Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XII. Elara
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Capítulo XII. Elara

CAPÍTULO XII

Elara

Su única misión en la vida era acabar con él. Despertarse entre sus sábanas con su aroma en la lengua era una prueba irrefutable.

Destellos de la noche anterior volvieron a mí como gotas del rocío en la mañana. Sentí un calor agradable a mi alrededor y una respiración profunda en mi espalda. Pestañeé confusa, intentando recordar dónde me encontraba.

Todo volvió de golpe, los restos de las pesadillas, el palacio temblando, las voces, las caricias de Callum y sus confesiones.

Callum. El susodicho me estrechó con fuerza contra su pecho desnudo.

Su olor lo envolvía todo y yo solo quería perderme en él, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

Una de sus manos descansaba sobre mi vientre, sus dedos peligrosamente cerca de mi entrepierna.

Su otro brazo me abrazaba por encima del pecho y una de sus piernas se había colado entre las mías.

La tela del pijama que había seleccionado la noche anterior hacía poco por separar el contacto de nuestra piel. Mi vientre había quedado expuesto, de modo que sus manos descansaban directamente sobre mí.

Aprovechando que seguía dormido, cerré los ojos dejándome llenar por su aroma.

Un lujo que disfruté durante el tiempo que dura un poema.

Después de permitirme habitar en aquel sueño durante unos gloriosos minutos decidí que lo mejor sería levantarme.

Mi poder y mi oscuridad revolotearon ofendidos en mi pecho, como si ellos también sintieran ese dolor agudo que me atravesaba al separarme de Callum.

Aun así, me obligué a hacerlo.

No llegué demasiado lejos. Mis caderas giraron para impulsarme hacia delante lo que solo hizo que los brazos de Callum me atrajeran hacia su cuerpo con más intensidad.

El cambio de ángulo provocó que algo duro presionara contra mi trasero.

Me quedé inmóvil. El recuerdo de la fiesta antes de la última prueba y del sabor de sus labios me inundó por completo.

Una parte de mí sabía que aquella era una línea peligrosa que no debía cruzar. Otra parte, más inconsciente y claramente enajenada, me pedía a gritos que moviera las caderas. Solo una vez. Solo para volver a notar su cuerpo contra el mío.

Al final, a pesar de lo cansada que estaba de sentir que cada una de mis respiraciones era una lucha por mantener el control sobre mi vida, no cedí ante el impulso.

Aquello no era real, cuanto antes me lo metiera en la cabeza, mejor.

Fuera lo que fuera, era una parte más de un plan que no entendía.

Callum me necesitaba para algo, mantenerme cuerda y con vida eran actos necesarios para un fin.

Los brazos de Callum se tensaron a mi alrededor y me dejaron totalmente atrapada.

Murmuró algo en sueños, algo que sonaba peligrosamente parecido a mi nombre.

Después, giró las caderas haciendo que su erección se presionara de manera perfecta contra mi cuerpo.

Un gruñido profundo vibró contra mi espalda.

Ahogué un grito de sorpresa.

Él se quedó inmóvil.

Supe entonces que se había despertado, pero no hizo ademán de separarse.

La magia de Callum se intensificó en el ambiente.

Sus sombras se arremolinaron sobre nosotros, tanto que taparon el suave sol de la mañana sumiendo el momento en penumbra.

Tal vez fuera mejor así. Ser temerario siempre era más sencillo a oscuras.

—Tiniebla. —Su voz fue un susurro de advertencia.

No había rastro alguno del Fae amable que había acariciado mi piel para borrar las pesadillas apenas unas horas atrás.

—Buenos días —respondí más segura de lo que esperaba.

Porque ¿qué otra cosa podía decirle?

—Quieres matarme —gruñó él directamente contra mi cuello.

Sus manos nos mantuvieron a ambos inmóviles pero sus labios encontraron el camino hasta la parte de detrás de mi oreja. Depositó un único beso sobre mi piel. ¿Cómo podía un beso hacer que fuera incapaz de pensar?

