Melted ice (Ice 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Kerr

Entramos al avión para el partido. Busco a Ginette y la veo sentada al lado de Sayer.

Voy hasta ellos y me siento en ventanilla.

Su sonrisa me calienta por dentro. No hemos estado a solas desde el fin de semana y la echo de menos en cada parte de mi casa.

Quiero estar con ella. Hacerle la cena, cuidar de ella…

Pero ella no piensa igual. Por eso, tras los entrenamientos, se ha ido sin prolongar lo nuestro.

El otro día casi la cago cuando le dije que quería otra cosa.

Porque, cuando me dijo que a lo mejor se iba con Irma, deseé aferrarla a mí, como un puto egoísta.

Porque yo ansío algo con ella, intentarlo como nunca he deseado hacerlo con nadie.

Por suerte, me callé y desde entonces hablamos de temas menos intensos.

Pero, cuando la vi en la pista feliz, supe que quería ser testigo de cada instante de su felicidad a su lado.

Simon me mandó el vídeo sin retocar esa noche.

Lo contemplé embelesado disfrutando de cómo nos miramos.

Esta conexión no es solo mía, pero eso no cambia que ella quiera más de la vida.

A ver si con suerte la dejo ir sin cagarla y me callo lo que siento, sin decirle que cada día me importa más.

Tras ponerme el cinturón, Gin nos graba para la app.

Cuando corta, para despegar, busco su mano y juego con ella.

Apoya su cabeza en mi hombro, como si ese siempre hubiera sido su lugar.

Es raro que ella no quiera ocultarme. Que, a pesar de que esto no habla de futuro, no le importe que la gente murmure o hable de nosotros.

Como si no se avergonzara de mí.

Cuando nos podemos quitar el cinturón, me graba de nuevo.

—¿Ganas de volver a tu casa?

—Sí, siempre es agradable volver.

—Tienes muchos seguidores en Nueva York. ¿Te hubiera gustado jugar para su equipo?

—Sí, pero a veces las cosas no salen como quieres. Y ahora me quiero jubilar donde estoy.

—¿Te asusta ese momento?

—Me asusta que la vida haga que no llegue ese instante donde yo decido hasta aquí. Es un deporte duro y mi cuerpo se resiente más de las palizas que los cabrones me meten en el campo. Pero pienso dar follón varios años más. Que nadie me retire tan pronto. —Miro a la cámara.

—Bueno, ahora, gracias a una encantadora chica, has añadido pasos nuevos a tus jugadas.

—Sí, nunca imaginé que a estas alturas pudiera aprender algo nuevo. —Nos miramos con intensidad—. Y no es una chica cualquiera. Es mi mejor amiga.

Traga con dificultad y corta. Luego se marcha. Vale, la he cagado. Sayer va a decir algo, pero lo callo.

—Lo sé. Pero solo le he dicho que es mi mejor amiga. No que me quiera casar con ella.

—Bueno, ha sonado así —esto lo dice Basile. Le fulmino con la mirada.

—Idos a la mierda todos.

—A mí no me metas —se defiende Sayer—, pero opino como él. Solo rebaja un poco el nivel.

—Es que es la primera vez que el capi está enamorado —añade Aquiles mientras juega a la consola, a su rollo, o eso parece—. Es normal que la cague.

Los dejo solos y no, no estoy enamorado, pero la he cagado. Gin está en la zona de refrescos editando el vídeo.

—No pongas esa parte.

—¿La de que soy tu mejor amiga, en plan quiero casarme contigo? —me pica y luego sonríe—. Ha quedado bonito. Yo ahora tengo dos mejores amigos, al parecer.

—Entonces, aceptas.

—Casarme contigo, no —matiza—. Ser tu mejor amiga, sí. —Se levanta y me da un beso—. Mientras nosotros sepamos lo que hay, el resto que diga lo que quiera. —Está claro que lo ha escuchado todo—. No dejes de ser tú mismo conmigo. Pase lo que pase. Ya lo resolveremos si llega el caso.

—Vale.

Más relajado, regreso a mi sitio y me pongo música. Gin regresa y se sienta a mi lado para mostrarme el vídeo. Sí, tengo cara de pedirle algo serio.

—Bórralo.

—No, es bonito —me pica y se lo manda a Simon, porque tenemos cobertura. Luego se sienta sobre mí y me besa.

—Joder, si no paras, te meto en el aseo.

—Es enano y no cabes. —Lame mi boca y me mira sonriente—. Así luego me coges con más ganas.

—¿Sabes que en otros países «coger» es follar?

—Lo sé. —Regresa a su sitio y me mira, sabiendo que tengo un problema con mi erección.

