Memorias de sombra (Legado 2)
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Prólogo
PRÓLOGO
Cien años antes
El eco de una oscuridad familiar resonaría en sus huesos incluso después de su segunda muerte. ¿O era la tercera? La verdad era que había perdido la cuenta.
Callum
Existían en el mundo tres tipos de duelo.
Tres tipos de dolor tan intenso y cierto que se convertían en tu única realidad.
El dolor de perder a alguien a quien amas.
El dolor de perderse a uno mismo.
Y el dolor de perder algo que nunca has tenido.
Una galaxia de medianoche y ocaso estrellado lo envolvía todo. No había nada más allá de aquel dolor visceral que arrasaba con todo mi ser.
Los insultos y las amenazas de mi creador resonaban contra el vacío de la noche. Eran promesas crueles que se habían instalado en mi cabeza y me atormentaban con sus ecos incluso cuando él no estaba presente.
Existían en el mundo tres tipos de miedo.
Tres miedos tan tangibles que se sentían en cada paso, en cada respiración.
El miedo a hacer algo irreparable.
El miedo a olvidar.
Y el miedo a no recordar lo que es tener miedo.
Riesgos medidos, asesinatos entre susurros, poder controlado. A eso había quedado reducida mi existencia desde que tenía uso de razón. Desde que la Verdeluna me vio nacer y el poder de las sombras anidó en lo más profundo de mi ser.
Esa voz cruel y maldita que me perseguía allá a donde fuera, y que resonaría el día de mi funeral, seguía gritando. Noté como su poder intentaba, en vano, frenar la avalancha de magia que emanaba de cada uno de los poros que conformaban mi cuerpo.
Patético .
La bilis de esa voz martilleó en mi mente como ondas expansivas de un pasado en bucle. Salvo que esta vez era mi voz la que escupía el insulto en lugar de apretar los dientes al escucharlo.
Monstruo .
No había nada más allá del recuerdo de unos ojos de Verdeluna perdida y la certeza de que yo había acabado con ellos. Yo la había matado. Mi poder lo había consumido todo sin darme opción a reaccionar.
Durante demasiado tiempo me había convencido a mí mismo de que tenía algo de control sobre mi vida. Pero, al final, había resultado que sus garras controlaban partes de mi mente que ni siquiera yo conocía.
El quejido estrangulado de mi hermana me devolvió a la realidad. La oscuridad cedió lo suficiente para distinguir la escena que se erguía a mi alrededor. Mi madre lloraba fuera de sí, mientras dos guardias la sujetaban contra el suelo.
Ellos serían los siguientes en morir.
A pocos metros de distancia el Guardián de las Sombras apretaba con desdén la hoja afilada de una espada curva contra el cuello de Lía.
Los destellos amarillos de sus ojos azules me miraban suplicantes.
Dos lágrimas silenciosas recorrieron el rostro de mi hermana hasta juntarse con el pequeño reguero de sangre que la espada pintaba sobre su piel.
—¿Dónde está la sangre que te pedí, chico? Este numerito ha sido más que suficiente. Si sabes lo que te conviene, te tranquilizarás y me darás lo que te he pedido.
—¿Sangre? —Mi voz no me pertenecía.
Al escucharme, no me reconocí. ¿Por qué sonaba tan tranquilo? Como si aquello no fuera conmigo. Como si no acabara de cometer la mayor atrocidad que cualquier Fae pudiera llevar a cabo.
Una oleada de náuseas tomó posesión de mi cuerpo. Me vi forzado a doblarme por la mitad. Vacié todo el contenido de mi estómago en aquellas estúpidas baldosas de mármol pulido cuyo coste podría alimentar a una ciudad entera.
Me incorporé limpiando mi boca con el dorso de una mano teñida de agujeros negros.
—¿Qué cojones te pasa, chico? —El Guardián de las Sombras hizo desvanecer el vómito con un gesto de la mano—. No tengo paciencia para estupideces, algo que sabes de sobra. ¿Están muertas?
—Están muertas. —La confirmación supo a veneno en mi garganta.
—Dame su sangre.
—No.
—¿No?
La voz del Guardián de las Sombras sonó tan sorprendida que quise sonreír. Más de cien años a su servicio y jamás había pronunciado esas dos letras en su presencia.
—No —repetí simplemente porque podía y porque una parte malvada y retorcida dentro de mi cabeza se moría del gusto al ver esa mueca fea y confusa en la cara del cabrón que me había dado la vida solo para condenarme.
