Melted ice (Ice 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Kerr

Observo a Ginette patinar sola. La música suena. Simon la mira, incapaz de romper tampoco este momento de ella con el hielo. Salta, hace un doble giro en el aire y, al caer, su rodilla le falla y se choca con el hielo. Corro hasta ella, me tiro al suelo con el corazón acelerado.

—Estoy bien. —Sus ojos están llenos de lágrimas—. A veces me olvido de que ahora estoy defectuosa.

—No digas eso ni en broma. Eres diferente, pero esto no te hace no ser perfecta. —Su mirada es intensa pero cargada de dolor.

Se levanta y dice que hoy la clase la dará Simon. Sayer se ofrece a grabar. Quiero seguirla, pero necesita su momento. Se me ocurre otra cosa que puede ayudarla y que puede evitar que a mí me dé un infarto cada vez que cae contra el hielo.

Al salir, me marcho a una tienda de confianza y voy a casa de Ginette cargado de cosas. Toco al timbre y, cuando abre, casi ni me ve.

—¿Qué es esto, Kerr?

—Muchas cosas. No sé si van a caber en tu pequeño piso. Tal vez debí llevarlas a los vestuarios. —Me siento idiota. Una puerta se abre—. Déjame entrar antes de que me reconozcan.

Tira de mí y dejo todo por donde puedo, ante la mirada atónita de Simon.

—¿Qué es esto? Vale, no respondas. Sé qué es… ¿Para qué has traído estos protectores?

—No vas a evitar caerte, y, seguramente, será una putada.

Te tocará levantarte. Esa es tu vida ahora.

Pero puedo ayudarte, frenando el impacto.

Yo me he caído muchas veces cuando me han hecho una dura entrada.

O me han estampado contra la cristalera…

Solo quiero facilitarte el golpe y te he traído una rodillera.

Mi fisio dice que así te dolerá menos. —Los dos me miran sin decir nada—.

Vale, es demasiado. Me he pasado. —Voy a irme, cuando Ginette me abraza con fuerza.

Le devuelvo el abrazo sintiendo una calidez en el pecho.

—Gracias, es hora de que deje de querer ser quien fui. Y esto lo debí haber visto yo sola.

—Bueno, a veces necesitamos darnos una buena hostia para aprender. Pero, por favor, no te des más sin todo esto. Te he cogido también ropa y eso… Me marcho, no os molesto más.

—Quédate a cenar. La pasta de Simon es la mejor.

Les digo que vale y ayudo a Gin a llevar todo esto a su cuarto. Su habitación es pequeña. Mi vestidor es el doble que esto. Aunque sí me recuerda al que tuve de pequeño. Esto me recuerda cómo la juzgué antes de tiempo.

—Gracias por esto.

—De nada.

—Siéntate en la cama. —Alzo una ceja, pero lo hago. Joder, no me lo tiene que pedir dos veces.

Me quita la gorra y luego pasa sus dedos por mi pelo. Se mete entre mis piernas. Pongo mis manos en su cintura y la dejo hacer. Espero, aunque me muero por besarla.

Acerca su boca a la mía. Sonríe, pero no hace nada.

—No he hecho esto para tener sexo contigo —le dejo claro.

—Lo sé. Vi tu cara de preocupación cuando corriste hacia mí. Te importo.

—No. —Sonríe porque ha pillado que miento. Pasa su lengua por mis labios—. Soy amable contigo y tú quieres matarme.

—No, solo disfrutar del ansia que veo en tus ojos. Me hace sentir poderosa.

—Si nadie te ha mirado así nunca, princesa, es que no te merecían.

Entonces, me besa para que no vea cómo se han humedecido sus ojos.

Nos besamos lentamente hasta que el beso pide más.

Mis manos vagan por su cuerpo. Solo lleva una camisa, y nada más.

Una que, por lo que parece, es de Simon; creo que le voy a mandar de las mías.

Meto las manos dentro de la ropa y se la quito.

—No podemos hacer nada… —Atrapo sus pezones en mi boca.

—No hables, solo disfruta. ¿Acaso no estás mojada?

—Muy mojada. —Subo una mano por el interior de sus piernas—. No debería desearte tanto. A veces me pregunto si este fuego se apagará pronto.

