Melted ice (Ice 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

Ginette

Miro a las chicas que confían en mí. Es su primera competición y son pequeñas para entender nada. Para plantearse un futuro. Ahora solo están aquí para disfrutar, para probar. Para llenar su vida de recuerdos preciosos.

—Salid a disfrutar, el resto ya llegará. —Asienten—. Perseguir la perfección solo puede hacer que nos perdamos cosas increíbles por el camino.

Dicen que vale y se preparan para salir, una tras otra.

Son tres. Casi no hay público. Estoy tan nerviosa que ni miro a la gente.

Casi todos son familiares. Irma se me acerca y me da un abrazo.

Sabe que me pasa algo. Que no estoy bien, todos lo saben.

Por eso, me alejo de todos. No sé cómo explicar nada.

No sé cómo dar voz a lo que yo sentí sin sentirme juzgada.

Me costó mucho olvidar, avanzar, y ahora estoy en el punto de partida.

Tomo aire y me concentro en mis chicas.

Una tras otra, hacen sus acrobacias. Giran y me veo en ellas. En todo lo que les he enseñado, como si unos hilos tiraran de mí hacia ellas. Cuando acaban, las abrazo y entonces me siento mal. ¿Y si ellas no quieren mis abrazos? ¿Me estoy sobrepasando? Agitada, me separo, pero ellas me abrazan.

—¡Ha sido increíble! —dice una de ellas.

¿Abracé yo a Orson? ¿Lo provoqué? No puedo respirar…

—¡Eh, entrenadora! —No puede ser. Miro hacia donde están los vestuarios y veo a Kerr ahí apoyado, con la gorra negra bien calada.

Los latidos de mi corazón se disparan. Lo he echado tanto de menos que casi me lanzo a sus abrazos sin que me importe nada más.

Pero lo que me pasó nos separa. Aun así, lo miro ahí, quieto, con esa sonrisa preciosa en la cara.

Con esos ojos azules cargados de cientos de palabras que se mueren por decirme.

Ver que siguen ahí, me hace temblar. Lo he añorado mucho.

Mis ojos lo devoran, sintiendo cómo los latidos de mi corazón se disparan como si crearan una danza reservada para él. Quiero besarlo, abrazarlo… Agarrarlo con fuerza y no perderlo de nuevo por todo lo que me mata por dentro.

Está muy guapo. No he dejado de seguir su carrera. De saberlo todo de él, y por eso caigo en la cuenta de algo.

—¿Qué haces aquí? ¡Tienes partido!

—No era tan importante como estar aquí, en tu primer día como entrenadora oficial de esas chicas en una competición. —Anda hacia mí y su forma de mirarme me derrite. Hace que todos mis miedos se queden rezagados.

Este hombre ha dejado su amado hockey para estar conmigo en mi primer día de entrenadora. Si no es amor, no sé qué lo será.

—Estás loco por mí —confirmo y sé que nada podrá evitar que me deje llevar. Callarme lo que siento ahora mismo me parece imposible.

—Sin ninguna duda.

Nos miramos el uno al otro. Han pasado semanas, pero lo que siento por él no ha hecho más que crecer.

Entonces, hago algo impulsivo: me alzo a besarlo, incapaz de retener mis ganas.

Kerr se queda rígido un segundo, antes de hacerse con el control del beso.

Su boca me devora. Su sabor me embriaga.

¿Cómo pensaba poder vivir una vida sin esto?

Se separa al recordar dónde estamos y pone sus manos en mi cintura. Las mete bajo la sudadera y me acaricia la piel.

—Cómo te he echado de menos. —Sus ojos hablan de dolor, de promesas de esperanza.

—Kerr…

—No me voy a ir a ningún lado. Llames a esto como lo quieras llamar o no quieras que te espere; lo voy a hacer toda la vida. Eres mi chica. —Su forma de decirlo humedece mis ojos.

Lo peor es que yo siento lo mismo. Me marché, pero una parte importante de mí se quedó ahí, a su lado, esperando encontrar la fuerza para volver.

