Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo VIII. Callum
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Capítulo VIII. Callum

CAPÍTULO VIII

Callum

Solo había pesadillas. Pesadillas y los restos de lo que había sido.

Elara apenas abandonó sus aposentos durante una semana. La pared que compartían nuestras habitaciones era la tortura más cruel. El muro de ónix oscuro que dividía nuestras mentes era una frontera infranqueable.

Mi madre ni siquiera había levantado una ceja cuando pedí que prepararan la habitación contigua a la mía para ella. Tampoco cuando pedí que quitaran el sello que cerraba la puerta que unía ambas estancias. Puerta que Elara ni siquiera había intentado abrir.

Hice todo lo posible por mantener las distancias y darle algo de espacio. Me aseguraba de entrar y salir de mi habitación sin que ella se percatara. Delegué en mi madre y en Levi sus visitas y salidas.

Y esperé.

Me obligué a tener paciencia. Ella necesitaba tiempo para poner sus ideas en orden y a mí solo me quedaba rezarles a los dioses olvidados para que acudiera a mí cuando estuviera preparada. Si algo tenía por seguro es que era una superviviente.

Elara dormía poco y comía menos, a menudo tenía pesadillas que hacían que se despertara gritando y lloraba siempre que creía que nadie podía verla.

Por las noches, la pared que nos separaba parecía un abismo desde el que me llegaban sus gritos desconsolados.

Cada uno de esos sollozos era una flecha directa a mi alma.

En mitad de la noche me obligaba a permanecer tumbado en mi cama, pero mi oscuridad tenía vida propia. Envolvía a Elara en sombras cálidas y rodeaba su mente de noches estrelladas para recordarle que no estaba sola.

Después de una semana encerrada empecé a perder la esperanza y a quedarme sin excusas y motivos para darle espacio.

Convencí a Lía y a Levi de que obligaran a Elara a salir de la casa.

Ella se dejó llevar como un autómata. Pasaba las mañanas sentada en la orilla de una de las varias lagunas de Verdeluna que salpicaban la montaña.

Mi corazón respiró aliviado cuando el Kelpie que le había ayudado emergió de una de ellas el primer día que pisó el exterior del palacio. Echo, era como Elara lo había bautizado.

Se pasaba horas a su lado, con su enorme cabeza de ojos blancos apoyada en sus piernas mientras Elara observaba el horizonte con la mirada perdida.

No hacía nada, tan solo utilizaba su poder para crear pequeñas figurillas de agua que saltaban y se hundían entre las profundidades de la laguna.

Figuras que habían hecho que los ojos de Levi se empañaran al verlas.

El resto del tiempo lo pasaba junto a mi hermana, quien había insistido en enseñarle a meditar para ayudar a controlar su poder o en la biblioteca del palacio buscando respuestas para las preguntas que aún no se había atrevido a hacernos.

Aunque sospechaba que estaban relacionadas con cómo salvar a Orla.

Cuando Echo no estaba con ella, se pasaba horas sentada con las rodillas recogidas contra su pecho y sus brazos abrazándolas.

Mirando a la nada y sin apenas moverse. Y yo, como el cobarde que era, me pasaba el mismo número de horas observándola sin saber qué hacer o qué decir.

Porque, en realidad, yo estaba tan asustado como ella.

Y así, casi dos semanas tras su llegada, me encontraba de nuevo observando a Elara entre las sombras.

Echo nadaba a sus pies, mientras pequeñas versiones acuáticas de Astrams de distintos tamaños sobrevolaban la superficie de la laguna.

Yo observaba con la espalda apoyada en un árbol, maravillado de que ella no se diera cuenta de lo que era capaz de hacer, acojonado por no saber cómo hacer que volviera en sí.

Elara había recogido en varias vueltas los pantalones de cuero para no mojarlos y escondía la nariz entre los pliegues suaves del enorme jersey de lana que la envolvía. No pude evitar sonreír al ver como inspiraba con fuerza el aroma de la tela cerrando los ojos.

La primera vez que Levi la había visto con uno de mis jerséis había meneado la cabeza como si yo no tuviera remedio.

Y lo cierto es que no lo tenía. Cada noche dejaba uno nuevo en su cómoda con la esperanza de que lo usara.

Esa parte primitiva y animal que habitaba en mi interior se deleitaba con la imagen cada vez que lo hacía.

Mi sonrisa se ensanchó cuando vi que al menos todavía llevaba puestas las cintas que amarraban las dagas que le había regalado. Aquello era una buena señal. Tenía que serlo.

Me aterraba la idea de no saber ayudarla. Me aterraba todo aquello que quería decirle y no podía. Pero sobre todo me aterraban más todas aquellas preguntas que sabía que ella terminaría haciendo, y para las que sí tenía respuestas. Respuestas que no podía darle.

—Mucha gente diría que observar a una joven indefensa entre las sombras es perturbador —me provocó mi hermana mientras se aproximaba.

—No es una joven indefensa pero no me llaman el Oscuro por nada. Tengo una reputación que mantener, hermanita.

