Capítulo VII. Elara
CAPÍTULO VII
Elara
El peso de su trato era como una losa sobre su garganta .
Un mar negro de estrellas se extendía sobre nuestras cabezas mientras sobrevolábamos la Corte de las Sombras.
A nuestros pies, se adivinaban trocitos de un prado de hierba oscura salpicado de lagunas de Verdeluna.
Cada cierto tiempo, el silencio de la noche se veía interrumpido por bandadas de luciérnagas violetas que surcaban el cielo creando dibujos imposibles.
Con cada minuto que pasaba, sentía que me descomponía un poco más. Tanto que por momentos parecía que los brazos de Callum y las respiraciones de Levi eran lo único que me anclaba a la realidad, impidiendo que me disolviera en la nada.
Surcamos el cielo en silencio. Apenas recordaba nada después del ataque de los Sith , pero su sangre me cubría de pies a cabeza y, aunque el dolor había disminuido, el vacío que sentía por dentro se hacía cada vez más grande.
Sentí, de manera lejana, cómo la oscuridad se revolvía junto al poder de mi pecho.
Sabía que, si lo permitía, mi poder saltaría libre para revolotear entre las briznas de hierba a la misma velocidad que las luciérnagas.
Había algo distinto en el aire de la Corte de las Sombras, algo que llamaba mi nombre.
La oscuridad lo sabía. Al igual que yo sabía que dejarla volar sería la confirmación, el principio de algo nuevo para lo que no estaba preparada.
Mi único atisbo de redención era averiguar qué poder había adquirido Callum gracias a la Dama y rezar para que accediera a usarlo para curar a Orla.
Levi nos condujo a través de un sistema montañoso cerrado.
Sus picos estaban nevados y las montañas se retorcían unas sobre otras.
Creaban canales estrechos y cañones que Levi atravesaba con precisión.
La cordillera llegó a su fin y el cielo se abrió para dar lugar a una de las vistas más sobrecogedoras que había presenciado en mi vida.
Frente a mis ojos se perfilaban las siluetas de decenas de montañas suspendidas en el aire que flotaban entre las brumas nocturnas.
Grandes e imposibles trozos de tierra dibujaban cordilleras que desafiaban todas las leyes de la lógica.
Las montañas se agrupaban en pequeños conglomerados, salpicando la quietud de la noche con su movimiento.
Conforme nos acercábamos me percaté de que estaban habitadas.
Todas ellas tenían casas, pueblos enteros.
Tenían vida propia, bosques, lagunas, cascadas que caían al vacío.
Era como si pedazos aleatorios del suelo se hubieran elevado buscando estar más cerca de la Verdeluna, buscando alcanzar a los dioses que nos habían olvidado.
En el centro de la cordillera en el cielo un peñasco brillaba con una intensidad diferente.
A lo lejos, pude ver con claridad cómo un palacio de ladrillo antiguo y cubierto en enredaderas tintineaba reflejando la luz verde de la noche.
A su alrededor se extendían unos jardines inmensos que daban lugar a un enorme bosque que se perdía junto con la negrura.
La imagen me robó el aliento y, durante unos segundos, sentí que aquello no era real y solo podía estar pasando en un sueño.
—Bienvenida a Galamh, Tiniebla. Mi hogar y uno de los secretos mejor guardados de la Corte de las Sombras —dijo Callum a mi espalda.
Aunque estaba sobrecogida por la vista, todavía sentía que no tenía tan siquiera fuerzas para hablar sin volver a sucumbir otra vez a un estallido de gritos y rabia. Por lo que me limité a responderle a través de ese canal que unía nuestras mentes. La suya, como siempre, se abrió a mi llamada.
—¿Cómo es posible? —susurré sin apartar la vista de la imposible cordillera flotante.
—Sinceramente, ni siquiera yo lo sé. Hasta donde tengo entendido mis antepasados colonizaron estas montañas con la ayuda de los Dracanos hace miles de años cuando ya se encontraban suspendidas en el aire.
Nadie sabe exactamente cuál fue el proceso.
Lo que está claro es que la cordillera tiene una personalidad particular desde el inicio de los tiempos.
La primera vez que alguien la visita debe hacer el viaje físicamente, no hay Salto Irisado posible.
Si Galamh te considera digno, entonces puedes saltar sin problemas la segunda vez.
La voz de Callum era capaz de dibujar imágenes en mi mente como si sus recuerdos se estuvieran proyectando en mi cabeza.
Trozos de lagunas oscuras de Verdeluna, destellos de risas infantiles, lágrimas derramadas sobre un campo de violetas.
Pestañeé varias veces, pero las imágenes siguieron llegando.
—¿Y si no eres digno?
—Entonces Galamh se encarga de sacarte de sus dominios de manera inmediata. —Sentí su sonrisa oscura contra mi cuello.
Aquello sonaba violento y despiadado. Sin embargo, ¿qué otra cosa se podía esperar de la peor de las cortes?