«Yo también», pienso mientras aparto la tela y meto los dedos dentro. Está empapada. La quiero tirar a la cama. Follarla con fuerza. Adentrarme en ella. Muerde su boca. Se deja hacer mientras juego con su sexo y devoro sus tetas. No se escucha nada, salvo nuestras respiraciones agitadas.

La miro mientras paso la lengua en círculos por uno de sus pezones.

Está sonrojada, con el labio inferior entre sus dientes.

Su cara de cachonda me la pone muy dura.

Sobre todo, cuando se mueve contra mis dedos.

Meto otro más y busco su punto G. Sé cuando lo he encontrado porque casi le fallan las piernas. Lo froto.

—Kerr…, no puedo más.

—¿Quieres que te dé lo que necesitas, princesa?

—Sí.

—No sabes cómo me pone cumplir con tus necesidades. —Lamo sus duros pezones y muevo los dedos dentro y fuera.

Gimotea y jadea. Muerde su boca para que nadie la escuche.

—Capi…, por favor. —Ese «capi» me desarma y casi me corro—. Por favor…

Su súplica muere en mi boca cuando la beso, al tiempo que aumento las embestidas y busco su clítoris con el pulgar, para hacer círculos sobre él. Esparzo sus jugos. Se corre y muerde mi labio. Luego cae sobre mí y la abrazo mientras recupera la respiración. Me quito mi camiseta y se la doy.

—¿En serio, Kerr?

—El tiempo que esto dure entre los dos, solo mis cosas te van a tocar íntimamente. —Se ríe, pero acepta mi camiseta. Yo me pongo la que ella llevaba.

—Pues espero que tus cosas tampoco las toque nada de otras.

—Lo dudo. Hay algo que quiero confesarte. —Me acomodo con ella en los brazos, en esta cama tan ridícula—. ¿Cómo puedes coger aquí?

—Porque no mido casi metro noventa. Y ahora, confiesa.

Paso las manos por su espalda. Me gusta verla con mi camiseta puesta. Le queda enorme.

—Hace más de un año que no tengo sexo con nadie.

—Se alza y veo su mirada incrédula—. Sé lo que dice la prensa.

Me la suda. Nunca desmiento nada porque yo sé la verdad y a nadie le afecta mi vida.

Pero, desde hace tiempo, acepté que el sexo me aburría.

Me cansé de buscar mujeres que solo querían al jugador famoso.

—Ah, no lo esperaba. ¿Y no podías ordenarles o buscar a alguien a quien le fueran tus deseos sexuales?

—No quería dejar salir esa parte de mí. Nunca he tenido con nadie la confianza de ponerme en plan mandón y no esperar que me viera como un dominante. No soy un amo, ni nada de eso, pero me pone dar órdenes.

—El sexo es como el patinaje en pareja. Si no confías en la otra persona, no puedes ser tú mismo y lanzarte sin miedo a caerte.

—Sí.

—Conmigo solo quiero que seas tú mismo. —Acaricia mi mejilla.

—Lo pienso ser.

—¡A cenar! Dejad de meteros mano —Simon nos grita desde la cocina—. ¡Poned la mesa que yo he hecho la cena!

Salimos del cuarto y ponemos la mesa. Ginette no deja de mirarme mientras ceno y aprovecho cada oportunidad para tocarla bajo la mesa.

Se pone nerviosa y agitada. Cuesta mucho no tirar de ella de nuevo hacia su cuarto para verla otra vez deshacerse en mis brazos.

Soy adicto a sus orgasmos. A la cara que pone cuando se corre, a esas miradas cargadas de deseo y fuego.

Es mejor parar estos pensamientos o no podré levantarme en un rato de aquí.

Hablo con Simon de una serie que tenemos en común.

A Gin no le gusta y se levanta para traer algo de postre.

Cojo una manzana y me la como a bocados.

Al acabar, me despido de ellos y voy hasta la puerta.

Gin me sigue. Le doy un ligero beso en los labios que me sabe a poco. Con ella, siempre todo me sabe a poco.

No he cerrado la puerta del todo cuando Simon le dice que tiene que contarle todo lo que ha pasado. Voy hasta mi coche, sabiendo que necesito más de ella. A poder ser, desnuda en mi cama mientras le doy órdenes antes de correrme dentro de ella.