Capítulo V. Elara
CAPÍTULO V
Elara
Él contó cada una de sus lágrimas. Cada uno de sus sollozos. Por cada lágrima derramada, se juró, una y otra vez, que los mataría a todos.
Las paredes de jade caían a mi alrededor como los restos de un sollozo atormentado.
—Ven con nosotros, Elara. Finnian no sabe lo que dice. Está demasiado preocupado por Orla, pero podemos arreglarlo juntos.
El techo de cristal se había derrumbado apenas unos segundos antes. Con la ayuda de Cían y las sombras de Callum había conseguido salir de la sala del Cónclave esquivando los ataques de los Guardianes.
Más allá del brazo de Cían sobre mis hombros, no fui capaz de distinguir nada, salvo el vaivén del edificio y el estruendo de sus paredes viniéndose abajo. La oscuridad de Callum, fresca y familiar, flotaba en el ambiente empañando cada esquina.
Me dejé llevar por Cían. Los gritos desordenados de los Guardianes y el resto de los seres que habitaban el castillo inundaban cada silencio entre el caer de las rocas.
Las palabras de la Dama se arremolinaban en mi cabeza.
Mientras tanto, unas briznas de poderes desconocidos atravesaban las piedras que se descolgaban de las paredes.
La presión de la magia en mi mente era intensa. Mi poder luchaba por salir y unirse al caos que él mismo había provocado.
Me dejé llevar, como tantas veces antes en los últimos meses. Las manos de Cían no se despegaron de mí. Mi amigo me ayudó a salir de la sala del Cónclave y me sostuvo con determinación mientras corríamos escaleras abajo. Puse un pie delante del otro por inercia. Hasta que no pude hacerlo más.
En mitad de las escaleras, con el corazón en la boca del estómago, frené en seco.
Me separé de Cían con cuidado y di un par de pasos hacia atrás.
Sin saberlo, me había detenido en una alcoba similar a la que, tan solo minutos antes, Callum me había preparado para el Cónclave.
Salvo que esta vez la ventana estaba hecha añicos.
Los cimientos del castillo temblaban agitando las lámparas de aceite que iluminaban la escalinata. El movimiento dibujaba sombras difusas sobre las paredes.
Cían me miró con el ceño fruncido y la preocupación cubriendo su rostro. Antes de que comenzara a hablar me alejé.
—No voy a volver, Cían. No después de la última prueba. Duele demasiado. —No me atreví a decir más.
Pero no hizo falta, Cían bajó la mirada, avergonzado, mientras suspiraba con fuerza. Aunque él no había estado allí, estaba segura de que se lo habían contado. Finnian me había suplicado que entregara mi vida.
Mi vida a cambio de la de miles.
Mi vida a cambio de la de Orla.
En su momento, la decisión había sido sencilla.
Pero, aun así, seguía doliendo. Dolía porque en realidad no podía culparle.
Si yo hubiera sido el Guardián, ¿acaso no habría hecho lo mismo?
Al fin y al cabo, yo no era nadie. Mi existencia era remplazable; mi legado, inexistente.
Estaba sola, de eso no había duda. Y, si en algún momento había tenido la posibilidad de un futuro en el que no lo estuviera, yo misma me había encargado de destrozarlo.
¿Quién no sacrificaría la vida de alguien como yo?
—Callum te suplicó de rodillas que no lo hicieras —repitió una voz que se parecía demasiado a la mía.
Deseché la imagen del Guardián, arrodillado y gritando mi nombre, al mismo tiempo que el recuerdo de sus palabras se colaba en mi mente.
—Ven con nosotros.
El castillo seguía cayendo y yo era consciente de que no duraría en pie mucho más tiempo.
Tal vez aquella era mi señal para parar y esperar que el peso de mis decisiones se derrumbara sobre mí.
¿Sobreviviría mi nuevo cuerpo a esta muerte?
¿Me abandonaría mi oscuridad como lo habían hecho el resto de las cosas?
La tentación era grande.
—Elara, confía en mí. Te juro que lo arreglaremos. —Cían volvió a regalarme una sonrisa tranquilizadora mientras extendía de nuevo su mano para que yo la tomara.
—Él no me quiere allí. Solo quiere el poder de la Dama y yo no puedo dárselo. Ya no. No me queda nada más que sacrificar.
Aunque mi poder palpitaba con una fuerza que jamás había experimentado, lo cierto es que me sentía hueca. Llena solo por el recuerdo de las atrocidades que había cometido y los gritos de todos aquellos a quienes había herido.
—No pasa nada. Lo arreglaremos, ¿vale? Te juro que haré que entre en razón. En cuanto vuelvas a casa solucionaremos todo este lío. Entre Orla y yo haremos que recupere la cordura. Vuelve a casa, por favor.
Allí estaba otra vez esa palabra.
Pero a mí ya no me quedaban fuerzas para seguir fingiendo que la Corte de las Tormentas había sido alguna vez mi hogar. Mi hogar habían sido las noches de historias junto al fuego y el aroma de las hierbas curativas de mi mentor. Mi hogar había quedado reducido a escombros hacía meses por su culpa.
—Ese nunca ha sido mi hogar. No de verdad. A Finnian y a mí solo nos unía el trato. Un trato al que él sabía desde el principio que no sobreviviría. Yo he sido su último recurso. Una herramienta más. Está claro que siempre supo que moriría en esas pruebas.
