Capítulo 41
Kerr
He dejado el programa de entrenamiento con Orson. No lo soporto. No soporto sentir que ese hombre hizo algo a Gin de lo que esta no quiere hablar.
Ha pasado un mes desde que se fue. Ahora está mejor.
Pero hasta hace poco, cuando la llamaba, casi no hablaba.
Estaba centrada en su nuevo papel como entrenadora.
Irma ha dejado que lidere a un grupo de niñas para una competición menor, que será en dos semanas.
Gin dice que tiene mucho que aprender, porque no todos los buenos patinadores pueden ser buenos entrenadores.
Está haciendo un curso de entrenadora y me ha mandado vídeo de sus niñas, como las llama ella.
Aquí ahora hay un equipo de niñas y niños para aprender.
He estado viendo cómo entrenan con Orson.
Cuando me ve entre las gradas, pone mala cara.
Me la suda. No me gusta este tipo con su cara de bueno.
De hecho, ahora estoy viendo cómo entrena a una niña.
Le pone la mano en el hombro para decirle algo y esta asiente. Todo lo que veo es correcto. Demasiado.
—Otra vez aquí. —Simon se sienta a mi lado y me pasa una bolsa de patatas.
—Esconde algo.
—Bueno, sea lo que sea, yo tampoco veo nada fuera de lo común. Y Gin se ha cerrado en banda. No quiere hablar de cosas de aquí.
—Lo sé.
Paso mucho tiempo con Simon últimamente.
Estar con él me recuerda a Gin y sé que la echa tanto de menos como yo.
Eso me consuela. Sayer está un poco idiota.
Algo le pasa, pero, como siempre, no me dirá nada.
Estoy cansado de que la gente que quiero me deje fuera de sus mierdas. Puedo estar ahí para ellos.
El entrenamiento acaba y Orson nos fulmina con la mirada. Para cabrearlo, lo saludo. Que le den.
—No lo soporto —le digo a Simon cuando nos marchamos.
Vamos hasta mi coche porque él ha venido en metro. Al llegar a mi piso, tras dejar a Simon en casa de Amanda, me cambio y escribo a Gin. Llevo fatal el desfase de horas. Allí es más tarde. Son las dos de la mañana, y no va a responderme.
Amanda me manda un dibujo de Sasha y yo, joder, es horrible. No creo que acabe siendo pintor. Mis orejas son enormes. Le mando un audio y le digo que lo quiero.
—Y yo a ti, tío Kerr.
Escucharlo reír al final me da la vida. Amanda se ha separado de su marido.
Le dio un ultimátum, cuando fue a verlo con el niño allí.
Este le dijo que lo sentía, pero no estaba preparado para ser padre.
Así, con un par de huevos. Amanda se lo contó a Sayer y este cogió un vuelo para que no regresara sola con el niño en ese estado.
Hay hombres de puta madre, pero, por culpa de cerdos como ese, la gente tiene miedo y se conforma con cabrones.
Por suerte, vivir con Simon está haciendo que Amanda valore lo que es tener a alguien que te apoya de verdad.
Y tenerlo cerca está haciendo que se arregle más, y vuelva a ser algo más que la madre de Sasha.
Gin me dijo un día que Simon es una persona que te hace todo tan fácil que lo quieres y te refugias en él.
Es así, pero me pregunto quién cuida de Simon.
Yo lo intento, pero, como Sayer, esconde algo dentro de él que no me deja ver.
Gin me escribe.
Gin: No puedo dormir.
¿Todo bien?
Quiero creer que sí, pero no consigo avanzar.
Tal vez porque tienes que cerrar algún cabo suelto.
No estoy lista.
Gin, dime lo que sea. Sé que ese cabrón te hizo algo. Joder, estoy seguro al cien por cien.
No responde. Lo lee, pero no dice nada. Joder, la he cagado. Le digo que lo siento, pero no responde. Y me deja en visto un día tras otro. Tampoco habla con Simon. Se ha vuelto a cerrar en banda y ha sido por mi culpa.
***
Ganamos el partido por poco. Lo celebro con mis compañeros y, cuando salgo ya cambiado, veo a mi padre apoyado en la pared.
—Hola, no te esperaba. —Lo abrazo, pero es un gesto frío.
—Ya, supongo. —Se revuelve el pelo—. Hemos puesto la casa en venta.
—¿Y eso?
—No sé qué seguíamos haciendo ahí, si tú estás aquí.
—¿A qué has venido, papá?
—A verte, y, bueno, a recuperar lo que teníamos.
—Hablamos de hockey a menudo…
—No quiero hablar de esto. Joder, tenías razón, me cegué. Me cegó que tú fueras yo. Y no sé quién eres más allá de esto. No te he dejado que me lo cuentes.
—Bueno, tampoco había mucho más hasta hace poco.
—¿Y ahora?
—Ahora, he empezado a hacer puzles. —Se ríe—. Eh, no te rías. Me relaja. Y también he empezado a estudiar. Quiero hacer programas para niños con menos recursos.
—Eso suena bien. ¿Me cuentas más?
—Claro, vamos a cenar.
Salimos hasta mi coche. Hoy no iré con el equipo; pueden estar de fiesta sin mí. Voy con mi padre a comer algo. Hace años que no hacemos esto. Cenamos juntos y le cuento cosas de mi vida más allá del hockey.
Estas semanas he estado probando cosas nuevas y quiero hacerlo; quiero hacer ese programa para niños con menos recursos. Hacer que el deporte sea un lugar seguro y que ahí tengan un equipo.
—¿Y con Gin?
Miro la cerveza sin alcohol y no sé qué contarle. Por eso, le cuento nuestra historia a grandes rasgos.
—Joder, vaya, no sabía que te importaba tanto.
No entendí lo que era dejar ir a quien quieres hasta que tú me dejaste ir a mí, para que pudiera volver a ti siendo algo mejor de lo que era ante ti.
—Aparto la mirada y sujeta mi mano—. Kerr, si sientes que algo pasó, ve, habla con ella.
Cuando hay maltrato dentro del deporte, a veces la gente calla por miedo o por temer estar viendo cosas donde no las hay.
—Ella dijo que esa noche no debió salir a patinar.
He visto las imágenes y tenía el gesto descompuesto, y su ex estaba jugando un partido.
Siento que pasó algo antes.—Kerr, sigue tu instinto.
Si pasó algo, deja que se abra a ti. Si tiene miedo, nunca va a encontrar la fuerza de decirte nada.
Se va a alejar hasta que no sepa cómo volver.
Tiene razón, lo sé. Joder, tengo que saber la verdad al precio que sea.
Aunque para saberla, la pierda como amiga, por no haber respetado sus deseos.