Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo I. Elara #2
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Capítulo I. Elara #2

Yo apenas era capaz de contestar con gruñidos y monosílabos, pero aquel desconocido continuaba haciendo preguntas, y, con cada una de mis respuestas, él ofrecía las suyas: a fresas y lluvia, el pudín de menta y coco, ¿me creerías si te digo que he montado en uno?

Con cada pregunta y cada ladrillo las voces se volvían más débiles y yo sentía que recobraba el control sobre mi cuerpo.

Cuando coloqué la última piedra, una fina capa de sudor cubría todo mi cuerpo.

Los brazos y las piernas me temblaban, la cicatriz de mi garganta palpitaba y estaba segura de que apenas sería capaz de caminar.

Pero lo había logrado.

—Ya puedes volver a abrir los ojos, Elara.

Lo intenté, de verdad que lo intenté. Pero la luz era demasiado clara, los colores demasiado vívidos y el recuerdo de la noche bañando mis manos me fascinaba y aterraba a partes iguales.

Tardé mucho más de lo que admitiría jamás en atreverme a abrir de nuevo la mirada. Aquel extraño no me metió prisa. No. Simplemente esperó paciente a mi lado. Respetó mis tiempos y mi fragilidad.

Poco a poco mis ojos se abrieron, preparados para recibir el inferno, en su lugar, una habitación en penumbra me dio la bienvenida.

Una habitación que conocía demasiado bien.

El peso de mil piedras se instauró en mi estómago y sentí que el aire me faltaba de nuevo; como si una mano invisible apretara mi garganta. ¿Qué demonios estaba haciendo allí otra vez?

El cuarto en el que había pasado las semanas del torneo estaba prácticamente igual que en mi último recuerdo. Mi última vez entre aquellas paredes había sido minutos antes de la fiesta que había dado inicio a la última prueba de la Dama de la Noche.

Levi y yo habíamos estado bromeando frente al espejo.

Un rato después, mi amigo y compañero me había revelado la traición de Finnian y los demás.

La imagen del Campeón de las Sombras bañado en sangre y convertido en una criatura supuestamente irreal cruzó mi mente como una flecha envenenada, atravesando mi corazón y devolviéndome parte de la ansiedad que había logrado calmar.

—¿Levi? —gemí mientras buscaba las sombras de mi habitación como si Levi fuera a aparecer en cualquier momento—. Está herido. Él intentaba ayudarme, pero Brann...

—Levi está bien, Elara. Gracias a ti. Está de vuelta en la Corte de las Sombras y prácticamente recuperado. Estaré en deuda contigo eternamente por salvarlo.

Respiré aliviada, aunque todavía confusa. Se suponía que tenía que estar muerta, ese había sido el trato para ganar el torneo. ¿Qué demonios hacía de vuelta en el castillo de la Dama?

—Seguramente todo resulta algo confuso. La verdad es que no estoy seguro. ¿Quieres primero las noticias buenas, las regulares o las malas?

Me giré hacia aquella voz. Un hombre alto y robusto me miraba con gesto serio. Sus facciones eran marcadas, acompañadas por una barba corta arreglada a la perfección. Su tez olivácea era oscura y estaba plagada de pequeñas cicatrices junto con una más grande sobre la ceja izquierda.

Era hermoso. Hermoso como lo era la cumbre de una montaña imposible de alcanzar o la espuma de una ola gigante.

Hermoso de manera brutal. Llevaba el pelo negro muy corto y vestía ropa similar a la que había visto en Levi.

Ropa de batalla negra y repleta de armas.

Sus ojos color verde oscuro me estudiaban con curiosidad.

Levantó la ceja derecha, que estaba rapada con varias líneas verticales, ante mi evidente inspección.

—Si necesitas un cuadro puedo proporcionártelo. Así no se te olvidará nada.

—¿Quién eres? —pregunté mientras me incorporaba.

Las sábanas resbalaron conforme me sentaba con las piernas fuera de la cama. Alguien me había vestido con un conjunto corto y simple de lino. Me habían quitado la mugre y la sangre que había acumulado en lo que, en teoría, debía haber sido mi último día con vida.

