Melted ice (Ice 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Ginette

Observo a Kerr hacer la pasta. Hago todo lo que me pide.

No quiero que me pille devorándolo con la mirada, pero es algo que nota.

Lo sé, por su sonrisilla que marca su hoyuelo.

Debería haberme cansado de él. O por lo menos que este fuego se hubiera apagado un poco.

No es así. Miro las horas en el reloj con recelo porque no quiero irme de aquí y me da miedo que me diga o me haga sentir que necesita espacio, y es hora de irse. Quiero estar aquí un poco más.

—A ver qué te parece mi pasta. —Prepara dos platos y los lleva a la mesa.

Me siento y la pruebo. Umm, me encanta y, por su mirada, sé que lo sabe. Me conoce bien y eso me asusta un poco porque ni yo misma sé qué siento cuando lo tengo cerca. Kerr no entraba en mis planes.

—Esta noche, si quieres, hago yo la cena. —Temo que me rechace o ver en sus ojos la incomodidad de no saber cómo decirme amablemente que esto se acaba aquí.

—Solo si me dejas ayudarte. —Aliviada, acepto.

Hablamos del partido de mañana y me gusta que no lo dé por ganado.

Que respete al contrario hasta el punto de temer perder.

Aunque a veces siento que se exige demasiado y no disfruta del triunfo.

A mí me pasaba. Siempre quería más y mejor.

No me conformaba y eso hacía que no me parara a pensar en todo lo conseguido.

Ahora que ha pasado el tiempo, me habría gustado más disfrutar del momento que vivía que de los que esperaba vivir y nunca llegaron.

Nos sentamos a ver una película y cada vez estoy más pegada a él. Sus caricias en mi espalda me recuerdan sus manos por mi cuerpo o dentro de mí. Me remuevo.

—¿Tengo que aliviarte, Gin?

—No sé de qué hablas.

—Estás muy cachonda y, joder, no puedo dejar esto pasar.

—No pasa nada. —Coge mi cara entre sus manos y me besa—. Quiero ver la película.

Me sienta sobre él para que siga mirando la película. Luego mete la mano dentro de la goma de mis pantalones. Llega hasta mi sexo y me explora con sus dedos. Estoy tan excitada que casi me dejo ir, solo con ese leve roce.

—Kerr…

—Lo sé, cariño. Yo te daré lo que quieres. —Mete los dedos dentro de mí, mientras me frota con el pulgar el sensible clítoris—. Si mi chica está excitada, yo le doy lo que busca.

—No soy tu chica —digo alarmada.

—Eres mi chica mientras estás conmigo aquí.

—¿Y le dices lo mismo a todas?

—No. —Saber eso me alivia y me asusta a partes iguales. Besa mi cuello—. Relájate, Gin. Sé lo que hay.

Eso me relaja y me dejo llevar por sus dedos entrando y saliendo de mi cuerpo hasta que me corro con fuerza.

Luego, me acomoda sobre su pecho y seguimos viendo la película. Al menos él. Yo me he quedado tan satisfecha que me duermo.

***

—¿Qué echas de menos de patinar?

Estamos en el sofá. Viendo otra película y comiendo palomitas. No tenemos prisa por salir de nuestra burbuja, la verdad. Es como si aquí el mundo girara más lento. He mirado el móvil lo justo y él también. Lo he mirado más a él. Estoy memorizando, sin pretenderlo, cada centímetro de su piel.

Pienso en su pregunta y le respondo de forma sincera:

—Echo de menos la emoción antes de salir. Esa incertidumbre de no saber si lo haría perfecto o si fallaría. Y luego, al acabar, ese instante de silencio antes de los aplausos cuando sabes que lo has logrado. Que has hecho algo grande. Echo de menos esa adrenalina. El subidón.

—¿No has sentido algo parecido desde entonces? —Su pregunta es inocente. El problema es que, al mirarlo, me doy cuenta de que la respuesta tal vez no lo sea.—Hasta que te conocí, no —le respondo sin querer ahondar en ello.

Estar con él es igual de excitante que patinar y eso me asusta. Me asusta porque sé lo que es perder. Es mejor mirarlo y solo ver a ese hombre sexi que un día tal vez solo sea mi amigo. Es mejor así. No sé qué quiero hacer con mi vida.

—¿Tú sientes eso al competir? —pregunto.

—Sí. ¿Eres solo un prodigio en el patinaje? —Niego con la cabeza.