Desmond me lanzó una sonrisa que rebosaba placer retorcido y estalló en carcajadas.
—Parece que al fin ha ocurrido. ¿Qué pasa chico, por fin tienes las agallas de enfrentarte a mí? ¿Es eso?
Con cada sacudida de su cuerpo, el filo de su espada arañaba más el cuello de Lía.
La oscuridad se tornó roja tras mis ojos.
—Creo que no entiendes que es lo que va a ocurrir ahora.
Como consecuencia de tu patética insolencia voy a matar a tu hermana.
Solo porque puedo. Para que comprendas de una vez que no te he estado mintiendo todos estos años.
Después vas a dejar este absurdo intento de rebeldía y vas a volver a por la sangre que te pedí.
De lo contrario, mataré a tu madre. Si eso no es suficiente, mataré uno a uno a todos los habitantes de esta corte mientras te obligo a mirar.
Me aseguraré de que todos sepan quién es el culpable de su sufrimiento.
—Tiró de Lía hasta que gritó. Ella nunca gritaba—.
Vamos a empezar, a ver si esto es suficiente para que...
No dejé que terminara la frase. O tal vez fue mi oscuridad la que lo decidió. No estoy seguro. Un rugido inhumano surgió de mi pecho, mis manos se tiñeron de noche y el poder asoló con todo.
En mis fantasías recurrentes la muerte de Desmond siempre era algo lento, algo que disfrutaba y alargaba lo máximo posible. Me tomaba mi tiempo y le hacía sufrir hasta que experimentara todo lo que nos había hecho pasar en sus propias carnes.
La realidad fue diferente. Todo sucedió muy rápido. Tanto que terminó antes de que pudiera saborearlo.
Un poder desconocido, el mismo que me había consumido al ver los ojos de aquella tiniebla de esperanza se apoderó de mi ser. Fui vagamente consciente de cómo me llenaba por completo, llegando hasta la última fibra de mi cuerpo y estallando contra el Guardián.
Contra mi padre.
Aquel estallido de magia latía fuerte y sin medida. Un poder que nacía en lo más profundo de mi alma, sin control, como si hubiera estado esperando varias vidas a ser liberado.
El cuerpo de Desmond convulsionó, soltando a mi hermana en el acto y dejando caer la espada, que rebotó como el objeto inútil que era contra el suelo de mármol.
Después vi cómo sus ojos comprendían, horrorizados, la certeza de su muerte. Durante un segundo me olvidé de las consecuencias. Observé con una sonrisa retorcida como el cuerpo de mi padre estallaba en una bruma de polvo y sangre.
No. Sentí. Nada.
Absolutamente nada.
Los guardias se arrodillaron frente a mí antes de que la última brizna de mi predecesor se hubiera desintegrado por completo.
—Mi señor Guardián —comenzó a decir uno de los que hacía apenas unos segundos estrujaba el cuerpo de mi madre sin piedad contra el suelo.
No le di tiempo a balbucear unas disculpas.
Todos y cada uno de ellos, todos los que habían presenciado y ayudado a mi padre en su crueldad se evaporaron en menos de medio segundo.
Encontré las mentes de todos aquellos indeseables y las rompí con gusto mientras deshacía sus cuerpos en la negrura del universo.
No me costó esfuerzo, ni siquiera medio pensamiento.
—Callum. —La voz de mi madre hizo que otro trozo de mi condenado corazón se rompiera para siempre.
Mis rodillas impactaron contra el suelo y tuve que apoyarme con ambas manos para no desplomarme mientras vomitaba hasta la última gota de bilis, otra vez.
Aquellos ojos verdes y el horror de lo que yo había hecho me perseguirían hasta el día en el que los dioses olvidados me condenaran al fuego eterno.
Existían tres tipos de duelo y tres tipos de miedo.
El dolor de perder a alguien a quien amas. El miedo a hacer algo irreparable.
El dolor de perderse a uno mismo. El miedo a olvidar.
El dolor de perder algo que nunca has tenido. Y el miedo a no recordar lo que es tener miedo.
Mientras el resto de la Corte de las Sombras daba la bienvenida a su nuevo Guardián comprendí que, en mi caso, todo ese miedo, todo ese dolor y todo ese sufrimiento se reducía a una única palabra. Tiniebla .