Capítulo I. Elara
CAPÍTULO I
Elara
Solo entendía su vida de dos maneras. Antes y después de ella.
La cicatriz de mi garganta palpitó con fuerza, como el eco de mi corazón o el recuerdo de una amalgama de sueños olvidados. No supe el motivo.
Una bocanada fresca con olor a jazmín me inundó el pecho al coger aliento.
En mis costillas el fantasma de una herida abierta hizo que me recorriera un escalofrío.
Mientras me centraba en calmar el latido desbocado de mi corazón y las réplicas de un dolor ausente en mis entrañas, caí en la cuenta de que la muerte era sorprendentemente parecida a la vida.
Algo brillante y estridente intentó perturbar mi descanso. Fruncí el ceño, ofendida, y con los ojos todavía cerrados. Se suponía que una de las pocas ventajas de estar muerta era que por fin podría descansar sin nada ni nadie que me interrumpiera.
Algo liviano y suave descendió sobre mi cuerpo conforme me retorcía en busca de aquella oscuridad familiar que me había arrullado en mis últimos momentos.
Quería volver con ella. Añoraba la sensación de tranquilidad que me había invadido a su lado.
La certeza de que, mientras fuéramos de la mano, todo estaría bien.
En su lugar, encontré la chispa del poder que siempre me acompañaba y la oscuridad insistente que había dedicado mi vida a mantener a raya.
Pero ambos eran ahora muy diferentes.
Tan solo rocé el poder cuando un estallido de gloria y estrellas me recorrió de pies a cabeza.
La oscuridad bailaba a mi alrededor, feliz y libre de ataduras.
Se onduló sobre mi cuerpo, llenando todos los lugares de mi alma que creía yermos y haciendo que mi respiración se entrecortara.
Jamás había sentido un poder igual. No tenía fin, era simplemente eterno, real y mío. ¿Cómo podía ser mío?
No entendí qué estaba ocurriendo. Tal vez en la muerte una tenía acceso a cosas imposibles.
Precisamente por eso me permití abrazar esa oscuridad. Necesitaba experimentar, al menos una vez, cómo era sentir aquello que me había estado llamando desde que alcanzaba mi memoria.
¿Acaso era tan terrible?
—Tan solo un segundo —me dije mientras llamaba a la oscuridad.
La noche respondió gustosa a mi llamada. Y, por primera vez en mi vida, la abracé sin reparos. Un torrente de pensamientos, respiraciones y latidos me asoló. Intenté soltarlo, pues era demasiado.
Demasiadas voces, demasiado dolor, demasiado sufrimiento.
—Mierda, se está despertando —susurró una voz brillante como la Verdeluna.
La muerte, al parecer, no estaba preparada para que yo tomara conciencia. ¡Qué maleducada!
—Ve a buscarlo o montará en cólera si ella despierta y no está aquí —apremió una segunda voz tan profunda como el mar.
—¿Podrás con esto? ¿Igual sería mejor que me quedará yo y tú fueses a por él? Los dos sabemos que el tacto no es uno de tus puntos fuertes —reprochó la primera voz.
Alguien emitió un bufido indignado.
Sumida en el caos del poder que me arrasaba, me pregunte qué clase de demonios discutían a la propia muerte. La clase con la que yo me llevaría bien, eso seguro.
—Precisamente, si salgo ahí fuera voy a cargarme a todos y cada uno de los cabrones responsables de cada rasguño de Levi.
Ese nombre tiró de mí con fuerza. Aun así, no conseguí deshacerme de las voces y los latidos que lo inundaban todo.
—Tal vez tengas razón. Aunque no me faltan ganas de arrasar con todos, no sería prudente ahora mismo. Podemos dejar las matanzas colectivas para más tarde.
—Por algo eres una de mis personas favoritas, Lía.
Un recuerdo partido rozó mi mente.
Un edificio desplomándose, cientos de almas gritando de dolor. Los susurros, las miradas, la sensación pegajosa y angosta del olor metálico y putrefacto que se pegaba a mí. Todo me llegó como una avalancha furiosa.
Desperté de un sobresalto, incorporándome tan rápido que apenas tuve tiempo de frenar mi ascenso. Me doblé sobre mí misma, mientras me sujetaba la cabeza con las manos en un intento a la desesperada de acallar las voces.
El poder era tan fuerte que apenas podía controlarlo.
Todo a mi alrededor estaba teñido de un filtro que potenciaba todos y cada uno de mis sentidos.
Los claroscuros eran más intensos, los aromas más penetrantes.
El dolor más fuerte. Poder, vida y muerte se unían en una danza infinita que podía deshacer con tan solo un roce de mis manos.
¿Cómo podía estar tan segura de aquello?
¿Cómo sabía a ciencia cierta que medio pensamiento mío alteraría el orden del universo?
Dejé de escuchar las voces que parecían venir desde el otro lado de un espejo roto y olvidado. Al parecer, ni siquiera los carceleros del infierno estaban interesados en ver cómo me descomponía.
Si me concentraba lo suficiente, podía escuchar el latido de cada ser vivo y el crujir de cada puñetero árbol del bosque.
Podía sentir cómo las gotas de un río cercano se revolcaban unas contra otras formando un torrente tranquilo y continuo.