—¿Qué pasa con los Bajos Fae sin alas y la mayoría de los Hadaës? Si no pueden hacer Saltos Irisados. ¿Galamh está cerrado para ellos?
La indignación creció exponencialmente en mi pecho. Al final todas las cortes eran iguales. Ciudadanos de segunda, mestizos usados como mano de obra y sirvientes, eso era lo que éramos para ellos. Esa realidad había sido cristalina en las Islas y se había afianzado en la Corte de las Tormentas.
— Durante mucho tiempo fue así —admitió él, confirmando mis miedos—. Había gente que nacía en estas montañas y no salía de ellas jamás. Otra que era trasladada a sus cumbres para servir y no volvía a pisar el continente. Al igual que había gente que jamás llegaba a visitarlas.
Solté una risa ajada y él se tensó a mi espalda. Sus siguientes palabras, incluso en mi mente, sonaron como si las estuviera susurrando.
—Pero cuando me convertí en Guardián, fue una de las primeras cosas que cambié.
Galamh fue, durante muchos años, el único refugio que tuve en mi juventud.
La posibilidad de negarle eso a otra persona no entraba en mi cabeza.
Si Galamh considera que alguien es digno, ¿quién soy yo para ir en contra de sus deseos?
Una punzada de culpabilidad se hundió entre mis costillas. Traté de ignorarla. ¿Desde cuándo sentía compasión por el Guardián de las Sombras?
Él continuó hablando, ajeno a mis batallas internas, y mientras lo hacía las imágenes continuaron llegando a mi cabeza. Noches de verano y tormenta, carreras a caballo entre los riscos nevados, unas manos suaves amasando una masa de pan de canela.
— Una vez cada dos meses existe la posibilidad de subir a Galamh por primera vez para aquellos que así lo deseen.
Si la montaña los considera dignos, pueden usar los portales que conectan el suelo con la cordillera siempre que quieran.
Y aquellos capaces de saltar o volar pueden subir de manera independiente cuando lo deseen.
—¿Cómo sube la gente la primera vez? ¿Con Dracanos?
Una carcajada profunda invadió mi mente.
Era asombrosa la diferencia entre todas las veces que lo había visto reír con anterioridad y la risa que resonaba en mi cabeza.
En el torneo, su risa había sido fría, calculada y con dientes apretados.
Pero en ese momento era real, sincera y ronca.
Me pregunté cuántas veces se habría reído así en su vida.
Una parte de mí deseó haber sido testigo de todas ellas.
— Puede que sea el Guardián de las Sombras, pero ni siquiera yo soy capaz de convencer a un Dracano de algo así. Por no mencionar que Levi es único en su especie.
—Entonces, ¿cómo?
Antes de que pudiera responderme, un graznido musical llamó mi atención.
Una bestia enorme surcó el cielo con una pirueta elegante.
Era casi tan grande como Levi en su forma dracana y su cuerpo estaba a medio camino entre un ave y un caballo.
Sus alas negras y membranosas eran tan finas que podía ver las estrellas a través de ellas.
Lenguas de sombra y humo negro brotaban de sus cuatro extremidades acabadas en garras.
Su cabeza era más esqueleto que carne y estaba coronada con dos enormes ojos negros y un imponente pico plateado.
El animal dio varias volteretas a nuestro alrededor. Levi rugió de manera familiar. Sonó más como una bienvenida que como una amenaza, como si ambos se estuvieran saludando.
—¿Qué es eso? —pregunté maravillada mientras aquella hermosa criatura se alejaba.
—Eso es un Astram. Son increíblemente dóciles y amigables, pese a lo que su aspecto pueda dar a entender. Anidan en algunas de las colinas deshabitadas de la cordillera y son los encargados de ayudar a transportar a los primerizos.
—Son preciosos.
—Lo son —susurró él.
Sin embargo, cuando me giré para observarlo, los ojos de Callum no miraban al Astram.
Me miraban a mí. Me revolví incómoda en el sitio hasta que Levi comenzó a aminorar la velocidad.
El batir de sus alas creó un ruido sordo y constante mientras aterrizábamos en el patio principal que precedía al palacio de la montaña más grande.
Pude ver a varias personas arremolinadas en las puertas del edificio a la espera de que llegáramos.
Mi corazón comenzó a latir como loco. La perspectiva de tener que enfrentarme al juicio de otro grupo de Altos Fae hizo que comenzara a hiperventilar.
—¿Esta es tu corte?
—Esta es mi casa y la del Priorato de Sombras —respondió Callum con un susurro repleto de cariño—. La corte oficial está en la capital y, sinceramente, tiene demasiadas memorias horribles asociadas. Por lo que intento ir lo menos posible, a pesar de que es un sitio precioso y en paz.
—¿El Priorato de las Sombras?
—Ya conoces a la mayoría. Son mi familia, además de las mejores personas que conozco. Son también los únicos capaces de mantenerme cuerdo y los principales responsables de que la Corte de las Sombras funcione y sea un hogar para todos.
No supe qué decir, así que esperé a que continuara.