Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo IV. Callum
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Capítulo IV. Callum

CAPÍTULO IV

Callum

Sus recuerdos estaban manchados de sangre y no paraban de gotear.

Miedo.

Miedo gris y pegajoso.

Miedo al que por fin podía ponerle nombre.

Un miedo constante que me había acompañado desde la primera vez que la Dama de la Noche se había materializado ante mí.

Una visión tan real y certera que siempre había sabido que un día acabaría conmigo.

El tiempo desde ese primer encuentro hasta el día que abandonaría este mundo no era más que un puñado de alientos contenidos y respiraciones prestadas mientras aguardaba su llegada.

La Dama de la Noche adoptaba una forma distinta delante de cada persona. Una forma caprichosa y cruel, deseosa de jugar con el destino de los seres inferiores. Una crueldad que, en mi caso, era merecida. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia había entre el espíritu y yo?

Yo había disfrutado al aterrorizar las mentes de aquellos a quienes fulminaba. Encontrar aquello que más miedo infundía en sus podridos corazones y obligarlos a revivirlo sin descanso para multiplicar su dolor.

Justicia poética, lo había llamado mi consciencia, o al menos lo poco que quedaba de ella. La Dama de la Noche traía consigo pesadillas partidas y fragmentos de verdades olvidadas. Esquirlas de una vida en carne viva que atravesaban piel y alma al mismo tiempo.

En mi caso, la forma que adoptaba la Dama era siempre la misma. Sus rasgos, su aroma, sus ojos, su voz no eran más que partes de un sueño envenenado que no me dejaba en paz. La misma herida cubierta de miel. Una visión que no me permitía olvidar.

Los mismos ojos de Verdeluna que me perseguían en pesadillas me miraban ahora desde el centro de la sala del Cónclave.

El resto de los Guardianes observaban a la Dama de la Noche con el gesto fruncido, no necesitaba meterme en sus cabezas para saber que, fuera lo que fuese lo que veían, no compartíamos el mismo tormento.

Mi pesadilla tenía la melena negra, salpicada de sangre y tierra.

Un cuerpo fuerte, pero roto por los restos de una batalla.

El costado sangrante y con el eco de una espada de raíces atravesando sus costillas.

Una cara hermosa, pero manchada de lágrimas, retorcida en unas facciones que me dejaban sin aliento.

Y una sonrisa cómplice y antigua que no le pertenecía.

Una visión que llevaba más de cien años presagiando el final de algo que nunca tendría. Un final que me había obligado a revivir, esta vez de verdad, hacía tan solo unas noches.

—Mi hogar no es lugar para peleas innecesarias, queridos Guardianes.

Este palacio ha permanecido imparcial y en paz durante milenios.

Reunámonos una vez más en calma. La sangre derramada no ha de caer en vano.

Debe ser un instrumento de unión y súplica.

Debe ser el motivo, no la excusa —sentenció la Dama usando la voz y el rostro de Elara.

— Estoy hasta las narices de los puñeteros acertijos —dijo Levi con un suspiro apesadumbrado.

— No es que me importe lo que le pase a Finnian. Pero me parece que lo dice por ti, Callum —añadió Nox.

Miré a Finnian, que gruñía entre los tentáculos de mi poder, intentando, sin demasiado éxito, zafarse.

A regañadientes, dejé caer al Guardián de las Tormentas al suelo.

Chocó contra el mármol con un sonido hueco y apagado que me hizo sonreír.

Mis sombras, sin embargo, no lo abandonaron del todo.

Me aseguré de que siguieran revoloteando a su alrededor dispuestas a terminar lo que la Dama había interrumpido.

Desde que Elara había roto la maldición, mi poder rugía suplicando que lo usara. Ávido de estirarse y de arrasar con todo lo que se nos pusiera por delante. Habíamos pasado demasiado tiempo contenidos.

A mi lado, Elara miraba a la Dama de la Noche con los ojos entrecerrados y las manos apretadas. Destellos inconexos de una mujer de pelo plateado y rasgos suaves centellearon tras mis ojos. Inspiré hondo.

No quería desvincularme del pequeño canal que Elara había abierto para mí, pero tampoco quería ser testigo de sus pensamientos sin su consentimiento.

La mente de Elara era un torbellino de emociones.

La breve calma que había logrado alcanzar se estaba deshaciendo conforme aquella mujer rubia que vestía la Dama sonreía en su dirección.

No era la primera vez que aquel rostro surcaba mi mente, aunque hacía ya muchos años de la primera y única vez que la había visto en persona.

Una calma fría acompañó al horror que me sobrevino al comprender qué era lo que estaba viendo ella cuando miraba a la Dama. Apreté las manos contra la madera de la silla. Con los nudillos blancos, sentí como el material se partía bajo mis dedos mientras las sombras se espesaban más y más.

— Callum —me advirtió Nox con un deje de ansiedad en su voz.

— Lo sé, estoy bien. Todo bajo control.

Detesté como, aun en nuestra conversación mental, mi voz sonaba de todo menos calmada.

