Capítulo XIII. Elara #2
—¿Una ganzúa? Bueno, según tu poder no te haría falta. ¿Un antifaz negro que te cubra la cara? No, no, no, eso es una tontería. ¡Espera, lo tengo! Una bolsa para meter lo que robes.
—Levi, ¡por la Verdeluna, te lo ruego! La pregunta es para Elara, no para ti.
—Lo siento, me ha poseído mi espíritu de alumno estrella —admitió Levi, acompañando su confesión con un guiño descarado.
—Precisión. —La palabra escapó de mi boca con una sonrisa nostálgica.
Nox me miró con un brillo en los ojos que reconocería en cualquier parte.
—Exacto. Un buen ladrón piensa largo y tendido sobre su próximo golpe.
Lo complicado no es llevarlo a cabo. Al fin y al cabo, eso es memoria muscular.
Los mismos movimientos en un escenario diferente.
Lo esencial es saber qué, cómo y cuándo.
Estoy seguro de que pasabas varios días observando tu objetivo, aprendiendo los patrones de vigilancia, buscando rutas alternativas de salida y entrada.
Lo indispensable es tener en cuenta todas y cada una de las variables.
Todas y cada una de sus palabras eran ciertas. La gran mayoría del trabajo era la preparación que te permitía controlar la situación cuando las cosas se torcían. Y siempre se torcían.
—Ese es tu problema ahora mismo. La precisión no es siempre una línea recta. De hecho, rara vez lo es. La precisión es saber seguir adelante cuando aparece una piedra en tu camino. La precisión es saber adaptarse y es en lo que estás fallando.
—No lo entiendo.
Nox me cogió ambos hombros con sus enormes manazas para asegurarse de que le estuviera mirando.
—Estás siendo demasiado literal, Elara. Y tienes miedo. De hecho, estás cagada.
—No lo niego.
—Solo te tienes miedo a ti misma. Tu poder, nuevo o no, desbloqueado o no, es tuyo —añadió Levi, esta vez más serio.
—No quiero volver a perder el control. Cada vez que uso mi poder, cada vez que lo rozo, siento que estoy a medio segundo de volver a descontrolarme. Cuando eso pasa, la gente muere. La última vez que ocurrió tiré un castillo abajo y casi incendio un bosque entero.
Los ojos de Levi eran todo comprensión, ni un rastro de pena o lástima.
—Elara, no es tu culpa. Yo también derrumbaría un castillo con tal de hacer callar a la Dama de la Noche. Por no mencionar que esos Sith te atacaron primero. Solo te estabas defendiendo. Artio y Oraz tampoco fueron tu culpa, ya que estamos.
—Sí que fue mi culpa. Puede que mi intención no fuera hacer daño, pero lo hice igualmente. De todos modos, no estaba hablando de ellos. He perdido el control antes, muchas veces. Antes de todo esto —admití, evitando sus miradas.
—Control no es lo mismo que negación, Elara. Control es saber qué, cómo y cuándo. Control es aprender a improvisar siendo preciso. Algo que sabes hacer de sobra. Ya sabes lo que pasa cuando te quedas sin rutas de escape. Te conoces a la perfección.
Las palabras de Nox tenían sentido. Más del que estaba dispuesta a admitir en ese momento.
—Suenas como si lo hubieras vivido —observé cuando por fin me atreví a mirar en su dirección.
—Yo también solía ser un ladrón —admitió el general, devolviendo los brazos a su espalda.
—Nox, no tienes que compartirlo si no quieres —murmuró Levi, avanzó hacia él y acarició su brazo con infinito cariño.
Nox le sonrió con tristeza antes de depositar un beso suave y casto sobre sus labios. Levi asintió con recelo, pero no se alejó de él.
Nox respiró hondo antes de comenzar a hablar.
—Me crie en la capital de la Corte de las Sombras. Mi padre murió antes de que yo naciera y mi madre se quedó a cargo de la casa, del negocio familiar y de mí.
—¿A qué se dedicaba tu padre?
—A crear mentiras. —Su sonrisa era amarga, casi tanto como el sabor que aquellas palabras parecía dejar en su garganta.