—No, desde pequeña se notaba que yo aprendía más rápido que la media. Y, además, me implico mucho en todo lo que hago. Mis padres pensaban que sería una científica… Pero, en cuanto me vieron patinar, supieron que ese era mi camino.

—Debió de ser duro para todos.

—Sí. Ellos no sabían qué hacer para devolverme la luz. Ni ellos ni mis padrinos. Para ellos soy como una hija. Me sentía culpable por no poder ser feliz. Por no saber cómo recuperar mi camino. Sigo sin saberlo.

—Lo vas a encontrar. —Pasa el pelo tras mi oreja—. Eres muy cabezota con lo que quieres.

—Eso sin duda. —Acaricia mi cuello y noto cómo se me eriza la piel—. ¿Te llevas bien con tus padres?

—Sí, aunque ellos esperan que sea un bala perdida y nunca les dé nietos, ni siente la cabeza. —Noto dolor en sus ojos azul verdosos—. Bueno, todo el mundo lo esperaba. Soy un mujeriego, ¿no?

Me siento sobre él y soy yo la que coge su cara entre mis manos.

—Admito que lo pensé tras todo lo que vi de ti. Ahora sé que eres mucho más. —Pone sus manos en mi cintura. Las mete bajo la camiseta—. Eres un gran hombre. Y me gustaría tenerte siempre en mi vida.

—Como amigo.

—Claro. —Noto algo oscuro pasar por su mirada.

—No voy a dejar de ser tu amigo —lame mi boca—, pero a los amigos no se les desea tanto.

—Esto se apagará un día. —Baja los besos por mi cuello y me quita la camiseta.

Tras eso, asalta mis pechos y los devora mientras mi cuerpo se mueve contra él y busca alivio de nuevo. Cuando pienso que esto se apagará, no lo tengo tan claro. Al menos, no por el momento, que es sentirlo cerca y arder por este hombre.

—¿Me necesitas dentro, princesa?

—¡Sí!

—Joder, cumplir tus deseos me la pone muy dura.

Lo noto. Joder, noto cómo se frota contra mí.

Tira de mi ropa y me deja desnuda sobre él.

Él solo se baja un poco el pantalón para liberar su polla y a tientas buscamos mi entrada.

Caigo sobre ella y noto cómo me llena. Estoy tan mojada que ha entrado sola.

Gemimos juntos y hago esa cosa con mi sexo que lo vuelve loco.

—Cabrona. —Me río y me besa tras quitarse la camiseta.

Busco su boca y nos besamos con hambre mientras lo siento clavarse en mi interior. Joder. Cada vez es mejor. Conozco mejor su cuerpo y él el mío. Sabe dónde tocarme. Cómo moverse para darme más placer. Esto, en vez de apagarse, va a más.

Sentirlo en mi interior es tan adictivo como patinar.

Eso me asusta, porque estar a su lado me da esa adrenalina que solo sentía mientras me deslizaba con el hielo.

No estoy preparada para analizar esto. Me da miedo que, si lo hago, tenga que renunciar a más cosas. Porque, como Kerr ha dicho, cuando hago algo me entrego al cien por cien. Por eso, no quiero ahondar en ello. Quiero seguir con mis planes.

Lo miro a los ojos y me pierdo en ellos.

Solo es sexo… Tal vez el mejor de mi vida.

Subo y bajo mi cuerpo. Abro más las piernas y entra más hondo. Joder, qué bueno es eso. Lame mis pezones duros y sensibles. Se mete todo lo que puede en la boca mientras yo exprimo su sexo de esa forma que le hace soltar una maldición tras otra.

Clava sus dedos en mi cadera. Me muevo adelante y atrás. Esto hace que mi sensible clítoris se roce con su cuerpo. Lo hago una y otra vez. Estoy muy mojada. Noto cómo la humedad empapa mis muslos. No dejo de moverme hasta que me corro tirando de su pelo.

Kerr gruñe y me sujeta para que no me mueva mientras, tras dos embestidas, se corre dentro de mí.

—¿Cada vez te parece mejor?

—Sí —respondo sincera.

Nos besamos lentamente y vamos hasta la ducha. Me lleva él y me dejo mimar y cuidar. Me gusta el sexo con él, pero aún más cómo me mima, cómo me cuida. Cómo se preocupa de que no me falte de nada. Y, aunque la cena la hacemos los dos, casi todo el peso lo lleva él porque yo estoy agotada.

Por la noche solo dormimos abrazados y decir solo es un eufemismo ridículo de algo tan grande. Lo abrazo con fuerza y él a mí. No quiero pensar en el mañana, pero sí sé que lo quiero en mi vida siempre.