Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XI. Elara
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Capítulo XI. Elara

CAPÍTULO XI

Elara

En sus pesadillas, el monstruo del que huía siempre vestía su cara. La misma cara que imitaba sus gestos en el espejo.

El dolor subía y subía hasta colarse en el límite de mi consciencia y arrasar con todo lo que hubiera en mi cabeza. El dolor sabía a metal y ceniza.

El edificio se desmoronó a mi alrededor. Esas manos, que segundos atrás habían intentado quitarme la ropa, quedaron perdidas tras un rugido infernal. Ya no podían alcanzarme.

Me había asegurado de ello.

Se esfumaron junto a todo lo demás en una nube de polvo y piedra verde. Un reguero de sangre cubría el suelo sobre el que yo intentaba desaparecer. Un reguero que siempre llevaba mi nombre.

A lo lejos, alguien chillaba.

Todo sonaba extraño y lejano al otro lado de la oscuridad que se esmeraba en arroparme.

Pero, por algún motivo, era mi garganta la que ardía y eran mis manos las que temblaban cubiertas de sangre. Cuando levanté la vista, ya no estaba hecha un ovillo en el suelo de aquel infernal orfanato. Estaba en un lugar peor.

La noche eterna de la Verdeluna bañaba la escena. Frente a mí, los ojos de Artio me miraban desencajados, perdidos en algún lugar entre el dolor y la traición. Un grito inhumano escapó de mis labios al bajar la vista. Mis manos sujetaban una daga ensangrentada.

—Lo siento, lo siento, lo siento.

Repetí aquellas palabras una y otra vez. Tanto que al final dejaron de tener sentido. Unas voces flotaban en el aire, intentando llegar a mí. Voces que yo conocía de otras vidas, de otras pesadillas.

Cerré los ojos con fuerza. Sabía lo que dirían, si prestaba atención.

—Tu vida por la de mi hermana, Elara. Es lo justo —suplicó un rugido de tormentas.

—Es una abominación —murmuró una voz sin rostro, pero con garras.

Garras que me había atravesado innumerables veces.

—No dejaré que te pase nada —juró la única voz que siempre conseguía que me rompiera.

Enterré la cabeza entre las rodillas y deseé morir. Deseé que todo llegara a su fin, pero algo oscuro y familiar acarició mi mente y llamó mi nombre.

Desesperado.

—Elara, despierta. Estás a salvo.

Mi poder vibraba descontrolado, haciendo que todo temblara a mi alrededor.

Esa voz de galaxias repitió mi nombre varias veces, luchando por arrancarme de las pesadillas.

Reconocí en su timbre el eco de algo que me pareció familiar.

Por algún motivo que todavía no alcanzaba a entender, mi cuerpo le hizo caso.

Desperté con un sobresaltó. Mis pies tocaron el suelo y estuve a punto de caer hacia delante, pero dos brazos fuertes me mantuvieron estable. En contra de todo lo que había aprendido, permití que me sostuvieran.

El corazón me iba a mil por hora. Podía sentirlo en cada rincón de mi ser. Era demasiado alto, demasiado rápido. El aire de mi respiración entraba y salía en quejidos ahogados desde mi garganta.

Intenté deshacerme de las mantas que se habían quedado enredadas alrededor de mi cuerpo, pero los dedos me temblaban demasiado y los restos de la pesadilla todavía nublaban mi juicio.

Dos manos grandes me sujetaron los hombros con infinito cuidado. Deshicieron el amasijo de mantas que me atrapaba y comenzaron a acariciar mis hombros descubiertos. Las manos trazaban pequeños círculos con las yemas de los dedos sobre mi piel.

Me pareció que temblaban tanto como yo.

Bajaron con cuidado por mis extremidades hasta situarse encima de mis muslos, repitiendo los mismos movimientos suaves y tranquilizadores. Mi cuerpo se relajó poco a poco, inundado por un olor que reconocería en cualquier parte.

—Estás a salvo —murmuró Callum—. Era una pesadilla.

Sus labios se movieron en algún lugar cercano a mi cuello, pero sin tocarme.

—No era una pesadilla —suspiré con la voz temblorosa y los ojos cerrados—. Nunca es una pesadilla.

Me dolió la garganta al responder, lo que me confirmó que mis gritos habían traspasado mi sueño. Fantástico. Me tensé sin pretenderlo, lo que hizo que Callum pausara sus caricias, pero no se apartó.

Cuando por fin me atreví a enfrentarme a la situación, lo encontré arrodillado frente a mí, situado en el hueco entre mis piernas abiertas.

Me miraba con recelo, como si no estuviera seguro de cuál iba a ser mi siguiente movimiento.

Supuse que lo más probable era que mi rostro fuera un reflejo del suyo.

Mis ojos se posaron en el lugar en el que sus manos me acariciaban.

Él las apartó de inmediato, como si nuestro contacto le quemara.

Sin embargo, sus manos continuaron sobrevolando mi piel sin llegar a tocarme, como si estuviera librando una batalla interna que le impedía alejarse del todo.

Nos quedamos unos segundos suspendidos en un silencio repleto de posibilidades.

Tenía el pecho descubierto y vestía un simple pantalón de algodón. Distintas cicatrices cubrían la piel de su torso en una amalgama desoladora que pintaba en su cuerpo los restos de una vida de violencia. Una violencia escogida que le precedía y que yo quería evitar.

