Melted ice (Ice 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Kerr

Cada vez que Ginette me mira, se sonroja. La he picado, no he venido a por sexo. Y todo debió acabarse en la limusina. Pero es verla, oler su perfume de vainilla con este toque a canela y necesitar darle otro bocado. Uno más. Solo uno.

Eso me digo cuando me sigue a un cuarto libre donde nadie entra y cierro la puerta.

—¿Qué hacemos aquí?

—Ahora sí es lo que tú piensas. —Su respiración se agita.

—¿Y si no quiero? Porque lo mismo ya me he empachado de capitán. —Me río por cómo lo dice. Me aparto.

—Vete, entonces. Nunca te obligaré a nada. —La miro divertido, aún por sus palabras.

—Joder, no he tenido suficiente de ti.

Coge mi cara entre sus manos y me besa con ansia.

Esta mujer me nubla los sentidos. Solo quería ir para darle contenido.

Sayer iba a ir para avisarlos, y yo me ofrecí a ir.

Necesitaba verla. Solo verla… y aquí estoy.

Pegando su espalda contra la pared y alzando su cuerpo por los glúteos para que me rodee con sus piernas.

—Esto no puede volver a pasar —dice en mi boca y luego me besa de nuevo.

—¿No? —pregunto mientras la siento mecerse contra mi polla.

—No, en el trabajo… —Me besa de nuevo, antes de bajarse y apartarse—. Tenemos que follar… ¡Trabajar! —Sonrojada, me mira—. No están permitidas las relaciones entre compañeros de trabajo.

—Eso es mentira, pero sí, vamos a follar… Digo trabajar. —Me fulmina con la mirada.

Abro la puerta cuando no se nota que estoy muy excitado y salimos juntos hasta los vestuarios, donde vamos a repasar el partido y dar una charla motivadora. Sobre todo, para que los novatos entiendan que la liga no se gana hasta el último minuto.

Sayer me mira y toca su reloj como diciendo: «Llegáis tarde».

Le guiño un ojo y bufa. Sabe por qué hemos llegado tarde y también que el otro día me lié con ella. Sayer no me cuenta nada de su vida privada y, la verdad, tampoco mucho de su vida. Pero yo no soy como él. No me importa que él tenga más secretos o le cueste más abrirse. Cada uno es como es.

Nos ponemos con la charla y veo a Gin ir de un lado a otro haciendo vídeos. Al acabar, habla con Basile y le informa que, si quiere ir esta tarde a su casa con Simon, para tomar algo y jugar a la consola.

—Vale, se lo comento ahora. —Me mira antes de salir.

—Jugar a la consola… —dice Sayer, que se apoya en las taquillas—. Hace años que no juego.

—No eres tan viejo —le recuerdo, pero yo también me he sentido de golpe mayor. Hace mucho tiempo que mi mayor pasatiempo, si no es el deporte, es salir de fiesta o follar.

Y este último, hace meses que no lo practico, a pesar de lo que dice la prensa.—Bueno, pero no estamos en la misma liga. Tú de aquí a nada querrás sentar la cabeza y ella irse lejos. No lo olvides.

—No quiero sentar la puta cabeza… ¡Solo es sexo!

—¿Con quién? —pregunta Aquiles.

—Con tu madre —le respondo y me da en el brazo.

—Ya, bueno, pues no lo vería mal. Mi madre está muy buena. Muy, muy buena. Tiene solo cuarenta años.

Hago cuentas, pero no me salen. Casi era adolescente cuando lo tuvo. Esto no lo sabía. Tengo casi la misma edad que la madre de uno de mis compañeros. De golpe, me siento aún más mayor a su lado. Sobre todo, porque Gin es de la edad de Aquiles.

—Lo mismo te digo, que me la presentes.

—No le diré nada de esto, que se hace ilusiones. Le ponen mucho los jugadores capullos; para mi desgracia, los capullos, sean o no jugadores.

Por su mirada sé que este tema le ha traído más de un dolor de muelas.

—¿Vas a ir a casa de Basile a jugar a la consola?

—¡Claro! Vamos varios.

—Bien, pues Sayer y yo también. —Sayer niega con la cabeza, pero, al ver la ilusión de Aquiles, no le dice que no a la cara.

—Te mato —me comenta cuando nos quedamos solos—. Tengo suficientes hormonas adolescentes con los entrenamientos.

—Solo vamos a crear lazos entre los novatos y los veteranos.

—Ya, claro. Tú lo que quieres es vigilar que ninguno de ellos cree lazos con quien tú ya sabes.

—Mentira. Ella puede hacer lo que quiera.

—Vale, demuéstralo. —Cruza los brazos en el pecho—. No vamos esta tarde. Dejas que ella dé el siguiente paso y te creeré.

—Puedo hacer eso.

Espera y le informo a Basile, cuando lo veo en la pista, que al final no podemos ir. Me responde que vale, algo desilusionado.

—Es mejor así —me dice Sayer—. Ahora debes concentrarte en el trabajo y el sexo solo lo jode todo.

