Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo III. Elara
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Capítulo III. Elara

CAPÍTULO III

Elara

Ser un monstruo tenía sus partes positivas. Ver cómo el miedo se apoderaba de sus enemigos era una de ellas. Que Elara fuera capaz de inspirar semejantes reacciones, era como música para sus oídos.

Comencé a oír los susurros mucho antes de que llegáramos a la puerta.

Inspiré con fuerza, buscando el centro de mi poder y dejando que la esencia del Palacio de la Dama me inundara.

La magia de la Corte de las Tormentas revoloteó a mi alrededor, flexible y familiar.

Cada mota de polvo, cada átomo de oxígeno, cada partícula de aire entró en sintonía conmigo y con mi magia.

Había algo distinto en nuestra conexión. Algo más preciso y poderoso. La oscuridad me abrazó por dentro, como un pulso constante, lejos del torrente desbocado al que estaba acostumbrada.

Las escaleras dieron lugar a dos imponentes puertas de plata oscura. Una plata tan brillante que me recordó al agua de un lago en calma una noche de luna llena. La luz crepuscular del dominio de la Dama se reflejaba contra los recatados relieves.

Una elegancia sobria y fría que me hizo sentir incómoda.

Nadie debería entrar a su juicio final a través de una puerta tan irremediablemente muerta. Hermosa, pero muerta.

Nox estaba de pie con el semblante serio.

Cualquier rastro de burla había abandonado su rostro.

Desde el otro lado, pude sentir el movimiento de los Altos Fae mientras aguardaban ansiosos nuestra llegada.

Nox se hizo a un lado, situándose a mi izquierda.

El poder que ambos Fae desprendían era abrumador.

Dejaba claro que, hasta entonces, tan solo había sentido un esbozo de su potencial.

La presencia de Callum se hizo más fuerte contra mi escudo mental, pidiendo entrar. Una parte de mí sospechaba que el Guardián de las Sombras era más que capaz de infiltrarse en mi cabeza sin mi consentimiento.

Aun así, abrí una pequeña puerta solo para él.

—¿Qué quieres? —pregunté fingiendo hastío.

—Recuerda, no dejes que nadie se meta en tu cabeza. Mantén tus escudos cerrados todo el tiempo y no utilices tu poder a no ser que sea inevitable.

Asentí, al tiempo que Nox empujaba las pesadas puertas.

La luz de la Verdeluna me cegó la visión durante unos segundos.

Cuadré los hombros y me empapé de ese brillo esmeralda, dispuesta a proporcionar la actuación de mi vida.

No era la primera vez que entraba en una habitación repleta de seres dispuestos a matarme.

Algo me decía que, si salía con vida de aquello, tampoco sería la última.

Pinté una mueca aburrida en mi rostro y adopté esa versión de mí que parecía haber muerto junto a Artio. Fue como si el tiempo se congelara. Dejé atrás los trozos frágiles y descompuestos de una mujer a la que apenas reconocía y me obligué a fingir que sabía exactamente quién era.

La sala era amplia, casi tan grande como el salón de baile en el que había tenido lugar la fiesta antes de la última prueba.

Las paredes estaban cubiertas de la misma orfebrería que adornaba las puertas de entrada, solo que las del interior de la sala estaban salpicadas de gemas y piedras de jade y diamante.

No había ni una sola ventana, aunque tampoco eran necesarias.

El techo estaba dispuesto en una enorme bóveda de cristal, por lo que supe al instante que nos encontrábamos en una de las cúspides acristaladas del palacio.

Una mesa de mármol negro cubría gran parte de la superficie y estaba rodeada de sillas que parecían hechas de plata líquida y madera.

Sobre ellas, aguardaban los seres más poderosos de todo el continente.

Sentí todos y cada uno de sus ojos clavados en mí. Al instante, distintas ramas de poder se lanzaron, tentativas, hacia mi mente. Fuego de Verdenoche, susurros de tierra y barro, ventiscas de una tormenta de verano. Mi escudo apenas tembló ante sus ataques.

Uno a uno, los retazos de magia resbalaron como agua contra un espejo. La mirada incrédula de varios de los Guardianes y sus acompañantes hizo que una furia que había mantenido enterrada bajo la confusión y el dolor comenzara a aflorar.

—Menudo recibimiento —ronroneé, perdida en el personaje de ladrona indomable.

Sentí como Callum clavaba sus ojos en los responsables. Su oscuridad acarició mi mente mientras sus palabras se colaban por la puerta que solo él podía abrir.

—Buena chica.

Definitivamente iba a matarle.

Aiden, el Guardián de las Llamas, me dedicó un breve asentimiento.

Aunque detrás de ese pequeño gesto de bienvenida había recelo.

A su lado, Nuada me miraba con una sonrisa divertida y una llama verde danzando entre las yemas de sus dedos.

La Campeona ladeó la cabeza y levantó una de sus afiladas cejas como invitándome a jugar.

—Cambias más rápido de compañía que de moratones, Hadaës —rio en un intento de provocarme.

La ignoré.