Su pelo negro estaba alborotado, como si acabara de despertarse.

Pasó una mano distraída por los mechones revueltos e inspiró profundamente.

Después me sostuvo la mirada sin mediar palabra mientras bajaba lentamente la mano, como pidiendo permiso.

En un instante de locura que nos sorprendió a ambos, asentí una única vez antes de arrepentirme.

Él soltó el aire en un suspiro entrecortado antes de volver a tocar mi piel.

Una mano cubierta de oscuridad brillante que parecía gotear de sus dedos me acarició despacio. La bruma de sombras con la que me había marcado salió a su encuentro.

Sentí el poder que irradiaba desde Callum. Su oscuridad nos cubría en un velo fresco y estrellado que, de algún modo, consiguió calmarme. A su espalda vislumbré la puerta que unía nuestros aposentos abierta de par en par.

Mis respiraciones agitadas eran lo único que rellenaba el silencio. Sentí como las sombras se hacían un poco más espesas mientras él aguardaba a que me calmara, cubriendo mi piel con sus caricias. Al cabo de varios minutos fui capaz de respirar con tranquilidad.

Llevábamos más de una semana sin hablar desde la discusión en su despacho. Para ser justos, yo había hecho todo lo posible por evitarlo. Después de la historia de Levi, sentía que había sido injusta con Callum. Decidí que había sido tiempo suficiente. Había llegado la hora de ser valiente.

—Lo siento —murmuré en el cobijo de la noche.

Sus pupilas se dilataron y mi corazón se saltó un latido.

—¿Por qué habrías de sentirlo? —respondió con el ceño fruncido.

De rodillas frente a mí, iluminado por el brillo de la Verdeluna y con su oscuridad bailando sobre nosotros, Callum parecía un ángel caído. Un ángel caído que me sacaba de mis casillas.

—¿Tanto te cuesta decir gracias ? ¿O acepto tus disculpas?

—¿Por qué me estás pidiendo perdón exactamente? —preguntó mientras las yemas de sus dedos bajaban despacio por mis gemelos.

Recé a todos los dioses olvidados para que el calor que sentía en las mejillas no fuera evidente dentro de la penumbra de la habitación.

—Te he sacado de la cama por culpa de una pesadilla que casi hace que mi poder se descontrole, otra vez. Imagino que tenías mejores cosas que hacer a estas horas de la noche que calmarme. Disculpa por intentar ser considerada.

La sonrisa volvió a su rostro y ladeó la cabeza mirándome con gesto divertido y algo peligroso brillando en sus ojos.

Sus caricias levantaron escalofríos a lo largo de mi piel mientras retomaba los pequeños dibujos que pintaba sobre mis piernas.

Apreté los nudillos mientras me debatía entre apartarlo de un manotazo o pedirle que no parara nunca.

— Maldita sea.

De nuevo, volví a rezar a unos dioses que sospechaba sordos para que Callum no hubiera escuchado mi maldición y que mis escudos estuvieran en su sitio. La risa ronca que resonó en mi cabeza confirmó lo contrario.

Con una sonrisa que no paraba de crecer, acortó el poco espacio que nos separaba y posó sus labios tan cerca de mi oreja que me vi obligada a contener la respiración, como si aquello fuera a ayudarme.

—¿Qué otra cosa mejor podría tener que hacer ahora mismo? No se me ocurre nada más divertido que ver cómo te sonrojas, Tiniebla —susurró.

No sé qué me poseyó en los siguientes segundos.

Pero, antes de que pudiera pensar con claridad, mi poder salió disparado y tomó el control de lo primero que vio.

En este caso, la jarra de agua que descansaba en la mesa auxiliar cerca de mi cama.

El poder de las Olas me invadió, en una corriente fina y maleable que se amoldaba a cada uno de los pensamientos.

Un segundo, la jarra estaba llena de agua; al siguiente, el agua impactó contra el pecho y la cara de Callum, quien perdió el equilibrio y cayó de culo sobre la suave alfombra que descansaba bajo mi cama.

Soltó una palabrota, pero su tono estaba lejos del enfado. Una risa limpia y honesta reverberó en su pecho. Me observaba con una sonrisa clara, una que yo jamás había visto fuera de las paredes de este castillo.

—En primer lugar, retiro mis disculpas.

—Estupendo, no eran necesarias y no las acepto —respondió, cruzándose de brazos desde el suelo.

—Y, en segundo lugar —dije, mandando otro chorro de agua en su dirección—, se me ocurre que una ducha fría para bajarte los humos es una actividad perfecta ahora que te has desvelado y andas diciendo tonterías.

Callum dejó que mis ataques impactaran contra su cuerpo. Acto seguido se puso en pie y se sacudió el pelo mojado salpicándome en el proceso. Mis quejas solo fueron un aliciente para sus risas. Al cabo de unos segundos, sus sombras nos envolvieron, secando cualquier resto de agua.

—Has dicho que no eran pesadillas —murmuró devolviéndonos a ambos a la realidad.

Me observaba a escasos centímetros de distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho y un gesto extraño. Me sentí expuesta, como si fuera capaz de leerme aun sin meterse en mi cabeza.