Capítulo IV. Callum #2
Elara no me respondió. En su lugar hizo algo imposible, algo que solo confirmaba que su naturaleza era distinta a lo que ninguno de nosotros conocía.
Su esencia se coló hasta en el último recoveco de mi alma.
Me inundó por completo hasta echarme de su mente con una facilidad asombrosa.
Era el equivalente mental a hacerme un corte de mangas.
Y malditos fueran los espíritus si no acababa de dejarme sin aliento.
¿Cómo era posible que consiguiera sacarme de mis casillas y ponérmela dura al mismo tiempo?
El recuerdo de su sabor dulce y embriagador hizo que se me hiciera la boca a agua. Tanto que mis propias manos comenzaron a teñirse de estrellas.
— Amigo, estás bien jodido.
—Cállate, Nox.
La carcajada mental de Levi sonaba de acuerdo con Nox y yo no tuve fuerzas para rebatirla. ¿Qué sentido tenía mentir?
—¿Hiciste un trato con él? ¿Sí o no? —exigió saber Elara mientras me apuntaba con un dedo teñido de negro.
—Otra pregunta para la que tienes respuesta.
Creía que habíamos acordado que lo importante no eran las preguntas, sino el porqué de estas.
Se avecinan tiempos oscuros, una guerra que lleva eones consumiendo este mundo llega a su fin.
La sangre derramada exige venganza. Sangre de tu sangre, futuro de tu pasado. De ti depende el resultado.
—No sé de qué infiernos me estás hablando —escupió Elara, apretando con fuerza la daga.
En un abrir y cerrar de ojos, la Dama de la Noche se disolvió en polvo de Verdeluna solo para reaparecer enfrente de Elara.
No me dio tiempo a reaccionar, sus movimientos fueron demasiado rápidos incluso para mí.
La Dama agarró una de sus muñecas, obligándole a extender la palma, mientras que con la otra le robó la daga que sostenía.
Antes de que ninguno pudiésemos reaccionar, hizo un corte fino en su palma.
Devolvió la daga a su lugar y recogió una de las pequeñas gotas de sangre con el dedo índice. Lo posó en dos rápidos movimientos sobre las mejillas de Elara, dejando dos gotas rojas de su propia sangre en el camino.
Dos lágrimas color carmesí surcaron su rostro confuso.
La visión de su sangre hizo que mi oscuridad rugiera como loca. Me había jurado a mí mismo que no permitiría que nadie volviera a ponerle un solo dedo encima.
Otra promesa que había fallado.
—Esto ha sido siempre lo mismo —murmuró la Dama mientras lamía los restos de la sangre de Elara de su dedo—.
Esta sangre corría y correrá por tus venas sin que nada ni nadie pueda cambiarlo.
Esta sangre llorará el olvidó de un reino y el comienzo de una nueva era.
Artio conocía su valor, dio la vida por ello.
Cuando llegue el momento, confía solo en aquello que ha estado siempre contigo. Confía en la oscuridad que te acompaña.
Elara miraba a la Dama de la Noche conteniendo el aliento y con los ojos llenos de lágrimas. Lágrimas que se mezclaron con las dos gotas de sangre que cubrían sus mejillas, creando un reguero de dolor escarlata que caía despacio sobre su rostro.
Pude oír como su rabia se rompía en mil pedazos dando lugar a un pozo de dolor sin fondo que yo conocía bien. Supe que aquella imagen me perseguiría sin descanso.
—Fuiste elegida por una razón, pero la decisión siempre será tuya. Solo espero que escojas la adecuada y puedas vivir con las consecuencias.
Quise matarla allí mismo.
Desatar toda mi oscuridad y acabar con la vida de aquel espíritu caprichoso capaz de seguir destrozando a alguien que lo había perdido todo. Pero no tuve tiempo. La Dama volvió a desaparecer en una bruma verde y plateada y, esta vez, no volvió a materializarse.
