Melted ice (Ice 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Kerr

Despierto agitado, pensando en mi padre.

En la sensación de que, si mi carrera sale mal, le haré daño.

Será como si él volviera a perder su sueño y yo fuera el causante.

Agitado, dejo a Gin en la cama. Me cuesta mucho porque su cuerpo desnudo me tienta.

Me llama apretarme contra ella y besar cada centímetro de su piel.

Estoy loco por esta mujer. La quiero como nunca esperé amar a nadie.

Sí, estoy enamorado, y cuando le dije eso, pensaba en otra cosa.

Ahora sé que lo mejor para demostrarle lo mucho que me importa es callarme.

Anoche en la cama me informó de que le había dicho a Irma que iría.

Vi el miedo en sus ojos, pero también el brillo y la ilusión por hacer algo diferente.

Es su camino, lo sé. Lo vi en su mirada.

No puedo confesarle lo que siento y que se plantee quedarse por mí.

Y, viendo lo mal que lo pasa Amanda, no sé si puedo ser tan egoísta para una relación a distancia.

Estoy aterrado. Nunca he sentido algo así.

Voy a cambiarme y pido algo de comer. Cuando llega, se lo dejo en la mesa del salón con una nota:

Estabas preciosa en la cama, pero necesito hablar con mi padre.

Tu capitán, Kerr

La dejo y me siento un poco tonto. No la arrugo de milagro y me marcho a hablar con mis padres. Necesito decirles cómo me siento; que entiendan que soy un jugador de hockey, pero que puedo ser más cosas.

***

—No te esperábamos. —Mi madre abre y me abraza—. ¿No te marchas?

—Sí, iré derecho al aeropuerto. Recogen mis cosas del hotel y me veo allí con todos.

Mi madre asiente y vamos hasta la mesa. Mi padre sale y me da un abrazo.

—Ayer jugaste fatal…

—Sí, lo sé, y no, la culpa no la tiene Gin.

Ella es increíble y me ha hecho darme cuenta de que a veces las cosas no salen como esperas, pero hay más vida.

Hay muchos sueños a la espera de que los conquistes y no puedes quedarte anclado en la derrota o en el fracaso.

—Mi padre aparta la mirada—. Papá, un día dejaré el hockey, quiero hijos y deseo algo más que esto.

Y eso no hará que pierdas tú, porque es mi vida. Soy más que una extensión de ti.

—Lo sé. —Miro los cuadros.

—No lo parece y esto ha hecho que me centre tanto en el hockey por los dos, que tengo casi treinta y cinco años y no tengo más, aparte de esto. Y necesito más.

—La amas —afirma mi madre agitada.

—Sí, pero ella se va a marchar y la voy a dejar ir. Joder, me va a costar la vida, pero lo haré. Y espero que un día nuestras vidas se entrelacen de nuevo.

—¿Y eso es amor? ¿Dejar ir a quien quieres? —pregunta mi padre.

—Sí, como tú debiste dejar ir al hockey.

Eres mucho más que todo lo que pudiste ser.

No espero que lo entendáis, pero no voy a jugar para ganar.

Voy a jugar para disfrutar de todo. Hasta de la derrota.

Es hora de que aceptes que ese tiempo ya pasó y tu única felicidad sea que yo alcance tu éxito. Soy feliz, papá. No necesito más.

—Al final perderás…

—No, perdiste tú cuando no aceptaste el cambio y no quiero que a Ginette le pase como a ti. Que viva anclada en ese instante, sin ver todo lo bueno que la vida le puede ofrecer. Por eso, la apoyaré en todo para que sea algo más que una promesa rota. Y tú, papá, eres mucho más que eso.

Veo en su mirada que no me entiende, que piensa que me estoy rindiendo.

Pero no lo hago, porque no quiero esa presión de ser perfecto.

Ya no. Me despido de ellos y conduzco hasta el aeropuerto.

Al llegar, hay gente esperándome. La gente viene hacia mí y me hago fotos y firmo algunas cosas.

Los de seguridad enseguida se hacen con la situación y entro sin incidentes.

Llego con el tiempo justo al avión. Voy hasta mi sitio y veo a Gin mirando preocupada hacia el pasillo. Cuando me ve, sonríe relajada. Llego a su lado y me pongo el cinturón.

—¿Estás bien? —indaga Sayer. Le escribí para decirle lo que iba a hacer.

—No del todo, pero lo estaré.

Asiente y nos preparamos para volver a casa. Gin graba cuando le dejan y luego busca mi mano, y la aprieta.

—¿Vas a venir las próximas semanas de partidos fuera?

—No, ese viaje lo hará Simon. Pasa por casa de sus padres y así los ve.

—Cuando regresemos, quedará poco para que te vayas.

—Sí.

—No te vas a deshacer de mí. —Se tensa—. Somos amigos, por lo que no pienso dejarte, aunque nos separe un océano.

—Qué castigo —bromea, pero más relajada, se apoya en mi hombro.

—El próximo partido en casa, antes de que os vayáis, es contra mi ex —admite de golpe y, tanto Sayer como yo, la miramos a la espera de más—. Thilo Davis.

—No podía ser otro. Es un gilipollas —añado y asiento—. Bueno, si no quieres ir, no creo que nadie te diga nada.

—No, quiero verlo. Quiero mirarlo a la cara y solo sentir asco por rebajarme ante alguien como él, que solo me dio las migajas.

—Sola no vas a estar —Basile habla desde el asiento de delante.

—Ni de coña la vamos a dejar sola. —Ginette sonríe—. Me encantará jugar duro contra él en el hielo.

—No quiero peleas.

—No prometemos nada —añade Basile y yo pienso lo mismo.

Pienso en su ex mientras beso a Gin en la frente.

—No dejaré que te haga daño.

—Lo sé.

Sayer nos mira y, cuando lo miro, sé que lo entiende sin que le diga nada.

Estoy loco por ella y voy a tener que renunciar.

Lo peor es que siento que él me comprende, pero, en su caso, por otros motivos.

Sayer ha renunciado a muchos hombres que le han gustado porque no desea amar a ninguno.

Quiere enamorarse de una mujer que no implique tener que salir del armario, pero sé que más de una vez le ha costado cortar.

Odio cuando hace eso, pero tampoco puedo ponerme en su piel. Cada uno sabe lo que duelen sus heridas.

Gin se duerme y no me extraña. Ayer acabamos en la cama hablando y, al final, el beso de buenas noches se nos descontroló. Acabé dentro de ella. Me encanta estar a su lado y no solo para follar. Escucharla hablar es como un bálsamo.

No se ha marchado y ya la echo de menos.

Cuando puedo, saco el móvil y, sin despertarla, busco a su ex.

Sé quién es, por otros partidos, pero nunca lo he mirado bien.

Al fin y al cabo, es de los nuevos jugadores que se han incorporado hace poco a la NHL.

Solo lleva un año jugando en las grandes ligas.

Es rubio de ojos oscuros y su juego es muy agresivo.

—Le vas a partir la cara, ¿verdad? —Basile sonríe de forma maléfica, apoyado en el respaldo.

—No pienso quejarme si lo hacéis.

—Coincidí con él en la universidad —añade Aquiles y mira a Gin dormida—. Es un capullo con sus novias. Las denigraba. No esperaba que Ginette saliera con alguien así.

—Tenía diecisiete años —apunta esta—. Dejad de hablar de mi ex. Deseo dormir.

La dejamos dormir y acaricio su brazo mientras descansa. Quiero pedirle que venga a mi casa, pero eso la pondría nerviosa. Toca seguir ocultando lo que siento hasta que, cuando se vaya, esto me destroce por no tenerla.