—Eres mala.

—Bueno, eso te gusta de mí. Por eso me has propuesto matrimonio… Digo, ser tu mejor amiga.

Basile se ríe por delante; está claro que está con la oreja puesta. Gin se apoya en mí y escuchamos música juntos. No pienso rayarme; como ella dice, ya lo resolveremos si llega el caso. Tal vez todo esto que siento solo sea amistad.

Sayer nos mira un segundo a los dos, antes de centrar sus ojos en mí, y veo preocupación en ellos. No va a decir nada, pero sé que le preocupa lo mismo: que me esté enamorando locamente de ella.

***

Aterrizamos y vamos al hotel. Como tenemos tiempo libre, me marcho a casa de mis padres con uno de los coches que ha alquilado el equipo. Al llegar, toco al timbre y espero con la gorra bien calada para que nadie me reconozca o se liará, y eso me quitará tiempo de estar con ellos.

Mi madre abre y subo por las escaleras hasta la casa de mis padres, que están en la puerta.

Ambos me abrazan y me hacen pasar al comedor.

Aunque les compré un piso nuevo, donde ellos me dijeron, no quisieron nada más.

Los muebles son los de toda la vida, al igual que los cientos de fotos mías.

Todas ellas jugando al hockey. No hay una sola que no sea sobre eso.

Es raro que eso sea para ellos lo que más destaca de mi vida.

¿Y si lo perdiera? ¿Qué podría ser? Ver las imágenes hace que entienda mejor a Gin.

Cuando toda tu vida se centra en una sola cosa, cuando la pierdes, no sabes quién eres sin ese casi cien por cien de ti.

Antes me bastaba, pero ahora no. Ahora quiero ser algo más que todo esto.

—¿Y esa cara? —pregunta mi padre.

—Nada, solo pensaba en cuando acabe el hockey. —Cojo una foto suya, antes de lesionarse.

—No pienses en eso. Te quedan muchos años. —Coloca la foto en su lugar—. Tú tienes que seguir. Es nuestro sueño.

Me da unos golpes en la espalda y no se me pasa desapercibido ese sueño.

—Un día llegará a su fin, y tal vez quiera algo más que todo esto. —Mi madre va a por la cena y mira a mi padre antes de irse.

—Hijo, últimamente no juegas tan bien. —Lo miro, agitado.

—No sé de qué hablas.

—Has bajado tu nivel de juego.

—No lo veo así.

—Yo sí. Últimamente evitas meter tantos. Se los das a tus compañeros.

—Soy su capitán, y es un juego en equipo.

—Para ser una leyenda tienes que ser egoísta.

—No se puede ser leyenda si no tienes un buen equipo.

—Antes no eras así. —Mira la vitrina de premios. Están todos aquí, porque para mis padres es su orgullo. Como si fueran suyos—. El que consiguió todo esto, no lo veo esta temporada. Estás cambiando.

—¿Tiene algo que ver esa joven con la que se te relaciona? Es la primera vez que se te ve con una mujer más de dos veces.

—Ginette no tiene nada que ver con mi juego.

—Pero ella te enseña pasos de esos tan femeninos.

—Es patinaje artístico y está dando más agilidad al equipo. Y no, el patinaje artístico no entiende de géneros.

Los miro algo molesto, al igual que todas estas fotos mías.

Todas ellas como jugador de hockey. No hay una sola donde no salga con patines o con palo en la mano.

Hasta en la que tienen de cuando nací salgo con unos patines de mi padre, a los pies de mi madre.

Mi padre eligió esto para mí y tuvo suerte de que yo era bueno.

¿Tuve elección o mi destino ya estaba escrito, fuera bueno o no?

No lo sé. Pero sí sé que quiero ser algo más que esto.

Que quiero una vida aparte de ser jugador de hockey.

Llevo casi toda mi vida siendo solo bueno en esto.

Tal vez porque temía no ser bueno en algo más.

—Esa chica se va a ir. Eso dicen en la prensa —añade mi madre al traer la cena—. Con una expatinadora. Irma. —Pienso en lo rápida que es la prensa al conseguir información—. No puedes dejar quién eres a un lado por nadie. Menos por una mujer para la que no eres lo primero.

—Solo somos amigos.

Mi madre busca la app y pone el vídeo donde dijo que es mi mejor amiga. Veo mi cara, mis ojos brillar al mirarla. Joder, parece que le estoy diciendo otra cosa.

—Te conozco lo suficiente para saber que esa chica no es una más para ti. —Mi madre apaga el vídeo.

