Capítulo 40
Ginette
Estoy en el despacho, dejando todo listo para cuando me marche. Si algo tengo claro, es que no puedo seguir aquí. Tocan a la puerta y veo a Orson. ¿Qué hace aquí? Cierra la puerta y me agito. Es como si volviera atrás en el tiempo. Su cara de bueno cambia, su forma de actuar también.
—Te digo lo mismo que te dije hace ocho años, no vas a joderme la vida por tus tonterías.
Lo miro y vuelvo a esa noche. No dejo de hacerlo.
—Largo de mi despacho.
—No, hasta que me prometas que no irás contra mí.
—No tengo que prometerte nada. —Da un golpe en la mesa.
—Eres la mimada de un hombre rico, tú no sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí. Todo lo que pasó, está solo en tu cabeza.
Lo que pasó… Lo que pasó… Sus palabras se repiten. Lo que yo sentía está ahí anclado. No me dejaba avanzar, no era solo el perder mi sueño, era el motivo por el que lo perdí.
La puerta se abre y aparece Kerr. Al verlo aquí, lo mira como si le quisiera sacar la cabeza. Siente que algo no va bien y, por eso, me alejé de él, porque temo que descubra la verdad y no estoy preparada para ponerle voz. Solo quiero olvidarme de todo. Solo quiero seguir adelante.
—¿Ya te ibas? —Kerr usa su altura para intimidarlo—. Ella no te quiere aquí. Le recuerdas esa mierda de noche, así que largo.
—Te van los capitanes, eh…, Gin. Al final siempre se repite la misma historia y ni te convenía el otro, ni este.
Se marcha y Kerr cierra la puerta. Kerr relaja el gesto, pero lo conozco: no ha dormido. Tira de mí y me abraza.
—Siento que no me estás contando las cosas que te afectan y sé que pasó algo con ese hombre.
Joder, lo sé. Lo siento aquí. —Se señala el pecho—.
Solo necesito que sepas que si deseas hablar, aquí estoy y que no solo te quiero para follar.
—Tarde, se da cuenta de que ha dicho que me quiere de alguna forma.
Se queda callado. Lo peor es que yo también lo amo.
Estoy enamorada de él con una intensidad que me asusta, ante nuestra inminente despedida.
—Tengo que irme… Necesito avanzar.
—No te he dicho que te quiero para retenerte. —Lo que me confirma que no lo entendí mal cuando leí entre líneas.
—Lo sé, pero verlo aquí me ha traído recuerdos. Quiero estar lejos. Aprender, saber si ansío ser entrenadora y aquí, con él, no podré.
—Stewart lo despedirá si se lo pides.
—Lo sé, pero no puedo acarrear con esa culpa.
Y tampoco puedo hacer eso sin contar qué pasó. Cierro los ojos y abrazo a Kerr con intensidad. Lo uso para que sea mi ancla. Me refugio en él para no ser fuerte por mí misma. Como siempre he hecho con Simon.
—Te quiero, Kerr…, pero tengo que saltar sola.
—Lo sé. —Su voz está rota.
No nos soltamos, sabiendo que esto es el principio de nuestra amarga despedida.—Te esp… —No lo dejo acabar.
—No me pidas algo así. Si me lo pides, o te lo pido, me quedaré anclada a este sitio. Y no sé si eso es lo que quiero.
Y menos ahora. Estas semanas sin él han sido una tortura. Lo echaba tanto de menos que dolía. Y estuve tentada de cancelar mi viaje, de aceptar entrenar a las niñas aquí… Pero no sé nada de entrenar, ni si me gusta. Si esta va a ser mi vida, tengo que ser la mejor. Aprender de Irma. De su equipo.
Kerr no dice nada, solo me abraza.
No quiero alejarme de esto. No quiero perderlo.
Tengo miedo…
Sigo siendo esa niña que no entendía por qué dolía sentir ciertas cosas que no deberían estar ahí.
«Eres una provocadora… Una mentirosa». Me acurruco más en los brazos de Kerr, no queriendo escuchar la voz de Orson en mi mente.
—Gin…
—Solo abrázame.
—Me pides que me haga el tonto ante lo que siento que está mal… Ante muchas cosas.
—Ahora solo necesito a mi mejor amigo. Lo necesito más que a nada. ¿Podemos ser solo eso, por favor?
Me besa en la frente con cariño y me aparta el pelo de la cara. Por estas cosas lo amo con todo mi ser, pero ahora no estoy fuerte para un amor tan grande. Creía que sí, pero, tras ver a Orson, sé que no.
—Solo tu segundo mejor amigo. —Sonrío.
Nos quedamos así un rato hasta que Simon viene y Amanda trae a Sasha, que se ha llenado la ropa de tinta y lo va a cambiar.
Kerr regresa al entrenamiento y Simon me mira esperando respuestas que no puedo darle, porque temo que lo inventara todo y ese día no pasara nada. Como él me dijo, una y otra vez.
***
Consigo acelerar mis prácticas trabajando el doble de horas cada día.
Me marcho mañana y no he salido casi de mi despacho.
Orson no se ha acercado a mí y yo me he alejado de todo el mundo.
Kerr me escribe cada poco y se pasa a verme al despacho.
Estoy esquiva y, cuando me mira a la espera de respuestas, me cierro en mí misma.
Necesito irme.
Orson está haciendo un buen trabajo con el equipo y Stewart quiere un equipo de patinadores. Está haciendo trámites para que uno pequeño se forme aquí. Sé que lo conseguirá.
