Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XIV. Elara #2
29%

Capítulo XIV. Elara #2

En ese momento correr no significaba ser cobarde.

Significaba que tenía a mis presas justo donde yo quería.

Me giré antes de que pudieran adivinar mis movimientos.

Su velocidad era tal que tuve apenas unos segundos para reaccionar.

Busqué aquel lago eterno en mi interior y dejé que me consumiera.

Visualicé mi oscuridad estrangulando a ambas bestias y cerré los ojos.

Mi cuerpo estalló en un destello de Verdeluna.

Cuando abrí los ojos, me encontraba varios metros detrás de los Puka y mi oscuridad sujetaba a los dos seres en un agarre irrompible.

Lo había conseguido.

Había hecho un Salto Irisado.

No había tiempo para celebrarlo. Mi oscuridad se hundió en los Puka, infiltrándose en su carne, en sus venas, en sus huesos. Los tentáculos de mi poder recorrieron su organismo sin prestar atención a sus gritos o a la manera en la que mi corazón latía desbocado.

Mi poder no tenía final.

Busqué sin control aquello que sabía que encontraría allí.

El centro de su poder en sus oscuros corazones.

Cuando por fin lo encontré, las sombras, mis sombras , rugieron extasiadas.

La magia tomó las riendas y pude sentir cómo consumía la esencia del poder de los monstruos.

Fui testigo de cómo ambos Puka quedaban reducidos a una masa deforme de plumas y muerte.

Antes de que pudiera procesarlos, una constelación de puntos negros comenzó a nublarme la vista y me di cuenta de que mis piernas apenas eran capaces de sostenerme.

Con gran dificultad fui capaz de registrar como mis manos se elevaban para dirigir una ola de fuego oscuro contra los restos de las bestias.

Un fuego de una corte a la que no pertenecía, pero cuyo poder también recorría mis venas.

Me desplomé en el suelo con el olor a ceniza inundando mis sentidos y la canción apacible del claro acunándome.

Algo frío rozó mi frente. Un paño fresco y aromático que hizo que todo mi cuerpo se relajase de inmediato.

La esencia a mentol y limón penetró en mi piel, calmando mi mente.

Tomé consciencia de dónde me encontraba antes de abrir los ojos.

La suavidad de la cama se había convertido en algo familiar en las últimas semanas.

El sol de mediodía se colaba por el enorme ventanal de mi habitación. Alguien me había limpiado y me había cambiado de ropa antes de tumbarme en la enorme cama de madera.

El paño abandonó mi rostro y yo me giré con cuidado, intentando incorporarme. Unas manos suaves y firmes me ayudaron a descansar la espalda contra el cabecero.

—Bienvenida de vuelta.

Lark me sonrió con calidez. Estaba sentada en el borde de mi cama. Su larga melena negra estaba recogida en una trenza simple que le caía con elegancia sobre uno de sus hombros. Vestía un conjunto sencillo de pantalón y blusa hecho de una tela sedosa en distintos tonos de color violeta.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? —Mi voz sonaba ronca.

—Menos de un día. Nox y Levi te trajeron ayer pocas horas antes del atardecer.

—¿Están bien? ¿Nox está bien?

Lark me sonrió con cariño mientras escurría el paño que había estado usando sobre una vasija de porcelana a los pies de mi cama.

—¿Físicamente? Sí, gracias a ti. Aunque no te voy a mentir, siguen algo conmocionados por lo de ayer.

Hace siglos que un Puka no camina por estas tierras.

Mucho menos dos. Hace tanto tiempo que ni siquiera yo había nacido la última vez que fueron registrados en la Corte de las Sombras —explicó—.

Nox y Levi llegaron muy preocupados por ti.

Cerré los ojos obligándome a inspirar con fuerza.

Hacía menos de veinticuatro horas que había matado a los Puka. Intenté recordar qué era lo que me había dicho Orla. Acabar con las bestias tenía un precio. Un precio lento y silencioso que tardaba horas en llegar.

¿Cuánto tiempo me quedaba?

Abrí los ojos y examiné mi cuerpo. Alguien me había vestido en un conjunto de lino sencillo de camisa y pantalón del mismo color que el cielo un día de tormenta. La camisa era de manga corta y ofrecía una vista clara de mis antebrazos. Las sombras de Callum dibujaban círculos lentos sobre mi piel.

Me sorprendí al ver que no había ni rastro de la herida que había dejado mi piel hecha girones y que mi poder latía de manera constante y serena en mi pecho.

Mi oscuridad ronroneaba plácidamente junto al centro de mi magia.

Aunque estaba algo cansada, no parecía que se hubiera agotado.