Lo triste es que tiene razón, pero, por la tarde, me cuesta estar solo en mi casa mirando por la ventana sin escribirla. ¿Qué tiene ella que la hace diferente?

No lo sé, pero cortar por lo sano es la mejor opción.

Y si tenía dudas, la llamada de mis padres me recuerda cuál es mi meta en la vida y que no tengo tiempo para distracciones.

Ginette

Basile y Aquiles me caen muy bien. A Simon también.

El resto del equipo no me cae mal, sin contar a Sayer o Kerr, pero no siento esa conexión.

Ahora estamos en la casa de Basile y Aquiles.

Están jugando a la consola y Simon se ha apuntado.

No ha jugado nunca a ese juego de hockey, pero, al poco, le pilla el truco y los deja a todos con la boca abierta.

—Nunca jugaré contra él —les digo mientras me siento cerca a verlos.

—Joder, eres increíble. —Basile le choca la mano—. Si el tío que te gusta te ve hacer esto, seguro que te deja comerle los huevos.

—De verdad, qué comentario más idiota —añado.

—Pero le gustan las pollas, ¿no? —alega uno de los nuevos, que ni me sé su nombre. Siempre tengo que mirar cómo se llama en la camiseta.

Se hace el silencio. El momento incómodo entre algunos jugadores. Basile y Aquiles, no. Solo fulminan con la mirada al capullo.

—A mí también me gustan. —Basile le da en la tripa—. Eres un capullo.

—Bueno, creo que es mejor que nos vayamos —pide Simon.

—No, joder —responde Aquiles—. Es nuestra casa y a quien no le guste cómo eres, que se largue.

Además, yo también soy bisexual como Basile.

No lo he confesado hasta ahora, pero a la mierda.

—Esto hace que el resto no sepa dónde meterse y más porque Aquiles lo suelta como si se la sudara todo—.

Vamos a jugar otra. Y los idiotas, largo de aquí.

No se mueve ni uno y le piden perdón a Simon, que este acepta.

Luego sigue como si nada. Simon lo ha pasado muy mal con este tema.

Se pasó muchos años escondiendo lo que sentía y, cuando aceptó que no tenía que esconderse, salió con un idiota que le dijo que necesitaba tiempo.

Tuvo una relación oculta durante más de dos años que acabó mal y destrozó una parte de él.

No sé mucho más. Solo que no es la primera vez que le pasa.

Estar con gente para la que solo eres su sucio secreto.

Su padre, cuando supo esto, le dijo:

—No me importa quién te guste, eres mi chico, ama a quien quieras. Pero hay gente que busca motivos de odio para hacer daño. No quiero que a mi hijo le haga daño nadie. Desde hoy, irás a clases de defensa personal, para cuando des con cabrones que se merecen una buena hostia.

Su madre lo abrazó y se apuntó con él. Es triste, porque a sus padres no les importaba lo que fuera su hijo, pero el miedo a lo que pudieran hacerle, por eso, les hizo tomar medidas. Y lo entiendo. Yo sé mejor que nadie lo que puede hacer alguien que se cree superior.

Tomo aire y salgo al balcón.

Basile me sigue.

—¿Estás bien?

—He recordado algo de mi pasado que me ha dejado tocada.

—Vaya. —Su mirada es intensa. Sé que le gusto. Si me acercara a él, me seguiría el beso. Por un segundo, pienso si sería capaz de hacerlo para olvidarme de Kerr, pero sé que no.

Basile ve mis dudas y luego entra y me deja sola. Miro el móvil que tengo en silencio y veo varios mensajes de Kerr.

Kerr: No he aguantado sin escribirte.

A Basile le pones.

Joder, normal… Eres jodidamente sexi.

Si te lías con él, no me lo digas. Solo recházame cuando yo no pueda evitar besarte. Porque volveré a desear tu boca un poco más.

Soy así de idiota.

No me voy a liar con él, pero podría. No somos nada.

Nada de nada. Ven a mi casa el día del partido que juguemos en casa. Quiero que grabes mi rutina antes de un partido importante.

No sé si es lo mejor…

¿Por si no puedes apartar las manos de mí? Te lo he dicho para la app. No todo es sexo en esta vida, princesa.

¿Cómo esta mañana? Te recuerdo que me acorralaste en un cuarto oscuro.

No te acorralé. Tú te me tiraste encima. Aún recuerdo tu cuerpo apretado contra el mío. ¿Tú no?

Puede que sí. E iré, pero solo por trabajo.

Solo trabajo. Prometo no hacer nada que no me supliques.

Pone el emoji del diablo. Debería mandar a Simon a hacer el trabajo, cosa que no haré.

Quiero ir a su casa. Ver su mundo. Sus rutinas.

Saber más de él, antes de marcharme. Quiero sentirme viva a su lado, aunque no ceda a la pasión.

Tenerlo a mi lado mientras me mira como si me quisiera devorar, pedacito a pedacito, me da la vida.

Solo vamos a trabajar.