Odié ver la preocupación en el rostro de mis hermanos.

Sin embargo, no fui capaz de arrepentirme.

Por encima de todo, odié tener que contenerme.

Odié no poder dejar que mi poder hiciera lo necesario para acabar con su sufrimiento.

—¿Qué estoy haciendo aquí? —siseó Elara mientras se levantaba de la silla.

El poder que emanaba de su cuerpo era intenso y amenazaba con descontrolarse. Arremoliné la oscuridad a su alrededor, en un intento de apaciguar la batalla interna que sabía que estaba luchando.

—Me parece que esa es una pregunta para la que, en el fondo, ya tienes la respuesta Susurro de la Noche.

Me permití un momento de debilidad para apretar los ojos mientras intentaba separar la imagen que perseguía mis pesadillas de la realidad.

Ante mí, Elara discutía con un reflejo de su propio cuerpo en la noche de su muerte.

Un reflejo que hablaba con una voz que conocía bien pero que, a la vez, sonaba ajena.

—Ahórrate los acertijos. ¿En qué me has convertido? —gruñó Elara, sin miramiento alguno.

La oscuridad palpitaba con fuerza en su interior y era evidente que estaba perdiendo el control. La magia del castillo de la Dama vibró con una intensidad extraña. Su cadencia siempre era particular, pero había algo en el ambiente que hizo que se dispararan todas mis alarmas.

— Estad preparados para salir en cuanto sea necesario.

Levi y Nox asintieron.

Vi como mi general miraba de reojo a Levi con el ceño fruncido.

Yo sabía que seguiría mis órdenes hasta el fin del mundo, pero también era consciente de la preocupación que ambos compartíamos.

Levi había estado a punto de dejarnos tan solo unos días atrás.

Aunque yo era el primero que deseaba que se hubiera quedado en la Corte de las Sombras, lo cierto es que entendía que no lo hubiera hecho.

Maldita sea, de hecho, solo me hacía respetarlo más.

— ¿Y Elara? Está demasiado inestable para hacer un Salto Irisado —apuntó Nox.

— Eso no será problema. Yo me encargo . —La rotundidad de Levi no daba lugar a críticas, por mucho que Nox tuviera decenas de ellas.

— No sabemos si Elara vendrá con nosotros. Esperaremos lo que podamos, pero después os quiero de vuelta en casa.

— Callum, no podemos dejarla aquí. Tiene que venir a casa —rugió Levi.

Pude ver como apretaba los puños alrededor del asiento frente al que Elara discutía con la Dama.

— No puedo obligarla, Levi. Ya le han robado la capacidad de decisión demasiadas veces.

— Vendrá.

Quise creer la certeza de Nox.

A escasos metros de distancia, la Dama ladeó la cabeza con un gesto divertido. Sobre nosotros, la bóveda de cristal empezó a crujir. Los delicados paneles de vidrio amenazaban con romperse en cualquier momento. Varios de los Guardianes y sus acompañantes comenzaron a levantarse de sus asientos.

La ansiedad de la sala era tan fuerte que se podía oler en el ambiente. Varios tipos de poder vibraban en el aire, como cogiendo impulso. Sin duda, el resultado de todos los Guardianes preparándose para un ataque.

—No te he convertido en nada. Eres lo que siempre debiste ser.

Aquello para lo que estabas destinada desde tu nacimiento.

El Destino puede parecer azaroso, pero ten por seguro que no lo es.

Te lo dije una vez, hace no demasiado tiempo.

Esta partida lleva en marcha desde tiempos que apenas yo recuerdo.

—No soy un peón que mover a tu antojo.

—¿Quién ha dicho que yo sea la dueña de esta partida, querida? ¿Quién ha dicho que una ficha no pueda escoger su siguiente movimiento?

La plata que cubría las paredes comenzó a emitir un silbido cortante. Después estalló el caos. Una a una, las diferentes gemas y diamantes que lustraban los revestimientos se precipitaron hacia el suelo. Una lluvia afilada y brillante que adornó la explosión con su estridente tintineo.

—Va a tirar el maldito castillo —gritó el hombrecillo que acompañaba a Umbra como su pequeña sombra—. ¡Está descontrolada!

Bajé la mirada cuando algo oscuro y brillante se movió a mi lado. Las manos de Elara estaban teñidas de la misma galaxia de tinieblas que cubría las mías y sujetaban una de las dagas que yo mismo le había proporcionado mientras apuntaba a la Dama de la Noche.

Tuve que forzarme por contener el ruido que emanó por mi garganta a medio camino entre un rugido posesivo y un gemido frustrado.

— Callum —inquirió Nox con tono tentativo.

— Lo sé, joder. Lo sé, Nox. ¡Por todos los espíritus!

Desde nuestra conexión intenté calmar la furia que crecía en el interior de Elara. Pero el dolor era tan grande, tan espeso, que no estaba seguro de que ella pudiera escucharme.

— Respira, Tiniebla. Por mucho que no me importase ver lapidado a más de uno en esta sala, no queremos que el edificio se caiga sobre tu bonita cabeza.