Conocía el sentimiento.
—Mi padre era un Alto Fae venido a menos que había desperdiciado todo su dinero en aparentar ser lo que no era.
Pero era bueno con sus habilidades mentales.
O, al menos, eso me contaba mi madre. Lo suficientemente bueno para escoger víctimas e implantar memorias falsas en su mente.
Creaba negocios y ventas inexistentes para cobrar por cosas que no había hecho.
Manipulaba la mente de sus víctimas para distraerlas mientras robaba lo que quería.
El problema era que se dejaba la mayor parte de sus ganancias en sustancias que le hacían olvidar o vivir, según cómo se mire.
Al final, sus mentiras acabaron por atraparlo y nos dejó a mi madre y a mí con una casa que se caía a trozos y una fortuna de deudas por pagar.
No te voy a engañar, mi madre no era mucho mejor.
En cuanto descubrió que yo había heredado el mismo talento que mi padre, me puso a trabajar, pero con un enfoque un poco diferente.
Su voz tembló y yo sentí que el cielo se caía. Levi estaba serio. Tanto que no parecía él mismo.
—Nox, no tienes que seguir, amor.
—Estoy bien —contestó Nox con una sonrisa triste antes de continuar—.
Mi madre se dio cuenta de que podía usar mis habilidades para distraer a cierto tipo de gente.
El tipo de gente que, cuando se dieran cuenta de que habían sido robados, no podrían denunciar.
No podrían quejarse, ya que lo que creían haber estado haciendo mientras les robaban no era algo que quisieran anunciar en voz alta.
Ella me explicaba qué era lo que tenía que implantar, qué debía hacerles creer que estaba pasando.
Al principio ni siquiera entendía lo que me pedía.
Pero, cuando implantaba la idea en sus cabezas, era casi como si esas personas solo necesitaran un empujón, el resto de la mentira era casi siempre de su propia invención.
—¿Cuántos años tenías? —pregunté en un susurro, comprendiendo al momento el horror de lo que estaba insinuando.
—Empezó cuando tenía once años. Conforme más crecía, más ambiciosa se volvía mi madre.
Cuando tuve la suficiente edad, sus objetivos comenzaron a cambiar.
Ya no se limitaba a depravados de bajos fondos.
Yo era capaz de meterme en casi cualquier cabeza sin ser detectado e introducir cualquier mentira que nos proporcionara acceso a su dinero.
Cuando estaba en la cabeza de otros, no estaba dentro de la mía.
Sé que no tiene mucho sentido. Me ayudaba a fingir que mi vida no era real, que mis recuerdos también eran mentiras.
Aunque se sintieran de verdad. —Nox pausó durante unos segundos—.
Pero, conforme crecía, también comencé a hacer preguntas.
Las respuestas de mi madre siempre eran las mismas: debíamos pagar las deudas de mi padre.
Durante un tiempo me creí sus mentiras. Cuando me di cuenta de que me estaba utilizando, y de que malgastaba el dinero en las mismas adicciones que mi padre, estábamos de mierda hasta las cejas y no sabía cómo salir.
Conocía esa angustia a la perfección. La angustia de saber que no había otra salida.
—Esta es la parte en la que entramos nosotros —susurró Levi con cariño.
Nox le sonrió con el mismo cariño.
—Una tarde, todavía hoy sigo sin saber cómo, mi madre me llevó a una audiencia con el Guardián de la Corte de las Sombras y con su hijo.
Todavía recuerdo la primera vez que vi a Callum.
—Nox meneó la cabeza con una risa triste—.
Estaba callado, con ojeras profundas y una mirada a la que no se le escapaba nada.
Ya entonces su poder era indescriptible.
Fue lo primero que sentí al entrar en el palacio.
Poder como nunca había experimentado. Supe entonces que aquella era una misión suicida, pero seguí adelante de todos modos.
Traté de imaginar a un Callum adolescente. Cientos de años atrás. Pintar en mi mente a un Callum perdido, que no fuera el Guardián fuerte y letal que conocía, se me hizo casi imposible.