Capítulo 36
Ginette
Kerr se ha marchado con el equipo a cenar.
Yo he cenado con los de prensa. Ahora estamos en el pub donde han quedado para tomar algo luego, a ver si el ánimo del equipo se eleva un poco.
Cuando el equipo entra, la gente los aplaude.
Es raro, yo nunca tuve esto. Ese momento donde me caía y la gente me arropaba.
Al contrario, mi entrenador se enfadaba mucho si perdía. Mis padres no, pero mi alrededor sí.
—Lo hemos apostado todo por ti —me decía mi entrenador—. ¿Acaso no eres más que una cría?
Odiaba que me dijera eso. Sobre todo, por lo cerca que siempre estaba de mí.
Pocas veces fallaba, pero, cuando lo hacía…, me tenía que preparar para el odio, por haber demostrado que, a pesar de mi don, no era perfecta.
Pido una copa y siento a Kerr a mi espalda. Me abraza por detrás y apoya su cabeza en mi cuello. Su abrazo me reconforta y eso que debería ser al revés. No decimos nada. Dejan la bebida sin alcohol delante de mí y acaricio sus manos, dejando que beba de mi fuerza.
—Me pudo la presión.
—¿De qué?
—De sentir que, si todo acabara de golpe, no soy más que esto.
—¿Qué pasó para que llegaras a ese pensamiento?
—Darme cuenta de que para mis padres soy una extensión de sus sueños y metas. Ya no sé si me gusta esto por mí, por ellos o porque elegí este camino.
—¿Eres feliz jugando? —La respuesta es simple, pero sé que ahora su cabeza está viendo todos los pros y los contras.
—Muy feliz.
—Pues quédate con eso. —Me giro en sus brazos—. Da igual qué te trajo aquí; lo importante es que estás donde eres feliz.
Nos miramos a los ojos. Estoy perdida en las diferentes tonalidades de su iris.
—Soy feliz, pero ya no es suficiente. Quiero algo más. Me di cuenta al patinar contigo. Me gustó hacer algo diferente.
—Pues lucha por ello, por ser feliz buscando quién más eres, aparte de un gran jugador de hockey.
—¿Y si no dependiera de mí? —Noto cómo se me encoge el corazón. Luego sonríe y me acaricia la mejilla—. Lucharé por lo que sí puedo controlar.
Me da un beso en la mejilla y a continuación me roba la bebida. Lo sigo hasta donde están Sayer y Basile, que le cuentan a Kerr lo que les dije a sus padres. Este me mira sorprendido y después se ríe.
—Vaya forma de conocerlos. No lo van a olvidar en la vida. —Kerr no parece molesto. Al contrario, parece divertido.
A pesar de su confesión, poco a poco noto cómo se relaja con sus amigos.
Cómo el equipo se hace fuerte y piensa en el siguiente partido, mientras hablan y disfrutan de este momento juntos.
Esta es la diferencia de jugar en solitario o en equipo.
No había entendido lo bonito que era esto: ser parte de un equipo.
Kerr busca mi mano y la acaricia. Me gusta que siempre esté pendiente de mí.
La música cambia y la nueva canción hace que mi cuerpo se mueva solo.
Bailo dejando que la música entre en mí y se me ocurren coreografías nuevas.
No para mí, pero sí para otros y, por primera vez, no lo siento tan malo.
Saco el móvil y anoto todo. Kerr me mira con admiración.
Guardo el aparato y paso mis manos por su cuello.
—Si bailas para mí ahora, no será un baile para menores —susurra en mi oído—. Llevo toda la semana deseándote de vuelta en mi cama.
—¿Y por qué no vamos al hotel?
—Antes quiero enseñarte algo.
—¿Vamos?
Nos despedimos de todos y salimos por donde nos indican los de seguridad para no causar mucho revuelo. Ya fuera, vamos hasta el hotel, que no queda lejos, y cogemos uno de los coches que ha alquilado el equipo. Entramos y nos marchamos. Estoy muy intrigada. Kerr parece muy relajado.
