Capítulo II. Elara #2
Las dos dagas más bonitas que había visto en mi vida aguardaban suspendidas sobre las palmas de Callum.
Eran del tamaño perfecto y con dos hojas tan afiladas que podía sentir la facilidad con la que serían capaces de desgarrar cualquier superficie.
Las empuñaduras eran de plata y estaban talladas en una serie de motivos que imitaban las distintas fases de la Verdeluna, salpicadas de pequeñas estrellas.
Las hojas tenían grabadas runas en el lenguaje antiguo que no fui capaz de descifrar.
—¿Qué es esto?
—Nox decía la verdad. Aquella noche el poder que liberaste arrasó con muchas cosas. Me temó que tus dagas quedaron irrecuperables.
Era ridículo lo mucho que me dolió escuchar eso. Esas dagas eran mi posesión más preciada. Mi única posesión.
—¿Y me das las tuyas? ¿Cuál es el precio? ¿Están envenenadas o algo así? —pregunté, incrédula, mientras dejaba que mi dedo índice acariciara los hermosos diseños que adornaban las armas.
Estaba claro que pertenecían a la Corte de las Sombras.
Todos los motivos y símbolos que las cubrían hacían referencias a la misteriosa corte.
Pequeñas lunas en distintas fases como en el escudo de la corte, constelaciones extrañas que había observado bordadas en los ropajes de Levi o Callum, extrañas criaturas aladas de ensueño y un sinfín de elementos que no fui capaz de reconocer.
—Considéralas un préstamo. No deberías entrar en el Cónclave desarmada. Tu poder es demasiado inestable y peligroso ahora mismo para usarlo. Mi consejo es que intentes evitarlo por el momento, hasta que puedas entrenarlo.
No tenía por costumbre obedecer órdenes de hombres. Por muchas dagas que me regalaran. Pero, en aquella ocasión, no pude evitar estar de acuerdo.
—Lo que es peligroso es entrar a esa sala sin ningún tipo de información.
¿Dónde está mi corte, Callum? Agradezco todo lo que has hecho por mí.
De verdad que sí. No voy a pretender que lo entiendo o que me fío de ti.
Probablemente esta sea tu manera de darme las gracias por ayudar a Levi durante el torneo.
Aunque sinceramente las gracias se las debería dar yo a él.
¿Quién sabe? Quizá es que solo quieres cabrear a los demás.
En cualquier caso, estoy demasiado cansada de ser vuestro peón.
—Conforme más hablaba, más tomaba consciencia de mi cabreo—.
He sobrevivido al torneo. He liberado vuestro estúpido poder de la maldición.
Enhorabuena, habéis creado otro monstruo.
Pero este monstruo se ha cansado de jugar y va a empezar a morder.
Quiero hablar con Finnian, Cían y Orla. Quiero volver a casa.
La palabra casa supo a ceniza en mi boca.
Vi como algo contenido y frío cruzaba la mirada de Callum, pero se recompuso enseguida.
—Soy consciente. Te dije hace mucho tiempo que yo no soy tu enemigo. Sigo sin serlo, Tiniebla.
—También dijiste que no debería fiarme de ti —le recordé, mientras reseguía el dibujo de las dagas con mi dedo.
Callum se estremeció como si mis caricias estuvieran recorriendo su piel y no el arma que mantenía suspendida entre nosotros.
—Creo que mis palabras exactas fueron que los demás te dirían que yo soy la última persona de la que deberías fiarte —rectificó mientras me agarraba con suavidad una de las manos interrumpiendo mi inspección de la empuñadura para posarla con cuidado al lado de mi costado.
Me miró con ambas cejas levantadas mientras sujetaba las armas con su mano libre cerca de mí. Una pregunta sin palabras. Su presencia era como un bálsamo que me calmaba y me volvía loca al mismo tiempo.
Sentí su poder en las puertas de mi mente acariciando cada recoveco, mientras sus ojos recorrían mi cuerpo. Asentí, sin saber muy bien a qué estaba accediendo, pero con la necesidad imperiosa de no perder su cercanía.
Callum dio un paso acortando la poca distancia que nos separaba. Dos tentáculos de poder negro recogieron el testigo de las dagas, dejándolas suspendidas en el aire. Apuntaban a su cuello, no al mío. No estaba segura de si aquello era un acto de buena fe o la trampa más tentadora del mundo.
La oscuridad ronroneó curiosa dentro de mi pecho. Él se permitió ensanchar su sonrisa.
Con las manos libres, agarró las tiras de cuero preparadas para sostener armas en mi arnés y tiró con suavidad hacia él. Me dejé llevar con el corazón rebotando sin control contra mis costillas y segura de que el Guardián de las Sombras podía oler todas y cada una de mis emociones.
—¿Qué recuerdas de esa noche? —preguntó mientras ataba una de las cuchillas en el arnés.