Ella se limitó a hacer un pequeño ruido de asentimiento y a apoyar su espalda junto al mismo árbol que yo.

Su presencia era siempre un bálsamo de tranquilidad, por mucho que se esforzara en sacarme de quicio.

Verla entera, viva y a salvo, después de tantos años con el miedo de no hacerlo, era una realidad por la que daría las gracias a los dioses antiguos todos los días de mi vida.

Si mi familia estaba bien, entonces todo habría merecido la pena.

—¿Crees que es consciente de lo que está haciendo? —preguntó Lía, señalando con el mentón a Elara mientras sus figurillas de agua bailaban distraídas.

—No lo creo —respondí con sinceridad.

No era la primera vez que notaba como Elara usaba el poder de las Olas.

La primera ocasión había sido durante la primera prueba donde el poder curativo de la Corte de las Olas había frenado el sangrado de sus heridas.

Aunque aquella tampoco había sido la primera ocasión en la que había visto como Elara usaba un poder que en teoría no le pertenecía.

—Nox y Levi acaban de llegar. Te esperan en tu estudio, tenemos mucho de lo que hablar.

Nox me había avisado de su llegada apenas unos segundos antes.

Él y Levi llevaban varios días investigando los movimientos del resto de las cortes y los patrones de los Sith.

Aunque eran bestias letales no solían ser especialmente violentas contra los Fae y, desde luego, jamás cazaban en mi territorio.

Eran seres solitarios y, en su mayoría, carroñeros.

Acechaban a presas heridas o se alimentaban de los restos de las víctimas de depredadores superiores.

El ataque contra Elara no tenía sentido. Muchas cosas no tenían sentido, empezando por las palabras de la Dama.

—No has venido aquí para decirme algo que ya sabía, Lía. —Mi familia tenía siempre la vía de comunicación abierta con mi mente. Solo tenían que hablar y yo los escucharía en cualquier lugar de Lyssandria. Lo que quería decir que Lía tramaba algo.

—No, tienes razón. He venido hasta aquí para decirte que espabiles.

Eso hizo que apartara la mirada de Elara y me centrara en mi hermana. Lía era la mejor de los dos. Inteligente a más no poder, buena en todos los sentidos y sin pelos en la lengua. Aunque lo cierto es que los dos compartíamos esa última característica.

—¿Perdón?

—Llevamos dos semanas intentándolo a tu manera y claramente no funciona —dijo con un dedo acusador apuntando a Elara y sus figuras—. Así que ahora me vas a hacer caso. Elara no necesita que la trates con cuidado. Necesita que la despierten, Callum.

Mi hermana me miraba con determinación. Cuando algo se le metía en la cabeza era difícil no hacerle caso. Tampoco ayudaba que casi siempre tuviera razón.

—Lía, no puedo.

—Sí que puedes. ¡Vaya que si puedes! Esta es tu especialidad.

Ha tenido dos semanas para hundirse en su desgracia y regodearse en su tristeza.

Si le sigues dejando espacio, no va a ser capaz de salir.

Si le sigues dejando espacio, esos cabrones ganan.

No necesita delicadeza, Callum, necesita un puñetero terremoto.

Necesita que la traigan de vuelta. Así que esto se acaba aquí.

En el fondo sabía que Lía tenía razón. Llevaba semanas resistiendo mis impulsos, aquello que me surgía de manera natural cuando estaba junto a Elara: provocarla, retarla, deleitarme cuando ella me devolvía cada una de mis palabras sin asustarse.

Pero, como en un pasado que me era imposible olvidar, el miedo volvía a ganarme la batalla.

—Lía...

—¿Hace cuánto que nos conocemos? —interrumpió sin dejar que acabara la excusa que había empezado a formular.

Me agarró ambos hombros con las manos para obligarme a mirarla a los ojos.

—Eres mi hermana pequeña, así que desde que naciste —respondí, sin evitar poner los ojos en blanco.

—Responde a la pregunta —insistió ella, imitando mi mueca.

—Casi doscientos años.

—Ciento noventa y tres, imbécil.

—¿Has venido aquí solo para insultarme? —pregunté exasperado.

—Y en esos ciento noventa y tres años —continúo ella, ignorándome—, ¿alguna vez me he equivocado en algo como esto?

—No es tan sencillo.

—Esa es la cosa, Callum. Sí que lo es. Yo confío en ti, siempre.

Ahora solo tienes que confiar en ti mismo.

Sé que estás asustado y sé que es doloroso.

Pero puedes hacerlo. Todos estos años no lo he dudado ni un segundo.

Tu instinto. Tu magia. Nunca se equivocan.

¿Por qué te empeñas en hacer lo contrario de lo que te están pidiendo a gritos?

Tu instinto nos salvó. Nos ha traído hasta aquí, hermano. Deja que siga guiándote.

Fue cuestión de medio segundo. Con esas palabras yo volvía a estar en aquella sala. Lía volvía a estar con un cuchillo en su garganta y los sollozos de mi madre eran lo único que rompía el silencio.