde empezaban las suyas.

—Supongo que sí. Pero creo que no es el único motivo —insistió—. ¿Por qué, Callum?

La lluvia seguía cayendo, y el pequeño techo del balcón no conseguía mantenernos secos. Aun así, los escalofríos que me recorrían poco tenían que ver con el agua que comenzaba a empaparme.

—No podía quedarme quieto mientras veía cómo te rompías en mil pedazos. Mientras veía cómo te sacrificabas una y otra vez.

—Parece que eso es algo común con el resto de tu familia.

—Veo que mis amigos han estado hablando.

—No eres un monstruo. ¿Por qué ocultarlo? —volvió a preguntar buscando la verdad en mis ojos, como si estuviera convencida de que intentaría evadir la respuesta.

El problema era que el resto del mundo tenía razón. Un puñado de buenas acciones no eran suficientes para borrar mi pasado. Para borrar todo el daño que, sin duda, seguiría haciendo para proteger aquello que era mío.

—Porque lo soy, Tiniebla. La mayor parte de los rumores que has escuchado, la mayor parte de las historias son reales. Asesino de Fae, el Oscuro. Son todo términos que me he ganado a conciencia.

Elara negó, agitando la cabeza con vehemencia. Sus manos atraparon en dos puños el jersey negro y empapado que cubría mi cuerpo.

—No te creo. Un asesino no habría suplicado por mi vida. No habría hecho un trato con la Dama para salvar a una simple Hadaës. Aunque fuera de su corte.

—Tiniebla. —Necesitaba que parara, aunque una parte de mí también suplicaba para que siguiera hablando.

Esa parte oscura deseaba ser lo que ella quería ver, deseaba que sus palabras tuvieran parte de razón. Aunque en el fondo supiera que no era cierto.

—Sé que hay cosas que no me dices. Prometiste que no me mentirías y quiero creer que eso es cierto. Quiero creer que todo lo que me has dicho hasta ahora es la verdad. O al menos la verdad que puedes darme.

Asentí una sola vez, presa del pánico. Aquella era una línea delicada. Una línea que no me podía permitir cruzar bajo ningún concepto.

—Sabías que podía acceder al poder de otras cortes durante el torneo. Supiste que era de tu corte mucho antes que el resto.

Otro asentimiento.

—Pero no me puedes decir el motivo. Al igual que no me dirás el trato que hiciste con la Dama.

—Quiero hacerlo. Créeme, no hay nada que desee más.

—Pero no puedes porque el trato te lo impide.

Mi corazón latía desbocado. Tanto y tan fuerte que estaba seguro de que Elara podía sentirlo contra sus manos. Por todos los dioses, estaba seguro de que un granjero en las tierras bajas podría sentirlo retumbar contra el suelo.

No confiaba en mi voz para responder, por lo que me limité a volver a asentir como un idiota, incapaz de articular dos palabras. Elara esbozó una sonrisa, su propia respiración, un reflejo de la mía. Sus siguientes palabras fueron apenas un susurro.

—¿Y si yo lo averiguara por mi cuenta? ¿Podrías decírmelo entonces?

Dudé.

—Podría confirmarlo. Pero seguiría sin poder decirlo. —Aquella fue, quizá, la verdad más dolorosa que admitiría jamás.

Elara asintió una última vez. Vi como sus ojos se perdían en algún lugar de su mente. Casi pude ver un plan tomando forma en su cabeza.

—Quiero ir a los Archivos, Callum. Estoy cansada de temer las respuestas.

Está claro que no hay manera de evitar el conflicto.

Los Guardianes vienen a por mí. Las criaturas, los acertijos de la Dama.

Algo oscuro ha llegado a Lyssandria. Todo está conectado y, por algún maldito motivo, yo estoy en el centro.

Los demás no van a parar, así que ha llegado el momento de coger el destino por los cuernos y darle una patada en el culo. Si quieren mi sangre la van a tener.

— Enséñales a qué sabe la sangre de una superviviente — dije contra su mente como si de un rezo se tratase. Porque lo era.

Al menos para nosotros.

Elara me respondió con una sonrisa repleta de malas intenciones.