Capítulo XV. Callum
CAPÍTULO XV
Callum
Sus verdades no eran hermosas. Eran cosas sangrantes que se esforzaba en ocultar.
La noche era cerrada, distinta a las noches cuajadas de estrellas que la corte acostumbraba a disfrutar. Las malas lenguas dirían que toda la Corte de las Sombras estaba plagada de nubes oscuras por mi culpa. A fin de cuentas, el poder del Guardián podía influenciar tales cosas.
Por mucho que me jodiera admitirlo, tenían razón. ¡Espíritus! A lo mejor la única lengua realmente mala era la mía y las suyas tan solo decían obviedades.
Desde el balcón que unía ambas habitaciones todo parecía más pequeño. Más sencillo. Aquel balcón me había visto crecer, había sido testigo de todos mis errores, de todos mis pecados.
La Verdeluna intentaba traspasar los nubarrones espesos que cubrían el cielo nocturno.
Casi pude sentir como el astro se burlaba de mí con cada pequeño rayo que era capaz de colarse por entre los huecos de mi escudo.
En algún lugar del mundo, la Dama y sus espíritus brindaban a mi costa, sabedores de los retazos amargos que cubrían mi alma.
En fin, se podían ir todos a la mierda. El monstruo que habitaba en mi interior amaba los retos. Le ponían. ¿Qué podía hacer yo?
No había llegado hasta aquí para dejarme amedrentar con facilidad. Podían intentar cabrearme, asustarme, lo que se les ocurriera. Pero la realidad era que con aquellos patéticos intentos solo conseguían aumentar mis ganas de proporcionarles una muerte lenta y dolorosa.
Unos pasos casi imperceptibles me sacaron de mis fantasías asesinas.
Solo había una persona en el universo capaz de pillarme por sorpresa.
Por no hablar de que solo había una persona a la que permitiría acercarse por la espalda sin acabar con mis sombras alrededor de su garganta.
Una paradoja interesante, ya que mi cuerpo y mi poder parecían ser siempre conscientes de su presencia en una habitación.
En algún lugar de mi mente, uno de mis instintos más problemáticos gritaba que no permitiera que se acercara más de la cuenta. No podía dejar que viera lo que había detrás del humo y los espejos. Lo ignoré sin miramientos.
—Este es mi balcón, por si te has perdido —comentó Elara como si nada, mientras avanzaba hasta situarse a mi lado.
Apoyó sus antebrazos contra la barandilla de piedra y miró sin reparos hacia el firmamento. Su voz sonaba algo rasgada, como si acabara de despertarse. Lo cual tenía sentido porque había estado sumida en un sueño profundo cuando por fin regresé a nuestros aposentos.
Sus aposentos, me obligué a corregir.
Su voz era algo parecido a un suspiro, de la manera en la que las voces necesitan ser suaves y secretas en la noche. Como si las conversaciones iluminadas por la Verdeluna solo pudieran mantenerse entre susurros. Tuve que obligarme a no mirar, por miedo a ser incapaz de apartar la vista.
Por supuesto, fallé estrepitosamente.
Bebí su imagen sin reparos. El pelo negro caía de manera desordena alrededor de su cuerpo.
Libre, salvaje y mecido por la pequeña brisa que acompañaba a la noche.
Todo su cuerpo estaba cubierto por un enorme jersey de lana gris.
Un jersey que conocía bastante bien, ya que yo mismo lo había metido en su cómoda.
—Técnicamente es nuestro balcón. Las habitaciones lo comparten —me esforcé por mantener el tono que acompañaba a mi máscara de Guardián.
De nuevo, fallé colosalmente.
—Si tú lo dices —murmuró ella, escondiendo el mentón dentro del cuello del jersey e inspirando profundamente.
El gesto fue acompañado de un pequeño suspiro de satisfacción.
Yo debía de ser el mayor capullo del universo porque el sonido viajó directo a mi entrepierna.
Carraspeé mientras buscaba algo que decir que no me hiciera quedar como un completo idiota.
Aquella mujer, aquella mujer endiabladamente hermosa, fuerte e inteligente, conseguía lo imposible cuando se encontraba a menos de un metro de distancia de mi persona.
¿A quién pretendía engañar?
Podría estar a kilómetros de distancia y aun así también lo conseguiría.
—No pretendía despertarte, Tiniebla. Vuelve a la cama, necesitas descansar.
Y yo necesitaba algo de espacio antes de cometer una locura.
La presencia de Elara, como rayos de Verdeluna y suspiros de tiniebla, acarició mi mente. Sentí como volvía a abrir la puerta que nos unía con una facilidad tan asombrosa como escalofriante. Nadie debería ser capaz de meterse en mi cabeza de aquel modo. Nadie excepto ella.
¿Era consciente de lo que estaba haciendo?
¿Tenía idea alguna de lo que aquello significaba?
Cerré los ojos para calmarme, pero su presencia lo invadía todo. Siempre estaba allí. Mi parte salvaje y más animal quería beber esa esencia a grandes tragos. Quería gritar a la Verdeluna y hacerle un corte de mangas a la Dama y sus compinches, pero el trato no lo permitía.
