Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo II. Elara
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Capítulo II. Elara

CAPÍTULO II

Elara

La muerte era algo que lo atormentaba a menudo. Las muertes que él mismo había propiciado. Las que no había podido evitar. Las que sabía que tendría que volver a provocar.

Destellos de plata y jade danzaban por los pasillos de piedra y cristal.

Un baile ejecutado con abandono y pasión, interrumpido solo por susurros de Verdeluna y el movimiento de los árboles.

Los espíritus, como siempre, permanecían escondidos entre las sombras.

Sabedores de su fuerza, ávidos por ser testigos de los trocitos de Historia que nacían y morían entre las paredes de su fortaleza.

Yo me sentía como uno de esos espíritus, una mera espectadora de una vida extraña que ya no me pertenecía. ¿Qué hacía tan llena de un poder tan extraño como familiar?

Con cada paso, la trenza me rebotaba contra la espalda.

Cada golpe contra mi cuerpo era como un latido regalado.

Un latido dispuesto a mantenerme anclada en aquel universo.

Mi trenza seguía moviéndose como el volteo de las campanas al ritmo de una marcha fúnebre el día de mi funeral.

Sentí que cada paso me acercaba más a un pasado que no sería capaz de enfrentar.

Iba vestida para la batalla y una parte de mí estaba convencida de que eso era justamente hacia donde los pasos de Nox y Callum me dirigían.

Los dos Altos Fae caminaban a mi lado con gesto serio y armados hasta los dientes.

El poder que ambos desprendían era ensordecedor.

La oscuridad de Callum bailaba a su alrededor, pintando sus manos a cada paso que daba.

Si antes de acabar con la maldición su poder ya había sido escalofriante, ahora estaba tan presente que era imposible mirar al Guardián y no ser consciente de la cantidad de magia que irradiaba.

Mi propia oscuridad se arremolinó en mi pecho, en un pulso constante. Por alguna extraña razón, su presencia me reconfortó.

La vestimenta de cuero que había aparecido en mi habitación se amoldaba a la perfección a mi cuerpo.

Una réplica perfecta y mejorada de mi ropa favorita.

Unos pantalones de un cuero negro y suave que acariciaba mis piernas con cada una de mis zancadas.

Un par de botas altas que me llegaban casi hasta las rodillas.

Un jersey fino de lana gris que, aunque parecía usado, olía a algo profundo y cálido que me hacía sentir como en casa.

La prenda tenía las mangas anchas y adornadas con bordados de un hilo brillante que dibujaba constelaciones, a juego con un arnés de cuero oscuro con espacio para guardar varias armas.

Además, llevaba unos guantes sin dedos y refuerzos de piel perfectos para pelear.

Y, sin embargo, nadie me había proporcionado un arma.

Las palmas enguantadas de las manos me picaban sin la presencia de una empuñadura a la que aferrarme. Retorcí los dedos incómoda, como si me faltara un apéndice. Con el rabillo del ojo vi como Nox ponía los ojos en blanco.

—Quieres hacer el favor de dejar las manos quietas. Parece que estás intentando sacudirte un knorgüe de encima —bufó sin miramientos mientras torcíamos una nueva esquina que dio paso a una larga escalinata.

El silencio del Palacio de la Dama era tan abrumador que sentí que me faltaba el aire.

¿Dónde diablos estaba todo el mundo? Con cada paso mi tensión aumentaba.

La cabeza me daba vueltas contemplando todos los escenarios posibles que explicaran por qué era escoltada por la Corte de las Sombras y no por mi propia corte.

—¿Qué demonios es un knorguë ?

—Créeme, no te apetece saberlo —murmuró Callum, conforme sus largas piernas comenzaban el ascenso.

—Lo que me apetece saber es quién me ha quitado mis armas y por qué no se me han devuelto —repetí por decimocuarta vez desde que habíamos abandonado mis aposentos.

Sin ellas, me sentía totalmente desamparada.

Mi poder y la oscuridad gruñeron en mi pecho, como si se sintieran ofendidos.

Lo cierto es que el poder que había experimentado al despertarme sería suficiente para enfrentarme a cualquier amenaza, pero el recuerdo de las voces y el descontrol que lo acompañaba eran incentivo suficiente para evitar que quisiera volver a tocarlo.

Sentí como la oscuridad aprovechaba mis dudas para salir a la superficie.

Estrujé mis manos en dos puños cerrados, clavándome las uñas en las palmas hasta que sentí cómo penetraban en mi carne a pesar de las protecciones.

Cualquier cosa con tal de evitar volver a ver ese negro infinito tatuando mi piel.

—Nosotros no te hemos quitado las dagas, Elara. —Nox sonaba tan cansado de repetirme lo mismo que una parte de mí se compadeció de él.

Por otro lado, había clasificado mi supervivencia como una noticia regular y tenía cara de saber exactamente qué era lo que había ocurrido con mis dagas.