Levanté la mano en la que Finnian había sellado nuestro trato y Cían se encogió como si le hubiera golpeado. No quedaba ya nada de aquella cicatriz plateada. Y, aunque lo hubiera habido, la oscuridad que cubría mis manos no habría permitido verlo.
—Estás viva, Elara. Todavía puedes volver. Sé que podemos arreglarlo. No fuimos justos contigo. Ninguno de los tres. Danos la oportunidad de rectificar. Confía en mí —suplicó.
—Confío en ti, Cían. Los espíritus saben que no debería, pero confío en ti y en Orla. Pero te equivocas. Ya no estoy viva. Morí esa noche a la vez que Artio. Ahora no soy más que la cáscara rota del monstruo que habéis creado.
El palacio volvió a crujir. Resultaba casi imposible mantener el equilibrio. No sabía si el poder que azotaba el castillo emanaba del hueco vacío detrás de mis costillas o si era la propia Dama de la Noche quien había decido acabar con su construcción.
En cualquier caso, no importó.
No me quedaba nada más allá de la certeza de que aquel momento se convertiría en otro recuerdo que volvería para morderme en mis pesadillas.
Un eco estridente que seguiría conmigo allá a donde fuese.
El infierno o el limbo. Lo que fuera que hubiera al otro lado cuando las paredes del castillo se derrumbaran sobre mí.
La imagen de mi primer amigo en la Corte de las Tormentas, roto, suplicando y con las manos extendidas en mi dirección, se quedaría para siempre grabada en mi memoria.
—Deberías marcharte. No tenemos que morir los dos.
—No sin ti, Elara.
Dos manos oscuras acariciaron mis escudos mentales.
Cerré los ojos sintiendo como más lágrimas brotaban de ellos.
Quise arrancarme todas y cada una de ellas.
Estaba cansada de llorar. Llorar no servía de nada.
No traería de vuelta a Oraz. Llorar no haría que los gritos de aquella noche, tantos años atrás, perdieran intensidad.
Las manos volvieron a conectar con mi escudo. Esta vez golpearon con algo más de fuerza. Sentí su intención, esa rabia contenida, ese fuego interno que me exigía sobrevivir.
— Enséñales a que sabe la sangre de una superviviente.
Sus palabras volvieron a mi cabeza como si él mismo las estuviera susurrando en mi mente.
Estaba segura de que a esas alturas mi sangre sabía a viento y discordia, pero las manos arremetieron de nuevo y casi pude sentir el rugido que las acompañaba.
Había una exigencia en los golpes, algo profundo que se tejía con mi pecho y era capaz de hilar hebras fuertes que hacían temblar mis convicciones.
No me detuve a pensar. Busqué el hilo que todavía se mantenía atado en lo más profundo de mi ser e hice algo que jamás habría creído posible.
—No me hagas volver, Cían. Si de verdad te importo, me dejarás ir.
—¿Qué vas a hacer? No tienes a dónde ir. No es seguro. Todos los Guardianes te buscan. Ya oíste las palabras de la Dama. Están asustados, Elara. Todos ellos. Si creen que la clave de entender qué narices es lo que está ocurriendo en Lyssandria eres tú, no dudarán en degollarte.
Sonreí, triste.
—Eso incluye a Finnian.
—No dejaré que vuelva a hacerte daño.
No fui capaz de dejar de negar con la cabeza, tampoco de detener las lágrimas. El final sabía a sal y metal y olía a destellos de jazmín y aguamarina.
Caminé de espaldas hasta el hueco en el que, escasos minutos antes, había estado una ventana. El viento rugía con ferocidad y desde la base del palacio me llegaron gritos inconexos.
—Cuida de Orla. Juro que encontraré la manera de ayudarla antes de volver con Artio.
No le di tiempo a alcanzarme.
Antes de que pudiera arrepentirme me dejé caer de espaldas. El viento me abrazó sin cuidado, rugió en mis oídos mientras me precipitaba hacia el vacío.
—¡Elara!
El grito de Cían me llegó desde lo lejos, perdido en la inmensidad de aquella noche perpetua y el estruendo de un palacio que se desmoronaba a la vez que lo hacía mi alma.
Las sombras encontraron mi cuerpo al mismo tiempo que un proyectil escamoso surcaba el cielo pintado de Verdeluna. Sentí como aquellos tentáculos frenaban mi caída hasta depositarme entre unos brazos fuertes que se aferraron a mí.
La forma dracana de Levi rugió triunfal, el eco de su sonido reverberó entre las copas del bosque de plata.
Escondí la cabeza en un pecho cubierto de armas, dejando que su aroma me calmara.
Callum había acudido a mi llamada. Con una mano se sujetaba al plumaje escamado de Levi, mientras que con la otra cubría mi cuerpo, como si con ello pudiera protegerme de cualquier cosa.
— Te tengo, Tiniebla —susurró en mi cabeza.
— Haz que pare —supliqué.
— Haré que todo el maldito mundo se quede en silencio, si tú me lo pides.
Me atreví a creerme el espejismo. Me atreví a sentirme segura entre los brazos de un asesino y dejé que el Oscuro me alejara de todo lo que conocía rumbo a la Corte de las Sombras o a mi muerte.
En el fondo, me daba igual.