—¿Cómo de cabreado estás?
—¿Cabreado? — pregunté, esta vez me giré para mirarla de frente.
Elara titubeó durante unos segundos. Me miró confusa, como si la respuesta fuera tan obvia que le sorprendía que yo estuviera planteándola.
—Desobedecí tus órdenes. Te cerré el paso a mi mente y maté a los Puka.
Sé que no quieres hablar conmigo, ni verme.
Entiendo que desobedecí tu autoridad, pero es que solo podía pensar en aquel día en el Remolino.
Sabía que tenía que hacer algo y no lo pensé.
Todavía no entiendo exactamente cómo funcionan las cosas por aquí, aunque asumo que la palabra del Guardián es ley.
La sangre me hervía. A lo lejos, un trueno resonó contra el silencio de la noche mientras un rayo iluminaba la montaña con un destello repentino. Di un paso hacia ella. Elara no se acobardó. No, ella cuadró los hombros y se mantuvo firme.
Fui vagamente consciente de que la lluvia comenzaba a caer. Los rayos seguían iluminando el verde tenue de la noche y ella levantó una ceja inquisidora como si supiera exactamente quién era el responsable de aquella tormenta.
Lo más apropiado habría sido volver al cobijo de la habitación, pero mis ojos ya habían caído en la trampa de ese verde infinito que reflejaban los suyos.
Avancé hasta que solo nos separó un suspiro.
Hasta que su espalda impactó con la barandilla.
Posé mis brazos a ambos lados de su cuerpo y agarré la piedra con fuerza.
De lo contrario, mis manos acabarían en su cuerpo y no era el momento.
No mientras ella todavía no confiara en mí.
Hice que una de mis sombras le sujetara el mentón para que no apartara la vista. Porque, aunque no era el momento, mi esencia anhelaba el contacto. Y, a fin de cuentas, se suponía que yo era un cabrón egoísta.
Cuando vi que un escalofrío recorría su piel estuve a punto de perder el control.
Sobre nosotros, la lluvia seguía cayendo.
—Vamos a dejar un par de cosas claras. En primer lugar, el hecho de que sea el Guardián de las Sombras no implica que me debas sumisión ciega.
Eres libre de tomar tus propias decisiones, de contradecirme si crees que estoy equivocado y de mandarme a la mierda si no te escucho cuando debería hacerlo, ¿entendido?
Elara abrió mucho los ojos, sorprendida. Vi como se mordía el labio inferior mientras sus pulsaciones aumentaban y me regalaba un breve asentimiento en silencio. Y tal vez yo era un idiota iluso, pero me pareció que, como yo, se estaba conteniendo.
—En segundo lugar, puedes bloquearme siempre que lo necesites. De hecho, estoy impresionado. No podía llegar a ti. Me cerraste el acceso por completo. No me pidas perdón por ser excepcional.
Un brillo de orgullo pintó su mirada y una parte de mí perdió el control. La quería descontrolada, valiente y poderosa.
Dejé que mis sombras acariciaran su cuerpo, permitiendo que rozaran suavemente el contorno de sus piernas.
Elara dejó escapar un jadeo sorprendido y no pude evitar sonreír descaradamente.
Sobre todo, porque lo que quería decir a continuación le dejaría ver mucho más de lo que me había permitido mostrar hasta ese momento.
—En tercer lugar, ¿cabreado? No estoy cabreado. Estoy acojonado. Acojonado y tremendamente orgulloso. Orgulloso de que hayas conseguido hacer tu primer Salto Irisado. Orgulloso de que protegieras a mi familia. Orgulloso de que lo hicieras a pesar del miedo.
Elara cogió aire y me dio la impresión de que, si seguía hablando, jamás lo soltaría.
—Pero al mismo tiempo, sentí lo que estaba ocurriendo unos segundos antes de que Levi me advirtiera.
Sentí tu pánico, pero también sentí tu determinación.
Sabía que no llegaría a tiempo para impedir lo que tú ya habías decidido.
Nunca he odiado tanto una distancia. Nunca he tenido tanto miedo.
Sabía que los matarías, pasase lo que pasase.
Sabía que no dejarías que Nox y Levi lo hicieran.
Y también sabía que no te importaban las consecuencias.
Y eso, Elara, es lo que más miedo me dio.
El recuerdo de su tranquilidad, de su templanza ante la perspectiva de morir conseguía romperme en mil pedazos cada vez que volvía a mi mente. Solo la certeza de tenerla allí, respirando entre mis brazos, era suficiente para evitar que dejara que mi oscuridad lo consumiera todo.
Elara tragó saliva y, por primera vez, intentó bajar la mirada. Mis sombras no dejaron que lo hiciera por lo que se limitó a cerrar los ojos mientras una lágrima solitaria recorría su mejilla. Estaba a punto de romperse así que hice lo único que sabía que funcionaría.
Incliné la cabeza para que nuestras respiraciones se convirtieran en una sola. Me preocupé por estar lo suficientemente cerca para que mis palabras acariciaran su piel, pero asegurándome de que nuestros cuerpos se mantenían separados. Aunque fuera solo por unos milímetros.