Podría ser parte de ese proyecto, lo sé, y me tienta la idea, pero no al lado de Orson. No, no quiero verlo más.
Entro al vestuario para despedirme de los jugadores. Me están esperando. Kerr no está entre ellos y eso me duele. Quiero verlo, decirle muchas cosas, pero no sé cómo explicarle mi caos sin crear más tormentas a mi paso.
—Esperamos verte pronto —me dice Sayer y el resto asiente.
Luego Basile me abraza y los demás hacen lo mismo. Son parte de mi equipo, pero yo no puedo respirar. Despedirme de ellos me duele. Simon me abraza. Amanda, igual.
—Sasha te manda un dibujo. —Lo veo. Somos nosotros, o eso creo.
—Vais a estar bien. —Los miro a los dos.
—Sí, ahora viviremos juntos.
Simon va a vivir en casa de Amanda. Ella va a viajar para romper con su marido y luego le dijo a Simon que le podía alquilar un cuarto. Él quería algo lejos de la zona universitaria y ella le ofreció eso. En unos días se mudará con ella.
—Vendré de visita.
—¿Por qué siento que es mentira? —me dice sincera mi amiga.
Lo siento así, porque no sé si encontraré la fuerza para estar aquí sin estar aterrada. Cuesta decir adiós. Por eso, echo a andar sin decir nada más. Stewart y su mujer me esperan en el despacho y me dicen que nos vemos pronto.
Eso sí puedo prometérselo. Aunque, desde que Orson ha llegado, también me he alejado de ellos. Temo que alguien me saque la verdad. O al menos mi verdad. Lo que yo sentí… Lo que sentí al lado de ese hombre. ¿Y si lo malinterpreté todo? Solo se lo conté a una persona y se rio de mí. Mi ex.
—¡Tú te escuchas! ¡Esas cosas son tonterías! Qué tonta eres.
Sus risas hicieron que aún me sintiera peor por todo. Tengo miedo. Miedo de darle voz y que me hagan sentir así de nuevo.
Salgo hacia la parada de metro. No he dado más que unos pasos cuando alguien me llama. Alzo la mirada y veo a Kerr dentro de su coche.
—Vamos, sube.
Dudo, estoy muy débil. Al final, las ganas de estar con él pueden más que todo lo demás. Entro y conduce hasta el lugar donde nos conocimos. Entramos y pedimos algo de beber y patatas. Nos sentamos en el mismo sitio.
Ha pasado mucho desde entonces.
—Sé que no estás bien. —Moja una patata, distraído—. Voy a estar aquí, en este lugar, o tras el teléfono, para cuando estés lista y me digas lo que sea.
—¿Y si no puedo? —Clava sus ojos azules en mí.
—Seguiré aquí. —Sus palabras suenan a confesión y quiero que lo sean, quiero un futuro donde esté él. Pero ya sé cómo funcionan los sueños a largo plazo: no existen hasta que no son tu presente.
Y ahora yo no puedo ser el presente de nadie.
El camarero deja nuestras cosas delante.
Acaricio su mano y me acerco para besarlo en los labios.
—No me esperes.
—No te obligo a que me cuentes lo que te tiene así, por lo que no me obligues tú a que sienta lo que quiera por ti. — Tiene razón. Luego me sonríe—. Eh, vamos a estar bien. Somos grandes amigos. De los que duran para toda la vida. Ahora compartamos estas patatas.
Asiento y me como las patatas apoyada en su hombro, con el corazón encogido y sabiendo que ese día, cuando lo miré por primera vez, ya entendí que un día acabaría amando a este hombre para siempre.
Suena una canción que me encanta y Kerr lo nota. Le pide que suba el volumen.
—No pienso bailar. —Kerr me hace salir y luego me coge la mano para que gire—. ¡Qué vergüenza, Kerr!
—¿Acaso no merezco un último baile antes de que se vaya mi chica? —Sus palabras me hacen llorar. Y, aunque me seco las lágrimas, están ahí.
Cojo su mano y bailo con él. No hay mucha gente en el bar y solo unos pocos son testigos de nuestra despedida. De cómo me encantaría tener la fuerza necesaria en este momento para ser su chica.
No sé cuánto tiempo pasamos bailando nuestra propia canción hasta que me acaricia la mejilla.
—Esa noche ya sentí que eras especial. Brillabas más que nadie que había conocido nunca. Por eso, no quiero que nadie apague tu luz, y mucho menos yo.
—Tú no…
Me besa con dulzura y sé que se acabó. Que este baile ha llegado a su fin.
Soy una cobarde o tal vez un pasado sin saber me está haciendo más daño que nunca.
Cuando me lleva a casa, no le digo adiós. No puedo. Tampoco miro hacia atrás. Tengo miedo de hacerlo y que el dolor en sus ojos no me deje irme.
Siento que estoy siendo egoísta. Que me preparé para ser una luchadora y no estoy luchando… Lo sé. Pero no sé cómo vivir con lo que pasó hace años. Pensaba que estaba olvidado. No es así.
Sigue siendo como esa noche. Como cuando salí a patinar, tras sentir sus manos en mi piel, poniendo bien mi maillot , notando cómo sus dedos tocaban mi cuerpo y no los quería ahí. Padeciendo el asco por sus caricias.
Lo peor es pensar que tal vez me sentía mal por nada. Que exageré todo, porque no había nada mal, salvo que yo nunca quise sus manos en mi cuerpo.