Capítulo 38
Kerr
Gin gira en el aire y, cuando cae, la cojo. Luego patinamos juntos y se ríe feliz. La música suena y mueve su cuerpo al son de esta. No hacemos esto para nada, solo para que ella sea feliz, y es increíble. Me encanta verla reír, patinar y brillar.
Cuando no puede más, la alzo y la saco de aquí en mis brazos.
—¡Eres un bruto!
—Tu rodilla me lo agradecerá.
—Al menos la tuya va mejor gracias a mí.
—Cierto. —Me siento en el banquillo sin apartarla de mí.
Hoy lleva un maillot precioso. Se lo ha regalado su madrina, que a veces se pasa a vernos. Está preciosa.
—¿Sabes? —Me mira a la espera—. Me encanta verte brillar como una estrella en el hielo.
—¿Aunque no sea para conseguir medallas?
—Enfocar la meta en ella a veces nos hace olvidarnos de ser felices. Y tú eres feliz.
—Sí. —Apoya su frente en la mía. Luego me besa y se remueve sobre mí. Aunque llevo las protecciones, esto no frena el deseo que siento por ella.
—Ven a mi casa…
—No —repite. Se lo llevo pidiendo toda la semana—. Me gustó mucho estar ahí, Kerr. No sé si podría irme si me quedo un poco más en esa utopía.
La entiendo. La entiendo muy bien.
Nos quitamos los patines y, cuando vamos a los vestuarios, tira de mí hasta donde ella se cambia. No hace falta que me diga qué quiere. Estoy ansiando lo mismo. Entramos a las duchas desnudos y follamos contra la pared como salvajes.
Cuando se corre, la giro y entro por detrás. Me encanta sentir su trasero contra mí. La toco en la unión de su sexo hasta que se corre de nuevo y la sigo.
—Esto también me hace feliz y tampoco me dan medallas por follar bien. —Me río por cómo lo dice.
Si pudiera, si fuera un egoísta…, le confesaría que la quiero mientras me pierdo en sus ojos dorados.
Ginette
Estoy nerviosa por ver a mi ex y, cuando llego al vestuario, Basile se me acerca.
—¿Lo has visto?
—No.
—Ya han llegado. Están en los vestuarios —apunta Aquiles.
—Bueno, cuando lo vea, lo mismo le vomito en la cara por cerdo —añado.
—Si lo haces, grábalo. —Basile me da un apretón en el brazo.
Me fijo en que todo el equipo está pendiente de mí. Sayer se pone a mi lado y me informa de que Kerr está hablando con el entrenador.
—No tienes que hacer esto sola —me comenta Sayer—. Estamos contigo.
—Lo sé. Si me lo cruzo, sabré qué decirle.
Cuando Kerr llega, no tiene buena cara, pero disimula al mirarme.
Sé que no le hace gracia que esté tan cerca de mi ex; de alguien que me hizo tanto daño.
Grabo cosas para la app y luego salgo hacia las gradas, donde Simon, Amanda y Sasha me esperan.
Este último no es consciente de lo nerviosa que estoy.
—¿Cuál es? —pregunta Amanda cuando salen los del equipo de Dallas.
Busco a Thilo entre ellos y lo veo saludando a las chicas. No ha cambiado nada en eso. Siempre le encantó el protagonismo, sentirse deseado.
—El de allí. —Lo señalo y Amanda pone mala cara.
—Al menos, con los años, has mejorado en gusto. Kerr está mucho más bueno —dice mi amiga.
—Eso sí.
El equipo local sale y Kerr se acerca a Thilo. No le habla, pero lo mira como si le quisiera hacer una cara nueva.
—Creo que el partido va a estar interesante. —Simon sonríe porque se ve venir que no le van a pasar ni una.
Es raro tener tanta gente de mi lado. Cuando me quedé sin amigos y sin apoyo en redes, me sentí muy sola. Pasar tanto tiempo entrenando me alejó de mis amigos de clase. Yo no llevaba una vida normal.
El partido empieza y disfruto de las caras de frustración de Thilo. Cuando se enfada como un niño pequeño, me pregunto qué le vi a ese chulo. Nunca me cuidó. Ni se preocupó por mí. Kerr siempre está cuidando de mí. Mimándome. Me hace sentir única.
Al acabar el partido, le han dado una paliza. Voy hasta los vestuarios para felicitar al equipo, con la mala suerte de que casi me choco con Thilo.
—¡Joder, mira por dónde vas! —Está muy enfadado.
Su voz me parece muy chillona. Nos miramos a los ojos, tras años sin vernos. Noto el momento exacto en que me reconoce.
—Hola, Thilo.