Rocé el núcleo solo un instante, lo suficiente como para cerciorarme de que seguía conmigo.

El recuerdo de un olor a humo y ceniza me despejó la mente. Imágenes inconexas de los restos calcinados de las bestias se mezclaron con los gritos de Levi y los brazos de Nox sosteniéndome mientras me imploraba que aguantara un poco más.

Los había quemado. De eso estaba segura.

Recordé aquellos instantes antes de matarlos. La certeza de que estaba haciendo lo correcto y de que estaba preparada para las consecuencias. ¡Espíritus! Incluso había abrazado la idea de mi muerte. Sin embargo, ahora me parecía ridícula.

—Vas a estar bien, Elara. Tus heridas ya se han curado por completo. Tu cuerpo solo necesita descansar —me prometió Lark, leyendo el pánico en mi expresión.

—No lo entiendo. Se supone que solo un Guardián tiene el poder para acabar con un Puka . Después de haberlos matado su energía debería estar comiéndome por dentro o algo así, ¿no?

Lark sonrió y apoyó su mano en la mía.

—Eso sería así para la mayor parte de los Fae y los Hadaës.

Pero me parece que ha quedado bastante claro que tú no eres ninguna de esas dos criaturas —respondió Lark para calmarme—.

Vas a estar bien, Elara. Mi hijo ha hecho venir a cuatro sanadores diferentes para confirmar lo que todos podemos sentir.

Lo que estoy segura de que tú también puedes sentir.

Tu poder está bien. Está más que bien, diría yo.

Me obligué a repetir varias veces en mi cabeza que iba a estar bien.

Las pruebas de que yo era algo nuevo, algo diferente, no hacían más que sucederse.

Si no era Hadaës, entonces, ¿qué era? Las palabras del Puka pitaron en mis oídos.

Se mezclaban con aquellas que había susurrado el derrigan en mi mente a la llegada al castillo de la Dama o las que había pronunciado el whisp en la laguna del Remolino.

—Lark, ¿sabes qué significa ser hija de la no Luna?

La Alta Fae tardó unos segundos en contestar. Su bonito rostro se arrugó ligeramente, intentando hacer memoria. Mientras tanto sus manos no abandonaron la mía.

—El término me resulta familiar. —Volvió a arrugar la nariz y se encogió de hombros—.

Supongo que todos somos hijos de la Verdeluna si tenemos en cuenta las leyendas sobre los dioses olvidados.

Eran todos hijos de la Verdeluna, creadores del mundo y sus criaturas.

La Verdeluna es el origen de todo el universo de acuerdo con sus enseñanzas, al menos eso era lo que los libros cuentan, antes de que nos abandonaran.

Supongo que una hija de la no Luna sería un descendiente de algo previo o de algo perteneciente a otro universo.

—Es la tercera vez que un ser ancestral me llama así.

—Entonces tal vez no deberíamos esperar a ver qué ser viene a buscarte por cuarta ocasión —dijo ella con una sonrisa divertida—.

Voy a consultar la biblioteca personal de Galamh, a ver qué puedo encontrar.

Le pediré ayuda a Lía. Los espíritus saben que esta hija mía es feliz entre libros.

Mientras tanto, estoy segura de que Callum estaría encantado de llevarte a los Archivos de la corte.

Si hay información al respecto, seguro que está allí.

—No estoy segura de querer saber qué significa.

Sabía que al otro lado de esas preguntas se hallaba un mar de respuestas difíciles. Un mar que no estaba convencida de que fuera lo suficientemente fuerte para cruzar sin ahogarme.

—La vida te ha encomendado una tarea injusta y difícil, Elara.

No me puedo ni imaginar lo que debes de estar sintiendo.

Y, desde luego, no soy nadie para decirte qué debes hacer.

Lo que sí puedo hacer es hablarte desde mi experiencia.

Por desgracia no eres la primera persona joven y perdida a la que observo, con impotencia, mientras intenta mantenerse a flote y seguir adelante.

Cuando es tu propio hijo no puedes evitar enfadarte con los dioses y con la Verdeluna.

—Me apretó la mano con cariño—. Observé durante años como Callum se resignaba, como dejaba de luchar por él mismo.

Solo luchaba si eso significaba salvar a otros.

Pero le daba igual lo que le ocurriera a él.

Por desgracia, no escogemos nuestro papel en el destino.

Los dioses juegan y nosotros sufrimos las consecuencias.

No podemos cambiar lo que te ha ocurrido, pero sí la manera en la que lo enfrentamos.

No tengas miedo de la verdad. Solo puede hacerte más fuerte.

El conocimiento nos hace libres. No busques respuestas Elara, exígelas .