Lo abrazo con intensidad y me devuelve el abrazo.

—Parece que no puedo escapar de ti.

—Parece que no… Y quiero saber la verdad. Sé que no estás preparada, pero cada día que pasa te sentimos todos más lejos. No estás sola. Somos un equipo.

—Un equipo.

—Los equipos luchan juntos, ganan y pierden juntos.

Lo miro agitada. Me llaman porque van a dar las notas. Kerr se acerca con nosotras. Aquí no es tan conocido y se nota porque la gente lo mira por lo sexi que es, y no porque saben que es un jugador de hockey famoso.

Dan las notas a mis chicas y no son muy malas. Las esperaba peor.

—Vamos a cambiarnos y a comer. ¿Vienes? —pregunto a Kerr.

—Hasta mañana no tengo que volver.

Vamos a un restaurante con Irma, su marido, su hija y varios miembros.

No puedo dejar de mirar a Kerr en todo momento.

Es como si no fuera real. Acaricia mi mano bajo la mesa; estoy nerviosa.

No sé si estoy lista para abrirme en canal.

¿Y si no le da importancia? Que quiera que se la dé es porque a mí sí me hizo daño todo eso.

Al terminar la comida, nos despedimos de todos y vamos a mi guardilla de la mano.

—No es muy grande… Lo mismo ni cabes.

—¿No te quedabas con Irma?

—Ella y su familia necesitaban intimidad y una del equipo me alquiló esto a buen precio.

Llegamos y sube por las escaleras. Entra y, de golpe, este lugar parece muy pequeño. Abro la ventana para que parezca más grande. Kerr me mira fijamente. Y temo estar haciendo mal las cosas. Que se quede esperándome y yo no tenga fuerzas de volver.

—Creo que antes me precipité…

—No, eres mi chica y punto.

—Pero no sé cuándo volveré.

—Bien, no me importa. No voy a ser jugador toda la vida. Cuando acabe, iré donde tú estés y, si tenemos que vivir aquí, joder, pues lo haremos.

—Kerr… —Coge mi cara entre sus manos.

—Dejarte ir fue un acto de amor, pero también una forma de no arriesgarme.

No te dije lo que sentía porque te vi mal, pero no has estado bien, y estar lejos de ti me mata.

No puedo cambiar lo que somos. Lo llames amistad o amor.

Tampoco puedo cambiar que antes solo veía el hockey en mi vida y ahora me veo contigo haciendo mil aventuras.

—Yo… —Me besa y lo beso con desesperación.

—Antes de que se nos vaya de las manos esto, necesito saber qué sucedió. ¿Qué ocurrió esa noche con tu entrenador?

—No vas a parar de atar cabos, ¿no?

Lo miro y veo la determinación en su mirada. Kerr me conoce bien y sabe que pasó algo. Seguramente, ha estado viendo el vídeo y analizando cada parte de él para ver si le daban respuestas. No va a parar hasta sacarme la verdad.

—No. Hasta lo vigilo por si tuviera que romperle la cara si hace daño a alguna niña. —Eso me da escalofríos, no lo había pensado—. Gin, ábrete a mí. Como cuando saltas y te cojo con fuerza. Yo sí voy a ser siempre tu puerto seguro en la caída.

Le digo un débil vale y tira de mí cuando se sienta en el sofá para que me ponga sobre él.

No me deja otra opción. Sus caricias en mi piel me reconfortan.

Me hacen creer que entenderá lo que viví y no me juzgará o le quitará importancia a mi dolor.

Es Kerr, ese chico que, sin conocerme, compartió sus patatas y pidió más comida para que no me faltara.

Ese hombre que por Amanda se enfrentaría a un ejército si hiciera falta. Eso me hace sonreír.

Lo miro y me pierdo en la seguridad y en la fuerza que veo en sus ojos. Hoy las motas verdes parecen más visibles que nunca.

Tengo que dar un salto de fe.

—Orson era mi entrenador desde que yo era una niña.

Por eso, para mí era parte de mi familia.