Podía escuchar una respiración acelerada muy cerca de mí y un murmullo constante en lo más profundo del edificio que contenía mis restos mortales.
Porque no había otra explicación posible.
Había muerto y el infierno había diseñado una tortura solo para mí.
Los dioses olvidados, sabedores de mis pecados, habían decidido no redimir mi alma.
En el fondo lo esperaba. Ni siquiera el mayor de los sacrificios, ni siquiera la propia vida ofrecida en bandeja de plata era suficiente para borrar todo el mal que había hecho.
La sangre de Artio y de todos los demás teñiría mis respiraciones por el resto de mis vidas.
Era imposible parar las imágenes. Se sucedían en un bucle continuo imposible de contener.
La magia de Brann atravesando mis costillas.
El dolor de una traición esperada.
El hermoso rostro de Oraz cubierto de sangre.
La vida abandonando mi cuerpo en el mismo momento en el que mi daga atravesaba el pecho de la única familia que había conocido.
Abrí los ojos, luchando por comprender a qué escalón del infierno había ido a parar mi alma.
Me recibió la imagen de unas manos negras y brillantes.
Mis manos. El poder las cubría tiñéndolas de una noche cuajada de estrellas y yo no lograba entender qué era lo que me estaba pasando.
Las agité en un intento de que volvieran a la normalidad.
Todo a mi alrededor vibraba y se tambaleaba.
Los quejidos de piedra y ladrillo reverberaban en mis oídos junto con los lamentos de miles de almas inmortales.
Era como si mi cuerpo se cerrara sobre sí mismo, haciéndome sentir pequeña y atrapada.
Mi corazón latía con demasiada fuerza y los pensamientos corrían veloces y ávidos de sangre como pesadillas recién paridas.
No podía parar, no podía pensar. Lo único que me quedaba era esperar y dejarme ahogar en aquella marea de sensaciones crueles.
Algo se movió a mi lado.
Antes de que tuviera tiempo de registrar lo ocurrido, un par de manos me sujetaron las muñecas con delicadeza, pero con la firmeza suficiente para que mis pensamientos pararan en seco.
—Elara, cierra los ojos —ordenó una voz grave que me parecía haber escuchado en otra vida.
Tuve la certeza de que no era la primera vez que me lo pedía. Sonaba preocupado, como si llevara un buen rato intentando llamar mi atención.
Por algún motivo, decidí confiar en aquel extraño. Cualquier cosa con tal de hacer que aquello parara.
—Sé que sabes cómo construir un escudo mental. De hecho, me consta porque tú y yo tuvimos el mismo profesor. Así que vamos a hacer esto juntos antes de que acabes de tirar el castillo abajo. ¿Entendido?
Todavía temblando logré asentir una única vez.
—Busca el centro de tu poder. Entre el resto de las voces y estímulos. Te estará llamando. Ignora todo los demás y dirígete hacia tu poder. Con él estarás a salvo.
Hice lo que aquel extraño me pidió.
Al principio pensé que no sería capaz, había demasiado ruido y demasiadas interferencias.
—Duele —conseguí decir con los dientes apretados.
—Ya lo sé. Y lo siento, pero no puedo hacer nada para mitigarlo.
Vas a tener que navegar con el dolor. Es una mierda, pero es la única manera.
Te prometo que las próximas veces no dolerá.
Conoces tu poder, Elara. Lleva contigo toda la vida.
Busca el hilo que os conecta, agárrate con fuerza y no te sueltes.
La voz de aquel hombre continuó animándome, guiándome. Poco a poco, enterrado entre todo lo demás, logré distinguir la vibración de mi poder, como un hilo negro y brillante que se mezclaba con mi oscuridad, tirando de mí de vuelta a la superficie.
Fui consciente de cómo mis manos dejaban de temblar y mis respiraciones se ralentizaban. Aun así, todavía podía notar las estrellas recorriendo mi piel.
—Eso es, Elara, lo estás haciendo muy bien. Ahora vamos a levantar juntos el muro de tu escudo. Piedra a piedra, si es necesario. ¿Sigues conmigo?
Otro asentimiento escueto fue todo lo que necesitó para continuar guiándome.
—Tenemos que canalizar todo el poder. Tienes que conseguir recobrar el control.
Ya has hecho lo difícil que es retomar las riendas.
Ahora vamos a usar toda esa energía desmedida en nuestro beneficio.
Toma aire y aguanta durante unos segundos.
Eso es. Ahora vamos a soltarlo despacio y, mientras tanto, quiero que pongas las primeras piedras canalizando un poco de ese dolor. ¿De qué color es tu escudo, Elara?
Medité la pregunta.
—De noche y galaxia —dije mientras apilaba las primeras piedras en mi mente. Me pareció escuchar como aquel hombre profería una maldición atragantada en un susurro.
—El mío es azul. Vas muy bien. Vamos a por las siguientes.
Poco a poco, durante lo que pareció una eternidad, aquel extraño me ayudó a reconstruir el muro de ónice brillante que protegía mi mente. Con cada respiración me hacía una pregunta insustancial: ¿a qué huele el verano, Elara? ¿Cuál es tu postre favorito? ¿Alguna vez has visto un unicornio?