Sus pasos eran metódicos. Las manos de un guerrero acostumbradas a prepararse para la batalla. Aun así, cada roce de sus dedos contra mi cuerpo me hacía perder un poco más el control. Estúpido, estúpido corazón.
Pese a todo, su pregunta me trajo de vuelta a la realidad.
No hizo falta que explicara a qué noche se estaba refiriendo.
Sentí como un nudo apretaba mi garganta.
Tragué saliva, obligándome a mantener la compostura e inspirando su aroma en un intento de centrarme.
Aquellas paredes no se merecían que yo derramara una sola lágrima más.
Hasta donde yo sabía, los monstruos no derramaban lágrimas, las provocaban.
A pesar de todo, mi voz sonó afectada.
Un monstruo con sentimientos. Qué ironía tan poco práctica.
—Recuerdo que dolía mucho. —Cuando comencé a hablar, los recuerdos de la última prueba me avasallaron sin piedad—.
Recuerdo el cuerpo roto de Levi. Recuerdo las manos de Artio sobre las mías terminando lo que yo fui incapaz de empezar.
Recuerdo que todos miraban. Sin hacer nada.
—Tragué saliva antes de continuar con voz temblorosa—.
Recuerdo morir. Recuerdo la oscuridad envolviéndome para llevarme de vuelta a casa.
Las manos de Callum no abandonaron mi cuerpo mientras se ponía de rodillas, pero casi pude jurar que temblaban ligeramente. El contacto con él fue lo único que evitó que otro ataque de pánico me atravesara.
No sé cómo fui capaz de continuar hablando sin que las lágrimas me sobrecogieran.
Tal vez fue la visión de Callum hincando rodilla frente a mí para poder acceder mejor a las ligas de alrededor de mis muslos o sus dedos conforme aseguraban la segunda daga en el exterior de mi cadera derecha.
Lo único que sé es que continué hablando, perdida en el embrujo de sus movimientos.
—Te recuerdo a ti, tirado en el suelo, atrapado por la magia de la Dama. Recuerdo tus suplicas. Recuerdo cómo me imploraste que no lo hiciera. Recuerdo que gritabas mi nombre. El real. No ese apodo insufrible con el que te empeñas en llamarme.
—Tiniebla mentirosa, los dos sabemos que lo adoras.
Ignoré su intento de bromear. En parte porque el dolor era inmenso, pero también porque tenía razón y yo no lograba entenderlo. La verdad es que hacía bastante tiempo que había dejado de intentar comprender muchas cosas en lo referente a nosotros.
—Recuerdo no entender nada. —Las últimas palabras las admití en apenas un susurro.
Eso hizo que Callum pausara sus acciones y me mirara con gesto indescifrable. Agachado frente a mí y con sus manos sobre mi cuerpo, parecía un dios sacado de mis mejores pesadillas.
—A pesar de lo que pueda parecer nunca te he mentido —explicó con gesto serio y una voz tan rasgada que parecía hecha solo para mí—. Hoy tampoco te miento cuando te digo que todo lo que haga en el Cónclave, todo lo que me vea obligado a ser, será para que sobrevivas.
Callum se enderezó sin apartarse ni un milímetro y me sujetó la barbilla con una delicadeza que jamás habría sospechado posible en un ser como él.
—Soy consciente de que no confías en mí y sé que no te va a gustar lo que vas a ver.
¡Espíritus! Probablemente detestes cómo me voy a comportar.
No te mentiré, todos los rumores que has oído sobre las cosas horribles que he hecho sean probablemente ciertos.
Pero, Oscuro o no, yo protejo a los miembros de mi corte.
Abrí la boca para repetir que yo no era parte de la Corte de las Sombras, pero él continuó hablando.
—Me hubiera gustado tener más tiempo para prepararte, para que pudieras tomar una decisión sin presiones. Lo único que tienes que tener claro es que no le perteneces a nadie y que voy a defender tu libertad con uñas y dientes.
—¿Por qué?
—¿Me creerías si te digo que lo hago porque es lo correcto?
—Me cuesta mucho creer que esto no forme parte de un plan que te beneficie de alguna manera.
Callum me dedicó una mueca fanfarrona.
—Nadie ha dicho que lo correcto no me beneficie.
—Yo puse los ojos en blanco, lo que solo pareció animarlo—.
Si quieres salir de esa sala con vida, necesito que hagas una cosa: juega con ellos.
Juega el papel de la Campeona del Torneo de la Dama.
Haz lo que haga falta para que no te vean dudar.
Te dije una vez que sobrevivirías al torneo y lo has hecho.
¿Recuerdas que otra cosa te dije ese día?
Recordaba muchas cosas de aquella noche en los pasillos del Palacio de la Dama, incluido el sabor de sus labios, pero me negaba en rotundo a admitir aquello.
—Enséñales a qué sabe la sangre de una superviviente —susurré.
El rostro de Callum se iluminó con una sonrisa arrebatadoramente malvada.
—Enseñémosles a qué sabe el infierno, Tiniebla.