—¿Te puedo preguntar algo? —indaga.
—Sí.
—¿Qué fue lo que más te dolió perder?
—Ahora pienso si me sentí mal por no patinar o por dejar de ser todo lo que se esperaba de mí.
Me dijeron tantas veces que sería la mejor, que haría historia, que sería una leyenda del patinaje, que, cuando todo acabó…
No sabía quién era sin eso. Aún no lo sé.
Pero, porque me he pasado todos estos años enfadada con el mundo.
Estoy aún aferrada a todos los iba a ser que nunca llegaron.
—Intuyo que algo más sí sabes. —Lo miro y sonríe. Me conoce más de lo que esté dispuesta a admitir.
—Tal vez. Por primera vez no me da miedo abrirme a ser otra cosa. En vez de seguir aferrada a todo lo que perdí.
—Eso es bueno. —Acaricia mi mano—. Ya casi estamos llegando.
Aparcamos cerca de un parque, salimos del coche y saca una bolsa de patines. Vamos hasta un banco y nos ponemos los patines de ruedas.
—¿Son tuyos?
—No, los he comprado y pedido que los mandaran al hotel. Empecé a patinar aquí.
Nos ponemos los patines y vamos hasta la pista. Es antigua y ha pasado por tiempos mejores. Pongo música en mi móvil y Kerr se lo mete en el bolsillo. Se ha arremangado la camisa. Estamos un poco raros con ropa de fiesta y patines de ruedas.
Patinamos juntos. No me suelta. No me deja caer, por si me falla la rodilla. Giramos y nos movemos en sintonía. No se ven las estrellas. Solo luces y edificios por todos lados. Pero, en este lugar, siento que brillo de nuevo.
—¿Por qué me has traído aquí?
—Porque antes de ser quien soy, me destrocé las rodillas aquí. Mi padre me exigía la perfección. Luego lo gritaba. Joder, era muy agobiante no poder jugar como otros niños. Tenía que entrenar siempre y era más barato hacerlo aquí.
—¿Fue muy duro contigo?
—Sí, pero creo que no se daba cuenta.
—Siento lo que les he dicho.
—Yo no. Joder, hubiera pagado por ver sus caras. —Le doy en el brazo y seguimos patinando juntos—. Sabía que traerte aquí alejaría los recuerdos amargos de este lugar.
Voy a decir algo, pero mi pierna falla. Me hubiera caído de no ser por Kerr. Me sujeta con fuerza. Luego me lleva a un banco y me quita los patines para ponerme los zapatos. Tras esto, me da un masaje arrodillado ante mí. El masaje se le va de las manos y sube estas por el interior de mis músculos.
—Kerr…
—¿Me detengo? —Su mirada de niño bueno me pone cardiaca.
Niego con la cabeza y sube la mano hasta tocar la tela de mi tanga negro—.
Estás mojada. —Se alza para lamer mi boca—.
No sabes cómo he echado de menos tenerte así: mojada y deseosa de mis atenciones.
—Me besa—. Me pierde esa carita que pones de cachonda cuando no puedes más.
—Mete los dedos dentro y miro alrededor.
No hay nadie y la oscuridad no deja que se vea qué hace bajo mi vestido—.
Me encanta darte lo que necesitas. Satisfacer tus necesidades. —Mueve los dedos por mi sexo.
Reclama mi boca mientras sus dedos me hacen gemir y jadear. Y, cuando estoy segura de que me dará lo que quiero, se levanta y se sienta para quitarse los patines.
—¡Kerr!
—Aquí no. —Su mirada es hambrienta y la mía enfadada. Me marcho al coche y me abre con el mando a distancia. Al poco, entra y me besa—. Quiero que te corras en mi cara y no pienso dejar que nadie pueda verte desnuda.
No respondo, pero sus palabras, sumadas a lo que han hecho sus manos, hacen que me remueva muy inquieta y deseosa en el asiento.