Cuando era pequeña y me colocaba bien la ropa, no le veía nada raro.

Pero conforme me fui haciendo mayor… Que me pasara los dedos por el maillot o que me lo sacara del culo, me ponía tensa.

Le pedí que no lo hiciera y me respondió que no fuera cría.

—Kerr se tensa bajo mis brazos—. Cada vez encontraba más excusas para tocarme.

No me gustaba, porque me hacía sentir desnuda.

Y, como me decía que solo eran cosas mías, pensaba que esos sentimientos no deberían estar ahí.

—Pero tú sentías que invadía tu espacio.

—Sí, y cada vez era más y más. Un roce, una palmada en el culo.

Un beso en el hombro… Y antes de esa noche, entró en mi vestuario; tenía el maillot a medio subir.

Me comentó que iba tarde y se acercó a subirlo él.

Le pedí que parara y que me había rozado el pezón.

Se rio de mí. Entonces se rio y respondió que para él solo era una cría, y que además yo era una provocadora.

Que tenía suerte de que él no fuera un cerdo.

—Noto cómo me agito—. No me gustó cómo me miró.

Cómo se me acercó. Sentía el asco recorrerme la piel por sus dedos en mi pezón.

Solo ha sido sin querer, me dijo, pero a mí me quemaba esa caricia y las otras.

—Trago sin atreverme a mirar a Kerr—. Se fue y mi ex entró antes de irse a su partido.

Estaba por allí y ni sé para qué, porque nunca me apoyaba.

Se lo conté y se rio de mí. Me gritó que veía cosas donde no existían, que era una estúpida, una creída que pensaba que un hombre así se fijaría en mí.

Luego me informó de que se marchaba con sus amigos.

—¿Y qué pasó?

—Cuando llegó mi turno, Orson se puso a mi lado y me colocó la mano en la cintura.

La bajó a mi trasero y me dio una palmada.

Y ahí estaba de nuevo el asco. La angustia y la sensación de que eso no estaba bien.

Entonces me tocó al salir. Me habían hecho creer que era un prodigio, increíble, indestructible, que nada me podía hacer fallar…

y no supe decir basta. Patiné pensando en sus manos, en todo lo que llevaba callando años.

En cómo me sentía ante él… y me caí. No sabía que rendirse a veces es la mejor opción entre valientes.

—¿Qué pasó luego?

—Bueno, vino a verme al hospital y me amenazó con destruir a mi familia si decía algo, porque todo era mentira. Él no hacía nada malo, y yo con mi mente enferma lo malinterpretaba todo. Estaba tan afectada que solo quise que se marchara. Olvidar. —Y eso hizo que te costara tener parejas.

—Bueno, me abrí a Simon, pero como él no se sentía atraído por mí, me daba paz. Luego llegaste tú y, sin saber por qué, no tenía miedo a tu lado. —Acaricia mi mejilla.

—¿Algo más?

—No.

—Bien, ahora voy a matarlo.

—¡No! —Lo observo y su mirada es hambrienta y furiosa—. Esto es algo mío…

—¡Pero tú no haces nada! ¡Y ese cerdo puede estar haciendo eso a otras chicas! No quiero que nadie más pase por eso.

Sus palabras son como bofetadas. Yo tampoco quiero que nadie pase por eso, pero no podía hacer nada. O eso creía. Ahora que lo he contado, que he visto en los ojos de Kerr que me cree, siento que me obligué a pensar que no era nada porque era lo fácil. De nuevo elegí no luchar.

—Kerr, esto es algo mío. Yo soy quien tiene que solucionarlo.

—Somos un equipo.

—¿Y eso de los actos de amor?

—Me pides un mundo.

—Confía en mí, como yo lo he hecho en ti.

Duda mucho, pero al final asiente. Luego me abraza con fuerza, como si quisiera quitar todo ese dolor de mi alma.

—Yo te creo. —Y con esas palabras me rompo y lloro en sus brazos por todos estos años en silencio, sintiéndome mal, por sentir que eso no estaba bien.