Cerré los ojos y escarbé en lo más profundo de mi ser hasta encontrar toda esa energía borde y desafiante que sabía que conseguiría sacarlo de quicio.

Llegados a ese punto, tenía dos opciones.

Ser honesta y hablar de la noche anterior y de lo que acababa de pasar.

O, hacer como si nada y escapar hacia delante.

Escogí la segunda, lógicamente.

—Hasta donde tengo entendido, los Guardianes sois inmortales.

—Por suerte para ti, somos muy difíciles de matar, pero no inmortales. Estoy convencido de que los dioses te han puesto en mi camino para ser mi perdición. Así que no desesperes, Tiniebla. Si alguien puede acabar conmigo, esa eres tú.

Me mordí la lengua, pero las palabras no tardaron en ganar la batalla.

—Tomo nota. Por suerte para ti, no intento matarte, Callum. Al menos no todavía.

Él apoyó la frente contra mi nuca suspirando profundamente, como si tratara de beberse mi olor.

—Me considero afortunado. ¿Qué intentas hacer conmigo, entonces? Además de confirmar que eres un peligro.

—Intento que te despegues para poder levantarme.

Para enfatizar mis palabras me sacudí entre sus brazos. No ayudó nada, ya que solo provoqué que su miembro, todavía duro como una piedra, rozara de nuevo mi trasero. Callum profirió una serie de palabras en un idioma que no fui capaz de reconocer, aunque estaba segura de que eran maldiciones.

— Sigues estando preciosa cuando mientes —murmuró en mi cabeza.

Su presencia en mi mente hizo que pusiera los ojos en blanco antes de retomar mi esfuerzo por liberarme de su agarre.

Fue entonces cuando él decidió tomar el control de la situación.

Sentí como giraba mi cuerpo con determinación.

Antes de que pudiera darme cuenta, un conjunto de sombras atrapó mis muñecas hasta situarlas por encima de mi cabeza y contra el cabecero.

Otro grupo se cernió sobre mis tobillos, pegándolos al colchón para que no pudiera moverme.

Callum quedó sentado a horcajas sobre mí.

Sonrió encantado y con los ojos tan oscuros que no fui capaz de distinguir sus pupilas de ese negro que me perseguía en mis mejores sueños. Me recorrió el cuerpo con determinación, admirándome. Luché contra las ataduras, pero fue en vano.

La verdad es que no luché con demasiadas ganas.

—Me gustaría levantarme, Callum.

—A mí me gustaría que empezaras a entrenar, Elara.

De todas las cosas que podría haber dicho, aquella era la última que me hubiera imaginado.

—En primer lugar, no necesito entrenar. En segundo lugar, que tú quieras algo no quiere decir que yo tenga que hacerlo.

Él continuó observándome con gesto sereno. Poco a poco bajó su torso y apoyó ambos brazos a los lados de mi cabeza hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros de distancia.

—Necesitas. Entrenar —repitió despacio y vocalizando en exceso.

—Y. Tú. Necesitas. Meterte. En. Tus. Asuntos —respondí imitando su tono y acentuando cada palabra con una ráfaga del poder de las Tormentas dirigida contra su pecho.

Sus sombras se tragaron mis ataques sin pestañear.

—Si estuvieras entrenando, ahora podrías usar el poder de las sombras para liberarte —replicó triunfal.

Mi oscuridad gritó de acuerdo. Intentó salir a jugar con sus sombras, pero me obligué a mantenerla encerrada. No era seguro usarla.

—¡No es asunto tuyo! —exclamé.

Callum inclinó la cabeza hacia un lado. El muy cabrón acercó su boca a mi oreja para susurrar.

—Hace uno momento parecía que te interesaban mucho mis asuntos .

—Estás mal de la cabeza —musité, revolviéndome—. No quiero estar ni remotamente cerca de tus asuntos. De hecho, cuanta más distancia haya entre mis asuntos y los tuyos mejor.

Como única respuesta el Guardián de las Sombras inspiró con fuerza contra mi piel.

—Mi olfato me dice lo contrario, Tiniebla.