Me dice dónde vivía. Cuál era su colegio y dónde empezó a jugar. Lo grabo para la app. Sobre todo, cuando sale y mira una placa. Salgo y veo que pone su nombre: Kerr Gallagher.
Yo hubiera podido tener todo esto. Lo sé. Pero esta realidad no existe. Es hora de que la asuma.
Kerr regresa al coche y vamos hasta el hotel.
Aparca y vamos al ascensor cargando la bolsa.
No nos besamos, pero nuestras miradas son hambrientas.
La intensidad se corta con un cuchillo. Yo también lo he echado mucho de menos estos días.
Echaba de menos abrazarlo a la hora de dormir o sentirlo cerca en la cama.
De golpe, estar sin él hacía que mi cuarto se sintiera muy frío.
Vamos a su habitación y, cuando entramos, coge mi cara entre sus manos y me besa, tras soltar la bolsa. Me encanta cuando hace eso. Cuando me agarra de esa forma tan intensa, como si temiera perderme si me suelta.
Restriego mi cuerpo contra el suyo. Tira de mi cremallera y mi vestido cae.
—No me canso de ti —admite bajando los besos por mi cuello—. Apóyate en el respaldo del sofá y mira hacia la ventana.
Mi sexo da una sacudida mientras, coqueta, hago lo que me pide. Siento los cojines del sofá en mis rodillas cuando me inclino para sujetarme al respaldo. Por suerte, estos sofás son más decorativos y el respaldo está cerca.
Se acerca y tira de la goma de mi tanga. Lo baja por mis muslos. Luego abre mis piernas y mira mi sexo. Lo puedo ver todo en el cristal. Aunque las luces están apagadas, nuestro reflejo está ahí.
Pone una mano en mi espalda y otra en mi estómago, para hacerme subir el trasero. Desliza los dedos por mi sexo.
—Tan mojada… Tan necesitada… ¿Verdad, cariño?
—¡Sí! —Toca mi sexo levemente—. ¡Ker!
Sonríe. Está disfrutando con esto. Pasa los dedos por mi sexo y los introduce dentro. Saca y mete los dedos con fuerza hasta llevarme al límite. Gimoteo porque se detiene. Se arrodilla y lleva su cabeza entre mis piernas. Lame mi sexo mojado con hambre.
Contoneo mi cuerpo hacia atrás, notando cómo su barba incipiente me acaricia los lugares más sensibles de mi anatomía. Mis piernas tiemblan, el deseo se acumula justo donde me toca, pero no deja que me corra.
Tortura mi cuerpo a su deleite.
—Kerr…
—¿Qué necesitas?
—Tu polla. Joder, la quiero ya.
Se ríe y su risa acaricia mis pliegues. Me chupa de nuevo hasta que no puedo más. Luego se levanta. Escucho cómo se quita la ropa y, sin preliminares, entra en mi cuerpo.
Jadeamos juntos, disfrutando de este instante de sentirnos de nuevo unidos, de esta forma tan sexual.
—Joder, eres tan estrecha… Tan perfecta. —Lleva su mano a mis pezones y los pellizca mientras entra y sale de mí con fuerza.
—Más duro —le suplico. Gruñe y sus embestidas se hacen más intensas.
Grito su nombre mientras siento cómo su polla toca cada parte sensible de mi interior. Aprieto las piernas para querer sentirlo más adentro. Gruñe y me da un azote. Eso me pone mucho.
—Otro.
—Joder…
Repite los placenteros azotes en mi trasero. No me hacen daño. Solo mueve mis glúteos, dejando un pequeño escozor muy adictivo. Sé cuando está a punto porque maldice por no poder controlarse.
Cojo su mano y la llevo a mi sexo. Acariciamos juntos mi clítoris. Sus dedos y los míos se llenan de humedad. No dejamos de hacerlo hasta que me corro con fuerza y me sigue, repitiendo mi nombre sin parar:
—Gin… Joder, Gin… Eres perfecta.
Estoy agotada por el sexo y por lo que siento cuando me toca, pero sé que él también es perfecto para mí.