Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo VI. Elara #3
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Capítulo VI. Elara #3

—¿Es cierto lo que dijiste en el Cónclave? ¿Pertenezco a la Corte de las Sombras? —pregunté cuando casi hubo desaparecido entre los árboles.

Callum frenó su avance y se giró en mi dirección. Asintió una sola vez antes de dejarme sola en el arroyo. Ese asentimiento selló la verdad que llevaba horas negándome a procesar.

Me negué a aceptar la sensación de vacío que me asoló cuando dejé de sentir su presencia. Callum era como todos los demás. Un Guardián sediento de poder que me había utilizado a su antojo y seguiría haciéndolo. Sin importar a qué corte perteneciera.

Avancé para inclinarme sobre la corriente de agua y beber para calmar mis nervios.

Si lo pensaba con detenimiento, no se me ocurría una sola vez en la que Callum me hubiera utilizado para ganar algo solo para él.

Pero ¿qué otra explicación había? No había ningún motivo para que continuara ayudándome.

No sabría decir cuánto tiempo pasó. Un minuto, tal vez veinte.

Pero me quedé allí, viendo mi reflejo sin reconocer la imagen que me devolvía la mirada. Después, todo ocurrió demasiado rápido.

No los vi venir. Mi poder no me alertó. En un instante estaba de rodillas frente al río y al siguiente estaba volando por los aires e impactando contra uno de los árboles. Me golpeé la cabeza y algo crujió en mi espalda. Unas fauces afiladas se agarraron a mi tobillo, sacudiéndome.

Cerca, demasiado cerca, oí varios aullidos estridentes que surgían de la garganta de media docena de criaturas. Agarré mis armas por instinto mientras mi oscuridad estallaba en todas las direcciones. Lo cubrió todo a mi alrededor, encerrando a las criaturas con su presa.

El golpe me dejó algo aturdida, pero, aun con la visión desenfocada, alcancé a distinguir los cuerpos esbeltos de una jauría de Sith . Los enormes felinos de pelaje rojizo envuelto en humo silbaron y gruñeron en mi dirección.

Con un grito ahogado arremetí contra el cuerpo de la criatura que clavaba sus colmillos en mi bota.

El Sith chilló e hizo ademán de alejarse, pero no se lo permití.

Hundí la hoja afilada contra su cuello tantas veces como me fue posible.

Su sangre empapó mis manos y el olor metálico se metió en mi nariz, transportándome a otro momento en el que mis manos habían terminado teñidas de rojo.

La bestia que me había atacado hacía rato que había dejado de moverse. Levanté la mirada en busca de sus compañeros. Cinco felinos gigantes, cuyos cuerpos estaban hechos de llamas me observaban con las espaldas enraizadas, mostrando los colmillos.

Los Sith eran conocidos por jugar con sus presas. Eran considerados unos depredadores excepcionales, además de altamente inteligentes. Y yo acababa de matar a uno de los suyos. Otra maravillosa decisión para mi historial.

Lo lógico habría sido sentir miedo, pedir auxilio o alertar a Callum y a Levi. Pero algo oscuro me nublaba la vista. No pensé, solo dejé que el dolor se apoderara de mí y me abalancé sobre las criaturas.

Grité, chillé y aullé a la misma Verdeluna convirtiéndome en una de las mismas bestias que me habían atacado. Fui vagamente consciente de las dos figuras que corrían en mi dirección. Oí como Levi profería una ristra imposible de improperios y que Callum llamaba mi nombre.

Aun así, no paré. No fui capaz.

Porque eso era todo a lo que había quedado reducida. Un animal descontrolado.

Cuando estuve segura de que ya no quedaba ninguno con vida, me dejé caer de rodillas.

Clavé mis armas en el suelo y, sin soltaras, dejé que la oscuridad me consumiera.

Mi poder atravesó todo mi ser, quemando mi esencia.

No podía parar de chillar. Unas llamas verdes lo consumían todo a mi alrededor.

Su calor era apabullante, pero no fui capaz de hacer que pararan. Solo quería arder con ellas.

— Tiniebla —murmuró Callum en mi cabeza—. No es tu culpa. Vuelve a la superficie. Vuelve conmigo.

Yo no quería hacer otra cosa que no fuera consumirme. Pero, por algún motivo, mi oscuridad obedeció sus palabras. Las llamas cesaron y Callum se arrodilló frente a mí en silencio, pero no me tocó.

—¿Por qué sigo viva? —pregunté sin poder controlar los espasmos ni las ganas terribles de dejar que mi poder volviera para consumirme—. No debería estar viva. Ese no era el trato. No puedo parar de oírlos a todos. Están muertos y es mi culpa.

—Suelta las dagas, Elara. Suéltalas y dame la mano. Haré que paren.

Negué con la cabeza, una y otra vez, incapaz de asimilar lo mucho que todo dolía. Los ojos de Callum buscaban algo en los míos que yo sabía que no podría encontrar. No había nada que mereciera la pena salvar.

—Duele mucho. Duele. Duele. Duele. No sé cómo parar. Nunca se cómo parar, y ellos siguen muriendo.

Callum no se apartó ni un milímetro.

—Dame tu dolor. Déjame ayudarte. No tienes que hacerlo sola. Dame tu dolor y lo hare mío. Lo juro. Seamos monstruos juntos. No hay nada en tu oscuridad que pueda apartarme.

No sé qué me llevó a soltar las armas. Solo sé que los brazos y la oscuridad de Callum me atraparon y, de algún modo, supe que ya no estaría sola.