—Tu olfato está defectuoso —respondí dispuesta a no pensar, ni siquiera por un segundo, en lo raros que eran los Altos Fae con el tema de los olores.

Me negué en rotundo a aceptar la creciente humedad de mi entrepierna o en la manera en la que mi voz sonaba acelerada. Recuerdos inconexos de la fiesta antes de la tercera prueba del torneo atravesaron mi mente.

— Mentirosa —murmuró de nuevo en mi cabeza.

Depositó un único beso contra mi cuello. Como si con ello pretendiera confirmar que también él estaba pensando en la fiesta.

—Hagamos una cosa, yo me mantendré al margen, si lo prefieres, pero deja que Nox y Levi practiquen contigo.

Espíritus, deja que Lía practique contigo.

Personalmente no te lo recomiendo, mi hermana está como una puñetera cabra —explicó rascándose la nuca todavía sobre mí—.

Cosas como un Salto Irisado podrían salvarte la vida.

No tienes que entrenar conmigo, pero necesitas ayuda para explorar la magia de las otras cortes.

Aunque los dos sabemos que no encontrarás mejor profesor que yo.

Tus escudos mentales son prueba de ello.

—Mis poderes son un peligro. A las pruebas me remito. Paso.

—¿Desde cuándo eres de las que se rinden a la primera?

Toda la rabia que había estado acumulando explotó, incapaz de enfrentarse a las verdades con las que me retaba. El poder vino a mí como una ola creciente volviendo a hundirse en la marea. Lo usé para romper las sombras de Callum y para impulsar mi cuerpo lejos de su agarre.

Lo pillé desprevenido. Relajado.

Al menos eso me dije para creérmelo.

Usando la fuerza del aire que nos rodeaba, empujé su cuerpo sobre la cama y me abalancé sobre su pecho. Sentada sobre su abdomen una de las dagas que él me había regalado acudió a mi llamada, aterrizando en mi mano expectante.

—Desde que entrenar significa que quiero participar en vuestros juegos —dije con los dientes apretados.

Apoyé la hoja de la cuchilla contra su garganta, pero él ni siquiera se inmutó.

En una muestra de arrogancia que llevaba escrita su nombre tuvo la audacia de cruzar ambos brazos detrás de la cabeza.

Después, inclinó el rostro hacia delante, exponiendo todavía más el cuello.

Hice todo lo posible por ignorar el hecho de que su erección continuaba presionando contra mi cuerpo.

—Entrenar significa que quieres seguir con vida. —Sus ojos buscaron algo en los míos antes de regalarme una nueva confesión—. Y necesito que quieras seguir con vida, Elara.

La vulnerabilidad de sus palabras me pilló desprevenida, pero supe ver lo que ofrecían: una oportunidad de cumplir mi última promesa.

—Si entreno, no significa nada. No quiere decir que quiera participar en vuestra guerra, ni que me fie de ti. Simplemente será para evitar que tengas que volver a calmarme cuando una pesadilla amenace con derruir otro palacio.

Callum asintió de inmediato.

—Y tengo condiciones.

—Lo que sea —prometió.

—Me ayudarás a encontrar una cura para Orla. Finnian estaba convencido de que el poder de la Dama es la única opción para salvar a su hermana. Se suponía que, al ganar, ellos debían recibirlo. —Tragué saliva—. Obviamente las cosas no salieron como planeaba.

Él asintió de nuevo.

—Lía y yo ya hemos comenzado a investigar al respecto. Todavía no sé en qué consiste su poder. Pero te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.

Asentí para sellar el trato. Si entrenar para controlar mis poderes era el precio para ayudar a Orla, lo pagaría con ganas.

—Iré a por mi otra daga.

—Querrás decir midaga —respondió él, uniendo su cuello contra el filo que aún sujetaba.

Apreté con más fuerza contra su piel como única respuesta, dos podían jugar al mismo juego. Dejó escapar un ruido estrangulado muy similar a los gemidos que había pintado sobre mi cuerpo en el torneo. Sonreí fingiendo inocencia.

Me aseguré de que mi daga arañara su cuello antes de bajar de la cama.