—Da igual lo que sea. No estoy hablando de eso. Hablo de que tal vez quiera ser algo más que un jugador de hockey.

—No desaproveches tus últimos años de carrera. —Mi padre me mira serio—. De esto depende que salgas por la puerta grande o no. Que tú decidas irte o que lo haga la vida porque no estás a la altura de ser el mejor hasta el último partido.

Mi padre me mira, pero siento que solo se ve a él.

Y me paro a pensar en ese último partido.

En lo que pasará luego. ¿Quién soy lejos de todo esto?

En lo que he cosechado estos años centrado solo en el hockey.

Si perdiera el hockey, ahora no sabría quién soy.

Por eso quiero más. Por eso quiero una vida.

Hablamos del partido y mi padre me da consejos. Me dice cómo debo jugar mientras mi cabeza va a toda velocidad. No paro de pensar en que quiero ser algo más que todo esto. Eso hace que no me centre y perdamos el partido por mi culpa.

¡Joder!

Ginette

Han perdido y Kerr ha jugado peor que en los últimos partidos.

Ha sido egoísta y ha querido meter todos los goles.

Algo le pasa. Él no es así y me pregunto si algo de esto tendrá que ver con que sus padres estén aquí y haya venido tanta gente a verlo.

Me siento mal por él y más cuando mira al público y pide perdón.

Voy hasta los vestuarios y, al llegar, veo a sus padres en la puerta. Por cómo me miran, sé que me han reconocido de los vídeos.

—¿Dónde vas? —me pregunta la madre cuando me ve ir a los vestuarios.

—A hacer mi trabajo.

—Están medio desnudos. —Parece un poco escandalizada mientras su marido me mira serio.

—Tranquila, solo son culos y pollas. Nada que no haya visto antes —lo digo para aliviar tensión, pero, por su cara de horror, sé que la he cagado. Voy a arreglarlo, pero Basile, que lo ha escuchado, me hace señas mientras se mea de la risa. Entro y cierra la puerta.

—Ya te vale. —Se ríe y le cuenta a Aquiles lo que acaba de pasar.

—Bueno, piensa que si algún día son tus suegros, peor no puedes quedar.

—No van a ser mi nada y ahora dejadme hacer mi trabajo.

Sayer les pide atención; que Kerr no esté me mosquea.

Debería ser él quien diera esta charla con el entrenador, pero no está.

Sayer les dice unas palabras y les da las gracias por un buen partido.

Grabo algunas cosas y luego salgo a buscar a la de prensa.

Ni miro a los padres de Kerr, pero me muero de vergüenza. Se lo digo a Simon y, cómo no, se ríe.

No puedo cambiar las cosas. Lo bueno es que Kerr y yo solo somos amigos.

Entro donde será la rueda de prensa y me pongo al final.

La gente me mira curiosa. No dejo que me intimiden.

Al final, la gente habla de ti. A veces para bien, otras para mal, pero no puedo cambiar todo eso.

No puedo controlar a las masas. Lo aprendí de la peor manera posible, cuando vi cómo perdía mi fama sin poder retenerla entre mis dedos.

Un día solo seremos la historia que alguien recuerde al contar una anécdota.

Entran los jugadores y veo a Kerr con la gorra negra del equipo bien calada. Empiezo a pensar que la usa para escapar. Se sienta y todos lo miran. Coge el micro.

—Asumo mi culpa. Esta noche quise brillar para la ciudad que me vio nacer y me olvidé, por un momento, que ninguno de mis títulos podría ser posible sin el gran equipo que siempre he tenido detrás.

Se me olvidó cómo ser un buen capitán. No soy mejor por meter yo el tanto; soy mejor si lo celebro con mi equipo, sin importar quién lo meta. Asumo toda la responsabilidad.

Juego en equipo, eso me faltó a mí. Nunca aprendí qué era eso.

Era yo contra el mundo. En la pista de hielo, cada error era mío.

Cada mal giro, era mi culpa; cada mala decisión, era solo culpa mía.

Pienso en Irma, en cómo ahora juega en un equipo diferente.

Ahora es algo así como la capitana. Ya no luce medallas, pero, cuando sus pequeñas se ponen una, las siente como propias.

Ese es el papel del entrenador, del capitán. Quizás sea justo lo que necesito.

Tal vez, llevada por un impulso, escribo a Irma y le digo que iré con ella a probar unos meses cuando acabe. Me escribe enseguida superfeliz. Es posible que me arrepienta de esto, pero necesito ser algo más que una expatinadora rota. Quiero ser algo más que todo eso.

Kerr me mira y sonríe. Le devuelvo la sonrisa sin saber cómo podré irme sin mirar atrás.