A pocos metros de distancia, Selene, la Guardiana de las Olas, observaba la escena con gesto serio.

Los anillos dorados que le cubrían brazos y manos resplandecían como una armadura de luz frente a lo oscuro del momento.

Cuando nuestras miradas chocaron, sus facciones se suavizaron y me obsequió con una sonrisa sincera.

A su lado, dos Altos Fae armados de pies a cabeza, un hombre y una mujer, custodiaban la seguridad de su Guardiana.

Sus armaduras estaban hechas de un material acuoso que se movía con cada una de sus respiraciones.

Los destellos de espuma verde y arrecife centellaban, orgullosos, bajo el silencio de la sala.

Los ojos del hombre me estudiaron con curiosidad.

Umbra me observaba con tanto odio que esbocé una sonrisa de suficiencia solo para ella.

La Guardiana del Bosque entrecerró los ojos al tiempo que lanzaba otro ataque, esta vez más fuerte, hacia mis barreras mentales.

Una avalancha de lodo, roca y fango arremetió contra mi mente.

No fue un ataque especialmente cuidado, su intención era clara: destruir.

Sonreí encantada cuando este volvió a rebotar como si tan solo hubiera lanzado una bola de papel contra un muro de piedra.

—No toleraré más ataques contra Elara —intervino Callum con una calma que ponía los pelos de punta—. El próximo que se atreva a intentarlo acabará sin sangre que derramar.

Si las miradas matasen, la que Umbra le dirigió a Callum habría sido suficiente para aniquilar un reino. A su lado, el pequeño hombrecillo que siempre la acompañaba susurró algo en el oído de la Guardiana que hizo que esta abandonara sus ataques.

Un bufido incrédulo captó mi atención y me obligó a centrarme en el único Guardián al que todavía no había sido capaz de enfrentar.

—¿Y por qué habrías de intervenir tú, Callum? —escupió Finnian con ambos puños aferrando con fuerza los reposabrazos de su silla—. Hasta donde yo sé, esa es mi campeona.

No sé qué fue más doloroso, que Finnian evitara mi mirada o que hablara de mí como si fuera una propiedad y no una persona con autonomía.

Las súplicas de Finnian implorando que sacrificara mi vida todavía resonaban en mi cabeza. En su momento, la atrocidad que había supuesto matar a Artio había sido suficiente para confirmar lo que las palabras de Finnian escondían: el mundo sería un lugar mejor sin mi presencia para ensuciarlo.

A su lado, Cían buscó mi mirada. Me dirigió una sonrisa triste mientras con la boca me preguntaba en silencio.

—¿Estás bien?

Asentí con un nudo en la garganta al ver que al menos uno de mis amigos seguía de mi lado.

Giré la mirada, en busca de Orla, pero no se encontraba en la sala.

Cían entendió mi mirada y negó con la cabeza.

Escogí pensar que su negación significaba que Orla no había podido acudir por una decisión externa y no porque el mal que la afligía hubiese empeorado.

—La última vez que lo comprobé, la esclavitud fue prohibida hace cientos de años.

De modo que Elara es totalmente libre de hacer lo que ella considere.

Creo recordar que tu corte se resistió a desprenderse de los esclavos.

Aun así, ahórrate las pataletas, Finnian, los adultos tenemos temas más importantes que tratar.

—La máscara de Callum era la frialdad personalizada.

Finnian gruñó y su magia hizo temblar la bóveda de cristal. Cían posó una mano sobre su hombro en un intento de rebajar la tensión. Él lo ignoró, sacudiéndose la mano de su amigo de malas maneras. Fui testigo de cómo Cían suspiraba impotente.

A mi lado, Nox apartó una silla para que me sentara, mientras Callum ocupaba el asiento de al lado. Nox se mantuvo de pie detrás de nosotros.

—Me gustaría hacer una llamada a la calma. El objetivo de un Cónclave no es enjuiciar ni matar a nadie, sino tomar una decisión por el bien común y la estabilidad de Lyssandria —declaró Selene elevando la voz.

Pasó su mirada penetrante por todos y cada uno de los asistentes al Cónclave, como si con eso fuera suficiente para calmar la tensión. Agradecí el intento, pero tenía la certeza de que, en algún momento entre mi muerte y mi resurrección, mi destino ya había sido escogido.

—Elara, tres de los cinco Guardianes han llamado a reunión a este Cónclave —continuó Selene—.

Como representan una mayoría, estamos obligados a llevarlo a cabo.

A saber, la Corte de las Llamas, la Corte del Bosque y la Corte de las Tormentas precisan de una demostración de que tu poder no representa una amenaza para el continente.

Además, también exigen saber la naturaleza del trato que te devolvió la vida.

Si la decisión final indica que no eres capaz de controlar tu poder, deberemos decidir por unanimidad qué corte será la encargada de tu custodia.

La oscuridad y mi poder vibraron en las puntas de mis dedos. Ladeé la cabeza con el tipo de determinación y desapego que sabía que me haría parecer peligrosa. En aquellos momentos solo había una cosa clara: no volvería a tener un carcelero.