—Alguien lo ha hecho —murmuré demasiado alto, pisando cada escalón con más fuerza de la necesaria.

—¡Por todos los espíritus! Es peor de lo que Levi decía —murmuró Nox, parando en seco en mitad de la escalera y encarándome con cara de pocos amigos.

—¿Y qué se supone que significa eso? —exclamé mientras avanzaba un par de escalones para situarme a su nivel.

—Significa que tengo dolor de cabeza, Elara —respondió él con un tono de burla que era solo aceptable si uno tenía menos de diez años. Desde luego no para un general de la Corte de las Sombras.

—Eres tú él que ha sacado el tema, Nox —respondí en el mismo tono y con una sonrisa dulce.

—Créeme, ya me estoy arrepintiendo.

—En realidad, tienes suerte de que no tenga mis dagas. Porque tengo unas ganas tremendas de practicar puntería y tú tienes cara de diana.

El gritó de asombro que profirió Nox fue tan genuinamente real que tuve que luchar con todas mis fuerzas para aguantarme la risa. ¿Cómo era posible que todos los Fae que pertenecían a la corte de Callum tuvieran la increíble capacidad de sacarme de mis casillas y distraerme en mis peores momentos?

El recuerdo de mis primeras interacciones con Levi se precipitó como un jarro de agua fría sobre mi consciencia.

—¿Cómo te atreves? Mi cara es preciosa. Levi gritaría ultraje si te escuchara hablar así.

—¿Lo de la arrogancia es un requisito indispensable para formar parte de la Corte de las Sombras? —dije en un intento poco elegante de centrarme en mi cabreo y no en la creciente preocupación por mi amigo.

—No lo sé, dímelo tú.

Abrí la boca para rebatir aquella afirmación absurda. Era la segunda vez que Nox insinuaba algo parecido. A nuestro lado, Callum se aclaró la garganta.

El Guardián de las Sombras nos observaba con la espalda apoyada en un inmenso ventanal que adornaba una pequeña alcoba lateral que daba descanso a la ingente cantidad de escalones. En serio, ¿quién había diseñado semejante escalera?

Callum nos miraba con un brillo distinto en la mirada. Había algo en sus ojos negros que hizo que se me acelerase el corazón. Era una de las veces que más relajado y en paz había visto al Guardián.

Sentí como una de sus manos estrelladas acariciaba con cuidado las paredes de mi escudo mental.

Escudo que me había asegurado de mantener reforzado desde que Nox me había ayudado a levantarlo.

El contacto hizo que toda mi piel se erizara y no pude reprimir un escalofrío.

Suspiré en un esfuerzo por recomponerme.

La suavidad abandonó las facciones del Guardián tan pronto como había llegado.

Sustituida por una mirada tan oscura como la magia que emanaba de sus poros.

Una mirada que me hizo ponerme a temblar.

Mi cabeza se esforzó por convencerme de que era miedo, mi cuerpo no opinaba igual.

Y, aunque Callum no apartaba sus ojos de mí, supe que se estaba comunicando mentalmente con Nox.

A mi lado, Nox me dirigió un último asentimiento mientras desaparecía escaleras arriba.

—Iré a asegurarme de que todo está listo —dijo por encima del hombro mientras apresuraba el paso subiendo los escalones de dos en dos.

—¿Te diviertes, Tiniebla?

Callum me miraba con esa sonrisa torcida y ese gesto endiablado al que me había acostumbrado durante las últimas semanas. Sin embargo, si algo había aprendido es que, en cuanto a Callum se refería, mi sentido de la preservación y la seguridad eran inexistentes.

Avancé con paso firme hasta situarme a escasos metros del Alto Fae más sanguinario de Lyssandria.

—Tus generales son todos insufribles. —Él levantó una ceja al mismo tiempo que amagaba una sonrisa sincera.

—No te falta razón. Sin embargo, a mí me parece que Nox ha hecho exactamente lo que necesitabas.

—¿Sacarme de mis casillas?

—Distraerte. No tienes tu poder bajo control y los nervios no ayudan. Pero desde que habéis empezado a discutir es la vez que más estable lo percibo. La vez que más centrada te siento.

Me molestaba admitirlo, pero tenía razón. Había estado nerviosa y preocupada desde el momento en que había vuelto a la vida en mitad de un ataque de pánico por controlar un poder desconocido.

El recuerdo de la sangre de Artio cubriendo mis manos amenazaba con hacerme caer en la espiral de nuevo.

La perspectiva de enfrentarme a un Cónclave de Guardianes que me quería muerta no ayudaba en absoluto.

Eran pocas las ocasiones en las que el Cónclave se reunía de manera oficial.

Y todas ellas, al menos las que yo conocía gracias a los libros de historia, terminaban con alguien muerto.

Como si pudiera sentir lo cerca que estaba de otro ataque de pánico, Callum sacó algo de uno de los cintos de cuero y metal que cubrían su pecho y me lo tendió.