—¿Ginette? —Por su cara, no sabía que estaba aquí. No ha debido informarse de nada de su equipo rival. Así es él: siempre ha creído que, con jugar bien, lo tenía todo hecho—. Joder, cuánto tiempo. ¿Qué haces aquí? —Pone esa cara de chulo, de vamos a follar como antes. ¡Qué asco!
¿Por qué me rebajé por él? ¿Acaso no sentía que merecía más? No, porque estaba perdida. Agobiada y no tenía vida más allá de mi deporte. A su lado sentía que podía ser como el resto: una joven más que tenía una vida.
—Trabajo aquí.
—¿En serio? ¿Y vas a ir luego a tomar algo? Podemos quedar. Joder, lo pasábamos muy bien antes. —Trata de tocarme, pero me aparto.
—No, gracias. Gracias a ti, cogí empacho de polvos de mierda. —Su cara es de enfado—. Pero tranquilo, esto queda entre tú y yo. No le diré a nadie que eres un egoísta en la cama. Para eso solo tienen que irse contigo y quedarse insatisfechas.
Sonrío y no siento nada. No me afecta tenerlo cerca. Ese pasado ya no me lastimará más porque, mientras anduve hacia delante, lo superé.
Cuando empecé a trabajar aquí, tenía miedo de este encuentro, pero ya no soy la misma que cuando llegué. Mi padrino tenía razón: esto me iba a cambiar. Ahora me siento más fuerte para seguir viendo adónde me lleva la vida.
Empiezo a irme, pero me sujeta con fuerza y, aunque trato de apartarme, no puedo. Luego alguien lo separa de mí.
Simon lo aprisiona contra la pared.
—No la toques.
—Dile a tu novio que me suelte.
—No, estás muy guapo ahí con la cara pálida —añado y Simon sonríe—. Así sabes lo que se siente cuando usan la fuerza contra ti.
Nos miramos a los ojos y, al final, Simon lo deja ir.
—Has estado increíble. —Simon me abraza.
—Sí, lo sé. Y ahora vamos a trabajar. —Simon está temblando, porque odia la violencia—. O mejor me abrazas otro poco más.
—Sí, mejor.
Cuando contemplo el vestuario, veo a Sayer mirarnos y casi parece que quiere venir a ver cómo estamos… O cómo está Simon. Imposible… ¿Verdad? Entra al vestuario y me pregunto si lo he imaginado todo.
***
—¡Y Simon lo cogió y lo lanzó por los aires! —grita Basile en el pub .
—Solo lo aparté —añade mi amigo.
—Sí, solo, que todos sabemos que eres más musculoso de lo que aparentas. —Basile trata de hacer cosquillas a Simon.
—Idiota —le dice Simon.
Kerr me acaricia el brazo mientras Aquiles cuenta que en la rueda de prensa Thilo estaba furioso.
—No es para menos —apunta Basile—. Nuestra chica le dijo que tenía empacho de polvos de mierda.
—Si llego a saber que todos estabais ahí con la oreja puesta, le digo de ir a un sitio privado —digo. Al parecer, no solo Sayer estaba en la puerta, sino que el resto estaba ahí. Kerr no, porque lo llamaron.
—Y yo me lo perdí —protesta Kerr.
—Pero te lo hemos contado con pelos y señales. —Aquiles sonríe.
Luego Basile lo cuenta otra vez. Sayer pone los ojos en blanco y Simon lo mira. Intercambian una mirada, hasta que Sayer se levanta y se marcha a la barra.
Simon no lo sigue con la mirada. Ojalá no le guste Sayer. No quiero que sufra.
—Estoy muy orgulloso de ti —me dice Kerr al oído. Luego me besa en el cuello.
—Yo también. Quiero bailar… ¿Me sigues?
Su mirada se hace hambrienta y su deseo crece cuando bailo para él.
Me dejo llevar. Al final buscamos un cuarto oscuro donde desfogarnos.
Si dijera que es solo sexo, mentiría, porque, cuando regresamos a mi casa, sube conmigo a mirar las estrellas en la azotea y me abraza.
Solo eso, y yo siento que soy la mujer más feliz del mundo.
—¿Te quedas a dormir?
—¿En la cama de mierda? Sin dudarlo.
Bajamos a mi cuarto y dormimos juntos. Nada más dormir, pero me parece más íntimo que follar. Sobre todo, porque estos días durmiendo sin él eran horribles. No sé cómo puedo avanzar sin tenerlo cerca cada día.
Cuando nos miramos, apretados en esta cama, mi alma grita que le diga que lo quiero. Y siento que sus ojos claman lo mismo.
Aparto la mirada porque no sé cómo avanzar si me confieso.
Estoy más perdida que nunca.