Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XI. Elara #2
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Capítulo XI. Elara #2

—Son pesadillas, pero también son recuerdos.

Trozos de cosas que no alcanzo a ver con claridad.

Algunos son momentos que jamás olvidaré y que vuelven para atormentarme.

Para recordarme todo el daño que he hecho y todas las vidas que he quitado —confesé—.

Otras cosas son difusas. Apenas soy capaz de recordarlas, pero sé que son reales.

Lo intento, siempre lo intento. Pero las caras se me escapan y solo quedan voces. Voces que no me dejan respirar.

—¿Qué es lo que recuerdas?

—Nada que tenga sentido —decidí compartir un pedazo de una de mis pesadillas recurrentes.

Una en la que no sabía a ciencia cierta si yo era el monstruo o huía de uno—.

Una noche oscura. Un bosque negro y sin fin.

Unos brazos que me arropan y una cara sin rostro que me jura que estaré a salvo.

Es extraño, durante la pesadilla la veo con claridad, pero al despertar, no consigo recordarla.

En ese instante lo intenté de nuevo, como tantas otras noches en vela. Me fue imposible. Tampoco conseguí sacarme de encima la sensación de que su nombre vivía en la punta de mi lengua.

—Recuerdo sentir miedo, mucho miedo. Aunque nunca me queda claro si me pertenece a mí o la cara que no recuerdo —continué—. Al final siempre hay un destello de poder infinito que me ciega por completo.

La noche me debía estar pasando malas jugadas, porque, entre la penumbra verde, casi me pareció ver que Callum palidecía y tragaba con dificultad. Sus ojos se clavaron en la cicatriz de mi cuello.

—Lo siento mucho, Elara —susurró él, cerrando los ojos.

Mi corazón se aceleró al escuchar mi nombre en sus labios.

—Has dicho mi nombre —dije sin saber muy bien por qué—. Últimamente lo dices mucho.

Callum ahogó una risa corta y sorprendida.

Avanzó hacia mí, negando con la cabeza. Con una mano estrellada acunó una de mis mejillas, y yo luché por mantener mis escudos en pie y mi corazón latiendo a un ritmo normal.

Aun así, mis manos encontraron su muñeca y se aferraron a ella con fuerza.

En ese momento me permití no analizar nuestras acciones y dejé que mi cuerpo tomara las riendas.

—Ya no pueden hacerte daño —juró, y me acarició el rostro suavemente con su pulgar, obligándome a cerrar los ojos para no cometer una locura.

A veces las verdades eran más sencillas a oscuras. La noche permitía susurrar confesiones que ni yo misma admitiría en la soledad de mi mente.

—Me temo que el daño ya está hecho —confesé.

Sentí que Callum temblaba ligeramente contra mi piel. Después inclinó la cabeza hasta que nuestras frentes entraron en contacto y su aroma lo cubrió todo.

—Siempre podemos matarlos a todos. Pesadillas, reales o no. Dame una lista y está hecho.

Una risa escapó de mis labios. Aun con los ojos cerrados, sentí como sus comisuras se elevaban satisfechas.

Y a pesar de que sabía que solo pretendía aligerar la tensión, sentí sus palabras como un juramento.

Uno que, de algún modo, estaba segura de que volvería a hacer aun lejos del cobijo de la noche y del anonimato que brindaban las frases susurradas entre pesadillas.

—Dejaré que descanses —murmuró mientras se alejaba.

Agarré su mano antes de que nuestro contacto se rompiera. No pensé, solo actué. No quería que se marchara, no quería seguir haciéndolo todo sola. Al menos mientras durara aquella noche y pudiéramos echarle la culpa a la Verdeluna.

No encontré las palabras para explicar lo que necesitaba, pero tampoco hicieron falta.

Callum no dudó. Con un movimiento fluido sentí que me elevaba sin esfuerzo.

El Guardián me acogió con cuidado entre sus brazos.