Estudié mis piernas descubiertas con los ojos abiertos. No había ni rastro de las heridas. Pasé con cuidado las manos sobre mis costillas, pero la piel allí también estaba lisa. Ni siquiera dolía. Era como si nunca hubiera sufrido las heridas que me habían hecho sucumbir.

—Puedes llamarme Nox.

Nox dio un paso atrás, en un intento de darme algo de privacidad mientras inspeccionaba mi cuerpo.

Sin embargo, no apartó esa mirada seria de mí.

Sus ojos estudiaron cada uno de mis movimientos.

No sabría decir si estaba esperando que volviera a sufrir un ataque de pánico o que me abalanzara sobre él para escapar.

Lo cierto es que ni yo misma lo tenía muy claro.

—Decías que tenías buenas y malas noticias.

—Directa al grano. Me gusta. Las noticias regulares son que estás viva.

—¿Eso es lo regular? —pregunté con desconfianza.

Tal vez había malinterpretado la ayuda de Nox como algo que no era. Al fin y al cabo, ¿qué sabía yo de él?

—Teniendo en cuenta que tu última acción consciente fue pedir morir para salvar la magia de Lyssandria, diría que sobrevivir es un resultado que puede resultarte decepcionante.

—Me parece que tenemos conceptos distintos de decepción.

—Mejor para ti, supongo —respondió Nox levantando los hombros con indiferencia—. La buena noticia es que lograste salvar a Levi, romper la maldición y liberar los poderes secuestrados. Enhorabuena, eres prácticamente una leyenda. —Su tono parecía más de burla que de júbilo, pero decidí ignorarlo.

—¿Y la mala?

—La mala es que hay un montón de gente que está bastante acojonada con el hecho de que sigas viva. Y la gente, cuando tiene miedo, puede ser bastante...

—¿Peligrosa?

Nox entrecerró los ojos al reírse.

—Iba a decir tocapelotas, pero eso también sirve.

—¿Por qué temen que esté viva?

—Digamos que los cambios que se han destapado con tu supervivencia no han dejado indiferente a nadie.

Me levanté de un salto, todavía algo inestable. Nox hizo ademán de ayudarme a andar, pero la mirada con la que lo fulminé hizo que parara en seco.

Con piernas más fuertes de lo que esperaba me dirigí hacia el baño. Nox me siguió de cerca unos pasos por detrás, como si temiera que me fuera a descomponer en cualquier momento.

Mientras andaba inspeccioné mis manos, pero no había rastro alguno de la oscuridad magnética que las había cubierto minutos atrás. Sin embargo, el corazón me dio un vuelco. Otra cosa más había desaparecido.

No había ni rastro de la cicatriz plateada que había marcado mi trato con Finnian. Intenté buscar el peso de nuestro trato, ese zumbido incesante que me había acompañado durante los últimos meses. Pero no encontré nada: era libre.

Lejos de calmarme, esa revelación hizo que se me revolviera el estómago. Inspiré para tragarme los nervios y centré mi atención en el espejo del baño.

No vi nada extraño en el reflejo que me devolvía la mirada. Tenía el pelo alborotado y mis ojos tenían un brillo febril como a medio camino entre despertar y estar soñando. Por lo demás, todo seguía igual.

Los mismos ojos verdes, la misma nariz afilada, la misma melena negra imposible de domar, las mismas piernas fuertes de cadera ancha y muslos generosos.

Acaricié distraída la cicatriz de mi cuello mientras me giraba para inspeccionar todo mejor. Las orejas seguían terminando en punta, las pecas estaban todas en su sitio.

—Los cambios no se ven en un espejo, Elara.

Tú misma los has notado al despertar. Ese poder al que has accedido al tomar conciencia.

Esa magia es diferente. Desde luego no es Hadaës, aunque si te soy sincero tampoco es Alta Fae.

Nadie sabe qué es, ni la potencial amenaza que puede representar.

La gente suele temer lo que no conoce o aquello que no puede tener. Especialmente lo segundo.