El caos estalló al mismo tiempo que la Dama abandonó la sala. Todos y cada uno de los Guardianes comenzaron a ladrar órdenes a sus subordinados mientras varias ondas de poder se lanzaban directas hacia Elara. Las extinguí en medio pensamiento evitando que llegaran a rozarla.
—¡Está claro! No puede quedar libre. Lo que acaba de hacer la Dama es una clara declaración de intenciones. La Hadaës es peligrosa. Debe ser controlada o eliminada —graznó Umbra mientras una raíz atravesaba el suelo de mármol en dirección a Elara.
—¡Qué alguien la atrape! —gritó otra persona por encima de los quejidos del edificio, que comenzó a temblar de manera descontrolada, seguido de una lluvia de diamantes que rebotó contra las baldosas de mármol.
—Tócale un solo pelo y arrasaré tu corte en menos de lo que tardo en pestañear.
Umbra me miró sorprendida, pero su raíz frenó en seco su avance contra Elara.
—La oscuridad acecha. Todos lo hemos percibido estos meses. Los ataques de las criaturas solo aumentan. Es culpa suya. Algo las está azuzando —arremetió Tej, con un dedo acusador apuntando a Elara.
—Si sale de aquí con vida y sin un Guardián sensato a su cargo será una declaración de guerra —sentenció Finnian.
—¡Finnian! —exclamó Cían.
—Ha habido un desequilibrio en la magia. Ella es la fuente. Eso es innegable —añadió Aiden con gesto triste—. La paz de Lyssandria está en peligro. Estamos en el precipicio de una guerra.
—Te marchas con uno de nosotros o no te marchas con vida, Hadaës. Si crees que tienes alguna posibilidad ahí fuera por tu cuenta, estás muy equivocada. Te cazaremos. Mataremos a cualquiera que te dé asilo. Declararemos la guerra a cualquier corte que te asista —siseó Umbra.
En medio de la confusión, Cían había conseguido llegar hasta Elara e imploraba con ella con una mano extendida. Ella se abrazaba el pecho con ambos brazos en un intento de sofocar las sombras que se arremolinaban en sus manos.
—Aunque me niegue a reconocerlo, tal vez Umbra tenga razón, Elara.
Igual nuestros ingenieros pueden averiguar en qué te has convertido.
Hallaremos la manera de que aprendas a manejar esto.
Ahora mismo estás descontrolada —dijo el general señalando las paredes del castillo—. Vuelve a casa y lo arreglaremos.
Elara negaba con la cabeza. Yo solo podía ver el temblor de esas manos hermosas capaces de bailar con las dagas como una tormenta de verano. Antes de que ella pudiera responder, otro trozo de la bóveda estalló y se rompió en mil pedazos. Segundos después, el palacio comenzó a desmoronarse.
Hice que mis sombras crearan un escudo a nuestro alrededor, tiñéndolo todo de negro.
En mitad de la penumbra, sentí que Nox y Levi se ponían manos a la obra.
Yo los seguí de cerca. A nuestro alrededor todo era caos, órdenes ahogadas por los estruendos del edificio que se desplomaba sobre nosotros y latigazos de los poderes de las cinco cortes.
Percibí cómo el poder de Elara repelía los ataques sin problemas.
No estaba seguro de que fuera consciente de lo que estaba haciendo, pero tuve la certeza de que no la alcanzarían. Al menos por el momento.
Mis hermanos se aseguraron de que siguiera avanzando. Mis pasos me alejaban cada vez más de lo que quedaba de la sala, mientras mi corazón y la oscuridad suplicaban que volviera a por ella. Levi tenía razón, tenía que venir a casa.
Busqué la mente de Elara en mitad del caos.
— Ven con nosotros —supliqué.
—¿De qué serviría? Ya los has oído, no hay decisión correcta. No dejarán de perseguirme. No estaré a salvo en ninguna parte.
— Siempre estarás a salvo en tu corte, Tiniebla.
Pese a que todos mis instintos me gritaban lo contrario, abandoné aquella sala dejándola atrás.