Pegada a su pecho desnudo, la turba de sentimientos, poder y emociones que se había afianzado en mi corazón se silenció de inmediato.

Nos tumbó sobre la cama. Él estaba boca arriba, de tal manera que yo quedé sobre su lado izquierdo con la cabeza apoyada en el hueco entre su hombro y su cabeza. Me rodeó con fuerza, como si también necesitara la cercanía para mantener las pesadillas a raya.

—Yo también tengo pesadillas —murmuró al cabo de unos minutos.

Yo había comenzado a dormirme. Estaba agotada, física y mentalmente y su presencia era como una energía que calmaba todo dentro de mi ser. En algún lugar entre el sueño y aquella noche, conseguí preguntarle.

—¿De las que son de verdad?

Asintió en silencio. Sentí el movimiento contra mi cuerpo.

—Por eso estabas despierto.

Otro asentimiento en silencio.

—¿Qué pasa en las tuyas?

El pecho de Callum se hinchó en un suspiro profundo. Por unos segundos temí haber preguntado de más. Cuando estaba segura de que no iba a responder, comenzó a hablar. Mientras lo hacía, su pulgar recorrió mi brazo, dejando un reguero de pelos erizados a su paso.

—En algunas aparece mi padre. Suelen empezar con sus entrenamientos. —Pausó para escupir una risa amarga—. Aunque palizas sería un término más apropiado.

Me pegué más a su cuerpo esperando que continuara.

—En la mayoría solo oigo sus amenazas y humillaciones. Hace tiempo que ya no siento el dolor. A veces era tanto que mi mente y mi cuerpo se desconectaban. Veía lo que me hacía, pero me obligaba a no sentirlo. Si gritaba o lloraba siempre era peor.

Abrí la boca para decir ¿qué? La verdad es que no lo sabía.

La idea de que alguien, en algún momento, hubiera sido capaz de herir a Callum me pareció impensable.

No era capaz de imaginar un Callum que no fuera invencible.

Aun así, algo se rompió en mi interior al pensar en todas las heridas y cicatrices que había visto al despertar de la pesadilla.

Los restos de una vida de violencia. Al parecer, no una escogida.

—Aunque lo verdaderamente malo suele ser cuando sueño con lo que le hacía a mi hermana y a mi madre.

Con todas las veces que sufrieron por mi culpa.

Todas las veces que las defraudé. Mi padre era un cabrón.

Pero un cabrón inteligente, a fin de cuentas.

No tardó en darse cuenta de que los latigazos, los cortes, las quemaduras, las palizas...

, en realidad nada de todo eso podía hacerme daño.

No como él quería. Tampoco tardó en darse cuenta de que, para conseguirlo, solo tenía que utilizar a Lía y a mi madre.

Hasta hace un tiempo, esos sueños eran los peores.

Lo sueños que hacían que sacudiera castillos.

Durante unos segundos no supe qué responder.

Callum había jurado que no me mentiría. Aun así, siempre era consciente de que vestía una máscara fría y de indiferencia necesaria para su reputación.

Aquella era la primera vez que sonaba como alguien de carne y hueso.

Alguien que sangraba y lloraba. Alguien roto y perseguido por sus propios monstruos. Alguien como yo.

Conforme más tiempo pasaba con él y con los suyos, más partes de la máscara caían.

—¿Y ahora? —pregunté.

Sus caricias titubearon y supe que se estaba debatiendo entre contestar la verdad o una ironía. Cuando liberó una risa amarga, comprendí que había decidido ser sincero. E, inexplicablemente, supe que Callum siempre escogería esa opción conmigo.

—Ahora las peores pesadillas son en las que te veo tirada en el suelo en medio de un charco de tu propia sangre y no llego a tiempo.

La bruma de noche y estelas se hizo más oscura sobre nosotros, arropando aquel encuentro imposible entre la luz de la Verdeluna.

—No lo pienses, Tiniebla. Solo cierra los ojos y duérmete. Estoy contigo.